La Olimpiada de Tajamar

 

Índice del capítulo: Requena

La movida deportiva que se organizó en Vallecas fue bastante notable. Cientos de muchachos se apuntaron a las modalidades deportivas que teníamos en Requena. Con pocos medios, pero con mucho entusiasmo, se formó un buen ambiente deportivo, hasta el punto de que un día nos decidimos a hacer nuestra presentación oficial.

Se trataba de organizar lo que llamábamos entre nosotros, con bastante exageración, Olimpiada de Tajamar, aunque en realidad era una simple Concentración Deportiva. Se celebró el domingo 8 de junio de 1958, el mismo mes en que se estaba jugando el campeonato del Mundo de Suecia, que inmortalizó al jovencísimo Pelé, y en el que el Madrid repetía liga y copa europea. Para celebrar aquella Olimpiada se eligió el campo del Rayo Vallecano, el equipo emblemático, como se diría hoy, de Vallecas, con una gran hinchada y numerosas peñas de forofos, que llenaban un estadio de casi 25.000 espectadores.

Era nuestra puesta en escena y se preparó con todo detalle. Por una parte, hubo un mes de entrenamiento intenso en cada uno de los equipos de las distintas competiciones. Por otra, la labor de dar a conocer la Olimpiada. Alfredo Castro se recorrió Vallecas, varias semanas antes, visitando tiendas de comestibles, panaderías, zapaterías, estancos, bares, ferreterías, papelerías, etc., hablándoles de Tajamar e invitando a colaborar como socios protectores. De la generosidad de toda esa gente salieron aportaciones económicas, rebajas en el material deportivo y las veintidós copas que se otorgaron a los vencedores. Siempre se dejaba, además, en sitio bien visible el cartel anunciador del acontecimiento: Día 8 de Junio, Domingo: I Concentración Gimnástico-Deportiva Tajamar, en el Estadio de Vallecas, a las 6 de la tarde.

Los últimos días de preparación, los chicos del Club Deportivo paseaban luciendo un chándal rojo con la leyenda Tajamar en letras grandes, que llamaba bastante la atención. Cada socio distribuyó entre sus parientes y amigos veinte, treinta... o cien entradas. En total se repartieron veinte mil.

A las seis menos cuarto, el estadio estaba abarrotado. Me contaron después cómo se veía la avenida de La Albufera, atestada de gente camino arriba. Impresionante.

Dentro, frente a las tribunas, una banda de música interpretó una marcha. Banderas de colores, muy al estilo de la época, ondeaban sobre la última hilera de espectadores. En la presidencia estaban el Director General de Información y otras autoridades representativas, con el Presidente y el Secretario del Club.

Yo era uno de los atletas participantes. Me sitúo en aquellos momentos y no puedo menos de pensar: desde que llegamos a Vallecas, desde que empezamos con la colaboración de Marianón en el bar Los Amigos, con cinco duros en el bolsillo y sin lugar fijo donde reunirnos, ha pasado... ¡solamente un año!

Se oye la voz del locutor:

—¡Atención! Dentro de unos instantes comenzará la Primera Concentración Gimnástico-Deportiva de Tajamar. Queremos, desde aquí, dar la bienvenida a todos los participantes. Esta concentración, primera de Tajamar, es el final de los campeonatos celebrados durante el pasado mes. Queremos dar la bienvenida también a todos los aquí presentes que, con su calor y su entusiasmo, han contribuido a que haya sido posible este acontecimiento.

Y así fue. Entre la multitud están los padres de aquel puñado de chicos que en el bar Los Faroles participaron en el I Trofeo Tajamar, con la misma entereza que entonces, pero con mucho más entusiasmo, porque han visto la alegría de sus hijos, la formación y el empuje que van recibiendo. El padre de uno de ellos, que al principio no entendía bien nuestra preocupación por dar una formación humana además de la deportiva, pero que ahora anima a su hijo para que vaya a Tajamar, le dice a Alfredo:

—Lo de la gimnasia no nos importa demasiado, lo que queremos es que el chico funcione —apostilla el buen hombre arrastrando las sílabas, con ese acento castizo tan propio de Vallecas.

Que funcione, significaba para este hombre que su hijo adquiriera virtudes humanas y cristianas.

Y están también los que ya acuden a esos breves retiros espirituales que se celebran cada mes para los padres, a última hora de la tarde. Y los asiduos a charlas de formación cristiana que se dan en casa de cualquiera de ellos. Y están muchos de los comerciantes e industriales de Vallecas que han ayudado con medios económicos a Tajamar.

Los altavoces vuelven a hablar:

—Dentro de unos momentos, una selección de los diferentes clubes de Tajamar hará su aparición en el campo.

Con los acordes de una marcha, desfilan los equipos de natación, de baloncesto, de hockey, de ciclismo, de montaña... los atletas de todas las modalidades.

El altavoz vuelve a sonar anunciando la exhibición gimnástica con aparatos. En el centro del campo se han colocado dos potros tan altos como los chavales que se disponen a saltar. Uno tras otro corren y se lanzan con decisión por encima del aparato, para caer dando una voltereta.

Algunos son saltos de verdadero mérito. El profesor de gimnasia me decía que estos ejercicios ayudan a considerar los obstáculos que se encuentran en la vida como cosas que hay que vencer, y fomentan el afán de superación.

Ahora le toca a un renacuajo que hace unos meses no sabía lo que era un caballo y temblaba cuando le dijeron que tenía que tirarse de cabeza. Toma carrerilla, se lanza como el primero y sale muy engallado después de darse un espaldarazo considerable en la colchoneta. Recibe una ovación.

Ahora me toca a mí. El altavoz lo está anunciando.

—Sale al campo una selección de los atletas de Tajamar. Van a presenciar las finales de atletismo entre rojos y amarillos, en lanzamiento de disco, jabalina, saltos de altura, carreras de 100 metros, de 400, de 800 y de relevos.

Le sigue el número fuerte, el que los padres de los chavales esperaban con más agrado: la tabla de gimnasia rítmica, con música sincronizada, vistosidad y colorido.

De pronto, aparecen los más pequeños. Corren por el campo, se van agrupando hacia el centro del estadio, se tiran al suelo y aparece dibujado sobre el terreno, con sus camisetas rojas, un juego de cordones humanos que describen dos palabras: Tajamar, sí. El acento de la í es el último en colocarse; es un chaval muy pequeño que se acurruca graciosamente sobre sí mismo.

Pero aún no ha terminado la fiesta. Ahora vienen los saltos del león, y de la paloma, de los mayores. A cada uno de ellos sigue una salva de aplausos. Cada vez son más difíciles. Manolo Plaza me contó el murmullo que se levantó entre los espectadores cuando vieron aparecer a Constantino Luján. Este hombre era muy conocido en todo el barrio por sus andanzas, de todo tipo. Manolo oyó decir a alguien de entre el público:

—¡Cuánto ha cambiado este muchacho! ¡Constantino en Tajamar, quién lo iba a decir!

Acordándome del estadio lleno, pensé:

—Como Constantino, al menos treinta mil personas están empezando a cambiar y a encontrar a Dios por medio del deporte en Vallecas.