Una gente extraordinaria

 

Índice del capítulo: Requena

El ambiente del barrio, como he dicho, era muy anticlerical. Por la calle, solían insultar a los sacerdotes:

—¡Mira! ¡Ahí viene una cucaracha!

Por eso, al principio, el sacerdote nos atendía en una salita de la casa de socorro donde trabajaba Paco Uceda, porque en Requena era mejor que no entrara: habría resultado muy extraño para los chicos.

Aquel sacerdote que aún no nos atrevíamos a llevar a Requena era don Rodrigo Fernández Salas, que tenía por entonces 31 años y se había ordenado hacía sólo tres, el 7 de agosto de 1955. Me acuerdo bien porque yo asistí a la ceremonia de su ordenación en la iglesia de la Concepción, en Madrid.

Don Rodrigo había estudiado Derecho y era de un pueblo cercano a Carrión de los Condes, en la provincia de Palencia. Tenía —y tiene— la cualidad de entenderse bien con la gente, y eso en Tajamar le sirvió para congeniar enseguida tanto con los chicos como con sus padres. Jugaba bien al fútbol, cuestión que le daba un gran prestigio entre los muchachos.

Pronto se superaron los recelos hacia la figura del sacerdote, y don Rodrigo empezó a charlar con muchos chicos y confesar a los que querían en Requena. Luego ha seguido siempre, en las diversas sedes que tuvo Tajamar, y ahí continúa ahora, más de cuarenta años después, igual que yo.

Para el trabajo que estábamos haciendo, tuvimos que adaptar el gimnasio a nuestras necesidades, con nuestro propio esfuerzo, ladrillo a ladrillo. En las entradas y salidas del garaje construimos unos departamentos donde se guardaba ropa, unos vestuarios y unas duchas. Al fondo, un salón de pesas. En el otro piso instalamos despachos de los diversos clubes, y finalmente una habitación para el capellán, don Rodrigo, que pronto empezó a ser de las más concurridas.

Se programaban actividades, competiciones y entrenamientos. Había formación deportiva técnica, que daban los entrenadores en Requena, a pie de pista o durante los entrenamientos; preparación física sistemática con ejercicios comunes; charlas de formación humana y cultural; y, periódicamente, clases o cursos de asistencia voluntaria sobre doctrina cristiana.

Todo se desarrollaba en un ambiente de alegría. Recuerdo, por ejemplo, lo que en una ocasión me decía Luis, un administrativo que venía de vez en cuando por Requena:

—Es la primera vez que encuentro cariño. A veces he pensado que nunca nadie decía la verdad, ni se preocupaba sinceramente por los demás. Ahora sé que no es así, que hay mucha gente que vive lo que enseña. Gracias, no sé decir más. Aquí me tenéis para lo que sea.

También conocimos a otro chaval joven, que trabajaba desde las seis de la mañana en una fábrica, con un calor asfixiante y un ambiente moral bastante malo. Hablaba conmovido:

—Si hubiera conocido el Opus Dei hace dos años, no habría llegado a estar como ahora estoy, tan abandonado. Pero quiero seguir p'alante si me ayudáis. Yo tengo fe.

Y venían muchos otros que trabajaban desde muy jóvenes como obreros o empleados. Buscaban amistad, conversación, cariño, alguien que les escuchara. Me impresionaba su sinceridad:

—¿Ves este reloj? Lo robé ayer. ¿Y esta pluma? también la robé. No es que lo necesite, la verdad, pero es la costumbre...

Eran personas con ganas de aprender, muy receptivos. Vallecas me pareció desde el primer momento una tierra buena, generosa, dispuesta para dar fruto. Hasta los que decían que no nos comprendían o se declaraban enemigos de la fe, acababan reaccionando bien.

Recuerdo a un chico que gracias a la amistad, fue cambiando. Al principio no quería saber nada sobre Dios. Luego, empezó a hacer un rato de oración cada día y a hablar de Dios a sus amistades. Vino a un curso de retiro, pero dijo que no quería ir él solo, así que se llevó a siete amigos. Uno de ellos decía que se iba a aburrir. Comentaba luego:

—De aburrirme nada. Me ha abierto un mundo nuevo. Es curioso, pero... ¿cómo es posible que antes no viera las cosas así?

En torno a este grupo de primeros socios, los padres empezaron a manifestar cada vez más interés. Aquello cuajaba porque los chicos mejoraban y porque las familias captaban el sentido esperanzador de aquel trabajo. Les importaba mucho la formación que iban adquiriendo sus hijos, y se ofrecían para colaborar. Uno de ellos dijo un día:

—Bien. Estáis haciendo las cosas como debe ser. Vamos a reunirnos para daros una ayuda.

Sabían los problemas económicos que había. Los ingresos procedían de la pequeña cuota de los socios, de las ayudas de personas del barrio y, cuando empezaron los éxitos deportivos, de algunas subvenciones de la Federación Nacional. Así los padres empezaron a prestar su colaboración económica, como nosotros, para esa actividad.

Pronto comenzaron las clases de doctrina cristiana y los retiros espirituales para padres. Les explicábamos lo que buscaba Tajamar para sus hijos y para todo el barrio; y nuestro sueño de crear más adelante otras actividades que completaran la formación de sus hijos con clases de aritmética, geometría, mecánica, electricidad, dibujo... quizás incluso, ¿quién sabe?, un centro de enseñanza.

Una tarde, charlando con el padre de uno de aquellos muchachos, salió en la conversación que a Requena también acudían algunos chicos que habíamos ido conociendo y que vivían en la zona centro de Madrid. Hizo el siguiente comentario:

—Qué bien, porque esos chicos de familias ricas sí que lo necesitan...