El hallazgo del gimnasio

 

Índice del capítulo: Requena

Eso era lo único que había: un bar y un campo prestados. Así que hubo que empezar a buscar por todas partes un local que pudiera servir de gimnasio. También esta vez fueron muchas las horas que se emplearon en su búsqueda... sin éxito. Estábamos seguros —porque además de buscarlo, rezábamos para ello— que lo encontraríamos y que estaría bien cerca. Y así fue. Tan cerca, tan cerca, que estaba exactamente debajo de nosotros: en nuestra misma casa.

El hallazgo del gimnasio fue extraordinario. El propietario del edificio, un italiano llamado Mascagni, había construido un garaje para los propietarios de aquellos pisos. Era una previsión poco frecuente en esos años y, como era de esperar, lo tenía vacío o a lo sumo con un par de coches. El local tenía las dimensiones suficientes para lo que queríamos. El suelo era de cemento y las paredes de ladrillo enyesado. Nos encantó. Hasta las aberturas en la techumbre de teja plana sobre bastidores de hierro nos parecieron ideales para la ventilación (y para el frío, como se comprobó poco después).

Llegamos rápidamente a un acuerdo con el propietario y lo alquilamos el 1 de noviembre de 1957. Habían pasado sólo siete meses desde que empezamos con el primero izquierda. Comenzamos con gran ilusión a adecentarlo y hacer los primeros arreglos para convertir aquel garaje en un gimnasio. Colocamos unas espalderas en la pared del fondo y unas canastas de baloncesto en los extremos. El 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada, lo inauguramos con un partido de fútbol, una merienda y mucha alegría.

Estaba a punto de terminar 1957. Teníamos dos pisos y el gimnasio. Había ya cerca de doscientos socios y Tajamar empezaba a salir en los periódicos. Ése fue el momento en que dejamos definitivamente el Centro de la calle Bravo Murillo y nos trasladamos a Requena.

Yo iba a Requena todos los días después de mi trabajo en el taller de Villaamil, tomando el Metro en Estrecho hasta la estación de Puente de Vallecas, que seguía por aquel entonces siendo la última de la línea.

Intentaré reconstruir el ambiente de aquellos traslados. Estoy en 1958 y los días son muy parecidos. Cuando subo las escaleras deben ser las seis, o seis y cuarto, más o menos. No necesito mirar el reloj. En la calle encuentro las mismas personas de todos los días. Obreros, mecánicos, electricistas, empleados: un río de gente que vuelve a casa después de un día intenso de trabajo. Vienen cansados. Reconozco esos monos, esas caras y esas manos callosas. Avanzo con dificultad entre gente y gente que nunca acaba. Sigo por la calle Martínez de la Riva y doblo en la tercera bocacalle a la derecha. Llego a Requena. Al regreso, a las diez de la noche, hay menos gente en el Metro. Este largo recorrido de ida y vuelta me sirve para ir estudiando las asignaturas de bachillerato. Llego a casa cerca de las once de la noche, con lo que, la verdad, duermo poco.

Llevo unos meses intentando reorientar mi futuro laboral. ¿Qué hago? ¿Sigo con el taller de teatro? ¿No sería mejor que me buscase otro trabajo que me diese libertad para hacer más cosas?

Me decido, con dos amigos, Juan Marco y Julio Avellano, a crear una empresa para pintar casas y pisos. Con el comienzo de nuestros apellidos (Avellano-Linares-Marco) le ponemos el nombre de Avelimar. Así es como del pincel me paso a la brocha gorda y de trabajador a empresario-trabajador.

Julio Avellano era un hombre de Vallecas, una persona de ideas marxistas. No tenía fe. Era sincero y abierto y yo procuraba acercarle a Dios. Acabó participando en muchas actividades de Tajamar. Al tratarle, se me hacía muy presente aquella insistencia del Padre, cuando nos hablaba de que debíamos tener un «corazón grande, para querer a todas las criaturas de la tierra con sus defectos, con sus maneras de ser», y para no olvidar que, «a veces, hay que ayudar a las almas, para que caminen poco a poco; hemos de animarles con paciencia a avanzar lentamente, de modo que apenas se puedan dar cuenta del movimiento, aunque caminen» .

Pero sigamos en el año 1958, que fue muy importante para Tajamar. El deporte fue creciendo espectacularmente: el fútbol se federó y nacieron las secciones de atletismo, natación, baloncesto, ciclismo, gimnasia deportiva, montaña, halterofilia, hockey, esquí... y hasta una escuela de tauromaquia, que también funcionaba en el gimnasio. Marianón tuvo que hacer un esfuerzo extraordinario para sacar de la propia cantera a los preparadores de los diferentes clubes.

Los chicos de Vallecas se sentían atraídos por aquel club que les proporcionaba tantas posibilidades de hacer deporte, incluso como una salida profesional. Se les ayudaba en una tarea difícil, porque un atleta no se improvisa.

Y con la expansión aumentaba también el prestigio de Tajamar, basado no sólo en la profesionalidad con que se avanzaba en lo deportivo, sino también en unas pautas de comportamiento que poco a poco iban dando cuerpo a un estilo inconfundible.

Los carnets de socio distribuidos en enero de 1958 marcaban ya algunas características de ese estilo, como ser buen compañero, noble y leal, ser generoso con los demás, trabajar bien en el oficio o en el empleo, superarse ante la dificultad, ser constante para ser algo en la vida, esforzarse por ser alegre y optimista, etc.