Deporte en salones de bodas

 

Índice del capítulo: Requena

El piso de la calle Eduardo Requena fue la primera sede del Club Deportivo Tajamar. Alfredo Castro era quien estaba más en contacto con los socios y al que se debe el impulso de Tajamar en sus primeros años. El Secretario general fue Antonio Mamblona. Paco Uceda y Miguel Riera eran los vicesecretarios. Inmediatamente, el equipo comenzó a impulsar los primeros planes:

—¿Por qué no dais unas clases de gimnasia sin aparatos?

—¿Y dónde nos metemos? Para el fútbol podemos ir al campo del California..., pero sólo en días contados.

—En el bar Los Amigos de la calle Puerto Monasterio tienen un local para bodas y bautizos que puede servir —dijo Antonio Mamblona.

El salón tenía unas columnas que reducían el espacio, pero sirvió de momento para que Marianón diera las clases los lunes, miércoles y viernes, a doce chicos, que enseguida se convirtieron en veinte.

A las pocas semanas se encontró un local mucho más amplio. Se trataba de un nuevo bar, Los Faroles, cuyo nombre lo debía a dos modestos farolillos que lucían a ambos lados de la entrada. Se abría en una semiesquina de la Avenida de la Albufera, entre Nueva Numancia y Portazgo. Era bastante mejor.

—Y tiene hasta ducha —dijo un optimista.

Lo que tenía era una manguera para la limpieza del local, con la que los más audaces se daban una rápida ducha fría al terminar los entrenamientos.

Por aquel entonces hubo otras dos mejoras más. Primero conseguimos alquilar el piso segundo derecha del mismo edificio de la calle Eduardo Requena, y luego comenzamos a utilizar el campo de San Diego, cercano a la parroquia del mismo nombre. En aquellos campos se inició el atletismo —saltos y carreras— y se pudo normalizar todo lo del fútbol. Estaba bastante cerca, al final de nuestra misma calle, aunque quedaba un poco lejos para los que tenían que llevar desde Los Faroles los cestones de vestuario y material.

Un día apareció Alfredo Castro, lleno de optimismo.

—Vamos a iluminar el campo. Será el segundo campo iluminado de España, después del Bernabéu. Celebraremos la inauguración con un partido de fútbol.

La verdad es que nos hacía bastante falta una buena iluminación, porque los entrenamientos eran muy tarde, después de las clases y de la salida del trabajo. La propuesta fue acogida con entusiasmo. Se plantaron seis postes de madera, dispuestos uno en cada esquina y dos a ambos lados de la línea central, con unos bombillones y una pantalla elemental que difundía la luz hacia abajo.

Llegó la noche del partido y se consiguió jugar al fútbol... cuando el balón pasaba cerca de los postes. Gracias a aquel golpe de imaginación se pudo jugar al fútbol todas las noches en San Diego, sobre todo cuando había luna llena. Cuando no era así, el balón desaparecía de la vista al salir de los haces de luz de los focos. Pero ése no era el problema. Lo que importaba era sacar con cuidado los corners con un poste en la misma esquina y procurar no romper los focos de un balonazo, porque entonces esa zona se quedaba en la tiniebla más absoluta.