El Club Deportivo Tajamar

 

Índice del capítulo: El puente de Vallecas

Por ahí se empezó. Por el deporte. Por el fútbol en particular, que estaba entonces en todo su apogeo. Eran los años de Luis Suárez y Kubala, en el Barcelona; y de Di Stéfano, Rial y Gento en el Real Madrid, campeón de Liga desde 1954 y que acababa de ganar la Copa de Europa aquel año, la primera de cinco consecutivas. Los chicos de Vallecas estaban inmersos en este clima de euforia, en una ciudad que tenía otro gran equipo de primera división, el Atlético de Madrid; y que contaba en su misma barriada con otro club, fundado en 1924, el Rayo Vallecano, un equipo que sentían como propio, con una hinchada entusiasta y un emblemático campo de fútbol, al final de la avenida de La Albufera.

Algunos de los asistentes a aquella reunión tenían la experiencia del Albatros, el pequeño club deportivo que había nacido en Bravo Murillo, centrado sobre todo en el fútbol y la montaña. A partir de esa experiencia fue tomando cuerpo el nuevo club.

No fue difícil encontrar en Vallecas a chicos que quisieran jugar al fútbol. No había más que darse una vuelta el sábado por la tarde o el domingo. Un buen número de solares desocupados se habían convertido en campos de juego tras una labor previa de desbroce y limpieza de escombros por parte de los jugadores, con la ayuda de palos y piedras. Comenzamos a formar equipos y organizar un campeonato.

Cada cual aportó lo que pudo. Por ejemplo, Paco Uceda era amigo del director de la Academia Super, que tenía su sede en la calle Puerto de Monasterio, donde se impartían clases de primera y segunda enseñanza. Tanto el director como los chicos encontraron interesante el proyecto de un club deportivo y se mostraron dispuestos a colaborar.

Por ese y por otros caminos fueron naciendo clubes que pronto se hicieron muy populares: uno de baloncesto, el Club Deportivo Saeta, y otros dos de fútbol, conocidos como Academia Super y Sporting de Biencinto, que se llamó así porque solían reunirse en un bar de la calle de Melquíades Biencinto. En la directiva del Biencinto entraron Paco Navarro y Guillermo García Somozas; este último, además de ser un jugador muy bueno, era el entrenador.

De estos equipos, el más importante fue el Super. El presidente era el director, y la batuta la llevaba Paco Uceda, a quien todos querían y respetaban, porque se entregaba a fondo a su trabajo y porque con su carácter servicial sabía cómo tratar a cada uno. Antonio Mamblona se incorporó como tesorero y secretario, aunque ejercía también de director técnico, más que por sus conocimientos prácticos —era buen atleta, pero no gran jugador—, por los teóricos: era un entendido que había leído y visto mucho fútbol. Le ayudaba un chico mayor que los jugadores, llamado Melquíades, que había jugado en el Cuatro Caminos.

En el Super destacaba por su personalidad y su fuerza Constantino Luján. Tenía también bastante clase un chico llamado Emilio, que llegó a ser probado por el Rayo Vallecano. También recuerdo a Pepe Navas. A mí, que acudía a los partidos desde Tetuán, me llamaban Cuchillín, porque decían que mi técnica era la de segar las piernas de los contrarios. No sé lo que había de verdad en aquel apodo.

Las reuniones del club se celebraban en la misma academia, donde organizaban competiciones con otros equipos de Vallecas. A la vez, comenzaron los encuentros con nuevos chicos en un bar, algunos de los cuales se incorporaron al club. El trato entre dirigentes y jugadores, más allá del aspecto deportivo, hacía nacer una amistad que, para muchos, resultaba algo bastante nuevo. Hice muchos amigos a los que procuré ayudar espiritual y humanamente todo lo que pude, en ese marco de confianza que da la verdadera amistad, sobre todo cuando se consolida en medio de los sudores y las polvaredas del deporte.

También comenzamos a organizar charlas de formación, dirigidas a los jugadores y a otros amigos. Se daban en los más diversos lugares. Hablábamos sobre todo de virtudes humanas, les animábamos a ser responsables en el trabajo, y tratábamos también cuestiones de doctrina cristiana. Nos movía el convencimiento que nos había transmitido el Padre, y que tantas veces le oí repetir: el peor enemigo del hombre, su mayor y más injusta pobreza, es la ignorancia. Nos alentaba a «hacer una gran batalla contra la miseria, contra la ignorancia, contra la enfermedad, contra el sufrimiento, contra la más triste de las pobrezas: la soledad»; nos animaba a que nos movilizásemos, que fuéramos generosos y nos entregáramos a «esa gran obra de caridad y de justicia que es procurar que no haya pobres, que no haya analfabetos, que no haya ignorantes» .

Al caer en la cuenta de la situación en que se encontraban muchos de esos chicos, comprendía con mayor profundidad la insistencia del Padre cuando decía que la ignorancia es un gran impedimento para la libertad, la traba que hace esclavo al hombre por vedarle el acceso a la verdad: «el mayor enemigo de las almas, de la Iglesia y de Dios es la ignorancia» .

Eran gente estupenda. Yo procuraba ayudarles en lo que podía. «Las personas que parecen estar lejos de Dios, lo están sólo aparentemente. Es gente noble y buena... pero ignorante. Incluso sus pecados son como las blasfemias en la boca de un niño: no se dan cuenta. La gente no es mala. La gente es buena. Yo no conozco gente mala. Conozco, sí, gente ignorante. Por eso no me canso de decir que el Opus Dei no es anti-nada. Hemos de querer mucho a todos: el mal sólo se puede ahogar en abundancia de bien» .

Día tras día comprobé cuánta verdad encierran esas palabras del Padre.