Historia de un sueño

 

Índice del capítulo: El puente de Vallecas

La historia de Tajamar comenzó en otoño de 1956. Estábamos en la sala de estar del Centro de la calle Bravo Murillo, en un rato de tertulia. En cuanto llegaron todos, el director nos explicó que el Padre había pedido a los directores del Opus Dei en España que alentasen una labor apostólica de trascendencia social en algún barrio populoso de Madrid, y nos planteó si nosotros podríamos ponerlo en marcha.

Expuso algunas ideas generales más sobre aquel proyecto. Era algo con lo que el Fundador del Opus Dei había soñado desde sus primeros años de trabajo sacerdotal en Madrid. Pero eran sólo unas ideas básicas: prácticamente todo quedaba a la iniciativa y el ingenio de quienes, bajo su responsabilidad, fueran a sacarlo adelante.

A los pocos días, el 24 de octubre de 1956, entonces festividad de San Rafael, tuvo lugar la primera reunión para hablar de este proyecto. Fue en un bar de la avenida de Monte Igueldo, en pleno Puente de Vallecas, y estaban Paco Navarro, Paco Uceda, Bernardino Cuesta, Guillermo García Somozas, Antonio Mamblona y alguno más. Eran los que iban a comenzar la labor apostólica en esa barriada madrileña. Yo, de momento, seguí yendo por Bravo Murillo; tenía pendiente, además, el Servicio Militar.

Lo primero fue buscar un emplazamiento apropiado. Paco Uceda, a lomos de su vieja Vespa, con Antonio Mamblona como acompañante en el sidecar, se recorrieron a fondo toda la zona. Hubo otros que hicieron también una importante labor de búsqueda. Al final, a todos les pareció que el lugar ideal para comenzar era el Puente de Vallecas, el barrio obrero más poblado de Madrid, en continuo crecimiento por las inmigraciones del mundo rural, especialmente de extremeños y andaluces, que le hacía contar entonces con 150.000 habitantes, cuando Madrid rozaba ya el segundo millón...

En aquellos años, de la guerra y la posguerra, aquella barriada hasta entonces alegre y próspera se convirtió en un triste suburbio. Las secuelas de la guerra civil hicieron que la barriada adquiriera un aire fuertemente anticlerical y que predominara de una forma visceral la ideología comunista, hasta el punto de que, durante un tiempo, se llamó a Vallecas el pequeño Moscú.

Era un barrio de pioneros, de hombres y mujeres muy trabajadores que buscaban un porvenir mejor para sus familias, y que con el esfuerzo y el tesón de muchos años han dejado a sus hijos una realidad bien distinta de la que había en aquellos años. Para comprobarlo, basta con darse ahora un paseo por Vallecas.

Durante esos años se produjeron en España cambios sociales y laborales de importantes consecuencias, que llevaron a miles de familias procedentes del campo a acudir a las grandes ciudades en busca de mejores condiciones de vida. Vallecas es un claro ejemplo.

En ese momento histórico se celebró aquella reunión en el bar de la avenida de Monte Igueldo. Se habló de muchas posibilidades, que quedaron abiertas, pero hubo algo que se decidió ya allí de modo unánime: empezarían con algo relacionado con el deporte. Para corroborar la idea, hubo quien sentenció:

—El deporte es como una metáfora de la propia vida: hay que vencer obstáculos, esforzarse para ser cada día mejor y llegar cada vez más lejos y más alto.