En el castillo de Peñíscola

 

En aquel Centro teníamos diversos medios de formación: clases sobre la doctrina de la Iglesia, sobre el espíritu del Opus Dei, sesiones culturales, etc. Por mi parte, comencé a estudiar por libre en el Instituto Ramiro de Maeztu, en los altos de Serrano. Acudía por las noches a cursar primero y segundo; y tengo mucho que agradecer a Bernardino Cuesta, que hacía conmigo las veces de tutor: me explicaba matemáticas, me enseñaba a escribir mejor y a leer bien, enseñándome detalles como lo de saberse parar en los puntos y comas y otras cuestiones elementales.

Disfrutaba especialmente en las convivencias que se organizaban cada año. Era un tiempo de estudio, de descanso y de formación . Solíamos ir al castillo de Peñíscola, en la provincia de Castellón, donde dicen que Aníbal juró su odio eterno a los romanos. Aunque lo que ha hecho más famoso al castillo, me parece, es el haber servido de refugio al famoso Papa Luna.

Ahora todo aquello es un lugar turístico donde acuden miles de extranjeros. Entonces no había empezado el boom del turismo y estaba casi solitario. Es más, cuando nos lo dejaron para las convivencias, en aquellos veranos, el castillo estaba completamente abandonado y en malas condiciones. Dormíamos en una amplia sala llena de literas de dos pisos, sin cristales en las ventanas, por donde entraban y salían los murciélagos. El aspecto era un poco fantasmagórico y quizás por eso algunos días, ya a última hora, durante el rato de tertulia que hacíamos por la noche al aire libre, nos divertíamos contándonos historias de terror, como la de La mano verde. El sitio era espléndido, sobre todo para gente joven como nosotros, y tenía numerosas mazmorras y pasadizos para explorar y dos playas solitarias a nuestra disposición.

Índice del capítulo: Una familia que crece