El club Albatros

 

Los que frecuentábamos aquel pisito del barrio de Tetuán trabajábamos durante la semana en nuestras profesiones respectivas. Ahí hacíamos amistad, como es natural, con nuestros compañeros, a los que procurábamos acercar a Dios. Si era el caso, invitábamos a algunos al Centro para que recibieran algunas charlas de formación o hablaran con el sacerdote. Luego, miel sobre hojuelas si Dios llamaba a alguno a ser del Opus Dei, porque la mies es mucha y los obreros pocos.

Pero eso no significa, lógicamente, que todos los que vinieran por allí sintieran la llamada al Opus Dei. La mayoría no sentía una llamada específica, o Dios les llevaba por otro camino. Por ejemplo, solía venir un policía, hombre bueno y piadoso, que al poco de ir por allí comprendió que lo suyo era ser monje de clausura e ingresó en la Trapa. Lo importante era sembrar en todos el ideal de ser santos.

Por lo demás, las actividades que hacíamos eran las normales de la edad. Se nos ocurrió crear un club, al que llamamos Albatros, para jugar al fútbol y hacer excursiones y montañismo los fines de semana. Guardábamos el material de montaña que íbamos consiguiendo en casa de Rafa Poveda, que nos la dejaba como sede del club. Uno pidió un anticipo en su trabajo que sirvió para comprar un equipo completo de fútbol —camisetas, pantalones, medias, botas y un par de balones— y dos tiendas de campaña. Una de ellas la estrenamos en nuestra primera salida por el camino Smith: Cercedilla y Puerto de Navacerrada a Fuenfría, donde acampamos, así que bautizamos aquella tienda con el nombre de Fuenfría. Fue en esta época cuando se afianzó mi afición al deporte, que fue el comienzo de... pero ya lo contaré más tarde.

Índice del capítulo: Una familia que crece