Algunos otros recuerdos

 

En el Centro de la calle Bravo Murillo fui conociendo a personas muy distintas que crecieron mucho en su vida cristiana. Podría contar numerosas anécdotas de cómo actúa la gracia de Dios en tantas almas: conversiones, primeros pasos en la vida cristiana tras muchos años de abandono..., pero me limitaré, porque es lo que mejor conozco, a cómo fue llamando Dios a los que serían los primeros agregados del Opus Dei.

En 1953 pidieron la admisión Antonio Mamblona y Pepe Navas. Más tarde lo hicieron Ramón Bertrand y Florentino Matías, el mismo día, el 8 de diciembre de 1954, fiesta de la Inmaculada. Luego vinimos, ya en 1955, Enrique Esteban, el 14 de febrero; Manolo Plaza, el 10 de abril, y yo, el día 24 del mismo mes.

También fueron llegando algunos otros que habían conocido el Opus Dei en otras ciudades y recalaron por aquel entonces en Madrid: Santi García, de Salamanca; Bernardino Cuesta, de Oviedo; Juan Marco, que venía de Badalona, aunque era alicantino; Pepe Guallart y Juan Soria, con su inconfundible acento valenciano; Guillermo García Somozas, que aunque había pedido la admisión en Madrid a finales de 1951, vivía en Ciudad Real; y otros más.

Cuando salíamos del trabajo, acudíamos al Centro, donde además de formarnos cristianamente pasábamos ratos estupendos. Nos reíamos mucho con el ingenio y el buen humor de Joaco Herreros, un ingeniero industrial de 24 años. Recuerdo bastantes detalles suyos, todos sencillos, pero con gracia. Por ejemplo, cuando en verano, alguien iba a dejar el botijo en el plato después de echar un trago, y Joaco quería beber, decía:

—No cuelgues, por favor.

Los domingos nos reuníamos para merendar, en una gran tertulia a la que invitábamos a mucha gente. Era un rato de expansión y de ambiente de familia, donde contábamos cosas de lo más diversas. Tuvo mucho éxito una canción mexicana: Todos me llaman el negro, llorona, / negro pero cariñoso... Otras veces se hacían representaciones. Por ejemplo, a Paco Uceda se le daban bien La niña de fuego y La Salvaora, —Quien te puso Salvaora,/ qué poco te conocía...—, que habían puesto de moda Manolo Caracol y la joven Lola Flores. Y hasta se atrevía, a veces, a marcarse unos pasos de baile flamenco.

Juan Marco entonaba Maravillas tiene el mundo y una jota que llamábamos La parra. Rafa Poveda cantaba más profesionalmente una cumbia muy agradable, La cumbiamba, y algún trozo de zarzuela o de ópera, pues no en balde había sido algún tiempo corifeo, como él decía, que así se llamaban los que cantaban en los coros de la ópera. Manolo Plaza se despachaba con Padam y algunas piezas italianas tan de moda entonces, o hacía dúo con Antonio Mamblona, especialista en tangos. Como en familia no se tiene miedo al ridículo, yo me atrevía a lanzarme con aquello, también de Lola Flores: La llamaban la caoba / por su pelo colorao...

Como ya he dicho, uno de los que acudía a aquel Centro era Juan Marco, pintor de profesión. Se inició en este trabajo a los 18 años en Badalona, cuando su familia se trasladó a Cataluña desde su Villena natal, en Alicante, donde su padre tenía una droguería. Llegaron económicamente a "bajo cero", como se suele decir. Juan solía ir a Misa diariamente en la iglesia de San José de Badalona. Allí coincidió con unos chicos. Una mañana de agosto de 1952 le invitaron a una reunión que iban a tener por la tarde. Así fue como conoció a Julián Herranz —entonces un joven residente del Colegio Mayor Monterols, que luego se ordenó sacerdote y hoy es arzobispo—, que fue quien dio la charla. Luego Julián le pidió que le acompañase hasta el autobús en el que se volvía a Barcelona.

En aquel breve trayecto, Julián le habló con mucha fuerza de todo lo que en el mundo quedaba por hacer y le abrió grandes horizontes a su vida. Le insistió en que tenían que meter fuego en el mundo, encender en las almas el fuego del amor de Dios.

Aquel día, Juan decidió comprar Camino y comenzó a hacer oración. Siguió en contacto con aquellos chicos y unos días después le invitaron a conocer un Centro del Opus Dei situado en un entresuelo de la calle Balmes, el Palau, en Barcelona. Desde entonces se dirigía allí todas las tardes de domingo. Al poco tiempo se planteó su llamada al Opus Dei y el 30 de noviembre de 1952 pidió la admisión.

Juan siguió durante años —también cuando se trasladó a Madrid en 1956— con su oficio de pintor, trabajando en el sector de la construcción junto con otros pintores, albañiles, carpinteros, escayolistas, calefactores... y junto a gente como yo, porque al cabo del tiempo pasé de pintar decorados a pintar techos y paredes, pero esto ya lo contaré más adelante.

Índice del capítulo: Una familia que crece