Paco Uceda

 

De Paco Uceda he hablado ya antes. Había nacido en Madrid en 1921, y su infancia se desarrolló en circunstancias de bastante necesidad. Su padre era policía, un hombre muy recto, al que admiraba mucho, y que le inculcó muchas virtudes humanas. Murió al comienzo de la guerra civil, y desde entonces Paco tuvo que trabajar mucho para ayudar a sacar adelante a la familia.

Desde pequeño Paco tuvo una personalidad muy acusada. Era extrovertido, con un corazón que le hacía querer y ser querido de cuantos le conocían. La historia de su encuentro con el Opus Dei se la oí contar a él mismo, en una de aquellas ocasiones de animada conversación, entre el goteo de urgencias y consultas, en la Casa de Socorro de Tetuán, cuando iba a verle a su trabajo.

—Dios llama cómo y cuándo quiere. Yo me sentí de pronto llamado a una vida de entrega y comprendí cuál era. Así que le dije a mi novia: lo siento, no te voy a dejar porque haya encontrado a otra mujer. Lo que he encontrado es un camino de servicio a Dios que estoy convencido de que es el mío y lo voy a seguir hasta el final. Y pedí la admisión en la Obra el 14 de febrero de 1951, cuando tenía 30 años.

Paco siguió dedicado a su trabajo y, por medio de él, hablaba de Dios a personas de todo tipo, con esa psicología y don de gentes que había aprendido en lo que él llamaba —ya lo he contado— la universidad de la calle. En esto tenía una especial audacia: en cuanto conocía a una persona, se metía en su alma con una gran naturalidad y simpatía, «como Dios se metió en la mía —decía, parafraseando unas palabras del Padre—, sin pedirme permiso».

Esto dio lugar a anécdotas como la que me contaba Enrique Esteban, otro de los que venía por aquel Centro de la calle Bravo Murillo. Enrique era —como él decía— de profesión literaria, pues trabajaba como corrector de pruebas de imprenta. Había conocido el Opus Dei precisamente a través de Paco Uceda. Y es curioso que la primera vez que Paco habló con Enrique, éste lo comentó después con una amiga suya del barrio. Su amiga, que conocía bastante a Paco por diversas referencias, le dijo a Enrique:

—Oye, es mejor que no vayas con ese Paco, que sé que es un golfo. Como no dejes de tratar con él, se lo diré a tu novia.

—¡Qué va! —respondió Enrique—, si ya no es así. Ahora Paco es muy buen cristiano.

—¿En serio? ¡Qué cosas hay que ver! —respondió asombrada su amiga.

La verdad es que el asombro de aquella chica estaba bastante justificado. El cambio que dio Paco fue motivo de comentario en el barrio durante mucho tiempo.

Índice del capítulo: Una familia que crece