Dios me pedía más

Índice del capítulo: Un piso de la calle Bravo Murillo

Aunque dejé de acudir a aquel Centro, no perdí la inquietud religiosa: quería ser buen cristiano, pero me resistía a la mera posibilidad de que Dios me pidiese más.

Acudí de nuevo a don José Collado, y seguí dirigiéndome espiritualmente con él.

Seguí viviendo las prácticas cristianas de piedad y los consejos que me había dado Paco Uceda durante los meses anteriores. Me aconsejaba, por ejemplo, que me levantase a una hora fija, con el minuto heroico —un pensamiento sobrenatural y ¡arriba!, sin concesiones a la pereza—, y que hiciese un ofrecimiento del día al Señor. Iba a Misa, hacía un cuarto de hora de oración por la mañana y por la tarde; después de comer me acercaba a la iglesia a visitar al Santísimo, y procuraba rezar el Rosario.

Rezaba, me esforzaba por ser mejor cristiano, pero no quería ni oír hablar de ser del Opus Dei. Sin embargo, sentía dentro de mí una profunda inquietud.

Pasó el tiempo y cumplí los 19 años. La vocación la da Dios, me había dicho Paco Uceda, y ciertamente es así, porque un buen día, mientras estaba en el estudio, pintando los decorados de Los Gavilanes, de pronto lo vi todo claro. Hasta el miedo que había sentido durante todo ese tiempo se convirtió en prueba clara de mi vocación. Nadie se asusta de lo que no es para él, pensé. Me acordé también de esas palabras que dijo el ángel Gabriel a la Virgen: No temas, María. Y de las que dijo el Señor a sus discípulos en otra ocasión: No temáis, soy yo. Hay siempre miedo cuando irrumpe lo sobrenatural, pero luego paz. Eso es lo que me pasó a mí aquella tarde en el estudio. Me invadió la paz. Y decidí volver al Centro de la calle Bravo Murillo.

Fui recibido como si en vez de año y medio hubiesen transcurrido sólo unos días. Paco Uceda me trató con su mismo cariño de siempre. Me incorporé de nuevo a los círculos: unas charlas de formación cristiana en las que se comentaba un pasaje del Evangelio, se hablaba sobre algún tema espiritual y se leía después un breve examen de conciencia sobre las obligaciones de un cristiano corriente. Tenían lugar los domingos, y recuerdo bien cuánto me costó acudir con regularidad, por mi afición a la caza.

Yo veía cada vez más claro mi camino. Cuando, años después, leí unas palabras del Fundador del Opus Dei sobre la naturaleza de la llamada de Dios, me pareció que describían a la perfección lo que yo sentía entonces: «Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación.

»La vocación nos lleva —sin darnos cuenta— a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta el trance mismo de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: ésa es la llamada».

Efectivamente, yo veía la vida de otra manera. Los domingos por la tarde acudía al Centro de Bravo Murillo a merendar y a tener un rato de tertulia. Aquello de la tertulia me resultaba muy atractivo. Era un rato de conversación en el que iban saliendo temas diversos, y donde unos y otros contaban cosas en un ambiente de familia y de amistad estupendo.

Al fin, uno de esos domingos, me decidí a hablar con el director del Centro, Juan María Dexeus.

Fui directamente al grano. Le dije que pensaba que el Señor me pedía más, que me lo pedía todo. Pero que no me sentía nada seguro de que pudiera perseverar en el Opus Dei, y se lo dije con claridad. Él me hizo varias preguntas, y me puso bastantes reparos, supongo que para asegurarse de que mi deseo era firme, de que no era una cuestión sentimental, y que no era fruto de un apasionamiento juvenil y pasajero.

También me explicó que el Fundador del Opus Dei quería que todo aquel que viniera a la Obra supiera desde el principio que se entregaba a una vida de sacrificio: decía, siguiendo una imagen del Evangelio, que no venimos al monte Tabor, sino al Calvario.

Todo eso me pareció razonable. Lo que me sorprendió es que no parecía dar importancia a mi objeción. Cuando se lo volví a preguntar, me dijo:

—Lo importante es que cada uno estemos firmemente decididos a ser fieles a lo que Dios nos pida. Luego ya Dios suple nuestra debilidad. Si tú dices que ves con claridad que el Señor te pide más, y crees que, en concreto, te pide ser agregado del Opus Dei, si tú luchas, el resto lo pondrá el Señor.

Yo le escuchaba con atención. Juan María hizo una pausa, y luego me preguntó:

—Por ejemplo..., ¿tú crees que podrías perseverar un día?

—Hombre, sí; un día sí —le contesté.

—¿Y una semana?

—Sí, una semana pienso que también.

—¿Y un mes?

—Hombre, un mes puede ser muy largo, pero supongo que también.

—Entonces, si puedes perseverar un mes eres capaz de perseverar toda la vida —concluyó.

Entendí lo que me quería decir. Dios nos da en cada momento la gracia necesaria para ser fiel. Si no hay ningún obstáculo para vivir el día a día, no tiene por qué haberlos después. Cada día tiene su propio afán y su propia gracia de Dios.

Y pedí la admisión en el Opus Dei, escribiendo una carta al Padre. Era el 24 de abril de 1955. Recuerdo particularmente el entusiasmo de Manolo Plaza cuando se lo dije: él también había pedido la admisión quince días antes.

Aquel domingo llegué a casa un poco tarde, entusiasmado, con una alegría interior que no podía contener. Mi madre me miró y no me dijo nada. Fue pasando el tiempo. De vez en cuando, mis hermanos me decían:

—Lázaro, a ver si te echas novia, que ya va siendo hora...

—Sentaos ahí un momento —les tuve que decir un día, que volvían a la carga—. Mirad, os debo una explicación. No me echo novia porque he entregado mi vida a Dios en el Opus Dei. Voy a seguir en casa y en mi trabajo, como siempre. Pero mi corazón es entero para Dios. Le quiero servir en medio de la calle. Entended que ésta ha sido una decisión libre y meditada.

Mis hermanos no volvieron a decirme nada. Pero mi madre me llevó aparte y me dijo:

—Tú cuentas esto ahora, pero yo sé desde cuándo eres del Opus Dei.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

—¿Te acuerdas de aquel domingo que viniste a casa, un poco tarde, muy contento...? En ese momento me di cuenta de que te había pasado algo importante. Tu cara me lo decía.

Mi vida, desde luego, continuó como siempre. El taller de Villaamil, mi casa, adonde seguía llevando mi pequeño jornal, etc. Y sintiendo el Opus Dei como lo que en realidad era, una familia de vínculos sobrenaturales verdadera y entrañable. Una familia que tiene una historia. Intentaré contarla brevemente.