Una larga conversación

Índice del capítulo: Un piso de la calle Bravo Murillo

Entre los que fui conociendo, Paco Uceda me resultó especialmente simpático y con quien más trato tuve a partir de entonces. Tenía algo más de treinta años. A mí, me parecía una persona mayor, con su traje y su sombrero, como llevaban entonces tantas personas. Era mediano de estatura, cara delgada, cejas negras y pobladas y con entradas en el pelo. Tenía un carácter fuerte, que sabía dominar, y si alguna vez se enfadaba pedía perdón de inmediato. Era dicharachero y muy ameno, con una simpatía y un corazón que le hacía amigo de todos. Le tomé bastante aprecio desde el primer día.

Trabajaba como practicante en la Casa de Socorro de Tetuán. Yo solía visitarle los domingos por la tarde, porque casi siempre estaba de guardia, y me pasaba horas charlando con él. Me hablaba de todo: me contaba con sentido del humor que se había educado en la universidad de la calle. Durante la guerra civil tuvo que arreglárselas para ayudar a su madre viuda y a sus dos hermanos pequeños, un chico y una chica. No tuvo ocasión de estudiar ni de formarse en el ambiente del barrio de Tetuán. Hacía broma diciendo que durante esos años de hambre su profesión había sido la de carterista, porque el grado de necesidad que llegaron a pasar fue tremendo.

También me habló del Opus Dei, que —me explicaba— había fundado Josemaría Escrivá —el Padre, como observé que le llamaban los que acudían por el Centro—, el 2 de octubre de 1928.

—Mira, Lázaro, la misión del Opus Dei es muy sencilla. Todo el mundo debe buscar a Dios en su estado y profesión. Yo de practicante, tú pintando decorados; el médico como médico; y el abogado y el oficinista y el campesino, cada uno en lo suyo. Se trata de ser santos a través de las ocupaciones normales de cada día, en el trabajo ordinario. Vamos, que ser santo es cosa de todos.

—A mí —le contesté— eso de ser santo me suena a cosa de curas, monjas y frailes.

—Eso han pensado muchos y durante muchos años, pero no es así. Sería como pensar que la santidad fuera un oficio, a los que unos se dedican y otros no. Sin embargo, Dios quiere que todos los hombres se salven. A todos los ha redimido y todos están llamados a ser santos y hacer su voluntad. Todos tienen una vocación.

Yo me quedé pensativo. Paco seguía:

—Algunos tienen la llamada de ser frailes o monjas y encerrarse en un convento o en un monasterio, o dedicarse a atender enfermos, o irse a las misiones, o lo que sea. Pero los que se quedan en el mundo no es que no tengan una llamada de Dios, sino que tienen precisamente esa llamada, la de hacerse santos trabajando en medio de la calle, sintiéndose hijos muy queridos de Dios. Aquí no hay primera, segunda y tercera división, como en el fútbol. ¡Que todos somos de primera, vamos!

En otra ocasión me decía:

—Y no creas que el Opus Dei es algo que está sólo en Madrid o en España. Está ya en Francia, Italia, Portugal, Inglaterra, Irlanda..., y ha llegado hasta América. Hay centros como el de Bravo Murillo ya en Estados Unidos, México, Argentina, Chile, Colombia, Venezuela...

Yo le escuchaba con interés. Y ahora, al cabo de los años, al recordar aquellas conversaciones y ver la rápida extensión del Opus Dei por los cinco continentes, me sorprende la fe y la clarividencia de aquel practicante de la Casa de Socorro de Tetuán, que me hablaba con gran pasión de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas.

Paco me fue transmitiendo una profunda inquietud por acercarme más a Dios. Me insistía en que mejorase mi formación y en que estudiase. De hecho, me convenció para que comenzase el bachillerato, y sus consejos fueron fructificando. Empecé a esmerarme más en mi tarea profesional y a cuidar las cosas pequeñas, de las que Paco tanto me hablaba, citándome el punto 815 de Camino: «¿Quieres de verdad ser santo? —Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces.» Y yo procuraba poner más interés en los detalles y en dejar ordenados mis útiles de trabajo.

Me daba cuenta del bien que me estaba haciendo y de que me iba volviendo más coherente. Me decidí, por fin, a estudiar el bachillerato nocturno, única forma de hacerlo compatible con mi trabajo en el taller de decoración.

Pasó el tiempo y un día Paco me habló por vez primera de la posibilidad de pedir la admisión en el Opus Dei. Me dijo, más o menos, lo siguiente:

—Yo creo, Lázaro, que ya tienes bastante claro lo que es el Opus Dei. Ya estás viviendo su espíritu. Como muchos que acuden a este Centro, has mejorado en el trato con Dios. Pero en tu caso, piénsalo con calma, considéralo en tu oración... quizá puedes dar un paso más: comprometerse con el Señor a extender por todo el mundo esa llamada a la santidad. Hay que hacer ver a todos que pueden ser santos en cualquier ambiente, como lo hacían los primeros cristianos, a los que les bastaba el Bautismo para saber que estaban llamados a todo lo grande. Si el mundo antiguo se convirtió es porque había apóstoles, o dicho de otro modo, porque los que se hacían cristianos, fueran marineros o artesanos o lo que sea, se lo iban contando a otros, con su palabra, pero sobre todo con su vida.

Yo le escuchaba esperando el desenlace de la conversación.

—Dios quiere que haya apóstoles que recuerden estas cosas a los que tienen un trabajo en mitad de la calle, a sus amigos, a sus compañeros, a sus familiares, siendo uno de ellos. Quizá tú tengas también esa vocación.

Seguí atendiendo, callado.

—En el Opus Dei hay una sola llamada, pero ya sabes que las circunstancias en la entrega a Dios de cada persona pueden ser muy distintas. Dios puede llamar al Opus Dei a jóvenes o mayores, solteros o casados, en unas situaciones profesionales, familiares o personales tan variadas como puedas imaginarte.

Y me explicó, de forma sencilla, que en el Opus Dei hay numerarios, agregados y supernumerarios, que no son categorías, sino las distintas formas en las que esa única y misma llamada puede concretarse en cada uno.

También me explicó que los numerarios suelen vivir en un Centro de la Obra. Los agregados entregan plenamente su vida al Señor, y viven en celibato apostólico, como los numerarios, pero sus circunstancias personales, familiares o profesionales les llevan ordinariamente a vivir con la propia familia o en el lugar más adecuado a cada uno.

Me habló luego de los supernumerarios, que no tienen compromiso de celibato, y pueden ser solteros, casados o viudos. Los casados están llamados por Dios —me dijo— a convertir también en camino de santificación y de apostolado la vida matrimonial y las ocupaciones familiares. Tienen una llamada divina, porque la santidad es seguir el camino que Dios haya marcado a cada uno. El Padre lo explica diciendo que para la vida espiritual, los miembros del Opus Dei no tenemos más que un solo alimento, un mismo espíritu: un solo puchero.

Como le atendía con una cara en la que se mezclaban asombro e interés, Paco continuó:

—¿Quién entra en la Obra? Aquel a quien Dios llama y luego él le responde que sí. Y aquí está tu caso, Lázaro. Por lo que sé de tu vida, que conozco ya bastante, pienso que quizá no sea casualidad que te hayas encontrado con el Opus Dei. A lo mejor Dios te llama para que ése sea tu camino. Quizá te lo haga ver en la oración, en la presencia de Dios. Yo rezaré para que seas fiel a lo que el Señor quiera de ti, sea lo que sea.

Le escuché atentamente hasta el final. No sé qué le contesté. La simple posibilidad de entregarme a Dios me espantaba. Por eso aquella tarde, en cuanto pude, me marché, desaparecí, y no volví por allí hasta año y medio después.