Mi primer contacto con el Opus Dei

Índice del capítulo: Un piso de la calle Bravo Murillo

Un día de mayo de 1952, al salir de la iglesia de Nuestra Señora de las Victorias, me abordó un chico joven:

—Te veo todas las mañanas en Misa. Supongo que coincidimos en algunas cosas. Tengo una idea que proponerte, para el domingo. ¿Tienes ya algún plan?

—Sí, ir a cazar, si no tengo trabajo.

—Yo te iba a ofrecer otro plan; no sé si te interesa.

—¿Qué plan?

—Ir a una ermita de la Virgen para rezar un poco. Estamos en el mes de mayo.

No era una propuesta extraña para dos chicos que hablaban en la puerta de una iglesia, pero tampoco me parecía muy divertida, y le dije a las claras:

—Este domingo es imposible. Ya tengo planeado irme a cazar pájaros.

La cosa quedó así, pero volvimos a vernos y quedamos para dar un paseo y tomar algo. Me contó cosas de su vida, de su trabajo en una oficina, y yo le hablé de mis actividades en el taller de teatro. Seguimos viéndonos y charlando, hasta que en una ocasión, Juan Francisco Campillos, que así se llamaba, me invitó a ir a un lugar que estaba en la calle Bravo Murillo, número 179, cerca de la estación de Metro de Estrecho. Me explicó que era un Centro del Opus Dei donde se desarrollaba una labor apostólica entre muchachos de nuestra edad.

Comencé a ir por ese Centro. Era el tercer piso de una casa un poco destartalada, como casi todas las del barrio. No tenía calefacción ni agua caliente. Cuatro habitaciones, cocina, cuarto de baño y un pequeño trastero, al final de un largo pasillo en forma de ele.

Aquel Centro se había inaugurado pocos meses antes, concretamente el 15 de agosto de 1951. Me contaron que ese día, cuando don Amadeo de Fuenmayor, entonces Consiliario del Opus Dei en España, fue a bendecir la casa, sólo había un par de sillas viejas y una mesita auxiliar de máquina de escribir..., pero sin la máquina. En los meses siguientes, con el esfuerzo de todos los que iban por allí, se fue amueblando la casa; y así la encontré yo.

Apenas se entraba, había una habitación a la derecha con un armario a un lado y dos camas plegables al otro. Tenía una ventana que daba al patio de atrás y dos sillones pequeños, una mesita rinconera y un par de cuadros.

Al otro lado de la casa, el salón, que era más amplio. Había una lámpara de pie, además de la del techo, y varios cuadros; uno de ellos representaba una forja. Lo que más me llamó la atención fue un gramófono o gramola, de esos de trompeta de la Voz de su Amo, que estaba todavía en uso, y al que se le daba cuerda con una manivela. El ambiente era acogedor, aunque saltaba a la vista que los muebles eran de muy poco valor.

La última habitación hacía de comedor y de sala de estudio, con una mesa en el centro y seis u ocho sillas. Era más pequeña que el salón y tenía, como éste, una ventana que daba a la calle de Bravo Murillo.

Allí conocí a mucha gente: Paco Navarro, Rafa Poveda, Paco Uceda, Juan Soria, Pepe Guallart, Guillermo García Somozas, Santi García, Bernardino Cuesta, Juan Marco, Antonio Mamblona, Pepe Navas y algunos más. El director se llamaba Juan María Dexeus, un arquitecto de 27 años .

Se organizaban charlas de formación humana y cristiana, excursiones y partidos de fútbol en un campo del barrio de Tetuán. Era un club cultural y deportivo, aunque quedaba bien claro que era algo más que eso. Guardo un recuerdo entrañable de aquellos ratos de tertulia y aquellas meriendas. Algunas veces cantábamos o veíamos "la" película, porque casi siempre era la misma: La calle de la paz, de Charles Chaplin, propiedad, como la vieja máquina de 8 milímetros, de Rafa Poveda. Aquella película era interminable, porque cada vez que se rompía el celuloide, nos eternizábamos pegándolo con acetona.

Pero había algo más que un ambiente simpático y agradable. Enseguida noté que se respiraba un aire de familia muy especial en toda la casa y que aquello me atraía de modo particular.

Muy pronto —debió ser en octubre de 1954— apareció también Manolo Plaza, aquel chico con el que había coincidido en la parroquia de Tetuán. Me alegró mucho ver a un viejo colega en aquel Centro, donde acudía un sacerdote con el que podíamos charlar y confesarnos y, cada semana, nos predicaba. En las charlas y clases que impartían algunos laicos, y en esos ratos de meditación que dirigía el sacerdote, comencé a oír hablar de la necesidad de tratar a Dios y de adquirir vida interior —una expresión nueva para mí y a la que luego fui encontrando cada vez más sentido—; de la importancia de preocuparse por los demás y por su alma —a lo que llamaban apostolado—; etc.