Nuestra Señora de las Victorias

 

Esta costumbre me hizo frecuentar la parroquia de Nuestra Señora de las Victorias. Allí conocí a dos personas que me ayudaron mucho: Cirilo y don José Collado.

Cirilo era un anciano paralítico que tenía un pequeño quiosco de madera donde vendía pipas y "chucherías". Solía apostarse a la puerta de la iglesia, con su carrito de ruedas, esperando a que alguien le ayudase a entrar. En cuanto le vi, el primer día, le cargué sobre mis hombros y le metí en el templo. Otras veces lo hice incluso con carrito. Su fe, su sencillez y su bondad me sirvieron siempre de ejemplo y de acicate.

Don José Collado, el párroco, que debía tener unos cincuenta años, me pareció un hombre santo y bueno, que supo exigirme. Enseguida me propuso colaborar en las actividades parroquiales que organizaba la Acción Católica, sobre todo en las representaciones de teatro, en las que me encargué, para variar, de pintar los bastidores.

En la parroquia entablé amistad con muchachos del barrio. Uno de ellos se llamaba Manolo Plaza. Vivía en el número 5 de mi calle, Voluntarios Catalanes, y estudiaba en la escuela parroquial. Era más alto que yo y casi tan delgado, pero un poco menos fuerte. Me llamó la atención su alegría y vivacidad, y su habilidad con el fútbol y el mus, deporte que practicábamos con frecuencia en un bar cercano.

Corría el año 1951 y el mundo estaba pendiente de la guerra de Corea. Pero yo no estaba demasiado interesado por esas cuestiones. Por lo que se refiere a mi trabajo, estaba contento, porque había dado un respiro a mi familia, en la que entraba cada semana mi pequeño sueldo, junto con el de mi hermano Ángel, que al cumplir los 14 años también había empezado a trabajar. Ángel encontró empleo en una carpintería —con el tiempo se ha convertido en un buen ebanista— y después en una fábrica de óptica donde se hacían prismáticos. Mi gran pasión, entonces, era la caza.

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