Un trabajo providencial

 

Índice del capítulo: En Tetuán de las Victorias

Al cumplir los catorce años, alcancé la edad que se exigía para ingresar en el mundo laboral. Yo estaba ojo avizor y un amigo me comentó:

—Lázaro, en el taller de teatro de la calle Villaamil buscan un aprendiz. A lo mejor te interesa.

Claro que me interesaba. Villaamil estaba cerca de mi casa. Fui enseguida y me acordé con el dueño, Juan Ros, un sueldo de cinco pesetas diarias.

Allí se preparaban los bastidores para las escenas de las obras teatrales y las zarzuelas. Mi primeros cometidos fueron llevar los bocadillos a los operarios, trasladar enseres de un sitio a otro y mezclar pintura, imitando los colores que se iban a reproducir.

Antonio Sendras, el encargado, me recibió con cariño. Era alto, delgado y muy deportista. Tendría unos 34 años. Era buen pintor, de carácter sencillo y abierto, y procuró ayudarme desde el principio. Me permitió pintar cielos, donde había que empezar con una textura rojiza que se mezclaba con azul para lograr un buen anochecer.

—No se te da mal —me decía.

Pasado el tiempo, me animó con el dibujo artístico y el lineal, que era necesario para conseguir la perspectiva de las casas que pintábamos.

Teníamos mucho trabajo. Hicimos bastidores para zarzuelas como Los Gavilanes, La del manojo de rosas o La Dolorosa y obras de teatro como La muralla, de Joaquín Calvo Sotelo, muy famoso en aquel tiempo, y otras muchas. Obras que además pude ver, porque uno de los privilegios del oficio era que podíamos asistir —entre bastidores— a las representaciones de cantantes como Antón Navarro, Josefina Canales y Marcos Redondo.

El trabajo resultaba duro y exigía dedicación los sábados y la mayoría de los domingos. Pero necesitaba esas cinco pesetas diarias, así es que pasaba allí toda la semana. A menudo, después de una jornada agotadora, cenábamos un simple boniato.

A veces, al acabar el trabajo me dirigía a los baños de Alvarado, que estaban en una planta baja en frente de la iglesia de San Antonio, en Bravo Murillo, para darme una ducha, cosa que entonces no era posible en la mayoría de las casas de mi barrio.

Para sacar algo más de dinero, me encargaba de llevar los decorados con un carrito de mano desde el taller hasta el Teatro Madrid, el Calderón o el Infanta Isabel. Era un recorrido largo, aunque la circulación por aquel entonces era escasa: había muy pocos coches —la mayoría, movidos con gasógeno, por la falta de gasolina—, algunas bicicletas... y los tranvías, el transporte que, junto con el Metro, monopolizaba el transporte público madrileño de entonces. Algo más tarde, aparecieron los mosquitos, motocarros, vespas y lambrettas... Y los primeros coches Seat, que alternaban con unos pocos coches de importación: los haigas de los estraperlistas, que recibían ese nombre porque se decía que estos nuevos adinerados, cuando iban a comprarlos, pedían el mejor que haiga.

La atmósfera ligera del teatro, al que acudía con frecuencia, se compensaba con la del taller, donde pasaba innumerables horas, y donde Antonio Sendras, que era buen cristiano, me decía:

—Mira, Lázaro, no se puede creer en Dios y no cumplir con sus Mandamientos. Para eso hace falta la gracia de Dios, y Él nos la da en los Sacramentos. Deberías ir a Misa todos los domingos, aunque tengamos que trabajar. Es cuestión de organizarse: es sólo media hora.

Yo sabía muy poco de vida cristiana. Sabía que era malo robar y que era bueno hacer favores. Ésos eran, quizás, mis dos principios morales básicos. A Misa no iba nunca: unos domingos porque trabajaba y otros porque me iba a cazar pájaros con red, liga y reclamos a los campos de trigo y cebada de La Veguilla, donde están ahora los barrios del Pilar y La Coma, que pertenecían entonces al pueblo de Fuencarral.

Un domingo se quedó a trabajar Antonio Sendras, con la intención de llevarme después a Misa con él.

—Trabajamos un rato y nos vamos a Misa, ¿te parece? Luego volvemos.

También me animaba a estudiar. Pero a eso no me decidí hasta mucho tiempo después. Antonio se pasó años dándome consejos, en el taller, paseando por la Dehesa de la Villa o en su propia casa. Y yo, aunque no parecía hacerle caso, empecé a cambiar poco a poco. Sus palabras y las de su mujer, que era profesora de Magisterio, iban calando en mí y por las noches recordaba las conversaciones antes de dormirme.

—Este hombre tiene razón —pensaba.

Así empecé a cambiar y a ver la vida de otra manera. En una ocasión, Antonio consiguió llevarme nada menos que a unos ejercicios espirituales que impartían los Redentoristas, en el barrio de Chamberí. Eran unos ejercicios abiertos, donde el sacerdote predicaba desde el púlpito en una iglesia atestada de gente. Recuerdo bien que nos habló de la muerte y del amor a Jesucristo. Allí me confesé, aunque de aquellos ejercicios, no sé por qué, saqué una conclusión un poco extraña, como de un Dios justiciero que estuviera esperando que hiciéramos algo mal para caer sobre nosotros.

—Todo lo contrario, Lázaro —me decía Antonio. Dios está esperando que estemos en gracia para salvarnos. En los ejercicios, el sacerdote truena para conseguir la conversión de la gente, que es muy remolona, pero no saques esa impresión, porque no es así.

A pesar de todo, el ejemplo de Antonio me sirvió más que sus palabras, y comencé a asistir diariamente a Misa.