La escuela de la calle

Índice del capítulo: En Tetuán de las Victorias

Mi formación, después de los pocos años que pasé por la escuela, no tenía más base que la que adquirí en casa y en la calle. La calle avivaba el ingenio y el entendimiento en un tiempo en que, si no te espabilabas tú, te espabilaba la vida desde bien temprano. Debo reconocer que siempre tuve el ejemplo de mi madre, que supo trasmitirme un deseo de hacer el bien y que me impedía pasar de largo ante alguien que estuviera sufriendo sin acercarme a socorrerle.

Mi madre era muy cariñosa, y nos pedía las cosas con tanta ternura que mis hermanos y yo la obedecíamos de inmediato. Estaba siempre pendiente de nosotros y me faltan palabras para bendecirla. Mi padre, más "chapado a la antigua", con un talante imperioso, también era muy bueno. Siempre estuvo limitado por su falta de estudios y de formación, pero me enseñó a trabajar con tesón y profesionalidad.

Aunque yo era delgado, mi complexión fuerte y mi carácter me hicieron popular entre los chicos del barrio. A decir verdad, nuestros juegos eran peligrosos y alocados: pedreas con los chicos de La Ventilla y de La Almenara; combates de boxeo, en los que yo tenía ventaja por el desarrollo muscular que iba adquiriendo, a pesar de las penurias; y gamberradas a viandantes y vecinos. También jugábamos a la pídola y a la taba, aunque de un modo peculiar: en la taba, por ejemplo, quien perdía tenía que sufrir diez correazos en la mano. Una vez me dijo una vecina:

—Tú eres tan rebelde que, cuando seas mayor, vas a ser capaz de pegarle a tu madre.

Desde luego, eso de pegar a mi madre nunca llegó a pasar por mi imaginación, ni muchísimo menos, pero algo de razón debía de tener aquella señora, porque a los doce años me expulsaron de la escuela parroquial de Nuestra Señora de las Victorias. Y la causa —paradojas de la vida, como se verá— fue bastante singular: no ir a Misa los domingos. En el colegio, los profesores se las ingeniaban cada lunes para averiguar si habíamos acudido a Misa el día anterior, preguntándonos de qué color eran los ornamentos que llevaba el sacerdote, etc. A mí no me gustaba que me obligasen a nada, y aquello acabó así.

En cualquier caso, la expulsión de la escuela no me vino mal. Tarde o temprano tenía que dejarla, para ayudar en casa. Así es que empecé a trabajar en lo que me salía al paso, que era bien poco.

Empecé a frecuentar los campos de Fuencarral, con mis hermanos. Nos acercábamos a recoger las espigas que iban dejando las cuadrillas de segadores y, luego, nos las ingeniábamos, desmenuzándolas o trillándolas, para obtener trigo, que vendíamos para pienso o para consumo humano. A un labrador, que vivía cerca, le ayudábamos a recoger sandías, melones o uvas, y nos solía pagar en especie. Y en el mes de noviembre, cogíamos bellotas en el Pardo para venderlas. Había que sobrevivir.