Mis primeros recuerdos

Índice del capítulo: En Tetuán de las Victorias

¡Carrasclás, carrasclás!,
qué bonita serenata.
¡Carrasclás, carrasclás!,
¡que me está dando la lata!...

Esta canción, entonada por hombres y mujeres que alborotaban las calles del barrio de Tetuán, es uno de mis primeros recuerdos de infancia, allá por el final de los años treinta. Entonces no sabía que España se hallaba en plena guerra civil, ni sospechaba que Madrid estaba sitiado por las tropas nacionales. Al igual que los demás niños, me divertía jugando con un palo a modo de fusil, imitando a las partidas de milicianos y soldados que veía circular por la calle de Voluntarios Catalanes, donde vivía.

Yo había nacido el 20 de noviembre de 1935, en la calle de los Artistas del barrio de Cuatro Caminos. Era una de las barriadas obreras de Madrid, formada por callejuelas de casas destartaladas —de paredes grises y balcones con ropa tendida— y pequeños bares en los que jugaban a las cartas paisanos con la boina calada.

Mis padres se mudaron muy pronto a Tetuán, en busca de un alquiler más barato. Tetuán era un barrio situado más al norte, tanto que ya no pertenecía a Madrid sino a un pueblecito agrícola llamado Chamartín de la Rosa . Esto debió suceder durante la guerra, que comenzó pocos meses después de mi nacimiento. En aquel piso, en el número 60 de la calle de los Voluntarios Catalanes, nacieron el resto de mis hermanos, cuatro chicas y dos chicos.

La población de aquel barrio había ido creciendo de modo anárquico, con calles tortuosas formadas por casas grisáceas, la mayoría de un solo piso y techado de teja.

Mi casa estaba en un edificio de tres plantas, bastante desvencijado, al que los propietarios se negaban a hacer ninguna reparación, debido a los bajos alquileres. Nuestro piso estaba en la segunda planta, y la verdad es que era pequeñísimo para una familia numerosa como la nuestra. Tenía sólo dos habitaciones y el salón, en el que dormíamos mis hermanos Ángel, Rafa y yo; mis padres dormían en una de las habitaciones, con la más pequeña, Mari Tere; mis hermanas, Isabel, Carmen y Josefina, dormían en la otra. No teníamos agua corriente. En un patio interior había una fuente donde hacíamos cola los vecinos con toda clase de cacharros para obtener agua para guisar, lavar y asearnos. Mi hermano Ángel y yo éramos los encargados de recogerla, aunque también acudíamos a una fuente próxima al canal del Lozoya, que pasaba muy cerca de allí, y era de más calidad. Era el "agua de día de fiesta".

Tetuán estaba habitado casi exclusivamente por obreros, sobre todo albañiles. Al final de mi calle, vivían los más distinguidos y desahogados del barrio: los traperos. Salían antes del amanecer, con sus carros tirados por mulas, y volvían a las nueve o diez de la mañana, después de recorrer portales y mercados recogiendo toda clase de desperdicios. Les veía allí, con sus carros cargados, seleccionando trapos, cartones, botellas, escoria de las calefacciones —que después desmenuzaban y convertían en carbonilla—, y fruta y verdura estropeadas, que servían para los cerdos que criaban en los corralillos de sus viviendas, donde picoteaban las gallinas.

Mi padre, Lázaro Linares, nació en Santa Elena, en la provincia de Jaén, y mi madre, Nicolasa Gómez, era de Villarrobledo, provincia de Albacete. Se habían casado muy jóvenes. Los dos eran huérfanos desde pequeños y, al poco de conocerse, decidieron unir en matrimonio sus vidas solitarias. De mis abuelos paternos apenas recuerdo nada. Sé que mis abuelos maternos procedían de dos pueblecitos de la provincia de Cuenca: mi abuela se llamaba María de los Ángeles y era de El Provencio, y mi abuelo, Dionisio, se crió en Mesas y era tinajero. Cuando nací, mi madre tenía diecinueve años, los mismos que llevo a mi hermana pequeña, Mari Tere.

Aunque no recuerdo casi nada de la guerra, recuerdo, y muy bien, sus consecuencias posteriores, que sufrí en mis propias carnes. Apenas fui creciendo, conocí muy de cerca el abismo terrible que se había producido en España en lo social, en lo político y en lo religioso, y la conmoción del país con la caída de la monarquía, la llegada esperanzadora de la República y finalmente la guerra civil, que dividió tantas familias.

Madrid estuvo sitiada casi desde el principio de las hostilidades y resistió hasta días antes de la victoria de los llamados nacionales, el 1 de abril de 1939. En esos tres años, la capital sufrió los bombardeos de los cañones desde la Casa de Campo —en donde estaba la línea del frente—, y de los aviones alemanes e italianos que sobrevolaban la ciudad dejando caer su carga mortífera, obligando a la gente a refugiarse en los sótanos de las casas o en las estaciones del Metro. Pero, sobre todo, fue la penuria y la escasez de alimentos la que se cebó sobre una población numerosa y privada de los suministros del campo.

En mi casa, como en la de tantas otras familias modestas, atravesamos muchas dificultades, y más en aquellas circunstancias de tremenda escasez, que no pudo aliviar la posguerra de un país destrozado y cercado por la Guerra Mundial, que comenzó en septiembre de 1939. Aparecieron las tristemente famosas cartillas de racionamiento, para repartir los pocos víveres que se conseguían. Así, nos llegaba un poco de azúcar morena, todavía mezclada con las hilachas de los sacos de almacenamiento; un poco de arroz o de lentejas, que teníamos que expurgar de palitroques, chinitas y bichos antes de ponerlas en remojo para ablandarlas; unos panecillos, de un color entre negruzco y amarillento, amasado con distintas harinas; etc. Algo más se podía encontrar en el mercado negro, el llamado estraperlo, que hizo ricos a muchos desaprensivos. Pero para conseguir esos artículos había que tener algún dinero o había que empeñar algo en el Monte de Piedad y, además, hacerlo de forma clandestina, para que no se produjesen denuncias a las autoridades de abastos.

Mi padre hacía todo lo que podía para sacarnos adelante. Pasaba el día fuera de casa y, a veces, meses enteros por pueblos y provincias de toda España. Su primer trabajo fue la venta ambulante de novelas por entregas. Luego consiguió un empleo en una empresa aseguradora, Santa Lucía. El "seguro de defunción y enterramiento" le hizo viajar por todo el país buscando nuevos clientes, sobre todo en Galicia, adonde acudía con frecuencia, con estancias prolongadas en Vigo y Orense. Tenía un sueldo bajo y nos hacía llegar el dinero por giro postal, a veces con mucho retraso por la dificultad de las comunicaciones.

La ausencia casi continua de mi padre y la situación de escasez hizo sufrir mucho a mi madre. Sin embargo, nunca la oí quejarse y pude comprobar, día tras día, cómo se sacrificaba para alimentarnos. Tomaba siempre el último bocado. Trabajaba como asistenta y regresaba a casa con el pequeño jornal y los mendrugos de pan que le daban en las casas. Aquellos mendrugos enriquecían nuestra dieta, en la que no había mucho más que boniatos y harina de almorta. Aún recuerdo la imagen de mi tío Paco, hermano de mi padre, comiéndose un día un par de huevos fritos... Desde luego, yo no los veía ni en pintura.

Si a los años de la posguerra española y de la Guerra Mundial, se les ha llamado los años del hambre, ¿qué decir de mi casa, con tantos comensales y sueldos tan bajos? Comprábamos el aceite por octavos (de litro, se entiende), una medida que hoy no tiene mucho sentido, pero entonces sí. Con el alquiler y la comida, no quedaba dinero para comprar carbón y cisco, así que pasábamos un frío notable. Por eso, mis deseos de ayudar en casa me llevaron, con ocho o nueve años, a buscar carbón gastado en los basureros. Una parte la llevaba a casa y el resto la vendía. Lo mismo hacía con las espigas o bellotas —que solíamos comer asadas— que recogía en los campos de Fuencarral.