Muerte (26-VI-75)

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo III. Andrés Vázquez de Prada

Cinco años hacía que se trabajaba sin interrupción en Torreciudad. A finales de marzo de 1975 calculaban que, a ese paso, las obras del santuario estarían acabadas al entrar el verano. Se venían cumpliendo rigurosamente los plazos de trabajo; y también al escultor se le metían prisas, sin dejarle ni a sol ni a sombra en su taller. De manera que la ejecución del retablo avanzaba a la par que el resto de la construcción. Ya se pensaba en la ceremonia de inauguración del santuario, cuando el Padre les hizo saber que convendría abrirlo al público tan pronto estuviese acabado; pero que él no pensaba asistir a la ceremonia de apertura, como lo dio a conocer a sus hijos:

Yo no iré para la inauguración de Torreciudad. Una vez acabadas las obras, el Consiliario bendecirá el lugar con la fórmula de la benedictio loci, y a continuación darán comienzo los cultos |# 236|.

A las pocas semanas se vio obligado, sin embargo, a cambiar sus planes y visitar el Santuario.

* * *

A pesar de haber tenido que dejar Barbastro en su primera adolescencia, el Fundador se sintió siempre vinculado con un afecto muy vivo a la ciudad que le vio nacer. La correspondencia mantenida con las autoridades locales y algunas familias emparentadas con los Escrivá, conserva un rescoldo de cariñosos sentimientos por su patria chica. Las evocaciones de Barbastro —pueblo mío queridísimo—, le llenan de alegría; porque, como escribe al alcalde en 1971, soy muy barbastrino y trato de ser buen hijo de mis padres |# 237|. De ello dio buena prueba en los excepcionales servicios a favor de sus paisanos y de la comarca entera; el primero de ellos: su eficaz intervención para evitar que en la reestructuración de las diócesis españolas después de la guerra, desapareciera la de Barbastro |# 238|.

El Ayuntamiento, sin consultarle, decidió conferirle el título de Hijo Predilecto de Barbastro en 1947. Pero, aunque le alegró tal muestra de afecto y distinción, evitó que el Municipio le tributara, en 1948, un público homenaje. (El Fundador tenía especial maestría en el arte de eludir festejos o sacudirse de encima encumbramientos públicos sin disgustar a los organizadores). Hacia 1960 quisieron dedicarle una calle en Zaragoza. Apenas se enteró hizo las gestiones oportunas para que los promotores desistieran del empeño; y consiguió también que sus paisanos no llevasen a cabo un proyecto semejante en Barbastro. Sin embargo, hacia el año 1971, sin previa consulta al interesado, la Corporación Municipal de Barbastro dedicó la principal avenida del ensanche urbano a monseñor Escrivá de Balaguer |# 239|. Así, por el mismo procedimiento de hecho consumado, sin que el Fundador tuviera en ello arte ni parte, el Ayuntamiento Pleno, en sesión del 17 de septiembre de 1974, decidió por unanimidad conceder la Medalla de Oro de la ciudad de Barbastro a Don Josemaría Escrivá de Balaguer, «como reconocimiento a los relevantes méritos de ejemplaridad y proyección universal que concurrían en su persona y a su constante atención y preocupación por el perfeccionamiento, en todos los órdenes, de los habitantes de Barbastro y su Comarca» |# 240|.

En la fecha y hora en que el Excmo. Ayuntamiento de Barbastro se reunía para tomar este acuerdo, el Fundador estaba recuperándose aún del trajinar apostólico por tierras del continente americano. Y cuando, poco más adelante, llegó a Villa Tevere, se encontró con una carta del Alcalde comunicándole la honrosa distinción otorgada por sus paisanos. Su prolongada ausencia de Roma, y el hecho de que había prometido volver otra vez a América, le inclinaban a no multiplicar más sus viajes. Pero sus hijos le hicieron ver que no podía rehusar, por tercera vez, el homenaje que querían hacerle en Barbastro. Más aún cuando el festejo tenía mucho de carácter familiar. De manera que expuso abiertamente al Alcalde sus sentimientos para que los transmitiera a los demás miembros de la Corporación:

Yo también espero con ilusión que el Señor me conceda la gracia de poder reunirme, en fecha próxima, con mis paisanos. Lo espero y lo deseo vivamente, porque estoy convencido de que —aunque me resulta imposible imaginarlo— aumentarán mi cariño y mi oración por Barbastro y su comarca.

Te pido que reces por mí y por mi tarea sacerdotal, invocando a Nuestra Madre de Torreciudad, que tanto bien ha traído y traerá para las almas; yo también pongo a sus pies todas vuestras ilusiones y vuestros trabajos, para que Ella los bendiga y los proteja |# 241|.

El Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad estaba a media hora en coche de Barbastro. Al tiempo que asistía a la ceremonia de entrega de la Medalla podría visitar también el Santuario y hacer in situ las últimas indicaciones, si fuera necesario. Así fue cómo, al margen de una decisión personal, a última hora volvió al lugar de su nacimiento.

El viaje estaba fijado para mayo de 1975. Los primeros días de mes el Padre se hallaba fatigado y con la salud un tanto quebrantada, aunque no como para preocuparse excesivamente, ni tampoco para suspender por ello el viaje a España. Esperaron unos días y el 15 salió de Roma para Madrid. Se alojó en su viejo cuarto de la calle de Diego de León, pared por medio con el oratorio de la casa, tan lleno de recuerdos. Su programa de trabajo, visitas y tertulias en Madrid se iba desarrollando normalmente, pero en vísperas del viaje a Torreciudad y a Barbastro, la noche del 21 al 22 de mayo, sufrió un serio accidente cardíaco y, de resultas, un edema agudo de pulmón, del que, por fortuna, pronto se repuso |# 242|. El día 23 al mediodía se le esperaba en Torreciudad, y no faltó a la cita.

La última vez que el Padre había estado allí fue en abril de 1970, cuando rezó el rosario a pie y bendijo, bajo la lluvia, la excavación donde iría la capilla de los confesonarios. Desde entonces habían pasado cinco años, cargados de trabajo y esperanzas. Y ahora, con la visita del Padre, llegaban los días de gozo y de fiesta. Las doce serían, poco más o menos, cuando se divisó un helicóptero al otro lado del embalse y estalló un alegre repicar de campanas. El helicóptero tomó tierra en la explanada del Santuario y, al descender el Padre, las campanas, echadas al vuelo, derramaban su tañido por montes y valles.

Visitó la ermita y estuvo un rato contemplando el conjunto de las edificaciones que se apiñaban en torno al Santuario: las dos casas de retiros, el Centro de investigadores, la torre, los pórticos... Todo en ladrillo; digno, airoso y movido en las soluciones arquitectónicas. Con material humilde, de la tierra, habéis hecho material divino |# 243|, comentó a los arquitectos.

A primera hora de la tarde, acompañado de un buen grupo de hijos suyos, visitó detenidamente el Santuario. Las proporciones del recinto, las formas —atrevidas y modernas— de la fábrica, lo original de la albañilería, la dignidad y grandeza del altar, llamaron poderosamente su atención. Sentóse en un banco para mejor contemplarlo; alzó los ojos al retablo, todavía con andamiaje, y quedó embelesado.

Desde el fondo de la sillería del presbiterio, hasta el arranque de la cubierta, se elevaba la composición, enmarcada con trenza de eslabones y follaje, y decoración esparcida de cardos, rosas y estrellas.

Componían el centro del retablo: el camarín de la Virgen, con la vieja estatua románica ya restaurada; más arriba, como tema central, la Crucifixión; y encima, el óculo para el Santísimo. Las dos calles laterales de la estructura mostraban pasajes de la vida de la Virgen: Desposorios, Anunciación, Nacimiento de Jesús... Y arriba, como remate del conjunto, la Coronación de la Señora por la Santísima Trinidad.

En las divisorias verticales se dejaron hornacinas para los Santos Patronos e Intercesores del Opus Dei.

La totalidad del cuerpo se había ejecutado en alabastro, material de labra bastante corriente en la región, aplicándosele suaves tonos de policromía.

No se cansaba el Padre de contemplar aquella obra maestra:

Es todo un señor retablo.

¡Qué suspiros van a echar aquí las viejas..., y la gente joven! ¡Qué suspiros! ¡Bien! Sólo los locos del Opus Dei hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos... |# 244|.

Tomaron nota de sus observaciones sobre el sitio donde colocar el órgano, cómo instalar el camarín de la Virgen, e iluminar el Cristo de la capilla del Santísimo.

Al día siguiente, 24 de mayo, el Padre consagró el altar mayor y, terminada la ceremonia de la consagración, dirigió unas palabras a los asistentes, recordándoles que el altar es ara del sacrificio:

Acabo de consagrar otro altar. Los hay por todo el mundo: en Europa, en Asia, en África, en América, en Oceanía. En estos altares, vuestros hermanos ofrecen al Señor el sacrificio de sus vidas, gustosos, porque el sacrificio con Amor es una alegría inmensa, aun en los momentos más duros. Un poquito de experiencia tenéis todos, pero no exageréis. No hagamos tragedias; vamos a tomar la vida un poco por lo cómico, que hay muchas cosas de las que reír |# 245|.

Siempre que consagro un altar, les decía, procuro sacar consecuencias personales:

Mirad lo que se ha hecho con un altar para consagrarlo a Dios. Primero, ungirlo. A vosotros y a mí nos han ungido, cuando nos hicieron cristianos: en el pecho, en la espalda, con el óleo santo. Nos han ungido también el día que nos confirmaron. A los sacerdotes nos ungieron las manos. Y yo espero, con la gracia del Señor, que nos ungirán el día de la Extremaunción, que no nos da miedo. ¡Qué alegría sentirse ungido desde el día que nace uno hasta que muere! Sentirse altar de Dios, cosa de Dios, lugar donde Dios hace su sacrificio, el sacrificio eterno según el orden de Melquisedec |# 246|.

Por la tarde, a última hora, le dieron la noticia de la muerte, en Roma, de un hijo suyo, don Salvador Canals. Una vez más se cumplía lo de nulla dies sine cruce; no le faltaba al Padre un nuevo dolor cada día.

El domingo, 25, tuvo lugar en el Ayuntamiento de Barbastro la imposición de la Medalla de Oro de la ciudad. A mediodía comenzó la ceremonia con la lectura, por parte del Secretario, del acta en que se aprobaba la concesión. Luego, impuesta la Medalla, el Alcalde, Sr. Gómez Padrós, leyó su discurso. Esa fecha marcaba un "reencuentro" del Padre con sus paisanos. Y con este motivo, el Alcalde fue despertando, con ferviente afecto, lejanos recuerdos. Desde los juegos de infancia y el rezo de la salve, la tarde de los sábados, en la iglesia de los escolapios, hasta la ilusión de ver cumplida la empresa del Santuario de Torreciudad. Luego, contestó el Padre con unas palabras de agradecimiento. Apenas dijo tres frases, cuando interrumpió la lectura del discurso. En su corazón chocaban fuertemente las emociones. Con el rostro demudado, la voz descompuesta y unas lágrimas a punto de saltar, pidió perdón a los asistentes:

Perdonad. Yo estoy muy emocionado, por doble motivo: primero por vuestro cariño; y además, porque a última hora de ayer recibí un aviso de Roma comunicándome la defunción de uno de los primeros que yo envié para hacer el Opus Dei en Italia. Un alma limpia, una inteligencia prócer [...].

Ha servido a la Iglesia con sus virtudes, con su talento, con su esfuerzo, con su sacrificio, con su alegría, con este espíritu del Opus Dei que es de servicio. Yo debería estar contento de tener uno más en el Cielo, ya que tan frecuentemente en una familia tan numerosa tiene que suceder un hecho de este género. Pero estoy muy cansado, muy cansado, muy abrumado. Me perdonaréis, y estaréis contentos de saber que tengo corazón. Sigo |# 247|.

Y prosiguió la lectura.

Por la tarde el Padre salió a la explanada del Santuario y, bajo los soportales, iba recorriendo las piezas de cerámica en las cuales se representaban los misterios del Rosario; cada uno de ellos con un altar adosado. Andando rezó el Padre el rosario con el grupo que le acompañaba, y lo acabaron en la cripta, en la capilla de la Virgen del Pilar. Luego preguntó el Padre por un confesonario en condiciones y allí mismo se confesó con don Álvaro; y, después, éste con el Padre, dando así por inaugurados los confesonarios de Torreciudad |# 248|.

El lunes, 26 de mayo, el Padre estaba ya en Madrid, de donde salió para Roma el día 31. Un suceso digno de mención, aunque pasó relativamente inadvertido, se recoge en la historia clínica del Fundador: «Estando en Madrid, durante la madrugada del 30-V-75, nueva crisis de disnea y taquicardia similar a la del día 21-V-75. Cede pronto y Mons. Escrivá de Balaguer, tras un sueño reparador, vuelve a encontrarse bien» |# 249|.

Es difícil pensar que, ante lo ocurrido, el Padre no fuese consciente de la gravedad de su condición. Pero, para comprender su actitud en espera de la muerte, existe otro dato de indudable elocuencia biográfica. Y es que, a las pocas horas de salir de la crisis cardíaca, en la madrugada del 22 de mayo, escribió en una de sus notas personales: Es tan sutil el diafragma que nos separa de la otra vida, que vale la pena estar siempre preparados para emprender ese viaje con alegría |# 250|.

Reflexión sacada de su propia experiencia. Hay que ir a la otra vida con alegría, pues no tenemos aquí morada permanente. Es muy frágil la barrera que las separa. Por eso, el cristiano ha de estar preparado para recibir a la muerte con una sonrisa.

* * *

Aquellas recientes crisis nocturnas de los últimos días de mayo podían verse como aviso, que anunciaba un próximo desenlace. El Padre recogió su alcance, pero sin dramatismo ni referencias personales, reintegrándose inmediatamente a su vida normal de trabajo, «sin apegarse a su salud ni centrarse en su bienestar o malestar físico» |# 251|. Conservaba una tranquila actitud de santo abandono, consumiendo al servicio de la Iglesia y de la Obra los días que el Señor quisiera concederle.

No se planteaba con crudeza la salida de este mundo. El Fundador se sabía, por misericordia divina, en esa etapa de la existencia en que es natural que se repasen los días que faltan |# 252|, con la esperanza de hacerlos más fecundos. ¿No tendría presente aquel pensamiento consolador que le escribió el obispo de Ávila, y que recogió en Camino: No, para ustedes no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús? |# 253| De forma que, para describir la muerte, no echaba mano de imágenes tétricas sino de comparaciones que infundían serenidad en el ánimo. Los símiles que utilizaba eran, todos ellos, muy felices |# 254|.

Es posible que el Padre presintiese que se le acortaba el tiempo, más que por los fallos alarmantes de su salud, por la irresistible atracción divina que experimentaba su alma. La muerte le cogería preparado y en compañía de sus Custodes. Y, si acaso llegara de sopetón, impensadamente, sería para él un gozoso suceso. Algo así como si el Señor nos sorprendiera por detrás y, al volvernos, nos encontráramos en sus brazos |# 255|. O bien, ocurriría que, cuando su buena hermana la muerte le abriese la puerta de la Vida, cruzaría el umbral de la mano de Nuestra Señora, para ser presentado a la Santísima Trinidad.

Era claro, sin embargo, que le dolía mucho el pensamiento de que su correspondencia a las gracias recibidas era insuficiente. Y este dolor de amor le llevó, un día, a formularse una pregunta, que respondió de inmediato. Estaba de tertulia con sus hijos del Consejo General, después de comer, cuando, con voz clara y, a la vez, queda, miró a los presentes y dijo:

¿El Padre? Un pecador que ama a Jesucristo, que no acaba de aprender las lecciones que Dios le da; un bobo muy grande: ¡esto era el Padre! Decidlo a los que os lo pregunten, que os lo preguntarán |# 256|.

Seguía afirmando ante sus hijos de que en la tierra ya no era más que un estorbo. Desde el cielo, en cambio, podría ayudar mejor a todos. Tenía enormes ansias de contemplar el rostro del Señor. Había recorrido amorosamente las páginas del Evangelio en su busca. Había seguido las pisadas del Maestro, predicado sus enseñanzas y difundido el bonus odor Christi —el divino aroma de su Humanidad—, pero sin alcanzar a ver su rostro. Grabados en su alma traía los rasgos de Jesús. Deseaba ver su faz; pero el semblante divino se le representaba como la imagen de un borroso espejo, que dejaba insatisfechos sus deseos. Y las películas históricas con escenas de la vida de Jesús de Nazaret le producían siempre un desasosiego hondo, aunque sabía que a otras personas podían ayudarle en su vida |# 257|. Ni remotamente encontraba semejanza alguna entre una imagen interior, nacida del amor, y las representaciones artificiosas de un film. Todo su ser apetecía la contemplación, cara a cara, del rostro, gloriosamente bello, de Jesús. En sus últimos días continuaba clamando: Vultum tuum, Domine, requiram! Busco tu rostro, Señor. Quiero ver tu rostro, Señor. Quiero ver tu rostro |# 258|.

La vida de trabajo constituía el ámbito de su existencia contemplativa. La laboriosidad era ya una virtud totalmente integrada en el Padre. Pero no podía ocultar del todo los años que llevaba a cuestas, aunque despachaba sus obligaciones pastorales y de gobierno como si gozase todavía de plenas facultades físicas. Conseguía disimular el cansancio, pero era patente la flojera de piernas al caminar y un ligero temblor de manos, de cuando en cuando. A las tertulias de la noche llegaba rendido. Estando en familia, no le importaba que lo viesen sus hijos. Sus gestos se habían suavizado paternalmente. En cambio, la garra apostólica de su palabra y enseñanzas era más potente que nunca |# 259|.

Siempre estaba pensando en cómo transmitir íntegra y fielmente la herencia que dejaba a sus hijos: el espíritu del Opus Dei y la puesta en marcha de la labor apostólica en más de treinta países |# 260|. Pensaba en quienes ahora componían la Obra y en quienes vinieran a ella en el curso de los siglos. Y, de momento, deseaba acabar la nueva sede del Colegio Romano.

Antes de salir para España había hecho una visita a Cavabianca, donde sus hijos alternaban el estudio con diversos trabajos. Por entonces estaban ocupados en tareas de jardinería, limpieza de suelos y pintura y decoración de la ermita de la Santa Cruz. A los que allí trabajaban les dijo que les tenía envidia y, como miraran al Padre con cara de asombro, éste les explicó por qué había mandado construir esa ermita: por un motivo de piedad sobrenatural y por un motivo de piedad humana. Por devoción a la Santa Cruz y porque serviría de capilla ardiente para velar a quienes el Señor quisiera llevarse al cielo mientras estaban en el Colegio Romano |# 261|.

Una semana llevaba el Padre en Roma cuando el sábado, 7 de junio, se presentó en Cavabianca. Esperando la llegada del Padre habían despejado el oratorio de Nuestra Señora de los Ángeles, desmontando los andamios, para poder ver el efecto de la pintura. Entre los grupos buscaba el Padre a quienes se marchaban a España, para recibir ese verano la ordenación sacerdotal. Venía a saludarles, pero no a despedirse de ellos; porque nosotros —les explicaba— no nos decimos nunca adiós, sino hasta luego |# 262|. Tuvo con sus hijos una larga tertulia, que comenzó con una consideración sobre la continuidad:

Vosotros estáis comenzando la vida. Unos comienzan y otros acaban, pero todos somos la misma Vida de Cristo. ¡Hay tanto que hacer en el mundo! Vamos a pedir al Señor, siempre, que nos conceda a todos ser fieles, continuar la labor, vivir esa Vida, con mayúscula, que es la única que merece la pena; la otra no vale la pena, la otra se va; como el agua entre las manos, se escapa. En cambio, ¡esa otra Vida!... |# 263|.

El domingo, 15 de junio, volvió otra vez a Cavabianca y se reunió con sus hijos en la sala de lectura. Antes había hecho un largo recorrido por la finca, a pie, de acá para allá, inspeccionado el jardín, los campos de deporte y los oratorios y las fontanas. El Padre estaba rendido y les hablaba en voz baja: Tenía necesidad de sentarme. Parece que no, pero hemos dado un buen paseo por ahí... ¡Qué paseo! De Cavabianca quería hacer un lugar agradable para trabajar y descansar, para el rezo y para el deporte. Con la ayuda material que estaban prestando en trabajos de pintura, limpieza o riego de las nuevas plantas, seguían la tradición que hay en el Opus Dei desde que se abrió el primer Centro; les decía el Padre:

Entonces, con menos medios que ahora: sólo con la aureola de locos. Decían de mí que era un cura joven y loco. Tenían razón, y la siguen teniendo ahora. Estoy encantado de ser loco

(Don Álvaro le hizo el cumplido de que se encontraba joven).

¿Joven? Las piernas me dicen que no, muchas veces |# 264|.

El domingo, 22 de junio, recorrió de nuevo Cavabianca para hacerles algunas recomendaciones antes de ausentarse de Roma. Se había fijado especialmente en el oratorio de Nuestra Señora de los Ángeles. En la sala de lectura, con las estanterías todavía sin libros, les hablaba de alegría, pero no sin que se le escapase un suspiro de cansancio:

Estoy cansado. No tengo costumbre de andar tanto, y he caminado por aquí, por un lado y por otro... |# 265|.

Cavabianca estaba a punto de acabarse, aunque todavía quedaban muchos detalles y particulares que ultimar.

— Padre, le preguntó alguien, ¿habrá fiesta de la última piedra?

¿La última piedra? Muy poca fiesta: diez minutos. Dar gracias a Dios, pero diez minutos |# 266|.

* * *

El miércoles, 25 de junio, celebró en familia el aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes. En la tierra estaban don Álvaro del Portillo y don José Luis Múzquiz. ("Chiqui" estaba en el cielo). Les había tenido muy presentes en su misa; y también a los que se habían ordenado después de ellos; y a los que se ordenarían dentro de unas semanas. Para todos sus hijos e hijas pedía al Señor que tuvieran siempre alma sacerdotal. Cuánto había rezado por todos, y concretamente para que calara muy hondo en cada una de sus hijas el alma sacerdotal |# 267|. La felicidad del Padre y su buen humor eran patentes en el rato de tertulia después de comer. En varias ocasiones, sacando del bolsillo un pequeño silbato de barro, que le habían regalado días antes las niñas de un club juvenil, volviéndose hacia don Javier, daba un silbido, con el consiguiente regocijo general.

Por la tarde asistió a la exposición y bendición con el Santísimo en el oratorio de la Sagrada Familia. Esa fecha había sido un día intenso, colmado de oración; y llegó a la noche bastante fatigado. Al bajar la escalera, para ir a la "tertulia" de la noche, llevaba el Padre el servicio de la manzanilla prescrita por el médico. Los que le acompañaban quisieron quitarle la bandeja para que viese sin dificultad los escalones, ya que apenas los distinguía. Pero él se resistía y, en tono de broma, se quejaba: ¡Pero, si no me dejáis hacer ni estos pequeños sacrificios! |# 268|.

Enfrente de donde estaba sentado había una pequeña estatua de la Virgen, a la que dirigía frecuentes miradas, recitando interiormente jaculatorias |# 269|. Durante la tertulia, antes de retirarse a dormir, se le veía como ensimismado, metido en oración. ¿Qué pensamientos cruzarían por su mente?

Al día siguiente, jueves, 26 de junio, celebró misa a las ocho de la mañana, ayudado por don Javier Echevarría |# 270|. Era la misa votiva de Nuestra Señora, en cuya colecta el sacerdote pide «la perfecta salud del alma y del cuerpo». Su lectura debió removerle de modo muy particular ese día, porque las últimas palabras que anotó en una ficha de su agenda, a pesar de sabérselas muy bien de memoria, fueron las palabras finales de esta colecta: «a praesenti liberari tristitia et aeterna perfrui laetitia» |# 271|. Para que libres de las tristezas actuales, disfrutemos para siempre de la alegría que no acaba.

A las nueve y media, acompañado de don Álvaro, don Javier, y el arquitecto Javier Cotelo, salía en automóvil hacia Castelgandolfo, donde le aguardaban sus hijas. Al dejar Villa Tevere comenzaron a rezar los misterios gozosos del rosario. El viaje se alargó a causa de unas obras en la calzada. Durante el trayecto comentó que tal vez pudiera visitar, esa misma tarde, el oratorio de Nuestra Señora de los Ángeles en Cavabianca.

Llegados a Villa delle Rose, el centro de Castelgandolfo, entró en el oratorio, permaneciendo unos momentos de rodillas. Después se reunió en tertulia con sus hijas, en la sala de estar. Había en ese soggiorno un cuadro de la Virgen que apoyaba delicadamente su rostro en la cabeza del Niño, atrayéndolo hacia sí, y sujetando grácilmente, entre los dedos de la otra mano, una rosa de color pálido.

Posó sus ojos en el cuadro el Fundador. (Era costumbre suya, indefectible, el saludar a la Señora al entrar o salir de un cuarto).

La imagen perteneció a doña Dolores, y había recogido sus últimas miradas antes de morir. Familiarmente le llamaban "la Virgen del Niño Peinadico". (El Niño Jesús, como de unos dos o tres años, aparece sonrosado y mofletudo, con mohín candoroso; el pelo rubio, repeinado a raya y con bucle). Le habían preparado un sillón, que el Padre cedió a don Álvaro, ocupando una silla, y les dijo:

Tenía muchas ganas de venir. Estamos terminando estas últimas horas de estancia en Roma para acabar unas cosas pendientes, de modo que ya para los demás no estoy: sólo para vosotras |# 272|.

Les recordó la pasada fiesta de la víspera, 25 de junio, aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, y el que otros cincuenta y cuatro se iban a ordenar en breve. ¿Les parecían muchos? Pocos eran. Las necesidades apostólicas los absorberían rápidamente.

Como os digo siempre, esta agua de Dios que es el sacerdocio, la tierra de la Obra la bebe corriendo. Desaparecen enseguida.

Vosotras tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo por aquí. Vuestros hermanos seglares también tienen alma sacerdotal. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal, y con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz |# 273|.

Discurría plácida y amena la conversación, con anécdotas y recomendaciones. A los veinte minutos se sintió indispuesto. Se cortó. Le venían mareos. Y tuvo que retirarse a descansar unos minutos. Como no se reponía del todo, se despidió, rogándoles que le perdonasen las molestias causadas.

Eran las once y veinte. Por el camino más corto enfilaron la ruta de regreso a Roma. Apretaba el calor, y a ello atribuía el Padre su malestar. No hubo atascos a la vuelta, entraron en Villa Tevere unos minutos antes de las doce. Salió el Padre del auto con soltura y semblante risueño. Nadie sospechaba otra cosa que una ligera indisposición.

Pasó por el oratorio e hizo su acostumbrada genuflexión: devota, pausada, con un saludo al Señor sacramentado. Inmediatamente se dirigió al cuarto de trabajo. Don Javier, que se había quedado atrás, para cerrar la puerta del ascensor, oyó que el Padre le llamaba desde dentro. Acudió. No me encuentro bien, le dijo con voz débil. Acto continuo se desplomó.

(Los párrafos que siguen están entresacados de una carta de don Álvaro, entonces Secretario General del Opus Dei, a los miembros de la Obra: Roma, 29 de junio de 1975).

«Pusimos todos los medios posibles, espirituales y médicos. Yo le di la absolución y la Extremaunción, cuando todavía respiraba. Fue una hora y media de lucha, de esperanzas: oxígeno, inyecciones, masajes cardíacos. Mientras tanto, yo renové varias veces la absolución [...].

Nos resistíamos a convencernos de que había fallecido. Para nosotros, ciertamente, se ha tratado de una muerte repentina; para el Padre, sin duda, ha sido algo que venía madurándose —me atrevo a decir— más en su alma que en su cuerpo, porque cada día era mayor la frecuencia del ofrecimiento de su vida por la Iglesia [...].

En el oratorio de Santa María lo depusimos, con toda nuestra veneración y cariño, delante del altar, retirando previamente el candelabro votivo que allí hay siempre. El Padre estaba todavía vestido con la sotana negra [...].

Se trajeron también cuatro candeleros. Se compuso bien, con todo amor, el cuerpo de nuestro Padre. Poco después, se le revistió —sobre la sotana negra— con el amito, el alba, la estola y la casulla. El alba era de batista de hilo, color marfil, con viso de seda roja bajo el encaje de Bruselas desde la cintura hasta los pies. Era el alba que usaba los días de fiesta [...].

El rostro del Padre aparecía enormemente sereno: una serenidad que infundía una gran paz a cuantos lo miraban».

Murió como era su deseo: saludando a una imagen de la Virgen de Guadalupe. De manos de la Señora recibió la rosa que abre al Amor las puertas de la eternidad.

Notas

236. AGP, P01 1975, p. 814.

237. Carta a Manuel Gómez Padrós, en EF-710328-1. Cfr. también, Cartas a Martín Sambeat Valón, en EF-710330-1; a Manuel Gómez Padrós, en EF-750324-1; etc.

238. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 1448.

239. Cfr. Javier Echevarría, Sum. 3252 y 3253; también AGP, P05 1975, p. 828; y Álvaro del Portillo, Sum. 390.

240. Archivo municipal de Barbastro y RHF, D-11770. Sobre la concesión de la Medalla de Oro de Barbastro, cfr. Manuel Garrido González, Barbastro y el Beato Josemaría, Barbastro 1995, pp. 127-134.

El Ayuntamiento de Barbastro, «a propuesta de la Comisión especial de Primeras Autoridades, fuerzas vivas y representaciones diversas, en sesión celebrada el día 6 de agosto de 1975, acordó, por unanimidad, nombrar Barbastrense del Año, a título póstumo, a Monseñor Escrivá de Balaguer» (Archivo municipal de Barbastro y RHF, D-11770). El título se entregó públicamente el 7 de septiembre de 1975. Cfr. también Manuel Garrido González, Barbastro…, pp. 135 y 193-194

241. Carta a Manuel Gómez Padrós, en EF-741003-1.

242. El doctor Alejandro Cantero, que vivía en Diego de León, refiere que: «en la noche del 21 al 22 de mayo de 1975 me despertó D. Javier Echevarría, diciéndome que bajara urgentemente a la habitación que utilizaba el Padre en el Centro de Diego de León, en Madrid. Al llegar vi que estaban ya Don Álvaro del Portillo y Don Javier acompañando al Padre, que se quejaba de un dolor lacerante torácico. Tenía más de treinta respiraciones por minuto, y un número de pulsaciones mayor de ciento cincuenta por minuto. Tenía una expectoración sonrosada, es decir, padecía un edema agudo de pulmón muy grave. En esas circunstancias, vi cómo le pedía a Don Álvaro del Portillo que le diera la absolución» (Alejandro Cantero Fariña, Sum. 6646).

243. AGP, P01 1975, p. 819. A poco de llegar, el Padre —que a sí mismo se calificaba de "fijón"— había observado desde una ventana de los pisos altos los detalles del trabajo de albañilería. Las hiladas de ladrillo visto estaban acabadas con suma pericia profesional: todas a la misma altura, de manera que trazaban líneas perfectamente horizontales. Y comentaba a uno de sus hijos: Contemplando esta mañana cómo están colocados los ladrillos en estos lugares que apenas se ven, me he alegrado al comprobar que habéis enseñado a trabajar bien a los obreros, cara a Dios (César Ortiz-Echagüe Rubio, Sum. 6893). (Probablemente se acordaría de aquellos canteros de la catedral de Burgos, autores de la crestería y filigrana gótica de los altos pináculos, que difícilmente se apreciaban desde abajo). Aquello, hecho cara a Dios, era operatio Dei: una labor humana con entraña divina.

244. AGP, P01 1975, p. 820.

245. Ibidem, p. 824.

246. Ibidem.

247. Los discursos del acto están recogidos en Scritti editi sparsi, Roma 1983, pp. 89-90; también en AGP, P01 1975, pp. 829-835; y en El Noticiero de Zaragoza, del 27-V-1975. En las dos primeras fuentes, con las frases improvisadas en el discurso del Fundador.

248. «Apenas llegó a Torreciudad —cuenta César Ortiz-Echagüe Rubio— nos preguntó si estaban terminados los confesonarios, y al decirle que sí, comentó: Pues mañana me toca confesarme, y tendré la alegría de estrenar uno de ellos» (Sum. 6872). Cfr. también Jesús Álvarez Gazapo, Sum. 4348.

249. AGP, RHF, D-15111.

250. Julián Herranz Casado, Sum. 3963; y Giuseppe Molteni, Sum. 3828. Nota del 22-V-1975. Cfr. Álvaro del Portillo, Una vida para Dios, Madrid 1992, p. 89.

251. Javier Echevarría, Sum. 2099. Y pedía a los médicos —continúa diciendo— «que no le tratasen con indulgencia, ni pensaran que podía dedicar más tiempo al reposo o desentenderse de unas tareas que eran importantísimas para el servicio de Dios».

Los sufrimientos no le importaban, en cuanto tales, «pero los aceptaba y hasta los amaba, porque los veía como caricias del Señor, como un medio de purificación personal. Lo más importante era sacar adelante la Obra» (Mons. Julián Herranz Casado, Sum. 4004). Y añade: «he visto siempre, con admiración, que llevaba una vida normal de trabajo intensísimo, estimulando el trabajo de todos, comunicando a todos su paz y su gozo sobrenatural».

252. AGP, P01 1975, p. 761. «Los meses que van de noviembre de 1974 a junio de 1975 transcurrieron como un período de preparación espiritual para el abrazo definitivo con el Señor, en continuo crescendo» (Ernesto Juliá Díaz, Sum. 4250).

253. Camino, n. 168.

254. Los aspectos de la muerte los juzgaba siempre con un criterio de esperanza sobrenatural: Dios es el Señor de la vida y de la muerte. Por lo tanto, nos cuida y nos llama en los momentos más propicios y que más nos convienen (Javier Echevarría, Sum. 2735).

De ello tenía experiencia el Padre, pues había visto a centenares de hijas e hijos suyos que, al saber que les quedaban pocos días de vida, se preparaban a bien morir, ofreciendo sus dolores con alegría sobrenatural. Por eso decía que, para quienes el Señor llama a la Obra, el Opus Dei es el mejor sitio para vivir y el mejor sitio para morir (Javier Echevarría, Sum. 2732).

La salida de este mundo para un gozoso encuentro con Dios —Padre de justicia y de misericordia— lo veía expresado, como imagen, en la letra de una canción italiana de moda en los años cincuenta; y decía a sus hijos que se la cantasen a la hora de morir: «Aprite le finestre al nuovo sole, è primavera...» (cfr. Ernesto Juliá Díaz, Sum. 4256; María Begoña Álvarez Iráizoz, RHF, T-04861, p. 10).

Imágenes crudas y descarnadas había utilizado el Fundador, muchos años atrás (cfr. Camino, por ejemplo), pero siempre llenas de esperanza sobrenatural.

255. Umberto Farri, PR, p. 139.

256. Esto ocurrió el 5 de abril de 1975, en la tertulia, después de comer. Álvaro del Portillo, Sum. 1632; Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4712.

257. Sobre este punto comenta Mons. Joaquín Alonso Pacheco: «Siempre me ha impresionado mucho la fuerza y el vigor, llenos de amor, con que hablaba de su deseo de encontrarse con Jesucristo. Nos hacía meditar sobre la grandeza de este encuentro, y se preguntaba cómo serían el rostro de Jesús y su mirada. Era algo que llevaba muy dentro del alma [...]. Durante las proyecciones de películas sobre la vida de Cristo, en las que aparecían escenas representando al Señor, muy rara vez se quedaba allí hasta el fin, porque, después de unos momentos, salía del Aula Magna (de Villa Tevere) donde se proyectaba la película y volvía al trabajo. No le satisfacían jamás las representaciones cinematográficas de Jesucristo, a causa de la riqueza interior que poseía de la imagen del Señor» (Sum. 4811).

Con este testimonio coincide el de Mons. Julián Herranz Casado, que refiere que desde los dieciséis años, Josemaría comenzó a meditar «metiéndose en las escenas del Evangelio, tratando a la Humanidad amabilísima de Nuestro Señor». En los films sobre la vida y pasión de Nuestro Señor, apenas aparecía en las pantallas la figura de Cristo, se levantaba inmediatamente del asiento y se iba en silencio. «No soportó jamás que un actor representara la persona de Cristo; le hería en el fondo del alma [...]. Tenía como impresa a fuego (el fuego de amor de un alma contemplativa) una imagen mucho más perfecta, más rica, más viva y más suya, de la santísima, dulcísima y amabilísima Humanidad de Cristo, Nuestro Señor» (Sum. 3945).

258. Muchas veces, todavía un muchacho, recitó este verso del salmo (26, 8), y lo meditó con frecuencia. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 1294; y también: Javier Echevarría, Sum. 2725 y 3291; Javier de Ayala Delgado, Sum. 7631, etc.

259. Sobre estas consideraciones, acerca de la vitalidad física del Padre en sus últimos días, cfr. Jesús Álvarez Gazapo, Sum. 4330.

260. El último período de su vida —como se ha visto— lo consume también defendiendo la doctrina y la fe, con sus catequesis y viajes apostólicos. La expansión por nuevos países, en Asia y África, la deja confiadamente en manos de sus hijos, acompañándoles con su oración, sus consejos y su trabajo. En dicho período se continúa la expansión apostólica en diversos países: Australia (1963), Filipinas (1964), Nigeria (1965), Bélgica (1965), Puerto Rico (1969). Resta, sin embargo, por mencionar otro aspecto de su vida: sus libros y escritos. Aunque se sabía con facultades de escritor, el Fundador renunció, desde un primer momento a tomar el camino literario, para poner todo su tiempo y esfuerzo al servicio de su vocación. Su obra escrita es muy abundante y es producto de la riqueza interior de su alma, sobresaliente doctrina en cuanto a la llamada universal a la santidad y afanes apostólicos. Así, Camino, por ejemplo, tiene una génesis muy particular. Pero, en el fondo, lo mismo puede decirse de Surco y Forja: son un conjunto de pensamientos. Como Conversaciones es un conjunto de entrevistas con corresponsales; y Amigos de Dios y Es Cristo que pasa, un conjunto de homilías seleccionadas entre las innumerables que predicó en vida el Fundador. (Cfr., páginas atrás, el cap. XXI: 6. El carisma fundacional).

261. Cfr. AGP, P01 1975, p. 611.

262. Ibidem, p. 846.

263. Ibidem, p. 847.

264. Ibidem, p. 857.

265. Ibidem, p. 859.

266. Ibidem, p. 861.

267. Carta del Secretario General del Opus Dei, don Álvaro del Portillo, a todos los miembros (29-VI-1975).

268. Julián Herranz Casado, Sum. 3879.

269. Cfr. Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4762. «Estaba sentado en un ángulo de la sala de estar y habló poco durante aquella reunión familiar; más bien se dedicó a mirar a la Virgen que tenía enfrente. Así lo recuerdo: mirando a la Virgen y buscando refugio en su protección».

270. Javier Echevarría, Sum. 3287.

271. Joaquín Alonso Pacheco, Sum. 4762; y Julián Herranz Casado, Sum. 4032.

272. AGP, P01 1975, p. 673.

273. Ibidem