La tercera campanada

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo III. Andrés Vázquez de Prada

Avanzaban las obras en Cavabianca, entre el ruido de excavadoras, camiones y hormigoneras. El Padre, aunque dejaba libertad a los arquitectos, seguía la marcha de las operaciones sobre los planos. Pasaba horas en el estudio de los arquitectos haciendo sugerencias y pidiendo aclaraciones. No gustaba de moles arquitectónicas. De acuerdo con sus indicaciones para los proyectos, Cavabianca sería un conjunto de edificios con el aire familiar y amable de un pueblecito. Habría rincones con pequeños jardines y fontanas; y espacios amplios con perspectiva de plazas, calles y campo abierto. Tengo ilusión —decía a sus hijos— de ver plantar los árboles, aun cuando de sus frutos y de su sombra yo no participaré. Me da mucha alegría plantar un árbol para que los demás, los hijos míos, gocen de su sombra |# 53|.

Es posible que en este tipo de consideraciones se apuntase de algún modo a la cercanía de la muerte. La idea de que no llegaría a disfrutar de Cavabianca se presentaba en su ánimo como envuelta en tiniebla. Repetía entonces que se le hacía de noche; y no pocas veces se le escapaba un suspiro de reflexión: Tengo setenta y un años —decía—, y cualquier día me voy |# 54|. Ultimamente tal expectativa parecía adherirse firmemente a su memoria y, con gran pesar de quienes le escuchaban, insistía el Padre en que su vida ya había dado de sí hasta donde era lógico y previsible: Yo pido a Dios que me lleve por la Iglesia; aquí no hago más que estorbar, y en el cielo podré ayudar mejor |# 55|. También era habitual en él pedir a Dios la gracia de morir sin dar la lata |# 56|, es decir, sin causar molestias a nadie, sin ser una carga para sus hijos.

En el fondo de todas estas reflexiones, ¿le acechaba realmente el presentimiento de que no andaba lejos el fin de sus días? ¿Hasta qué punto le asaltaba el acabamiento de su carrera? A primera vista no existía indicio alguno de ello. Pero, en contra, su memoria no podía silenciar los hechos. Bastaría enumerar años y fatigas, y pasar revista a sus enfermedades crónicas. Sin embargo, el claro dominio de una voluntad disciplinada, y la energía moral de que siempre daba muestra, desmentían que fuera cuesta abajo, camino de consumirse. Aunque también es innegable que, a consecuencia de un esfuerzo continuo y heroico, su persona había padecido un tremendo desgaste físico, superado, gracias a Dios, con entereza espiritual.

Por eso, cuando se le oía exclamar: No sé el tiempo que Dios me dará de vida |# 57|, la frase no tenía especial significado. Muy diferente, sin embargo, era el alcance de sus palabras al afirmar que se había pasado la vida tocando el violón |# 58|. Porque en este caso estaba haciendo examen de conciencia, y se trataba de la confesión contrita de toda una vida, que juzgaba vacía, y que hubiera deseado rectificar con un acto profundo de dolor de amor. Se veía pobre, desprovisto de virtudes, frágil y recompuesto. A este propósito solía contar en público que, durante su correría apostólica por tierras portuguesas en 1972, sus hijos le regalaron una sopera de loza, sin otro valor que un lema repetido a todo lo ancho de la panza: "Amo-te... Amo-te... Amo-te..." La base estaba quebrada y sujeta con lañas. En esa humilde sopera se veía el Padre retratado. Era imagen de su vida: rota y recompuesta con lañas; cada vez con más lañas, conforme pasaban los años |# 59|.

Sentía el Padre que se le escapaba el tiempo. Por eso, al entregarse a una tarea de servicio lo hacía por entero, sacudiéndose de encima el cansancio o el peso de los años. Entonces era otro. Parecía transformado. Recobraba como por ensalmo su juventud y su espíritu tiraba con fuerza del cuerpo, para arriba. Probablemente aún resonaba en sus oídos el eco de aquella divina locución: "obras son amores y no buenas razones". El amor a la Iglesia, a la Obra y a las almas todas, le movió a redimir, hasta el último instante, lo que consideraba tiempo perdido en su vida: toda una existencia "tocando el violón".

* * *

El más grave problema en que se encontró inmerso el Fundador en los últimos años de su vida fue la situación de la Iglesia, lo cual, para él, era fuente inagotable de dolor. A este "tiempo de prueba" para todos los cristianos, dedicó las tres últimas cartas a todos sus hijos. Dos de ellas en la primavera de 1973 y la tercera en febrero de 1974.

Cumpliendo con una dulce obligación pastoral, con solicitud de Padre, volvía a recordarles, en la primera de esas cartas (28-III-1973), los peligros a que estaban expuestos en el tiempo de dura prueba que atravesaba la Iglesia:

Llevo años advirtiéndoos de los síntomas y de las causas de esta fiebre contagiosa que se ha introducido en la Iglesia, y que está poniendo en peligro la salvación de tantas almas.

Deseo insistiros, para que permanezcáis vigilantes y perseveréis en la oración: vigilate, et orate, ut non intretis in tentationem (Mt. 26, 41): ¡alerta y rezando!, así ha de ser nuestra actitud, en medio de esta noche de sueños y de traiciones, si queremos seguir de cerca a Jesucristo y ser consecuentes con nuestra vocación. No es tiempo para el sopor; no es momento de siesta: hay que perseverar despiertos, en una continua vigilia de oración y de siembra.

¡Alerta y rezando!, que nadie se considere inmune del contagio |# 60|.

Y para ello les da consejos oportunos: permanecer firmes en la fe, cuidar los actos de culto; hacer de su vida entera un continuo acto de alabanza a la Santísima Trinidad; vivir bien la Santa Misa, que es el centro y la raíz de vuestra vida interior; cultivar un fuerte espíritu de expiación, pidiendo perdón por tantas acciones delictuosas que se cometen contra Dios, contra sus Sacramentos, contra su doctrina, contra su moral |# 61|. Siempre es hora de amar al Señor —dice a sus hijos—, pero hemos de acercarnos aún más a Él en estos tiempos de indiferencia y mal comportamiento. Y esto nos obliga a buscar cada día más la intimidad con Dios |# 62|.

La carta, del principio al fin, representa un incesante insistir sobre los medios sobrenaturales y las armas de que dispone siempre el cristiano para perseverar en el amor a Cristo. Es también una llamada a la tarea apostólica, en la que cada uno ha de ser como un farol encendido, lleno de la luz de Dios, en esas tinieblas que nos rodean |# 63|.

Finalmente, al cerrar la carta, pone el Padre un acento de serena alegría, porque el Señor quiere ver a los suyos leales y con optimismo inquebrantable. Así, pues, les hace considerar cómo en horas de profunda crisis en la historia de la Iglesia ha bastado un puñado de gente decidida para oponer resistencia eficaz a los agentes del mal:

Pero esos pocos han colmado de luz, de nuevo, la Iglesia y el mundo. Hijos míos, sintamos el deber de ser leales a cuanto hemos recibido de Dios, para transmitirlo con fidelidad. No podemos, no queremos capitular.

No os dejéis arrastrar por el ambiente. Llevad vosotros el ambiente de Cristo a todos los lugares. Preocupaos de marcar la huella de Dios, con caridad, con cariño, con claridad de doctrina, en todas las criaturas que se crucen en vuestro camino. No permitáis que el espejismo de la novedad arranque, de vuestra alma, la piedad. La verdad de Dios es eternamente joven y nueva, Cristo no queda jamás anticuado: Iesus Christus heri et hodie, ipse et in saecula (Heb. 13, 8) |# 64|.

Apenas habían transcurrido tres meses cuando, en vistas del cariz que tomaban las cosas, cogió de nuevo la pluma. Esta segunda carta, fechada el 17 de junio de 1973, mantenía a sus hijos al tanto de los innumerables errores que se estaban infiltrando en la doctrina y en las costumbres. De modo que la Iglesia se encontraba en medio de una borrasca tremenda; y —como explicaba el Padre, animando apostólicamente a sus hijos— en esta larga temporada de tempestad y de naufragio, debemos ser para muchos un arca de salvación |# 65|. Muchos cristianos, por desgracia, habían perdido la visión sobrenatural, ya no vivían con los ojos puestos en la eternidad hacia la que todos nos encaminamos. Deslumbrados por los espejuelos de lo temporal adoptaban posturas críticas contra la tradición y de rebeldía contra el dogma. Eran partidarios de un equívoco cristianismo adulto |# 66|. A éstos les invitaba el Padre a meterse en el Evangelio y escuchar la voz del Señor: «En verdad os digo, que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt. 18, 3).

Era cada vez mayor el número de quienes predicaban una vida despojada de fe sobrenatural, intentando suplantar a Dios en todas partes:

Especialmente con el marxismo, que es la suma de todos los errores, estamos asistiendo a una subversión total: la eternidad es sustituida por la historia, lo sobrenatural por la naturaleza, lo espiritual por la materia, la gracia divina por el esfuerzo humano [...].

Para algunos, parece como si en lugar de ser la Iglesia —la Iglesia de siempre, la que fundó Jesucristo y a la que Jesucristo ha asistido continuamente en estos veinte siglos— la salvación para el mundo, hubiera de ser el mundo la salvación para la Iglesia |# 67|.

En la Navidad de 1973, al felicitar a sus hijas y a sus hijos, seguía comentando el tema central de estas dos extensas cartas de meses anteriores. Porque, insistía, tengo la obligación de deciros estas tristes verdades, de preveniros, de abriros los ojos a la realidad, a veces tan penosa |# 68|. Luego, les prometía un tercer escrito: Os escribiré pronto: haré sonar de nuevo la campana gorda, para que nadie sea vencido por un mal sueño. Pero no era cosa de entristecerse, porque no es la Navidad ocasión de amargura, ni de pesimismo. Hemos de colmarnos de serenidad, de sobrenatural esperanza, de fe: el Señor vendrá, es seguro |# 69|.

Pasadas unas semanas, envió el Padre a toda la familia de la Obra una carta de exhortación, ya previamente anunciada en la Navidad de 1973. A este nuevo aviso lo denominó familiarmente la "tercera campanada", porque era costumbre, hasta no hace muchos años —y todavía se conserva en algunos pueblos y ciudades—, el llamar a misa con tres toques de campana, debidamente espaciados. El último de ellos inmediatamente antes de la celebración litúrgica. Así, pues, comienza la carta:

Queridísimos: que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos. Salgo otra vez a vuestro encuentro, volviendo a sonar la campana. Siento el deber de avisaros y lo hago como tradicionalmente se convoca a los fieles, para acercarlos al Sacrificio de Jesucristo: repitiendo las llamadas. Tres solían darse, para anunciar el comienzo de la Santa Misa. Las gentes, al oír el repique ya familiar, aceleraban definitivamente el paso, corrían hacia la casa del Señor. Esta carta es como una tercera invitación, en menos de un año, para urgir vuestras almas con las exigencias de la vocación nuestra, en medio de la dura prueba que soporta la Iglesia.

Quisiera que esta campanada metiera en vuestros corazones, para siempre, la misma alegría e igual vigilia de espíritu que dejaron en mi alma —ha transcurrido ya casi medio siglo— aquellas campanas de Nuestra Señora de los Ángeles |# 70|.

Era obligado mostrarles la cruda realidad, sin disimulo ni mitigación. El Padre se encargó de abrirles los ojos para que midiesen en toda su gravedad los penosos sucesos que aquejaban a la Iglesia. Convenía que lo supiesen de buena tinta y sin sentirse aplastados por tan malas noticias. Con objeto, por tanto, de que sus hijos captaran las dimensiones sobrenaturales, y las puramente humanas, del momento histórico, les hace contemplar la situación a la luz de la fe, de la esperanza y de la moral |# 71|. Y con estilo vigoroso mantiene despierta la conciencia de los suyos para que intensifiquen la vida interior y eviten estancarse en el desaliento:

Espero —con estas líneas— impulsaros a que busquéis con mayor esfuerzo la presencia, la conversación, el trato y la intimidad con Dios Señor Nuestro, Trino y Uno, a través de la devoción familiar a la trinidad de la tierra: que esta habitual confianza con Jesús, María y José sea para nosotros y para quienes nos rodean como una continua catequesis, un libro abierto que nos ayude a participar en los misterios, misericordiosamente redentores, del Dios hecho Hombre |# 72|.

Cada vez que el Padre enfoca un punto concreto de la vida contemporánea aparece una costra de miserias y confusión. Pero, por debajo de esa costra, la carne está viva y sana. No es el Padre, en absoluto, profeta de desastres y amarguras. Antes bien, procura traer paz y equilibrio a las almas. No exhorta a sus hijos para provocar en ellos un simple movimiento emotivo, superficial, sino que procura que haya siempre en sus corazones un sincero sentimiento de dolor. Y, con el dolor, la alegría; par de factores que nunca debe olvidar el cristiano. Ése fue, en efecto, el brindis que dirigió el Padre a sus hijos a la entrada del año 1974: Para todos la alegría, y para mí —con la alegría— la compunción |# 73|.

Por la carta, entre líneas, corren ráfagas de urgencia. Una vez más brilla, instantáneamente, la fugacidad del tiempo; y detrás se adivina la disposición del ánimo del Padre:

Hay que vibrar, hijos míos, hay que vibrar, porque rendiremos cuenta del tiempo inútilmente gastado. Para nosotros, el tiempo es gloria de Dios, el tiempo —en cada momento— es ocasión irrepetible de sembrar buena doctrina. No existen nunca razones para descuidar el apostolado |# 74|.

La postura del Fundador —firme en la fe, sin ceder ni un milímetro; fiel a sus compromisos; prudente en sus decisiones, tenaz y responsable— mantuvo la unidad de la Obra impidiendo su disgregación. En la carta les explicaba el porqué de su conducta:

Hijas e hijos míos, deseo confirmar bien claramente que siento mi responsabilidad ante Dios, por haberme confiado tantas almas: y después de haber rezado mucho y de haber empujado a otros a rezar durante largo tiempo, os he comunicado las disposiciones que en conciencia estimaba prudentes, para que vosotros —en medio de este caos eclesiástico— contarais con unas directrices seguras de orientación |# 75|.

Y más adelante:

En el Opus Dei no podemos albergar a nadie con la desgraciada capacidad de romper la compacta —lo digo adrede: ¡compacta!— unidad de fe y de buen espíritu con que, a pesar de nuestras miserias personales, tratamos de estar bien cerca del Señor |# 76|.

* * *

Reconoce el Padre en su tercera campanada las muchas alegrías que le han proporcionado sus hijas y sus hijos, por su fidelidad y su vida reciamente cristiana. Todos se han mostrado disponibles para el servicio de Dios en la Obra, yendo de un lado para otro, o perseverando sin cansancio en el mismo lugar. Sobre esa generosidad —les dice—, el Señor ha volcado su eficacia santificadora: conversiones, vocaciones, fidelidad a la Iglesia en todos los rincones del mundo |# 77|.

Pero, tanto la historia como la "prehistoria" de la expansión por diversos países europeos, la había hecho personalmente el Padre con incesantes viajes, abriendo centros y llenando las carreteras de avemarías y de canciones. Muchísimas veces hubo de emprender viajes fuera de Italia, recorriendo ciudades y visitando santuarios marianos. Y no lo hacía por capricho, porque cuando últimamente los médicos le aconsejaban salir de Roma para cambiar de aires y hacer una pausa en su trabajo, les respondía: Tengo que estar en Roma; es mi cruz y no puedo dejar de abrazarla |# 78|.

No tenía conocimiento directo y personal de las actividades apostólicas de sus hijos en las naciones de América, salvo de México, adonde había ido en peregrinación en 1970. Deseaba verlos "en su salsa", pero no acababa de presentarse ocasión propicia para ello. Le escribían; le llamaban; insistían en que fuera a visitarlos. Trataban por todos los medios de convencer al Padre de que era necesario que viese los países donde hacían labor apostólica sus hijos, el ambiente en que se movían y las iniciativas que habían puesto en marcha. La respuesta del Padre era siempre, invariablemente, la misma: que era pobre, que no hacía turismo, y que no iba donde le apetecía sino donde le mandasen. En 1969, cuando ni siquiera le había cruzado por la mente el pensamiento de hacer viajes de catequesis por América, en una tertulia de familia le preguntaron por esa posibilidad:

No puedo hacer planes por mí mismo —respondió—. No sé, yo no mando. Aquí se manda colegialmente. No puede haber un dictador en el Opus Dei. Yo soy un voto más. Me debo acomodar a la mayoría. Deseo mucho ir, no sólo a América, sino también a otros sitios de África y de Asia... Algún día si conviene, me dirán: Padre, debe ir. E iré |# 79|.

Por supuesto, si dependiera exclusivamente de su gusto, el Padre habría dado ya varias veces la vuelta al mundo para estar con sus hijos de los cinco continentes. Pero el ruego de que era aconsejable que visitase los países de América estaba más cerca de lo que podía imaginarse, aunque le cogió de improviso y sin ganas de viajar. En efecto, sucedió que, hacia marzo de 1974, sus hijos empezaron a insinuarle, suavemente, el repetir la correría catequística de 1972; esta vez por tierras americanas. En principio, al Padre le gustó la idea, porque satisfacía su celo de almas, con la posibilidad de confirmar en la fe a muchísimos miles de personas. En contra estaba su íntima repugnancia a ser el centro de la atención general, viéndose expuesto a recibir aplausos, elogios y demostraciones públicas de afecto, como si él fuese un santo. Esto le llenaba de vergüenza y humildad |# 80|.

Cuando con fecha de 25 de marzo escribe el Padre al Cardenal Mario Casariego, de Guatemala, ya estaba dentro de sus planes, aunque a medias, un posible viaje a tierras americanas: No deje de rezar —le dice— para que todo se resuelva y podamos ir —con D. Álvaro y D. Javier— por esas queridísimas tierras |# 81|. Y, un mes más tarde, aseguraba de nuevo al Cardenal: Espero realizar dentro de pocos meses mi deseo de ir por aquellas tierras |# 82|. No se trataba de una decisión en firme sino de una posibilidad que veía con agrado.

En mayo asistía el Fundador en Pamplona a la ceremonia de investidura de dos doctores honoris causa por la Universidad de Navarra. El acto académico tuvo lugar el 9 de mayo de 1974 y el Padre, como Gran Canciller, confirió el grado de doctor al Obispo de Essen, Mons. Franz Hengsbach y al profesor Jérôme Lejeune. Pronunció el Fundador su discurso de investidura, centrando sus palabras en torno a la santidad inviolable de la vida humana: Las vidas humanas, que son santas, porque vienen de Dios —decía a los asistentes al acto académico—, no pueden ser tratadas como simples cosas, como números de una estadística |# 83|.

De vuelta, a su paso por Madrid, dio la Primera Comunión a un sobrino suyo, como estaba previsto |# 84|. Pero, en trance de regresar a Roma, sus hijos le propusieron un cambio de planes. Las semanas que tenía por delante eran la ocasión propicia, acaso única, de hacer la proyectada correría por América. Le manifestaron los muchos beneficios espirituales que de su visita se obtendrían. Y, en primer lugar, la mejora de espíritu y enriquecimiento de la vida interior de tantos hijos suyos. Podría, además, dar consejos útiles a los Directores y Directoras de las diversas Regiones y sembrar abundante doctrina entre la gente. Como era de esperar, el celo apostólico del Padre se impuso y, rápidamente, se hicieron los preparativos para ese viaje, contando con una larga estancia en países de Sudamérica |# 85|.

Una grave cuestión quedaba por tratar. ¿Estaba el Padre en condiciones físicas de emprender el viaje? Prudentemente, se solicitó opinión médica sobre lo oportuno de tal desplazamiento, y de los compromisos que llevaba consigo. Días antes le habían hecho un reconocimiento en Pamplona. No obstante se le volvió a reconocer, más a fondo, en Madrid, por un equipo médico de la Clínica Universitaria de Navarra.

Una vez descartada la insuficiencia renal, que se agravaba conforme pasaban los años; después de dejar a un lado los fuertes cansancios que sufría; olvidadas las muchas secuelas de enfermedades padecidas y otras molestias crónicas menores, el estado general del Padre, al decir de los médicos, era "satisfactorio" |# 86|. Quizá, a oídos de tercero, la palabra tenga un leve dejo de ironía. No así para el Padre, plenamente de acuerdo con dictamen tan favorable sobre su estado de salud, porque le prometía amplio campo de trabajo sin cortapisa alguna. Y, por lo que hace a los médicos, era un juicio que les permitía atenerse a criterios al margen de la ciencia. Por eso, en el informe clínico se replica con anticipación a posibles objeciones: «después de una ponderada consideración nos decidimos a contestar positivamente a la posibilidad de su viaje a América, a pesar de la impresión reseñada» |# 87|. Más adelante explican quienes le examinaron que «la respuesta médica afirmativa a la realización del viaje se hizo teniendo en cuenta la personalidad de Mons. Escrivá de Balaguer».

Según los médicos que le conocieron era un paciente dócil, sin complejos de ninguna clase. Sonreía y colaboraba. Nunca se le oyó una queja. En las consultas médicas, al preguntarle sobre su salud, contestaba invariablemente: Yo estoy bien; y, señalando a D. Álvaro y a D. Javier (sus Custodes), añadía: pero éstos os podrán explicar lo que ellos piensan |# 88|. Todo lo cual no quiere decir que fuera un paciente fácil. En realidad, y en descargo de los médicos, habría que calificarlo como enfermo muy singular. Por ejemplo, el trabajo agotador desarrollado en su catequesis por España en 1972 le sentó a las mil maravillas, aunque su constitución física lo acusara muy pronto. De ello no podían dar los médicos razón convincente. Como tampoco explicar por qué las alarmantes alteraciones reflejadas en los análisis clínicos no guardaban correlación con la vitalidad del Padre.

A la hora de decidir sobre su viaje a América, los médicos tuvieron muy presente, por encima de los riesgos, los bienes que derivarían de su visita, junto con la impalpable energía espiritual del Fundador. Con mucha prudencia recomendaban, sin embargo, un régimen de moderada actividad, con frecuentes períodos de reposo y la compañía de un médico a lo largo de todo el viaje |# 89|. Esto último fue lo más hacedero. El Dr. Alejandro Cantero estuvo a su lado desde que salieron de Madrid. En cuanto a la moderación en su actividad y los descansos señalados..., de momento, más vale pasar página.

A todo esto, el entusiasmo del Padre ante la proyectada correría apostólica en Sudamérica se enfrió rápidamente. Como casi siempre ocurría en tales casos, terminó viajando a contrapelo, sin ilusión humana, y seca la voluntad. De manera que, cuando en vísperas de su partida le hablaban de la catequesis en América, sin dar muchos rodeos expresaba en dos palabras su estado de ánimo: No tengo ninguna gana, pero nunca he hecho lo que he querido |# 90|. Así era. En ambas cosas tenía razón. Parecía que el Señor vigilara para despojarle de todo recurso humano. Su asidero era la oración; y con la oración de sus hijas e hijos emprendía la travesía del Atlántico:

Que Jesús me guarde a mis hijas de Roma —escribía a las de la Asesoría Central—.

Queridísimas: dentro de pocos días emprendemos nuestro viaje a América del Sur, y es preciso que nos ayudéis con vuestra oración y vuestro trabajo. Me da mucha alegría pensar en que nos acompañáis así.

Aquí todas vuestras hermanas, muy bien.

Una cariñosa bendición de vuestro Padre

Mariano |# 91|.

Notas

53. AGP, P01 1972, p. 163.

54. AGP, P01 1973, p. 309.

55. AGP, P01 1975, p. 655; también Álvaro del Portillo, Sum. 1656. A veces, para expresar que no se consideraba imprescindible, decía: desde el cielo os ayudaré más, porque aquí no sirvo más que de estorbo (Javier Echevarría, Sum. 2050).

56. Javier Echevarría, Sum. 3290.

57. AGP, P01 1973, p. 493.

58. Jesús Álvarez Gazapo fue testigo de una conversación del Padre el 27 de enero de 1974. Después de haber oído tocar el violín a un hijo suyo, le preguntó cuántos años llevaba tocándolo. — Veintidós años, le contestó. Y le comentó el Padre: — Pues, yo llevo setenta y dos; pero así es la vida interior: es preciso tocar a diario, sin dejar de hacerlo un solo día, con perseverancia, con paciencia... ¡y con la paciencia de los demás. Setenta y dos años tocando el violín y el violón! ("Tocar el violón", el contrabajo, en español significa estar haciendo algo inútil e inoportuno). Cfr. Sum. 4498.

59. Cfr. AGP, P01 1974, p. 951.

60. Carta 28-III-1973, nn. 2 y 3.

61. Ibidem, nn. 7 y 8.

62. Ibidem, n. 8.

63. Ibidem, n. 18.

64. Ibidem.

65. Carta 17-VI-1973, n. 18.

66. Cfr. ibidem, n. 10.

67. Ibidem, n. 12.

68. Carta a sus hijas e hijos, en EF-731200-1.

69. Ibidem.

70. Carta 14-II-1974, n. 1. Se refiere al tañido de las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, la mañana del 2 de octubre de 1928, día de la fundación del Opus Dei.

71. En la carta, la paternal exhortación a las prácticas de piedad y a la lealtad para con la Iglesia va entremezclada de repiqueteos de la "campana gorda", haciendo desfilar ante el lector el crudo espectáculo de la comedia humana. Vaya por delante un ejemplo: Hemos tenido que soportar —y cómo me duele el alma al recoger esto— toda una lamentable cabalgata de tipos que, bajo la máscara de profetas de tiempos nuevos, procuraban ocultar, aunque no lo consiguieran del todo, el rostro del hereje, del fanático, del hombre carnal o del resentido orgulloso.

Hijos, duele, pero me he de preocupar, con estos campanazos, de despertar las conciencias, para que no os coja durmiendo esta marea de hipocresía. El cinismo intenta con desfachatez justificar —e incluso alabar— como manifestación de autenticidad, la apostasía y las defecciones. No ha sido raro, además, que después de clamorosos abandonos, tales desaprensivos desleales continuaran con encargos de enseñanza de religión en centros católicos o pontificando desde organismos paraeclesiásticos, que tanto han proliferado recientemente (ibidem, n. 13).

72. Ibidem, n. 1.

73. Ibidem, n. 22. ¡Sirvamos al Señor con alegría! Éste es nuestro afán, todo un programa de vida santa, al comienzo del nuevo año. Para servirle nos ha empujado a marchar por este camino divino de la Obra (ibidem, n. 2).

74. Ibidem, n. 9.

75. Ibidem, n. 18.

76. Ibidem, n. 19.

77. Ibidem, n. 5.

78. RHF, D-15111; informe clínico; comentario final.

79. Álvaro del Portillo, PR, p. 1091. A una pregunta similar a ésta, respondió: iré a América donde estoy deseando ir —a todos los sitios—, cuando haya una causa razonable, cuando un padre de familia numerosa y pobre, iría, porque es una cosa muy conveniente para la familia (ibidem, PR, p. 1092).

80. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 1579; Javier Echevarría, Sum. 2049; Isabel La Porte Ríos, Sum. 5185.

81. Carta, en EF-740325-1.

82. Carta, en EF-740423-1.

83. La defensa de la vida era el punto de convergencia de los afanes de ambos doctores, como apuntaba el Gran Canciller al hablar de la predicación valiente e incansable de la fe por Mons. Franz Hengsbach. Y no es casual que su primer escrito, en 1934, versase sobre la defensa de la vida, frente a criterios aberrantes que se abrían paso por entonces en su patria. La firme defensa de la vida humana ha llevado al mundo entero el nombre del profesor Lejeune, de la Universidad de París, a quien la ciencia universal reconoce unánimemente como uno de sus primeros y más altos investigadores en Genética (Discurso 9-V-1974; en Josemaría Escrivá de Balaguer y la Universidad, ob. cit., p. 106).

84. Administró la Primera Comunión a su sobrino Josemaría. Cfr. Cartas a Santiago Escrivá de Balaguer y Albás, en EF-740400-1, y a su hijo, Santiago Escrivá de Balaguer García-Herrero, en EF- 740400-2; Joaquín Alonso Pacheco, PR, p. 1658.

85. Más tarde, refiriéndose a aquel agitado mes de mayo de 1974 y a las instrucciones dadas a don Javier ("Javi", familiar y afectuosamente) antes de partir de Roma para España, decía: Me fui a América no queriendo ir; tengo que ser sincero. Salí de aquí y dije a Javi: pon poca ropa, porque tenemos que hacer esta labor en Navarra, y coger el avión en Madrid, y de vuelta. Y la cosa fue que se retrasó el viaje cuatro meses (Álvaro del Portillo, PR, p. 1092).

86. Cfr. RHF, D-15111; en el informe médico, período mayo 1974.

87. Ibidem.

88. Los médicos que le atendieron testimonian cómo aceptaba con buen humor y rendida obediencia toda indicación médica, sin preguntar por las características de su enfermedad; y lo mismo respecto a las medicinas: nunca preguntaba para qué servían ni cuáles eran sus propiedades terapéuticas. En cuanto a su comportamiento, añaden: «En las visitas médicas que le hicimos destacan su docilidad, su paciencia y un decidido afán de colaborar con nosotros, sin que jamás manifieste su pesar por las molestias que comporta toda exploración médica. Manifiesta abiertamente su estado ante nuestras preguntas, se deja explorar de la cabeza a los pies, echarlo, levantarlo, extraerle sangre, hacerle radiografías y electrocardiogramas, con actitud complaciente y sumisa. Y al mismo tiempo, no se deja servir. Cuesta trabajo ayudarle a desnudarse, quitarse los botones y gemelos de la camisa, ya que con un gesto rápido y vivo se anticipa al nuestro. Si conseguimos soltarle un botón nos coge la mano y nos la besa» (ibidem).

89. En otro apartado del informe médico se dice: «Modificamos el tratamiento farmacológico, ajustamos todavía más el régimen dietético, y señalamos un régimen de vida que incluyera una actividad apostólica menos intensa que en ocasiones similares anteriores. El hecho de que un médico le acompañaría durante el viaje ayudó a la opinión afirmativa» (ibidem, comentario final).

90. Álvaro del Portillo, Sum. 1568.

91. Carta, desde Madrid, en EF-740516-1. Con esa misma fecha escribía a José Luis Múzquiz: Procura acompañarme con tu oración durante este tiempo de catequesis que voy a tener por América. Con la intercesión de nuestra Madre y de Nuestro Padre y Señor San José, y con la ayuda de mis hijos, estoy seguro de que el Señor nos bendecirá siempre más (Carta, desde Madrid, en EF-740516-2).