Correría catequística por la península Ibérica (1972)

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo III. Andrés Vázquez de Prada

Era claro que el Padre no se mostraba satisfecho del todo por haber hablado de Dios a unos cuantos centenares de chicos y de chicas en los últimos meses. Cuantitativamente representaban muy poco en esa hora crítica de la historia, en que el diablo andaba encizañando el mundo y no pocos de quienes debían predicar la verdad a voz en grito permanecían con la boca cerrada. La ignorancia, la falta de instrucción religiosa, era la causa principal de los errores de pensamiento y conducta. Urgía, por tanto, remover a las multitudes, dar doctrina a voleo para contrarrestar el confusionismo que imperaba en todas partes.

En Civenna maduraba en el verano de 1972 un plan de acción apostólica. Cuando semanas más tarde alguien le preguntó públicamente cuál era su mayor preocupación, el Padre respondió sin vacilar:

Preocupaciones no suelo tener. Ocupaciones, muchas: una detrás de otra. No llevo reloj, porque no lo necesito; cuando termino una cosa, comienzo otra, y en paz. Pero, la gran ocupación de mi vida y de mi alma es amar a la Iglesia, porque es una Madre con tantos hijos desleales, que demuestran con obras que no la quieren. Tú y yo hemos de amar mucho a la Iglesia y al Romano Pontífice |# 154|.

Se decidió a empezar una nueva "correría catequística", así la titulaba el Padre |# 155|. Pero, a pesar del optimismo con que se trazó, al llevar el plan a la práctica fallaron los cálculos. La concurrencia multitudinaria a los actos desbordó lo previsto por los organizadores, en cuanto a número de reuniones y en cuanto a capacidad de los locales. El proyecto consistía en recorrer de arriba abajo y de abajo arriba la península Ibérica, deteniéndose en los principales lugares adonde pudiesen acudir gentes en contacto con las labores apostólicas del Opus Dei |# 156|. Y empezaría por Pamplona, ya que allí tendría que asistir, como Gran Canciller de la Universidad de Navarra, a un importante acto académico que se celebraría a principios de octubre.

Pero, ¿habían contado con la salud del Padre? En el resumen de su historia clínica hay, por esas fechas, junto con los resultados de los análisis, unas escuetas notas para los profanos en jerga médica: «El 9-X-72 le vemos en Pamplona. Le encontramos bien». (Eran los días del comienzo de la correría.) Y en los últimos días de su estancia en España se le hace otra revisión y se anota: «El 22-XI-72 le vemos en Barcelona. Ha tenido rinitis y faringitis. Por lo demás se encuentra muy bien, a pesar del intensísimo ritmo de trabajo al que se ha sometido durante los dos últimos meses» |# 157|.

Si sacamos estadísticas, al Padre le salía una media de tres o cuatro reuniones diarias, con crecido número de asistentes, en muchas ocasiones de varios miles de personas. Recibía además continuamente a grupos reducidos y a familias que le visitaban a cualquier hora del día. En total, más de ciento cincuenta mil almas le escucharon en catequesis abierta. Ese viaje pastoral puso verdaderamente a prueba la resistencia física del Padre. Pero como no se quejaba, ni se pronunciaba sobre su estado físico, ni daba la menor muestra de agotamiento, todos coincidían en que el Padre, tan sonriente, tan ágil y disponible para lo que fuese menester, no andaba mal de salud. Para enterarse, sin embargo, de su condición física, siquiera de refilón, basta leer lo que escribía al Consiliario de España desde Roma, a los diez días de concluida la correría: Pienso que te encontrarás muy cansado, después de la paliza de estos dos meses de viajes por toda la península |# 158|. Y le sugiere que vaya a reponerse una temporada a un lugar tranquilo.

Por su parte ni le pasó por la imaginación el plantearse un descanso. Al regresar a Villa Tevere se encontró sobre la mesa el escrito del Cardenal Villot requiriendo explícitamente que se le asegurase que los miembros del Opus Dei que trabajaban en la Santa Sede guardaban el secreto de oficio. Por contraposición al optimismo que se desprende del informe médico de noviembre, cuatro semanas más tarde aparecen a destiempo datos y síntomas inesperados: alta velocidad de sedimentación globular y descenso de hematíes, función renal algo comprometida, tendencia a la elevación de las cifras de urea en sangre, etc. |# 159|. Aunque con retraso, el organismo estaba pagando indisciplinadamente el esfuerzo de su tarea pastoral. No de manera dramática, pero sí con pérdida de reservas vitales.

* * *

El día 4 de octubre llegaba el Padre a Pamplona, procedente de Francia, y dispuesto a comenzar su correría apostólica. A su paso por Lourdes había puesto ese viaje catequístico bajo la protección de la Virgen. La primera gran reunión la tuvo el día 6 en un salón de actos. Desde ese momento, la alegría que se palpaba en el ambiente y el tono sencillo y afectuoso del Padre, que se ofrecía a contestar todo tipo de preguntas, hicieron de esas reuniones una tertulia de familia. Vengo a charlar de lo que queráis, comenzó diciendo. No os voy a echar un sermoncito. De modo que a ver si os vais animando, y sacáis vosotros los temas que os interesen |# 160|. Y, roto el hielo, llovían las preguntas: «Padre, ¿cómo se nota la vocación al Opus Dei?», preguntaba un jovenzuelo; «¿qué nos dice para nuestros padres?», intervenía una chica joven; «Padre, aquí estamos un grupo de gente del campo»...

El día 7 presidió el acto académico de investidura honoris causa de tres ilustres profesores: Paul Ourliac, de Toulouse; el marqués de Lozoya, de la Universidad de Madrid, y Erich Letterer, de Tubinga. En un noble marco de galas y vestiduras académicas, y ceremonial latino, se confirieron las insignias del doctorado: birreta, anillo, libro y diploma. El acto se clausuró con un discurso del Gran Canciller |# 161|.

Esos días celebraban los Amigos de la Universidad de Navarra una Asamblea General. El Padre, para agradecer su cooperación y sacrificio económicos, sin los cuales no sería una realidad la Universidad de Navarra, se vio con ellos. Saludó a profesores, bedeles, encargadas de la limpieza y personal administrativo; y el domingo, 8 de octubre, tuvo un encuentro con miembros de la Obra y con una gran masa de cooperadores de Navarra y provincias limítrofes. Al Padre le daba la impresión de que estaban como preocupados por lo que pasaba en el mundo y en la Iglesia:

¿No es cierto que, cuando un fiel se acerca a un sacerdote, es para buscar fortaleza, luz y consejo? Muchas veces van con hambre, con buena voluntad, con deseos de que les ayuden a andar hacia adelante, y no encuentran el consejo, ni la fortaleza, ni la fe: hallan sólo la duda y las tinieblas. Y no quiero pensar que sea así. ¡No quiero! Vamos a pedir todos juntos que no suceda esto |# 162|.

El 10 de octubre salió para Bilbao y se alojó en la casa de retiros de Islabe, donde fue recibiendo visitas en pequeños grupos, aunque el mismo día de su llegada tuvo una tertulia con un buen número de sacerdotes. El Padre volcó en ellos su corazón. Les habló largamente de muchos problemas de actualidad pastoral, y de liturgia y, sobre todo, de la caridad que debían mostrar con todos sus hermanos, sacerdotes del mundo entero:

Siempre nos han dicho que un sacerdote no se salva ni se condena solo [...]. Pues vamos a salvar sacerdotes, que es un deber de justicia. Y no los salvaremos si nos hacemos como erizos: hay que tratarlos con cariño, hay que vencerse. No hemos de formar un grupito, sino abrirnos, así, con los brazos en cruz. ¡Que vean que los queremos con obras! |# 163|.

Recordó con alegría su estancia en parroquias rurales, a poco de ordenarse sacerdote en Zaragoza; y se arrodilló ante todos los sacerdotes allí presentes para recibir de ellos una bendición conjunta antes de la despedida.

Al colegio Gaztelueta concurrieron centenares de padres y madres de los alumnos. Les habló de la formación de los hijos y de la labor educativa de los padres. Porque —les decía— no basta con traer hijos al mundo, también los traen los animales. Hay que formarlos y preparar su fe. A este propósito, les contaba lo que poco antes le había referido un muchacho:

Padre, tengo un amigo que dice que por qué nos enseñaron la religión católica desde niños; que nos debían enseñar todas las religiones... Y yo le contesté con mucha sinceridad: hijo mío, dile a ese amigo que, cuando él nació, su madre no le debía haber dado —perdonad— la teta, sino alfalfa, y paja, y cebada... y además la teta, para que eligiera |# 164|.

En Madrid estuvo del 13 al 30 de octubre. En colegios y residencias asistió a las reuniones, mañana y tarde. Las más numerosas fueron las del salón de actos del Instituto Tajamar, en Vallecas. En los años de la segunda República don Josemaría había recorrido con frecuencia aquellos andurriales para visitar enfermos, confesar a niños y enjugar lágrimas de muchos desgraciados. Tiempo después sus hijos empezaron a dar clases a los chiquillos de esa barriada; y ahora, los establos de la vieja alquería, que años atrás servían de aula, se habían transformado en las modernas instalaciones de un Instituto que nada tenía que envidiar a los mejores centros educativos de Madrid. El salón de actos de Tajamar, amplísimo, resultaba insuficiente para las muchedumbres que acudían allí. A las apretadas reuniones que en ese salón se celebraban, el Padre las apellidaba "tertulias", porque en ellas se conversaba; esto es, se preguntaba y se respondía. Era el sistema que como sacerdote había empleado siempre en la catequesis de los niños: el de preguntas y respuestas.

El Padre ni predicaba ni sermoneaba, charlaba sencillamente con el público, aunque se tratara de millares de personas. Su palabra y su presencia tenían el poder maravilloso de reducir la multitud a un pequeño grupo. Y, si después de un atento silencio estallaba un aplauso atronador, el Padre se quejaba: Habéis aplaudido, y a mí no me va: porque la gente que nos viera creería que esto es una muchedumbre, y en realidad somos una familia, una familia muy unida |# 165|.

Generalmente las tertulias comenzaban con unas palabras del Padre sobre un tema de actualidad o alguna nota sacada de sus recientes lecturas espirituales. La víspera de su salida de Madrid, nada más entrar en la sala de Tajamar, les anunciaba: De vosotros y de mí dice San Pablo que nuestra conversación ha de estar en los cielos, y eso es lo que vamos a hacer en este rato. Y, contestando a una de las primeras preguntas, les exhortaba a meditar la vida de Nuestro Señor:

Piensa en sus tres años de vida pública. Piensa en la Pasión, en la Cruz, que era la mayor afrenta. Piensa en la muerte de Cristo, en su Resurrección. Piensa en aquellas tertulias que tenía el Señor, especialmente después de su Resurrección, cuando [...] hablaba de muchas cosas, de todo lo que le preguntaban sus discípulos. Aquí lo estamos imitando un poquito, porque vosotros y yo somos discípulos del Señor y queremos cambiar impresiones: hacemos una tertulia. Piensa en su Ascensión a los cielos |# 166|.

Al Padre lo traían y lo llevaban, de un lado a otro, de tertulia en tertulia. Durante los traslados en coche solía preguntar: ¿a quién hablamos? |# 167|. Y, enterado de si se trataba de jóvenes, o de familias; o bien de grupos de gente de toda clase de edad, estado y profesión, componía mentalmente sus ideas. Pero lo corriente era la espontaneidad, el encomendarse al Espíritu Santo antes de contestar las preguntas. El Padre no se andaba por las ramas. Hablaba con claridad sobre cualquier tema que con Dios se relacionara. Y así, comentando cómo algunas mujeres van tan ligeras de ropa que creen que con exhibirse lograrán "pescar marido", el Padre añadía, con mucha gracia, que lo que realmente pescan es un resfriado |# 168|.

Le esperaban en Portugal. El 30 de octubre llegó a Oporto. Esos días residió en la Quinta de Enxomil, una casa de retiros en las cercanías. El Padre se sentía feliz, pero con pena de no hablar portugués. Por la casa fueron pasando grupos, reducidos o de centenares de personas venidas de Oporto, Coimbra y otras ciudades: Braga, Lamego y Viseu. En la mañana del 2 de noviembre emprendió viaje hacia Coimbra. Allí se detuvo a visitar a Sor Lucia, la vidente de Fátima, en el Carmelo de Santa Teresa. Como decía el Padre a la Reverenda Madre Priora del convento: tanto don Álvaro como yo, desde hace muchísimos años, todos los días hacemos un memento en la Santa Misa por esa amada Comunidad, especialmente por Sor Lucia que fue instrumento del que se valió el Señor para que el Opus Dei comenzara su labor en Portugal |# 169|.

Cerca de dos horas duró la entrevista; y, antes de marcharse, Sor Lucia les entregó unas hojas de propaganda en español para fomentar el rezo del Santo Rosario, y pidió que se repartieran durante el resto de su correría por España. De allí se fue el Padre a hacer otra de sus acostumbradas visitas al antiguo monasterio de Santa Clara, donde se conservan en una urna de plata los restos de Santa Isabel de Portugal. Fundado en su común ascendencia aragonesa, don Josemaría se dirigía a ella familiarmente, dando unos golpecitos en el túmulo y llamándola mi paisana, Isabel de Aragón. De paso le encomendaba la labor de la Obra en Portugal |# 170|.

Prosiguió luego viaje al Santuario de Fátima. Llegó a las cuatro de la tarde. Inmediatamente los grupos dispersos de quienes le esperaban impacientes en la explanada se apretujaron a su alrededor. No entraron en la basílica porque estaban diciendo misa. Por indicación del Padre rezaron una parte del rosario ante la primera de las estaciones del Vía Crucis. Al terminar, entraron en la basílica. Después el Padre se dirigió a la capelinha y rezaron todos la Salve antes de continuar el viaje a Lisboa.

Al día siguiente, 3 de noviembre, tuvo la primera tertulia para matrimonios en el pabellón del Club Xénon. A pesar del ajetreo de aquellas semanas, el Padre se encontraba feliz, y hasta rejuvenecido. Como aseguraba a sus oyentes, al tiempo que les hablaba hacía oración. Era evidente que mantenía a todos en presencia de Dios y todos experimentaban, como una realidad palpable, lo que aquel sacerdote les decía: que el Opus Dei es estupendo para vivir y para morir, sin miedo a la vida ni miedo a la muerte |# 171|. Así mañana y tarde, sin descanso, continuó haciendo su catequesis, hasta el día 6, en que salió por la tarde del aeropuerto de Lisboa con destino a Sevilla.

En Sevilla vio el Padre a muchas hijas e hijos suyos. Pero fue en Pozoalbero, la casa de retiros vecina a Jerez de la Frontera, donde se dio cita con millares de personas que acudieron a su catequesis. Con este propósito se acondicionó un recinto contiguo a la casa y abierto por un lado al jardín de la finca. En sus tiempos había allí una corraliza para guardar los aperos de labranza y unos locales donde, últimamente, funcionaba un lagar. "El lagar" se seguía llamando ese patio exterior, protegido por una gran lona. No por el calor de la temporada sino porque la semana anterior, estando el Padre en Portugal, la lluvia que venía del Atlántico había descargado con fuerza en Andalucía. De la pared del fondo, desde donde podía hablar el Padre paseando por un amplio estrado que dominaba las abigarradas muchedumbres procedentes del sur de la Península, colgaba un repostero con el lema: Siempre fieles, siempre alegres, con alma y con calma. (Eran las palabras del brindis que allí mismo, en Pozoalbero, había pronunciado el Padre el 2 de octubre de 1968).

Un día, en una de las tertulias, un chico joven le preguntó, sin más, por el lema. ¿Qué quería decir lo de "con alma y con calma"? ¿Cómo aplicarlo al trato con Dios?:

Quiere decir que hay que tener coraje, e ir despacio. Ese alma, calma quiere decir eso: que seas valiente, sin precipitaciones |# 172|.

Las preguntas eran variadísimas: el sentido del dolor, los afanes del trabajo, la enfermedad o la rebeldía de los hijos. La sonrisa se alternaba con la seriedad. Mas he aquí que, inesperadamente, sin que se lo pidiesen, el Padre mostraba su alma con candor. Les enseñaba cómo hacía su oración, repitiéndoles algo que en Pozoalbero adquiría particular resonancia, el evocar la faena de quienes pisaban la uva en el lagar:

Me pongo, no dentro de mí, sino encima. Me pateo bien pateado: tú no eres nada, no vales nada, no puedes nada, no sabes nada, no tienes nada... Y sin embargo eres Sagrario de la Trinidad, porque el Espíritu Santo está dentro de nuestra alma en gracia, haciendo que nuestra vida no sea la de un animal, sino la de un hijo de Dios |# 173|.

Uno le preguntó qué sentía al ver reunidos a tantos hijos suyos, cuando años atrás contaba tan sólo con una docena de personas en la Obra. Esto le hizo recordar "las primeras horas" de la fundación. Ahora al Padre le parecía estar viendo una película en color, después de aquellas del cine mudo:

Os he dicho, me lo habéis oído muchas veces y en momentos muy duros, que soñarais y os quedaríais cortos. ¿No es verdad? Os lo he dicho cuando erais pocos. Ahora os vuelvo a repetir lo mismo: que soñéis y os quedaréis siempre cortos |# 174|.

El 13 de noviembre salió el Padre hacia Valencia, donde permaneció hasta el 20 de ese mes. Sin pérdida de tiempo, al día siguiente de su llegada a La Lloma, la casa de retiros cercana a la capital, reemprendió la catequesis.

A su memoria venían aquellos primeros viajes a Valencia, y sus paseos por la playa con algunos chicos de San Rafael. En medio del caos de una nación, cuando allá por 1936 todo se derrumbaba, el Padre se mantenía firme en sus esperanzas y hacía los preparativos para la expansión de la Obra en Valencia y en París. Vinieron luego la guerra civil y los viajes de posguerra... Recordaba su primer curso de retiro en Burjasot; y El Cubil, aquel humilde entresuelo, donde pasó un día de altas fiebres, tiritando arrebujado en unas viejas cortinas; y la impresión de Camino en Valencia, en 1939. Habían pasado más de treinta años; pero el eco de aquellos recuerdos estaba vivo en su alma.

Junto al patio de entrada de La Lloma, sobre un arcón había un ejemplar de Camino. En su primera página escribió el Padre: Electi mei non laborabunt frustra. Valentiae, 14-XI-1972 |# 175|. Mis elegidos no trabajarán en vano. Todavía era joven. Poseía una increíble capacidad de entusiasmo apostólico, una pronta reacción para no dormirse en los laureles y una vida interior en continuo y vigoroso desarrollo. Sus recuerdos apostólicos no morían en una mansa complacencia sino que estallaban en acciones de gracias.

El 17 de noviembre consagró un altar en la residencia universitaria de La Alameda. Allí dejó un acta en que decía:

Con qué anhelo deseé —hace ya mucho, y durante largo tiempo— que el Opus Dei viniera a esta ciudad: hasta que el Señor concedió generosamente a su siervo que también aquí tuviera hijos e hijas; al regresar a Valencia, eran incontables las acciones de gracias a Dios que llenaban mi corazón de Padre feliz... |# 176|.

* * *

Paralelamente a las tertulias catequísticas abiertas a las gentes del mundo, el Padre visitó algunos conventos de clausura en las ciudades por donde pasaba. También las religiosas querían oírle. ¿Es que no era título suficiente para ello el cooperar con sus oraciones a la labor apostólica del Opus Dei en todo el mundo? Así se lo hacía notar al Padre la abadesa del monasterio de San José de Alloz (Navarra). Accedió el sacerdote con sumo gusto a la invitación, por el gran amor que tenía a las almas que dedican su vida a Dios en clausura. Como, en efecto, declaraba a las carmelitas de Cádiz:

Son muchos los conventos y monasterios, en todo el mundo, que tienen con nosotros esta unión espiritual. Nos hacen participar de sus bienes espirituales, que son tantos, y nosotros les hacemos partícipes de nuestro trabajo apostólico. Por eso, me siento entre vosotras como un hermano entre sus hermanas |# 177|.

Comenzó la visita a los conventos yéndose a charlar con las religiosas cistercienses de Alloz, como si se tratase de una tertulia más. De entrada, para explicarles que los fieles del Opus Dei no son religiosos, les dijo en qué consistía la vocación al Opus Dei: una especial llamada de Dios; de manera —continuaba el Padre— que no digo que os envidio, porque mi vocación es de contemplativo en medio de la calle |# 178|. Acto continuo, las puso en guardia contra los peligros del debilitamiento de la disciplina religiosa, insistiendo enérgicamente: Madre Abadesa: ¡fortaleza!, ¡fortaleza!, ¡fortaleza! Abadesa, fortaleza. Entre lágrimas y sonrisas prosiguieron las monjas el diálogo con el Padre.

A su paso por Madrid no podía menos de saludar a las agustinas recoletas del Real Patronato de Santa Isabel, del que había sido Rector. Aquella iglesia fue antaño pasto de las llamas; pero el recinto, el altar y el comulgatorio de las monjas suscitaban al sacerdote recuerdos muy íntimos.

Queda mencionada la larga entrevista del Padre con el Carmelo de Coimbra. Después, en Pozoalbero, estando como aislado en el campo y pendiente a toda hora de visitas y tertulias, encontró un hueco para hacer una rápida escapada a Cádiz el 10 de noviembre y visitar un convento de carmelitas descalzas. También visitó, durante su estancia en La Lloma, otro de carmelitas en Puzol, en medio de huertos de naranjos. Su saludo en los conventos por donde pasaba era un piropo y una frase de agradecimiento a las monjas por su amor a la Iglesia: Sois el tesoro de la Iglesia:

La Iglesia se quedaría árida sin vosotras, y no podríamos decir: sacad con alegría las aguas de las fuentes del Salvador. Es aquí donde sacáis las aguas de Dios, para que nosotros podamos convertir la tierra seca en un huerto lleno de naranjos. Sin vuestra ayuda no haríamos nada; por eso vengo a daros las gracias [...]. ¡Mil veces benditas seáis! |# 179|.

Su última conversación en las catequesis de clausura tuvo lugar en el monasterio de clarisas de Pedralbes, en Barcelona. Cuando el Padre entró en la iglesia la voz del órgano resonaba gozosa por la nave, a modo de saludo. En el locutorio, junto a la capilla del Santísimo, les confesó que estaba allí para aprender, no para enseñar. Le escuchaban en recogido silencio cuando les decía: No os faltarán vocaciones si no hay aburguesamiento, si estáis encendidas en Amor, porque el Amor hace los grandes milagros |# 180|. El tiempo se pasó en un soplo. La conversación del Padre era amena y, de cuando en cuando, las monjas reían de buena gana. Al despedirse, el sacerdote les suplicaba, por amor de Dios, una limosna de oración para que fuese bueno y fiel en esos momentos de deslealtad.

* * *

El 20 de noviembre, fecha de su llegada a Barcelona, le esperaban allí multitud de catalanes, gentes de otras regiones españolas, y algunas personas procedentes de otros países. Las tertulias se sucedieron ininterrumpidamente durante diez días: en escuelas deportivas, auditorios, casas de retiro, colegios y escuelas agrarias. Su primera visita fue a la Virgen de la Merced, patrona de la capital.

Como era previsible, el tema del trabajo y el afán por sacar más tiempo para los negocios fueron los puntos de que tomó pie el Padre para dar lecciones de cómo santificar el trabajo y los negocios. Quería decir a la gente de aquella industriosa región que muchas veces el esfuerzo realizado no resultaba auténticamente cristiano, porque iba solamente detrás del dinero, motivado por fines sin altura. En el auditorio del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE) se celebró una de las tertulias en que parecía obligado tocar este tema. Llenaban la sala profesores y empresarios, financieros y hombres de negocios. Cuando el Padre apareció en el estrado traía un libro, entre cuyas hojas asomaban unas tiras de papel como señal. Nada más saludarles declaró a los presentes su absoluta ignorancia en cuestiones de dinero: cuando veo tres reales juntos me mareo. Algunos —decía a los presentes— os miran con recelo, y otros murmuran de los que trabajáis en negocios. Pero, es el Señor quien recomienda vuestro trabajo. Jesús cuenta cosas muy divertidas |# 181|.

Dicho esto, abrió el Padre el libro, que era el Nuevo Testamento, por el capítulo XIX de san Lucas. Un hombre poderoso, antes de salir de viaje a tierras lejanas, entregó cierta cantidad de dinero a sus siervos para que negociaran y a su vuelta se lo devolviesen junto con frutos e intereses. ¿No es esto un negocio? Un negocio modesto; de esos que a vosotros no os gusta hacer. Pero al fin y al cabo es un negocio. Y el Señor lo alaba. Yo no tengo más remedio que alabaros también |# 182|.

Y prosiguió el Padre planteando los negocios de que hablan los Evangelios. Ahora es san Mateo, que entendía mucho de cuartos, quien nos dice del tesoro escondido. El hombre que lo descubre, lo vuelve a esconder y vende enseguida todo lo que tiene para comprar ese campo. He aquí un negocio seguro.

A renglón seguido cuenta san Mateo la parábola de la perla preciosísima; en cuanto la vio un mercader en perlas finas le dio un brinco el corazón. Vende cuanto tiene y la compra, pues sabe que no es probable que halle otra perla tan valiosa en toda su vida.

A continuación habla san Mateo de otro negocio: el de la pesca. Es éste un negocio relativo, porque la red barredera recoge toda clase de peces al arrastrarla: buenos y malos; y estos últimos hay que tirarlos.

El Padre, con muy buen humor, va comentando las parábolas; pero al llegar a este punto se puso un tanto serio para hacer recapitular a los oyentes:

El Señor alaba vuestros negocios. Pero si no ponéis amor, un poco de amor cristiano; si no añadís el deseo de dar gusto a Dios, estáis perdiendo el tiempo |# 183|.

Con el Evangelio en la mano, siguió luego exponiendo las dificultades en los negocios, y la competencia ilegal... ¿Qué es, pues, lo que impide a un hombre de negocios el comprometerse a vivir una vida verdaderamente cristiana? ¿No será, algunas veces, el miedo y los respetos humanos? A todo parecía tener respuesta el Padre. Buscó otra cita y les comentó la historia de Zaqueo, hombre muy rico y corto de estatura. El cual, sin miedo a hacer el ridículo se encarama a un árbol para ver a Jesús...

El Padre poseía el "don de lenguas", el darse a entender por toda clase de personas. Dios le había hecho gracia de ese don particular, tan adecuado al carisma de quien ha de predicar la llamada universal a la santidad en el ejercicio de cualquier profesión honrada.

Notas

154. AGP, P04 1972, I, p. 170.

155. Cfr. Florencio Sánchez Bella, Sum. 7483.

156. Cfr. César Ortiz-Echagüe Rubio, Sum. 6860.

157. RHF, D-15111, fecha 22-XI-1972.

158. Carta a Florencio Sánchez Bella, en EF-721210-3.

159. Cfr. RHF, D-15111, fecha 28-XII-1972.

160. AGP, P04 1972, I, p. 41.

161. Cfr. Discurso: 7-X-1972; publicado en Josemaría Escrivá de Balaguer y la Universidad, Pamplona 1993.

162. AGP, P04 1972, I, p. 47.

163. Ibidem, p. 93.

164. Ibidem, p. 118.

165. Ibidem, p. 535.

166. Ibidem, p. 225.

167. Según testimonia Florencio Sánchez Bella: «Se dejaba llevar a donde le condujésemos. Subíamos al coche, rezaba, y antes de llegar me preguntaba: ¿a quién hablamos? Y empezaba lleno de entusiasmo» (Sum. 7483).

168. Sobre sus avisos en cuestiones de moda femenina: cfr. AGP, P04 1972, I, p. 205.

169. Carta a la Revda. M. Maria das Mercês de Jesus, o.c.d., Priora del Carmelo de Coimbra, en EF-721214-2.

170. Cfr. AGP, P01 1975, p. 53. Otros santos a los que el Fundador llamaba "paisanos" eran san José de Calasanz y san Vicente Ferrer.

171. AGP, P04 1972, I, p. 315.

172. Ibidem, p. 400.

173. Ibidem, p. 268.

174. Ibidem, p. 428.

175. Ibidem, p. 451. Cfr. Is. 65, 23.

176. AGP, P04 1972, I, p. 450.

177. Ibidem, p. 837.

178. Ibidem, p. 827.

179. Ibidem, p. 837.

180. Ibidem, p. 841.

181. Ibidem, p. 604.

182. Ibidem, p. 605.

183. Ibidem, p. 606.