El Congreso General Especial (1969-1970)

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo III. Andrés Vázquez de Prada

Habían transcurrido años desde aquella primera e inolvidable audiencia en la que Pablo VI acogió a don Josemaría con los brazos abiertos. Aquel mismo día (24 de enero de 1964) insistía a sus hijos que perseverasen en oración:

Seguid rezando por esa intención especial, de la que he hablado al Papa: ¡que deis la lata a Dios Nuestro Señor, para que tenga presente esta intención tan grande! Sólo nos mueve servir mejor a la Iglesia y a la humanidad entera, fortalecer el espíritu de la Obra, asegurar nuestra entrega, y dar mayor eficacia a nuestro apostolado. Os pido que recéis mucho por la intención grande, por la que suelo ofrecer la Misa todos los días |# 293|.

Tenían que rezar por esa "intención grande", porque el camino estaba sembrado de dificultades. De algunas se enteró casualmente, como sucedió el 5 de mayo de 1964, cuando Mons. Paul Philippe, entonces Secretario de la Congregación para los Religiosos, fue invitado a almorzar en la Sede Central del Opus Dei. En esa ocasión el Fundador le comentó largamente un escrito sobre la naturaleza y espíritu del Opus Dei, exponiendo las insalvables dificultades con que tropezaba a causa del status jurídico propio de los Institutos Seculares. Y tan pronto como acabó de hablar, intervino espontáneamente Mons. Philippe: «¡Qué lástima! Hace poco tuve que dar mi parecer sobre algunas materias referentes al Opus Dei y veo que me equivoqué por entero, que no interpreté bien lo que ahora entiendo perfectamente, después de esta conversación» |# 294|.

Estas breves palabras bastaron para confirmar al Fundador, una vez más, que sería sumamente oportuno explicar a expertos y consultores cuáles eran las dificultades que encontraba para mejor servir a la Iglesia.

Pablo VI concedió a don Josemaría una nueva audiencia el 10 de octubre de 1964. Entrevista que tuvo lugar en una atmósfera de caluroso afecto. En ella el Papa le dio a entender que «los Decretos del Vaticano II —ya en pleno desarrollo— podrían quizá proporcionar, en el futuro, elementos válidos para resolver el problema institucional del Opus Dei» |# 295|. Convinieron, pues, en esperar a que acabase el Concilio para estudiar a fondo la tan deseada solución jurídica, que no debía ser una forma jurídica exclusiva para la Obra, ni tener tampoco carácter de privilegio, como manifestó el Fundador |# 296|.

El Concilio Vaticano II terminó sus sesiones el 8 de diciembre de 1965. Se recogía en sus documentos la llamada universal a la santidad que vino a traer Jesucristo, y la misión y dignidad de los laicos, puntos en los que Mons. Escrivá de Balaguer se cuenta entre los precursores de la doctrina del Concilio. Se había adelantado no sólo en las consideraciones teóricas sino también en el fenómeno vivo y pastoral que es el Opus Dei. En esta línea renovadora, y como prolongación de las estructuras jurisdiccionales necesarias a la acción apostólica de los laicos, se abrieron nuevas perspectivas en el régimen de la Iglesia. Efectivamente, entre los documentos sancionados al clausurarse el Concilio estaba el decreto Presbyterorum Ordinis (7-XII-65), que recomendaba la constitución de peculiares diócesis o prelaturas personales para el servicio y atención de obras pastorales que por sus especiales condiciones así lo requieran |# 297|.

El Fundador veía por fin acercarse la tan deseada solución jurídica. Ansiaba volver a los comienzos, cuando la Obra, desnuda de ropaje jurídico, no presentaba las anomalías canónicas que se vio obligado a aceptar. Llegaba el momento de desandar el camino tomado en 1947 y dejar la configuración de Instituto Secular.

Al año siguiente de la clausura del Concilio, Pablo VI promulgó el Motu proprio Ecclesiae Sanctae (6-VIII-1966), con normas para la ejecución de los decretos del Concilio, determinando con mayor precisión la figura de las Prelaturas personales |# 298|. La alegría experimentada por don Josemaría, al saber que tenía casi al alcance de la mano la solución institucional apropiada para el Opus Dei, se tiñó de dolor en vista de la suerte que estaban corriendo la Iglesia y las almas. Un mal llamado "espíritu del Concilio" había provocado el desconcierto doctrinal en el Pueblo de Dios, dañando costumbres y creencias. Por entonces, en carta del 2 de marzo de 1967, el Fundador manifestaba su estado de ánimo a Mons. Dell’Acqua, ante la crisis que estaba padeciendo la Iglesia, y su perplejidad por la desconfianza, tan poco comprensible, que seguía encontrando respecto a su persona en algunos ambientes eclesiásticos |# 299|.

Recorrió varios santuarios de la Virgen en romería de desagravio y de petición por la Iglesia, por el Papa y por la Obra. Visitó Lourdes, en Francia; Sonsoles, el Pilar y la Merced, en España; Einsiedeln, en Suiza; y Loreto, en Italia. En la primavera de 1969 le llegaron rumores de que se había constituido en la Curia romana una comisión que, al parecer, pretendía introducir modificaciones en los Estatutos del Opus Dei, sin consultar al Fundador |# 300|.

Don Josemaría se daba perfectamente cuenta del peligro que corría si se modificaban los Estatutos, falseando la naturaleza del Opus Dei. Todo le movía a actuar con rapidez, para impedir que siguiera adelante aquel plan. Pero, ¿a quién dirigirse para exponer sus quejas?

Pronto tomó una decisión. Se dejó guiar por el espíritu del Opus Dei. Puso por delante los medios sobrenaturales: oración y mortificación; y luego los humanos: discurrir con la cabeza y emplear a fondo la voluntad. Fue el suyo un acto de amor de Dios, prolongado y heroico. Vivió, punto por punto, al pie de la letra, el primer mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente» |# 301|.

En una meditación que dirigía a sus hijos, en la fiesta de la Epifanía de 1970, les exponía en breves palabras cuál era el procedimiento: Tú, Señor, nos has dado la inteligencia para que discurramos con ella y te sirvamos mejor. Tenemos obligación de poner de nuestra parte todo lo posible: la insistencia, la tozudez, la perseverancia en nuestra oración |# 302|. Así, en tensión de servicio, contemplando serenamente los acontecimientos, se comprometió a defender por todos los medios a su alcance la herencia divina del 2 de octubre de 1928. ¡Tranquilos, tranquilos! —decía a sus hijos— no podrán nada, Señor [...]. Estoy seguro |# 303|.

* * *

El motu proprio Ecclesiae Sanctae, de agosto de 1966, recomendaba a los Institutos Religiosos y Seculares ponerse al día, de acuerdo con el Magisterio del Concilio Vaticano II y el espíritu de sus fundadores. En un primer momento don Josemaría no consideró oportuno seguir esta ruta de revisión constitucional. Pero, en vista de las circunstancias, vio allí un camino para detener una posible actuación de la reciente Comisión ya mencionada. No había tiempo que perder. Inmediatamente, por carta del 20 de mayo de 1969, dirigida al Cardenal Antoniutti, solicitó celebrar una asamblea: deseamos proceder ahora a la renovación y adaptación de nuestro actual derecho particular y solicitamos a la vez autorización para que el periodo de tiempo establecido para dicha reunión se compute a partir de la fecha del día de hoy |# 304|. La respuesta afirmativa, a dicha petición es del 11 de junio |# 305|. Dos semanas más tarde (25-VI-1969) el Fundador convocó un Congreso General Especial para el 1 de septiembre de 1969.

Era deseo del Padre que todas las Regiones estuvieran representadas en el Congreso, para poner de manifiesto la unidad de la Obra y la colegialidad de su gobierno. Con este propósito fueron convocadas ciento noventa y dos personas (ochenta y siete varones y ciento cinco mujeres), de procedencia, edad y condiciones muy variadas |# 306|.

El trabajo, que duró dos semanas, se llevó a cabo en asambleas paralelas, una de hombres y otra de mujeres, cada una de ellas dividida en cuatro Comisiones. En total, las propuestas presentadas ascendían a ciento setenta y siete. La clausura de las sesiones de los varones tuvo lugar el 15 de septiembre; y las de mujeres, al día siguiente. Como declaró el Fundador, en septiembre de 1970 se celebraría la segunda parte del Congreso. Las propuestas y enmiendas sometidas al Congreso hacían patente la unidad de miras de todos los asistentes. Quiso, sin embargo, el Fundador que todos en la Obra participaran, aun cuando fuese indirectamente, en las decisiones que en 1970 tomarían los congresistas. Para llevar a cabo este intento tendrían lugar, en los meses siguientes, unas Semanas de Trabajo, con el fin de estudiar propuestas o iniciativas de las diversas Regiones, que se enviarían luego a Roma, para someter sus conclusiones al Congreso |# 307|. De momento, como expone el Fundador a la Santa Sede, por carta del 22 de octubre de 1969, se consideró oportuno limitarse a elaborar criterios generales |# 308|.

Esos criterios eran los mismos que el Fundador venía repitiendo, incansablemente, a lo largo del itinerario jurídico del Opus Dei. A saber: que la configuración canónica de Instituto Secular —muy apropiada para otras instituciones de la Iglesia— resultaba inadecuada a la realidad sociológica, espiritual y pastoral del Opus Dei; que al momento de su aprobación, y con objeto de que gozara de un régimen de carácter universal, se había forzado su naturaleza, incluyéndole entre los Institutos de perfección; que el ordenamiento canónico vigente no respondía a una característica esencial del Opus Dei, cual es la secularidad propia de los fieles corrientes y de los sacerdotes diocesanos; y que, como resultado de todo ello, el Congreso había expresado el deseo de salir del marco jurídico de los Institutos de perfección. De ahí que el Congreso haya tomado nota, con hondo sentimiento de gratitud y esperanza, de que después del Concilio Vaticano II pueden existir, dentro del ordenamiento de la Iglesia, formas canónicas con régimen de carácter universal, que no requieren la profesión de los consejos evangélicos por parte de quienes integran esas personas morales |# 309|. Y la carta aclaraba enseguida a qué forma canónica quería referirse, remitiendo expresamente al Decreto Presbyterorum Ordinis, n. 10 y al motu proprio Ecclesiae Sanctae, n. 4. Es decir, a los documentos en los que se habla de las Prelaturas personales.

El plan trazado mentalmente por el Fundador para el desarrollo del Congreso en dos partes —una en septiembre de 1969 y otra en el mismo mes de 1970— tenía por objeto evitar la posible intervención de quienes pretendían reformar el Opus Dei sin contar con don Josemaría. De modo que, mientras se desarrollara el Congreso, se llevaría a cabo la revisión del Derecho particular del Opus Dei de acuerdo con la autoridad eclesiástica y la normativa del Concilio Vaticano II. Permitía también el llevar a cabo una movilización general de la Obra, con la libre consulta a sus más de 50.000 miembros, unidos y perseverantes en oración y propósitos.

El día mismo de la clausura de la primera parte del Congreso, don Josemaría, después de honda meditación, dio un paso delicadísimo, inesperado y de maravillosa audacia. En carta fechada el 16 de septiembre, dirigida a Pablo VI, imploraba de la Paternal Bondad de Su Santidad no interrumpir el ejercicio del derecho que le concedía el motu proprio Ecclesiae Sanctae para proseguir la tarea de adaptación jurídica, según las directrices del Vaticano II. Y continuaba:

si esta esperanza filial se viese frustrada y se pensara interrumpir prematuramente el legítimo y pacífico ejercicio de tal derecho (del que disfrutan, por otra parte, todos los Institutos dependientes de la Santa Sede), por motivos que me son desconocidos, todavía me atrevo a rogar a Vuestra Santidad que acoja y valore benévolamente las razones aducidas en el adjunto Appunto. Documento que, en mi intención, no pretende hacer otra cosa que exponer humilde, filial y sinceramente las preocupaciones que afligen mi ánimo |# 310|.

Junto con esta carta iba otra de la misma fecha (16-IX-1969), también dirigida a Pablo VI, que servía de introducción a una nota con larguísima exposición de los hechos. Todo ello concluía en un Recurso formal ante la Santa Sede sobre las actividades de una Comisión especial encargada de decidir por su cuenta sobre el futuro canónico del Opus Dei |# 311|. He aquí la carta:

Beatísimo Padre:

Ante la eventualidad de que una Comisión especial de la Santa Sede tome decisiones respecto al Opus Dei, sin que nosotros estemos al corriente de los motivos y sin que se nos haya pedido el parecer, después de haberlo considerado largamente en la presencia de Nuestro Señor, y pensando en la salvación eterna de mi alma, y también en la de muchos millares de socios y asociadas del Opus Dei, cuya vocación se vería comprometida, no quiero que el juicio de la Historia me acuse de no haber puesto cuanto estaba en mis manos para salvaguardar la configuración genuina del Opus Dei. Así, pues, respetuosamente expongo a Vuestra Santidad el ruego de tomar benévolamente en consideración el Appunto adjunto |# 312|.

Hecho este preámbulo, la relación entra paulatina y sosegadamente en el asunto. Con estas palabras comienza la Nota:

Como de años atrás me viene sucediendo, siempre soy el último de Roma en enterarse de las noticias y dichos que circulan sobre la Curia Romana. También ahora, de regreso a Roma para presidir la primera parte de nuestro Congreso General, me han contado rumores que, al parecer, circulan ya desde hace tres o cuatro meses. Según lo que se dice, ha sido creada una Comisión Especial con el encargo de juzgar al Opus Dei, (a propósito de unas no muy precisas acusaciones), y de introducir modificaciones en las Constituciones de la Obra. Esta Comisión sería secreta y tomaría sus decisiones sin consultarnos |# 313|.

A manera de introducción nos advierte el Fundador que, tratándose de materia tan extremadamente grave, no se ha contentado con recoger los rumores que circulan por Roma sino que ha analizado a fondo el asunto. Porque siempre que de los intereses de la Iglesia se trata procura hablar y escribir con sencillez y en la presencia de Dios. Y si el estilo es claro y preciso, el tono es firme y exigente.

Entre otras cosas, el Fundador se pregunta por el motivo de revisar el Derecho del Opus Dei, cuando nadie lo ha pedido y Su Santidad había manifestado, por el contrario, la conveniencia de diferir esta cuestión.

En la Conclusión de la Nota se solicita que no se estudie ni se tomen decisiones sobre la situación jurídica del Opus Dei, ya que nadie las ha pedido. Pero, si fuese necesario estudiar su configuración canónica, pide que no se lleve a cabo por esa Comisión. De manera que se proceda en toda justicia y que, por parte del Opus Dei, se permita replicar a posibles críticas, o aclarar eventuales errores e interpretaciones desviadas. Finalmente cierra el escrito con estas palabras:

Declaro, por último, que si me he expresado con mi acostumbrada sinceridad, lo he hecho por mi amor a la Santa Iglesia de Dios, por mi amor y mi lealtad al Sumo Pontífice, por mi deseo de servir a las almas —especialmente a aquellas que el Señor me ha confiado y que están esparcidas por todo el mundo—, y porque quiero salvar también mi alma. Y todo esto lo he hecho después de haber rezado largamente y con perseverancia, de haber pedido ayuda a la Madre de Dios, y de ponerme en presencia de Nuestro Señor, dándome perfectamente cuenta de mi responsabilidad personal.

Roma, 16 de septiembre de 1969 |# 314|.

Era entonces Secretario de Estado de Su Santidad el Cardenal Jean Villot, que el 9 de octubre concedió una audiencia al Fundador, y le comunicó que la Comisión especial tenía una finalidad muy limitada: la de examinar las Constituciones de los Institutos Seculares formados por sacerdotes. En el curso de la entrevista el Cardenal le hizo también entender que algunas expresiones de su escrito habían desagradado al Santo Padre, al que le dolía la reclamación de derechos |# 315|. Tal vez el Cardenal, por falta de dominio en el idioma italiano, o por querer resumir en dos palabras una conversación, interpretó con desacierto el pensamiento del Papa. El caso es que la frase causó inmenso dolor al Fundador, el cual, con mucha paz, replicó al Cardenal:

Eminencia, transmita de mi parte al Santo Padre que no soy ni Lutero, ni Savonarola; que yo acepto con toda mi alma lo que decida el Santo Padre, y que escribiré una carta para confirmar mi auténtica disponibilidad en las manos del Romano Pontífice, al servicio de la Iglesia |# 316|.

Efectivamente, dos días más tarde, el 11 de octubre de 1969, escribía a Pablo VI agradeciéndole la información recibida a través del Secretario de Estado sobre la Comisión especial. Manifestaba luego un hondo dolor por la pena que pudiera haber causado con su escrito, pues su título de honra y servicio había ido siempre presidido por su lealtad de buen hijo de la Iglesia, fiel al Santo Padre hasta la muerte |# 317|. Acto seguido pide perdón muy sinceramente; pero vuelve enseguida al asunto. En manos de Su Santidad —dice— pone su anhelo para que se resuelva de modo definitivo la cuestión institucional. Por eso desea hacer antes, en el Congreso General, un estudio acabado, que refleje la auténtica realidad de la vida y fisonomía espiritual del Opus Dei, con objeto de poder luego abandonarse serenamente al buen juicio de las personas que la iluminada prudencia de Su Santidad designe para el estudio de nuestra situación jurídica |# 318|.

No queriendo dejar ningún cabo suelto, el Fundador se entrevistó con Mons. Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado para Asuntos Ordinarios, el 14 de octubre. La conversación fue afectuosa y cordial; y ambas partes aprovecharon la ocasión para exponer, con lealtad y sinceridad cristianas, sus respectivas informaciones e impresiones |# 319|.

El Fundador hizo lo posible por tener un nuevo encuentro con Mons. Benelli, para tratar con calma de los argumentos que nos interesan, le escribe en carta del 29 de octubre |# 320|. Señal evidente de que no habían llegado a aclarar todos los aspectos del asunto.

* * *

En los últimos meses de 1969 y en los primeros de 1970 se celebraron las Semanas de Trabajo, en que se dio a conocer a los miembros de la Obra lo estudiado en la primera parte del Congreso. A saber: la necesidad de obtener una configuración jurídica apropiada a su contenido espiritual y fines fundacionales. Con gran amplitud de miras, el Fundador —como va indicado— invitó a colaborar en esta labor también a los más jóvenes de la Obra, e incluso a Cooperadores y a personas que participaban en las labores apostólicas. De suerte que intervinieron más de 50.000 personas, de setenta y siete países. En total se presentaron 54.781 comunicaciones escritas, que, como propuestas, fueron enviadas a Roma, pasando ulteriormente a las Comisiones del Congreso General de 1970 |# 321|.

El primero de abril de 1970 buscó de nuevo el Padre la intercesión de la Virgen. Como los romeros de siglos pasados, inició un viaje penitente a varios santuarios de España y Portugal. En Madrid, antes de empezar su peregrinación, le dieron una agradable sorpresa. A Diego de León habían trasladado, de momento, la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad, que acababan de reparar en un taller madrileño. La única vez que se habían encontrado cara a cara fue en 1904, cuando, siendo niño el Fundador, sus padres le llevaron de Barbastro a la ermita de Torreciudad para ofrecerle a la Virgen, a raíz de su curación. El Fundador pidió perdón en voz alta por tan largo retraso. Sesenta y seis años hacía desde entonces:

¡Perdóname, Madre mía! Desde los dos años hasta los sesenta y ocho. ¡Qué poca cosa soy! Pero te quiero mucho, con toda mi alma. Me da mucha alegría venir a besarte y me da mucha alegría pensar en los miles de almas que te han venerado y han venido a decirte que te quieren, y en los miles de almas que vendrán.

Antes no me daba cuenta, pero ahora me pareces preciosa, ¡guapísima!, y siento la necesidad de decirte que te quiero. Perdóname, pero eres tan Madre que, al verte, en vez de agradecer tu cariño y tu protección, he comenzado por pedir: ya me entiendes. Y ahora te digo otra vez que te quiero con toda mi alma |# 322|.

Se fue luego a Zaragoza, a visitar el Pilar, donde rezaba, siendo seminarista, por el cumplimiento de un barrunto —Domina, ut sit!—, sin saber a ciencia cierta lo que solicitaba.

El martes, 7 de abril, salía de allí para el norte, hacia el Pirineo. A la vista del paisaje se agolpaban en su memoria recuerdos de niñez. Camino de Barbastro desfilaban pueblos, campos y reliquias de la historia: el viejo castillo de Montearagón, sede que fue de reyes; Siétamo, pueblo donde se cambiaba a principio de siglo el tiro de caballos de la diligencia que enlazaba Barbastro con Huesca; el monasterio de El Pueyo, en lo alto de una colina, que los de Barbastro compraron en los años de la desamortización, con el propósito de devolverlo a la Iglesia... No quiso el Padre detenerse en Barbastro. Le urgía cumplir su promesa de romero.

Un kilómetro antes de llegar a la ermita habían colocado un mojón en la carretera, que estaba sin asfaltar, con grava y cantos |# 323|. Se quitó el Padre zapatos y calcetines. Inició el rezo del rosario. Comenzaba entonces a lloviznar. Casi una hora caminó con el pequeño grupo de gente que le acompañaba, rezando el rosario. Luego de descansar en la ermita, el Padre se acercó a la explanada donde se llevaban a cabo las obras del futuro santuario. Aquello era un desmonte, con un gran hoyo excavado a mucha profundidad, donde iría la cripta y cuarenta confesonarios, que el Padre bendijo con viva fe |# 324|.

Volvió el Padre a Madrid y, a los pocos días —el 13 de abril— salió en coche para Fátima. Junto a la carretera, antes de llegar a la explanada del santuario, le esperaba un buen grupo de sus hijos portugueses. Como en Torreciudad, se descalzó para ir rezando a pie hasta la capilla de la Virgen. Pasó un buen rato, y el Padre seguía descalzo. Alguien quiso evitar que caminara por lugares donde el suelo tenía grava:

¡Pues vaya una cosa! —protestaba—. ¡Que me he descalzado! Eso lo hace el último campesino, y se viene kilómetros y kilómetros, sin darle importancia. Yo he recorrido unos metros nada más, ¡una vergüenza! |# 325|.

Había ido a Fátima a rezar a la Virgen, seguro de que, en su omnipotencia suplicante, la Señora escucharía sus peticiones. Le pedía por la Iglesia, para que la librase de sus enemigos, y por la Obra. Su visita a Fátima era también de agradecimiento. Por lo demás, se encontraba seguro y optimista; hoy, aquí, con más optimismo que nunca, les afirmaba.

La visita se le hizo corta; pero su oración había sido larga, como explicaba a sus hijos al tiempo de despedirse:

He procurado meter, en mis raticos de charla con la Virgen, viviéndolos en silencio, todo lo que llevo dentro, todo lo que he rezado en estos meses, y todo lo que mis hijos habrán rezado |# 326|.

* * *

Regresó a Roma el 20 de abril. Pero no podía contener una fuerza interior, que le impelía a proseguir el peregrinar mariano. Era como una atracción impetuosa que reclamaba su presencia a la vera de Nuestra Señora. El primero de mayo decidió cruzar el Atlántico y presentarse en el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, en México. Si mayores eran las dificultades, mayor aún la muestra de su amor.

El 15 de mayo de 1970, acompañado de don Álvaro y don Javier, tomó tierra en México. A esas horas estaba cerrado el santuario. A Pedro Casciaro, a quien había enviado veinte años antes a México, y a los demás que salieron a esperarle al aeropuerto aquella noche, les recordaba su programa de viaje: He venido a ver a la Virgen de Guadalupe, y de paso a veros a vosotros |# 327|.

Su primer encuentro con la Virgen en la basílica fue de entusiasmo contemplativo. Hora y media se pasó de rodillas, absorto, encandilado, con los ojos clavados en la imagen. La piedad de los fieles, que entraban y salían del templo, algunos hincados de rodillas, todos con la mirada suplicante, refrescaba la historia del indio Juan Diego. A principios de diciembre de 1531, yendo de camino, oyó el indio una voz dulce que en lengua nahuatl le preguntaba adónde iba. Y vio una Señora envuelta en resplandores que le decía que se levantara allí mismo un templo, pues quería derramar desde ese santuario sus clemencias sobre las gentes recién salidas del paganismo. Cuenta también la historia cómo el Obispo de México, fray Juan de Zumárraga, dio largas al indio; y cuando de nuevo volvió con el mensaje, le pidió pruebas. Por tercera vez se apareció la Señora a Juan Diego, e hizo florecer milagrosamente un rosal, poniendo una brazada de rosas en la tilma del indio. Al presentarse al Obispo y abrir la manta, cayeron al suelo las rosas. Su fragancia llenó la habitación, y en el tejido de la tilma apareció estampada la imagen que en el santuario se venera.

Desde una tribuna del templo, a la altura de la imagen y resguardado de miradas curiosas, hizo el Padre su novena. Humildemente mostró sus manos vacías:

No me encuentro virtudes. Señora, si tu Hijo hubiera encontrado un trapo más sucio que yo, no sería yo el Fundador del Opus Dei |# 328|.

Hubo de acogerse al título de hijo de una Madre misericordiosa, porque no tenía mejores credenciales. Acudía a la Virgen con audacia, como un niño pedigüeño, como un niño pequeño, que está persuadido de que tienen que escucharle |# 329|.

Pedía el Padre, junto con todos sus hijos, en nombre de todos los fieles del Opus Dei. Pedimos como un niño pequeño —decía al Señor—, como una familia pequeña, y quiero que la Obra sea siempre así: una pequeña familia muy unida, aunque estemos extendidos por todas partes. Y te pedimos exigiendo, sirviéndonos de la intercesión de tu Madre, sabiendo que tienes que escucharnos |# 330|.

Su oración era insistente, llena de audacia y sencillez filial:

Madre, venimos a Ti; Tú nos tienes que escuchar. Pedimos cosas que son para servir mejor a la Iglesia, para conservar mejor el espíritu de la Obra. ¡No puedes dejar de oírnos! Tú quieres que todo lo que desea tu Hijo se cumpla, y tu Hijo quiere que seamos santos, que hagamos el Opus Dei ¡Nos tienes que escuchar! |# 331|.

Perseveraba el Padre en su oración; exigente, confiado, importunando o implorando, para que, por intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, saliese de una vez aquella intención especial que moldearía jurídicamente la Obra conforme a su realidad teológica. Ésa era la causa de su venida a México:

Te hemos venido a pedir, junto a tu Madre, que acabes nuestro camino, como una coronación de la llamada que hemos recibido |# 332|.

Después, acabada la novena, se ocupó de la segunda parte del programa, de sus hijos: Hijos míos —les decía—, a México no he venido a enseñar, sino a aprender. Pero enseñó; y enseñó mucho, a grupos numerosos de personas, dentro y fuera de la capital. La tarde del 3 de junio estuvo en el valle de Amilpas, en el Estado de Morelos, donde se había reconstruido una vasta iglesia de estilo barroco colonial en una finca llamada Montefalco, con una casa de retiros y otras obras apostólicas promovidas por miembros del Opus Dei, tales como un centro agropecuario y unas escuelas para campesinas. Los trabajadores de los contornos llegaron en muchedumbre a oír hablar al Padre, que les predicaba maravillas:

¡Nadie es más que otro, ninguno! ¡Todos somos iguales! Cada uno de nosotros valemos lo mismo, valemos la sangre de Cristo. Fijaos qué maravilla. Porque no hay razas, no hay lenguas; no hay más que una raza: la raza de los hijos de Dios |# 333|.

Las gentes de Montefalco no se perdían palabra, porque les entraban hasta el fondo del sentimiento:

Mirad la cara bellísima, magnífica, que dejó Santa María entre las manos de Juan Diego, en su ayate. Ya lo veis que tiene trazos indios y trazos españoles. Porque sólo hay la raza de los hijos de Dios |# 334|.

Regresó a la capital, donde le esperaba más trabajo. Después, del 9 al 17 de junio estuvo en Jaltepec, junto a la laguna de Chapala. Un día en que había dirigido la palabra a un grupo de sacerdotes, se retiró fatigado a una habitación, donde reposó unos momentos. Había en el cuarto un cuadro de la Virgen de Guadalupe dando una rosa a Juan Diego. Al contemplarlo se le encendió el deseo al Padre; y la persona que le acompañaba, el Lic. Alberto Pacheco, Notario, oyó estas palabras: Así querría morir: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor |# 335|.

El 22 de junio, víspera de su salida de México, fue a despedirse de la Virgen de Guadalupe. El santuario estaba abarrotado de gente, fieles del Opus Dei y personas que cooperaban en los apostolados de la Obra. Salió emocionado y con la seguridad de que la Señora había escuchado su oración, ya antes, el 24 de mayo, al acabar la novena.

* * *

El 30 de agosto de 1970 se reanudaron en Roma las tareas del Congreso General Especial. En la sesión inaugural el Fundador recalcó la finalidad de esas reuniones, para vivir de perfecto acuerdo con el espíritu querido por Dios; de manera que la espiritualidad, la vida y el modo apostólico de la Obra encuentren una adecuada y definitiva configuración jurídica en el derecho de la Iglesia |# 336|.

La labor de las Comisiones consistió, principalmente, en el examen de las comunicaciones que las Asambleas Regionales habían enviado a Roma al acabar las Semanas de Trabajo. Pero la revisión del derecho particular de la Obra requería la colaboración de especialistas, razón por la que se aprobó crear una Comisión Técnica. La clausura de las sesiones plenarias del Congreso tuvo lugar el 14 de septiembre; pero el Congreso General Especial continuaba abierto y sus conclusiones servirían «para fundamentar y encauzar el trabajo ejecutivo de la Comisión Técnica» |# 337|.

La primera de las conclusiones, votada y aprobada por unanimidad, decía textualmente: «Ruegan al Fundador y Presidente General de la Obra que, en el momento y forma que él considere más oportunos, renueve ante la Santa Sede su humilde y esperanzada petición para que se resuelva definitivamente el problema institucional del Opus Dei» |# 338|.

Entre los papeles y notas sueltas del Fundador, de años anteriores, aparece una breve frase, de ancho sentido. Dice así: corres más con la cabeza que con los pies |# 339|. Acaso puede entenderse como un consejo para no obrar con precipitación o también como llamada para poner de acuerdo el pensamiento con las obras. La verdad es que bien pudiera aplicarse a la situación en que quedaba la revisión institucional del Opus Dei. Después de años de espera, las cosas parecían a punto de acabarse, salvo algún ligero retoque sin mayor importancia. Así, pues, ateniéndose a la conclusión primera del Congreso General Especial, que dejaba a su buen criterio la elección de tiempo y modo de actuar, el Fundador juzgó más prudente esperar mejores tiempos.

Lo cierto es que el camino fundacional, comenzado en 1928, estaba ya totalmente recorrido, aunque no llegase a pisar la meta. El Fundador moriría sin ver al Opus Dei erigido en Prelatura personal, pero con la certeza de que lo sería.

Notas

293. AGP, P01 1982, p. 1388.

294. Cfr. Carta a Mons. Angelo Dell’Acqua, Sustituto de la Secretaría de Estado, desde París, en EF-640815-2; vid. texto completo en Amadeo de Fuenmayor et al., ob. cit., Apéndice Documental 49, pp. 575-578. Cfr. también Álvaro del Portillo, Sum. 567.

295. Cfr. Carta de Mons. Álvaro del Portillo, del 28-XI-1982, n. 37, en Rendere amabile la verità. Raccolta di scritti di Mons. Álvaro del Portillo, Ciudad del Vaticano 1995, p. 71.

296. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 568.

297. El decreto Presbyterorum Ordinis, en su n. 10, habla de atender, por razones de apostolado, «las tareas pastorales peculiares» (cfr. A.A.S. LVIII (1966), p. 1007).

298. El Motu proprio Ecclesiae Sanctae se ocupa en su n. 4 de las Prelaturas personales: «Además, para la realización de peculiares tareas pastorales o misioneras en favor de determinadas regiones o grupos sociales, que necesiten ayuda especial, puede ser útil que la Santa Sede erija Prelaturas que consten de presbíteros del clero secular, con una formación peculiar, bajo el régimen de su propio Prelado y dotadas de estatutos propios [...].

Nada impide que laicos, célibes o casados, mediante convención con la Prelatura, se dediquen con su competencia profesional al servicio de sus tareas e iniciativas» (A.A.S. LVIII (1966), p. 760).

299. Cfr. Carta a Mons. Angelo Dell’Acqua, en EF-670302-1.

300. Cfr. Appunto adjunto a Carta a Su Santidad Pablo VI, en EF-690916-2.

301. Luc. 10, 27.

302. Meditación del 6-I-1970, dirigida por el Padre en el oratorio de Pentecostés, Roma; en AGP, P09 p. 116.

303. Ibidem, pp. 115 y 116.

304. Carta al Cardenal Ildebrando Antoniutti, Prefecto de la Sagrada Congregación de Religiosos e Institutos Seculares, en EF-690520-2 (vid. texto completo en Amadeo de Fuenmayor et al., ob. cit., Apéndice Documental 50, pp. 578-579). Entre los motivos que le llevaron a cambiar de idea estaba el propósito —según dijo a varios Prefectos de la Curia— de insistir en que el Opus Dei no se encuadra en el marco de la vida consagrada.

305. La respuesta del Cardenal Antoniutti al Fundador (11-VI-1969): en Amadeo de Fuenmayor et al., ob. cit., Apéndice Documental 51, p. 579.

306. Sobre el desarrollo del Congreso: cfr. Amadeo de Fuenmayor et al., ob. cit., pp. 371 y sigs. Cfr. AGP, Actas del Congreso General Especial, I, 2-IX-1969.

307. Tan pronto se clausuró la primera parte del Congreso, el Secretario General del Opus Dei, Álvaro del Portillo, informó a la Santa Sede sobre la marcha del Congreso y la preparación de su segunda parte (cfr. Carta de don Álvaro del Portillo al Cardenal Ildebrando Antoniutti, del 18-IX-1969, en Amadeo de Fuenmayor et al., ob. cit., Apéndice Documental 52, p. 580).

308. Carta al Cardenal Ildebrando Antoniutti, Prefecto de la Sagrada Congregación de Religiosos e Institutos Seculares, en EF-691022-1 (vid. texto completo en Amadeo de Fuenmayor et al., ob. cit., Apéndice Documental 54, pp. 581-583).

309. Ibidem. Con esas palabras —profesión de los consejos evangélicos— venía a tipificar el modo de la llamada vida consagrada, propia del estado religioso.

310. Carta a Su Santidad el Papa Pablo VI, en EF-690916-2.

311. He aquí algunos puntos del Recurso, recogidos también en las consideraciones del Appunto (Nota) que acompaña la carta al Papa Pablo VI:

Recurso: Habiendo tenido noticia de la constitución de una Comisión Pontificia especial para conocer, in iure et in facto, algunos aspectos de la organización jurídica y actividad apostólica del Opus Dei [...]. Por el presente acto se propone formalmente exceptio suspicionis contra tres de los cinco miembros de la mencionada Comisión Pontificia. (A continuación vienen los nombres de los formalmente recusados; y las consecuencias jurídicas de la recusación establecidas por el canon 1613).

La exceptio suspicionis podrá ser adecuadamente documentada y probada, solicitándose por tanto amplia facultad de prueba. Y, a tenor del canon 1614, dicha excepción deberá ser examinada, no por esa misma Comisión sino por quien delega. Tratándose en el presente caso de una Comisión Pontificia, consideramos que la exceptio suspicionis deberá ser examinada por el Romano Pontífice, etc.

312. Carta de acompañamiento al Appunto (16-IX-1969).

313. Appunto, n. 1.

314. Conclusiones, n. 4.

315. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 804; Javier Echevarría, Sum. 2360.

316. Javier Echevarría, Sum. 2360.

317. Carta a Su Santidad Pablo VI, en EF-691011-2.

318. Ibidem.

319. Carta a Mons. Giovanni Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado para los Asuntos Ordinarios, en EF-691029-1.

320. Ibidem. Sobre la posible intervención de Mons. Benelli en este asunto, nada dice la carta del Fundador.

En nota al Appunto del 16 de septiembre de 1969, ya citado, dice Mons. Álvaro del Portillo que la Comisión especial «no llegó a realizar ningún trabajo relacionado con la situación jurídica del Opus Dei y, de hecho, quedó disuelta inmediatamente».

321. Cfr. Actas del Congreso General Especial, del 30-VIII-1970; AGP, RHF, Sección Jurídica, VII, D-15256.

322. AGP, P01 1970, p. 501.

323. Cfr. César Ortiz-Echagüe Rubio, Sum. 6860; y AGP, P01 1982, pp. 1488 y sigs. Poco antes de acercarse a Torreciudad compuso la letra de una jota, improvisada allí mismo, en el coche: El amor de los baturros, / es difícil de lograr; / pero, aunque pasen los años, / es un amor de verdad (ibidem, p. 554).

324. Ibidem, p. 1499.

325. AGP, P01 1982, p. 1506.

326. Ibidem, p. 1508.

327. Ibidem, p. 1317.

328. AGP, P01 1970, p. 937.

329. AGP, P01 1982, p. 1319. Durante toda esa temporada, su oración a la Virgen era especialmente filial. En el libro de firmas de Torreciudad, aunque no solía escribir en los libros de visitas, había escrito unas semanas antes: Madre mía y Señora mía de Torreciudad, Reina de los Ángeles, monstra te esse Matrem y haznos buenos hijos, hijos fieles. Torreciudad, 7 de abril de 1970 (AGP, P01 1982, p. 1499).

330. Ibidem, p. 1321.

331. Ibidem. «En este contexto de oración universal, abierta a todas las necesidades de los hombres —escribe Mons. Javier Echevarría a los fieles de la Prelatura—, pedía perseverantemente por el Opus Dei, para que el Señor, en su Bondad y Poder infinitos, protegiera a su Obra y conservara íntegros e inviolados —también mediante la sanción jurídica adecuada por parte de la Autoridad eclesiástica— el espíritu, la naturaleza y los modos apostólicos propios del Opus Dei» (Carta, 1-V-1995).

332. AGP, P01 1982, p. 1324.

333. AGP, P01 1970, p. 950.

334. Ibidem.

335. AGP, P01 1976, p. 451.

336. Actas del Congreso General Especial II, del 30-VIII-1970; AGP, Sección Jurídica, VII, D-15256..

337. Actas del Congreso General Especial II, del 14-IX-1970; en Amadeo de Fuenmayor et al., ob. cit., Apéndice Documental 55, pp. 584-585.

338. Ibidem.

339. RHF, AVF-80.