Espíritu sacerdotal y mentalidad laical

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo II. Andrés Vázquez de Prada

Sus hijas eran jóvenes, y a algunas les faltaba experiencia en las múltiples artes y técnicas de la administración de los centros, Sabía don Josemaría que se irían haciendo, y así se lo decía, infundiéndoles seguridad. El Padre, por el contrario, ya era experto veterano, que había pasado en el puente de mando las zozobras y desventuras de la residencia de Ferraz. Transmitía a sus hijas todos sus conocimientos; y no se alteraba si acaecían los mismos errores que en cualquier familia.

Sus hijos, y sus hijas, cometieron no pocas equivocaciones; pero —obedeciendo a las indicaciones dadas por don Josemaría— hicieron fichas de experiencia, que repasaban periódicamente, para no tropezar de nuevo en la misma piedra. Al cabo de unos años las mujeres de la Obra se movían con soltura. El Padre marchaba siempre por delante, deslumbrándolas con nuevos proyectos y señalándoles nuevas rutas. Los Rosales, por ejemplo, era casa difícil de sostener económicamente. Por temporadas les servía de descanso y, por el verano, tenían allí cursos de formación, como los organizados en 1945. Pensó don Josemaría un remedio en tiempos difíciles de carestía y racionamiento: tal vez se pudiera establecer allí una granja. Siempre contarían con clientela fija en La Moncloa, Zurbarán y Diego de León.

Otra idea, también del Padre, fue el montar un taller de confección de ornamentos sagrados. A diferencia de la granja, esta iniciativa tenía antecedentes. Se remontaba a los tiempos en que Carmen, la Abuela y alguna de aquellas mujeres que se dirigían con don Josemaría, colaboraban en preparar lo necesario para el oratorio de Ferraz |74|. Luego, en Burgos, un grupo de chicas, bajo la dirección del sacerdote, trabajaban en el "ropero", haciendo amitos, purificadores, albas y corporales con destino al primer oratorio que se pusiera en Madrid al terminar la guerra |75|. Y más tarde, las tertulias en Diego de León, con la Abuela y con Carmen, mientras cosían y preparaban ropa de altar |76|. En el comedor verde del primer piso de Los Rosales se instaló finalmente el obrador de costura |77|.

Don Josemaría depositó por adelantado su confianza en la pericia de sus hijas. Consistía en un juego completo de casullas para un altar portátil, que llevaría en los viajes, por si era menester. La víspera misma de San José consiguieron terminarlo y enviárselo a Madrid a la mañana siguiente. Le gustaron al Padre las casullas y los demás ornamentos de viaje. Por la tarde, se presentó en Villaviciosa de Odón, a felicitar a sus hijas. Ese día fue de mucha fiesta y gozo para el Fundador, que, como ya quedó dicho, había recibido las cartas de las dos primeras numerarias auxiliares. Además de felicitar a las artistas echó un vistazo a la casa, porque pensaba que sus hijas numerarias auxiliares fuesen cuanto antes a Los Rosales, para comenzar allí su formación |78|.

Las semanas que siguieron las dedicó don Josemaría a formar al grupo de hijos suyos que componían la segunda hornada de sacerdotes, porque, apenas ordenados los tres primeros en 1944, el Fundador invitó a otros seis laicos de la Obra a prepararse para el sacerdocio y completar los estudios que venían haciendo con mucha hondura. El profesorado, en buena parte, era el mismo que había dado clase a los primeros |79|. De los seis que formaban el grupo, los más antiguos eran Pedro Casciaro y Francisco Botella |80|. Todos tenían título universitario; algunos eran profesores.

El 7 de mayo de 1946 recibieron la tonsura y, en días sucesivos, las órdenes menores en el Palacio episcopal, de manos de don Leopoldo |81|.

El 2 de junio, domingo, fue el día elegido por don Casimiro Morcillo, Obispo Auxiliar de Madrid, para conferirles el Subdiaconado. Por entonces giraba don Casimiro una visita pastoral a los pueblos de la Sierra de Guadarrama. Había nacido el Prelado en el pueblecito de Chozas de la Sierra (hoy Soto del Real), y deseaba celebrar allí la ceremonia de ordenación, que resultaría para aquellas gentes un acontecimiento señalado e instructivo. Por su parte, el Ayuntamiento del lugar organizó un homenaje al Sr. Obispo. De los balcones colgaban colchas de vistosos colores y mantones de Manila bordados en seda. Después de descubrir el alcalde una lápida de mármol en la Plaza Mayor, se formó la procesión a la iglesia. Iba el Sr. Obispo precedido de los seis ordenandos vestidos con albas, entre acompañamiento de los vecinos del lugar y niños con palmas y ramos verdes. Cuando acabaron las ceremonias, se organizó la procesión de vuelta, con los subdiáconos revestidos de sus ornamentos |82|.

Dos semanas más adelante, el 15 de junio de 1946, recibieron el Diaconado de manos de Mons. José López Ortiz, en el oratorio de Diego de León |83|. Llevado de su amor a la Eucaristía, pues al jueves siguiente —20 de junio— se celebraría el Corpus Christi, el Padre encargó a Pedro Casciaro hacer urgentemente diseños para unas colgaduras. Se fue luego a Los Rosales a pedir por favor a sus hijas que, con arreglo a los dibujos, confeccionasen tres reposteros, para colgarlos en los balcones de la fachada principal, que daba a la plaza del pueblo, por donde pasaría la procesión del Corpus Christi. Se compró la tela y el material necesario, y a la mañana siguiente ya estaba otra vez el Padre en Los Rosales ayudándoles a recortar las letras y dibujos en el fieltro. En tres días armaron y cosieron las piezas de las colgaduras. Los tres reposteros eran similares. El central, sin embargo, era de mayor tamaño; y, a cuatro bandas, podía leerse la leyenda: Tota pulchra es, Maria |84|.

Don Josemaría los vio justamente terminados el día 19 de junio, fecha en que salió, por la tarde, en coche para Zaragoza, camino de Roma, donde ya se encontraba don Álvaro del Portillo |85|.

El pueblo de Villaviciosa de Odón se sintió gratamente impresionado por las colgaduras que las mujeres de Los Rosales habían puesto en los balcones para honrar al Señor |86|.

Aquellos seis miembros del Opus Dei fueron ordenados sacerdotes tres meses más tarde, el 29 de septiembre de 1946.

* * *

En la temporada comprendida entre la tonsura y el presbiterado, los sacerdotes de la primera promoción del Opus Dei, vestidos de sotana, hubieron de acostumbrarse a la mesura clerical impuesta por la nueva vestimenta. Al cabo de unas semanas estaban habituados por entero a la ropa talar. Mas, quienes les conocían de antiguo y se topaban con ellos de buenas a primeras, quedaban desconcertados. Al asombro seguía un lento reconocimiento; y a éste, una chispa emotiva o de admiración interrogante. Con todo, las reacciones en tales encuentros con sacerdotes recién ordenados eran muy variadas.

Un día Álvaro del Portillo se dio de cara con el Sr. López Franco, antiguo profesor suyo en la Escuela de Ingenieros de Caminos. Todavía iba vestido de paisano cuando le anunció su próxima ordenación.

— Que sea enhora... Se cortó el profesor, y le cayeron dos gruesos lagrimones antes de conseguir reponerse:

— ... Perdone Vd., pero me he emocionado. Que sea enhorabuena |87|.

Y los obreros de "Electra de Madrid", la empresa en la que trabajaba Chiqui, cuando se enteraron de que iba a ordenarse sacerdote, se sintieron conmovidos por la renuncia que hacía de una vida, a su entender, cómoda y llena de tentadoras promesas:

— ¡Hay que ver don José María. Hacerse sacerdote, con lo bien que vivía! |88|.

El Padre, a pesar de tenerlos constantemente a la vista, tampoco se acostumbraba, añorando haberlos visto de laicos. Antes y después de la ordenación sentía como si atenazaran su alma sentimientos contrarios, unos de gozo y otros de pena. Y, con frecuencia, repetía delante de todos lo que dejó escrito, para que los que vinieran detrás meditasen la mucha sustancia que encerraba el tema:

No os quiero ocultar que esta primera ordenación de hermanos vuestros me ha causado a la vez mucha alegría y mucha tristeza. Amo de tal manera la condición laical de nuestra Obra, que sentía hacerlos clérigos con un verdadero dolor. Y, por otra parte, la necesidad del sacerdocio era tan clara que tenía que ser grato a Dios Nuestro Señor que llegaran al altar esos hijos míos |89|.

Los nuevos sacerdotes harían con su ministerio un incalculable servicio a todos los fieles del Opus Dei. Pero, al considerar que la ordenación significaba la pérdida de su condición laical, se entristecía. Perder así, de golpe, tres hijos laicos que tanto prometían en su vida civil era un auténtico sacrificio para el Padre. El encontronazo de sentimientos opuestos le producía sabor agridulce. Veía que esas dos clases de sentimientos respondían a ideas compatibles entre sí y esenciales en la vocación al Opus Dei, ya que en la llamada divina se fundían armónicamente el espíritu sacerdotal y el carácter laical, la entraña santificadora del trabajo y su fuerza apostólica.

Pasados varios meses, en los cuales los tres primeros sacerdotes habían ejercido largamente su ministerio y llevado a cabo una intensa labor pastoral, don Josemaría rememoró pasadas tristezas y alegrías, exponiendo en carta del 2 de febrero de 1945 en qué consistían aquellos dos componentes vocacionales: el sacerdotal y el laical:

Una vez que ya han sido ordenados sacerdotes en nuestra Obra, quiero que todos mis hijos, sacerdotes y seglares, grabéis firmemente en vuestra cabeza y en vuestro corazón algo que no puede considerarse en modo alguno como cosa solamente externa, sino que es, por el contrario, el quicio y el fundamento de nuestra vocación divina.

En todo y siempre hemos de tener —tanto los sacerdotes como los seglares— alma verdaderamente sacerdotal y mentalidad plenamente laical, para que podamos entender y ejercitar en nuestra vida personal aquella libertad de que gozamos en la esfera de la Iglesia y en las cosas temporales, considerándonos a un tiempo ciudadanos de la ciudad de Dios y de la ciudad de los hombres |90|.

Ahora bien, ¿en virtud de qué operación se acuña en el alma esa moneda cuyo anverso y reverso tienen, uno de ellos carácter sacerdotal y el otro, laical? Y la respuesta es que, en virtud de la misteriosa operación sobrenatural obrada en el alma al recibir el sacramento del bautismo, todo cristiano participa del sacerdocio de Cristo. En cuanto a la mentalidad laical, por el hecho de vivir en medio del mundo, metido en los asuntos temporales, la existencia del cristiano corriente viene habitualmente configurada por las actividades seculares. Por su parte —escribe el Fundador— los laicos también tienen su ministerio propio:

El estado laical ofrece también un aspecto que le es propio, que viene a ser dentro del Cuerpo Místico de Cristo el ministerio peculiar de los seglares: asumir sus responsabilidades personales en el orden profesional y social, para informar de espíritu cristiano todas las realidades terrenas, a fin de que en todas las cosas Dios sea glorificado por Jesucristo |91|.

Esto sabido, ¿en qué consiste el "alma verdaderamente sacerdotal"? ¿Cómo participan los laicos activamente en el sacerdocio de Cristo; cómo hacen "operativo en su alma el sacerdocio real que los fieles reciben con los sacramentos del bautismo y de la confirmación"? |92|.

Siempre os he enseñado, hijas e hijos queridísimos —explica el Fundador—, que la raíz y centro de vuestra vida espiritual es el Santo Sacrificio del Altar, en el que Cristo Sacerdote renueva su Sacrificio del Calvario, en adoración, honor, alabanza y acción de gracias a la Trinidad Beatísima.

De este modo, muy unidos a Jesús en la Eucaristía, lograremos una continua presencia de Dios, en medio de las ocupaciones ordinarias propias de la situación de cada uno en este peregrinar terreno, buscando al Señor en todo tiempo y en todas las cosas. Teniendo en nuestras almas los mismos sentimientos de Cristo en la Cruz, conseguiremos que nuestra vida entera sea una reparación incesante, una asidua petición y un permanente sacrificio por toda la humanidad, porque el Señor os dará un instinto sobrenatural para purificar todas las acciones, elevarlas al orden de la gracia y convertirlas en instrumentos de apostolado. Sólo así seremos almas contemplativas en medio del mundo, como pide nuestra vocación, y llegaremos a ser almas verdaderamente sacerdotales, haciendo que todo lo nuestro sea una continua alabanza a Dios |93|.

Sobre esta doctrina insistirá toda su vida. Fue el tema de sus últimas exhortaciones antes de partir de este mundo. En efecto, el 25 de junio de 1975, al celebrar el Fundador la Santa Misa, hizo un memento particular «por todos los sacerdotes de la Obra, por los numerarios que se van a ordenar dentro de pocos días, y pidió al Señor que todas sus hijas e hijos seglares —todos— tuvieran siempre alma sacerdotal: ansias de corredimir» |94|. Ese día, aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, el Padre volvió a insistir, comentando la intención de su misa: «que había rezado mucho por todos, y concretamente para que calara muy hondo en cada una de sus hijas el alma sacerdotal» |95|.

Notas

74. Cfr. Meditación 19-III-1975, en AGP, P09, p. 223; cfr. también Ramona Sánchez-Elvira, RHF, T-05828, p. 5.

75. Cfr. Cartas a Amparo Rodríguez Casado, desde Burgos, en EF-390221-1 y EF-390321-1.

76. María Dolores Fisac Serna, RHF, T-04956, p. 6.

77. Cfr. Sabina Alandes Caldés, RHF, T-04855, p. 20.

78. Cfr. Enrica Botella Raduán, RHF, T-04894, p. 21; y Carta a sus hijos de Roma, desde Madrid, en EF-460324-2.

79. En la lista del profesorado estaban: el P. Silvestre Sancho Morales, O.P., el P. Fernando Rodríguez-Permuy, C.M.F., don José María Bueno Monreal, el P. Benito Celada Abad, O.P., fray Justo Pérez de Urbel, O.S.B., el P. Severino Álvarez Menéndez, O.P., etc.; cfr. también Carta al P. Silvestre Sancho Morales, O.P., desde Madrid, en EF-440828-1, y Carta al P. Nicolás García, C.M.F., desde Madrid, en EF-450908-1; y Francisco Botella Raduán, RHF, T-00159, XII, p. 21.

80. Sobre las actas de exámenes: cfr. AGP, Sección de Expedientes, D-660.

81. El 8 de mayo de 1946 fueron ordenados ostiarios y lectores por don Leopoldo en el Palacio episcopal, con asistencia del Padre.

El 9 de mayo don Leopoldo los ordenó de exorcistas y acólitos, también en el Palacio episcopal de Madrid.

82. Cfr. AGP, Sección Expedientes, D-660.

83. Cfr. Diario de Lagasca (AGP, Sec. N.3, leg. 150-13) y Francisco Botella Raduán, RHF, T-00159, XII, p. 28.

84. Cfr. RHF, D-15423; también Enrica Botella Raduán, RHF, T-04894, p. 21; y Diarios de Españoleto y Villanueva (AGP, Sec. N.3, legs. 123-11; 123-14 y 235-21).

85. Sobre este viaje, cfr. José Orlandis Rovira, Mis recuerdos..., ob. cit., pp. 113 y sigs.

86. Cfr. ibidem y María Teresa Echeverría Recabeitia, RHF, T-04945, p. 5.

87. AGP, Sección Expedientes, D-660.

88. Ibidem. Esta idea de la renuncia a una vida fácil para servir a la Iglesia, aunque expresada de una manera tan espontánea como desmañada, es gemela de lo que expone don Josemaría con ocasión de la ordenación de 1944:

Pocos, sin embargo, son los que se dan cuenta de este nuevo fenómeno pastoral que se verifica dentro de la Obra de Dios: hombres jóvenes que ejercen una profesión universitaria, con la vida humanamente abierta para hacer libremente su voluntad, que van a servir, sin estipendio alguno, a todas las almas —especialmente a las de sus hermanos— y a trabajar duramente, porque las horas del día serán pocas para su tarea espiritual (Carta 2-II-1945, n. 3).

89. Ibidem, n. 13.

«A medida que se acercaba la ordenación de presbíteros —refiere Francisco Ponz— se le veía al Padre con la consiguiente emoción interior. Iba a ser evidentemente un paso muy importante en la historia de la Obra» (Francisco Ponz Piedrafita, RHF, T-04151, p. 81).

Esa actitud del Padre se refería únicamente a la primera promoción de sacerdotes:

«Ahora —decía años más tarde— me alegro mucho cada vez que se ordenan mis hijos. Hay hambre, hay sed, hay necesidad absoluta de sacerdotes» (José Ramón Madurga Lacalle, RHF, T-05848, p. 69).

90. Carta 2-II-1945, n. 1.

91. Ibidem, n. 7.

92. Ibidem, n. 10.

93. Ibidem, n. 11.

94. Carta de don Álvaro del Portillo a los miembros de la Obra; Roma, 29-VI-75.

95. Ibidem. Al día siguiente por la mañana, 26 de junio, fue el Padre a Villa delle Rose, en Castelgandolfo, para despedirse de sus hijas, pues estaba a punto de salir en breve de Roma.

Tuvo una corta tertulia con ellas, tan sólo unos veinte minutos, y un recuerdo para el aniversario del día anterior, rogándoles que pidieran al Señor por los cincuenta y cuatro sacerdotes de la Obra que se ordenarían a los pocos días. De paso añadió:

Vosotras tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo por aquí. Vuestros hermanos seglares también tienen alma sacerdotal. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal; y con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz (AGP, P02 1975, p. 601; palabras recogidas en cinta magnetofónica durante la tertulia).

Al rato se sintió mal y tuvo que regresar a Roma, donde falleció a mediodía, en Villa Tevere.