Los primeros sacerdotes

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo II. Andrés Vázquez de Prada

Dentro del natural regocijo producido por el nihil obstat, don Josemaría se mantuvo en prudente reserva y sin sacar las cosas de quicio. Su desarrollado instinto sobrenatural de Fundador, con quince años de experiencia en el negocio, le avisaba que el paso providencial que acababa de dar era sólido, aunque poco tenía externamente de duradero. Este pensamiento era cosa instalada en su mente: antes, durante y después del nihil obstat. Porque no bien hubo salido Álvaro del Portillo para Roma, don Josemaría se puso a escribir una carta a todos sus hijos en la Obra. Y la terminó el 31 de mayo de 1943, cuando el Secretario General estaba aún preparando el plan de gestiones y visitas oficiales. En esa carta, al hablarles de las características del espíritu que habían de vivir, intercala un elocuente inciso, esclareciendo lo que pensaba sobre lo transitorio de las gestiones en curso y las que se harían el día de mañana:

nos entienden y nos quieren los Ordinarios de las diócesis en las que trabajamos; y —sea la que fuese la forma jurídica que, con el tiempo, tome la Obra— la Iglesia, que es nuestra Madre, respetará el modo de ser de sus hijos, porque sabe que con eso sólo pretendemos servirla y agradar a Dios |167|.

Más sorprendente aún es otro inciso aclaratorio, esta vez en carta del 14 de febrero de 1944. Dos meses tan sólo llevaba erigida la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, cuando el Fundador escribe a sus hijos:

La solución —necesariamente transitoria, pero valedera por algún tiempo, que será superada en cuanto haya un diverso iter jurídico que lo permita— consiste en [...] |168|.

Ya sabemos lo que la solución llevaba consigo. Aquí, sin embargo, interesa recalcar que el Fundador consideraba inaceptable, a la larga, dicha solución; y que, a la corta, estaba dispuesto a cambiar de postura en cuanto se le presentase la oportunidad de hacerlo. Claro es que, no lanzándose locamente al vacío, sino teniendo la prudencia de salvaguardar la naturaleza de la Obra |169|. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz se le dio a don Josemaría como solución fundacional, sin esfuerzo por su parte, porque se trataba de un genuino regalo. En cambio, el encajar el conjunto del Opus Dei en el Codex, como sociedad de vida común sin votos, fue una laboriosa gestión humana. Don Josemaría, sin embargo, no se desanimó, distinguiendo en el recorrido histórico de la fundación lo que era de origen sobrenatural, y por tanto intocable, de lo que era transitorio, permitiéndosele contemporizar pero sin ceder en lo sustancial. Que esto sucedió así lo demuestra no solamente la historia posterior sino el que con anterioridad a la Pía Unión, en 1940, el Fundador estaba convencido de que tenía que labrar un cauce jurídico apropiado al apostolado de la Obra y que el hacerlo resultaría tarea ardua, penosa y dura |170|.

Semejante actitud de ánimo transparenta una ilimitada confianza en Dios y una enorme capacidad de visión, que se iría desarrollando con el tiempo. Al comienzo de la fundación soñaba por adelantado con lo que sería la Obra en el futuro: un espléndido campo apostólico, una movilización general de los cristianos, sirviendo, cada uno en su sitio, a la misión apostólica de la Iglesia, para poner a Cristo en la cumbre de toda actividad humana. Esta perspectiva dimanaba, de forma espontánea, del mensaje e inspiraciones recibidas en su misión fundacional. Pero, tan pronto se puso a buscar un asentamiento jurídico permanente en la sociedad civil y eclesiástica (sobre todo en esta última), aquel sacerdote, que tenía los cielos abiertos para soñar posibilidades, y al que el Señor iba indicando los hitos de la fundación, se vio obligado a medir y gestionar cada uno de sus pasos. Las cosas, en efecto, no dependían exclusivamente de su voluntad. Mas, en lo que de él dependía, ponía en juego todos los recursos disponibles. Buena prueba de ello era la excelente formación que estaba dando a los tres miembros de la Obra que iban a ordenarse. No ahorró nada de lo que estaba a su alcance. En lo humano pretendía hacer de ellos un pozo de sabiduría eclesiástica; y en lo divino, un dechado de virtudes sacerdotales.

Pero, en medio de ese optimismo y generosidad —y ésta es la consideración que debe subrayarse— se había metido en el callejón sin salida de la incardinación, sin saber cuándo y cómo encontraría una solución al aprieto. De modo que la fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz le cogió de sorpresa durante la misa del 14 de febrero de 1943. (También le había sucedido lo propio, inesperadamente, en la misa del 14 de febrero de 1930, cuando el Señor le dio a entender que las mujeres formarían parte de la Obra). Pero, ¿en virtud de qué factor tenía don Josemaría la seguridad de que Dios vendría a visitarle con sus inspiraciones en el momento oportuno? Y, antes de dar una fácil contestación, conviene no olvidar que aquel sacerdote no esperaba cómodamente sentado a que se la abriesen las puertas o se le indicase el camino. Sino que se adelantaba y se comprometía, confiando, con serenidad, y con fe, en que pronto o tarde le vendría respuesta de lo alto, como sucedió con la incardinación de los sacerdotes.

El pensamiento que vamos deshojando significa, nada menos, que el Fundador no marchaba a rastras de las inspiraciones recibidas del cielo sino que procuraba, con esfuerzo, sacar la delantera. Si el Señor intervenía era porque aquel sacerdote había correspondido antes a la gracia, poniendo de su parte iniciativa y sacrificio.

A este excederse con generosidad en el servicio a la Iglesia (que tiene mucho del "ocultarse y desaparecer"), lo definía humorísticamente don Josemaría como un "dar liebre por gato". Esto es, lo contrario del dar "gato por liebre", que consiste en hacer pasar fraudulentamente, como producto valioso, algo que es de más baja calidad |171|.

Pues algo parecido sucedió con el Opus Dei después de la erección canónica de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Dejó de ser una Pía Unión para convertirse en "una simple asociación laical de carácter piadoso", cuando la verdad era que los fieles todos en la Obra vivían rigurosamente la misma vocación contemplativa, iguales normas de piedad y las mismas costumbres que sus hermanos de la Sociedad Sacerdotal. La situación en que quedaba el Opus Dei la resume el Fundador, por carta al nuevo Obispo de Barcelona, Mons. Gregorio Modrego:

Aunque no sean estas cosas para ser tratadas por carta, y espero —aquí o en Barcelona— tener la alegría de ver pronto a V. E. y hablar despacio, conviene que le anticipe que el decreto último —el de erección— antes de hacerse público ya llevaba, en todas sus partes, el visto bueno de Roma: el OPUS DEI ha dejado de ser Pía Unión, para pasar a ser una Obra Pía propia de la Sociedad Sacerdotal, con sus dos ramas, masculina y femenina, perfectamente separadas y definidas, y con Estatutos que serán distintos de los de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

De todo esto se habla terminantemente en las Constituciones de la Sociedad Sacerdotal, que han recibido la "appositio manuum" de la Santa Sede.

Conviene también que le diga a V. E. que a la Sagrada Congregación de Religiosos se pidió solamente [...] lo que nos ha sido concedido: poder constituirnos en Sociedad de vida común sin votos, y naturalmente por ahora de Derecho Diocesano. Por todas las facilidades que nos han dado, y que le comunicaré de palabra, he de decir a mi Señor Obispo que en Roma nos han atendido con largueza. Digitus Dei est hic.

Por lo que llevo dicho, se ve claro que hemos de distinguir la Sociedad Sacerdotal del Opus. Aquélla, mientras sea de derecho diocesano, estará sujeta a la jurisdicción de los Rvmos. Ordinarios en cuyas diócesis tenga casa. El Opus Dei, al dejar de ser Pía Unión, queda convertido en una simple asociación laical de carácter piadoso, a la manera de las Conferencias de San Vicente, que están sujetas al Ordinario en las cosas de fe y costumbres, como los demás fieles cristianos: solamente puede, por tanto, recibir alabanzas, bendiciones e indulgencias y no necesita aprobación.

De momento creo que he dado cuenta a mi Señor Obispo de la situación canónica de la Obra, y, cuando pueda verle personalmente, tendré mucho gusto en darle más detalles |172|.

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz era una aguja para poder penetrar en la textura eclesiástica y civil. Una aguja divina que llevaba inseparablemente enhebrado el hilo del Opus Dei. Ahora bien, Dios no da puntada en vano. La solución canónica era transitoria, evidentemente, pero la fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz perdurará, a través de los cambios posteriores, hasta que el todo del Opus Dei adquiera su estructura definitiva como Prelatura personal |173|.

* * *

Los estudios de las disciplinas filosóficas y teológicas, que los tres ordenandos hicieron, fueron rigurosos y sin pausas. Para los primeros exámenes, presentaron una solicitud al Sr. Obispo de Madrid-Alcalá en que cada examinando:

«Expone que creyéndose con vocación sacerdotal y deseando seguir los estudios eclesiásticos, a V.E.

Suplica se digne dar las oportunas órdenes para que pueda pasar a examen de Humanidades y de Filosofía, y poder ser después admitido a los estudios de Sagrada Teología» |174|.

Los exámenes de Filosofía se hicieron —como ya se ha dicho— ante tribunal del Seminario Conciliar de Madrid; y los de Teología en el Centro de Estudios Eclesiásticos, constituido a raíz de la erección canónica de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. A medida que los tres candidatos iban pasando los exámenes y se acercaba el fin de sus estudios, el Padre experimentaba una emoción indescriptible, que no conseguía dominar. Hasta que llegó, por fin, el momento en que don Leopoldo sugirió el 25 de junio de 1944 como posible fecha de ordenación de presbíteros. Así se lo dijo a Álvaro del Portillo, para que se lo comunicase a don Josemaría, el cual, por carta del 25 de abril, respondía al Prelado:

Padre: Álvaro me dio el encargo de V. E., sobre la fecha de ordenación de estos primeros. Hablé con los profesores, y no hay inconveniente en que se examinen a primeros de junio de los tratados teológicos que les faltan, llevándolos bien.

Por tanto, muy gustoso en atender filialmente los deseos de mi Señor Obispo, podrán ser ordenados en esa fecha. Convendría, por el papeleo, la ropa, las familias respectivas, etc. señalar concretamente los días de las ordenaciones. Estoy, como siempre, a lo que decida V. E. Y, no me es posible ocultarlo, con una emoción inmensa ante el próximo Sacerdocio de estos hijos de mi alma, y un agradecimiento sin límites al Señor y a mi Padre Don Leopoldo. ¡Que Él le llene de su gracia! |175|.

Antes de fijar la fecha para conferir las Órdenes menores y mayores, fue preciso solicitar de la Santa Sede la dispensa de intersticios. Y el viernes, 12 de mayo, don Leopoldo llamó a don Josemaría para decirle: «que entren mañana los Ordenandos en ejercicios de ocho días, porque el sábado día 20 les daré la Primera Tonsura y, con breve intervalo, las demás órdenes hasta el Sacerdocio» |176|. Inmediatamente, el 13 de mayo, don Josemaría comenzó a predicarles en El Escorial los ejercicios previos a las Órdenes sagradas |177|.

Por lo que se refiere al lado práctico de las enseñanzas, el Padre se reservó las disciplinas de Liturgia y Pastoral, que les fue explicando en charlas y conversaciones a lo largo de varios meses. Era exigente don Josemaría en los gestos, oraciones y decoro litúrgico, inculcando a sus hijos que debían seguir fielmente la menor indicación de las rúbricas. De manera particular las rúbricas de la Santa Misa, que tanto ayudan a acercarse al Señor |178|. En la Pastoral el Padre revivía su experiencia ministerial, amplia y variada (adquirida en seminarios y universidades, en parroquias rurales y urbanas, en instituciones benéficas y apostólicas, con religiosos y sacerdotes, en conventos y en la calle, en fin, con gente de toda edad y profesión, practicantes y no practicantes); y les transmitía esa experiencia en consejos breves y claros |179|.

Como había prometido don Leopoldo, el 20 de mayo tuvo lugar la ceremonia de tonsura y, a partir de esa fecha, las Órdenes menores. El subdiaconado se lo confirió el Obispo de Pamplona el domingo, 28 de mayo, en el oratorio de Diego de León; y el 3 de junio recibieron de manos de don Casimiro Morcillo, Obispo Auxiliar de la diócesis de Madrid, el diaconado |180|.

Los últimos exámenes los tuvieron el 12 de junio y el día 15 don Josemaría pudo certificar al Sr. Obispo que cada uno de los candidatos ya ha efectuado todos los estudios necesarios para recibir la ordenación sacerdotal |181|. (Lo más chocante del expediente teológico no es la ininterrumpida lista de "Meritissimi" sino que ese magnífico despliegue de calificaciones acabe con un simple "Benemeritus" en la disciplina de Canto Litúrgico. Ninguno de los tres candidatos consiguió rebasar esa calificación. No es un desdoro. Lo que Dios no da...) |182|.

En los días previos a la ordenación de presbíteros le llegaron al Padre las respuestas a la petición hecha poco antes a los obispos españoles, prácticamente a todos ellos, anunciándoles la fecha de ordenación de los tres candidatos y solicitando para los futuros presbíteros facultades ministeriales en sus respectivas diócesis. Todos contestaban accediendo gustosos a la súplica del Padre, que se sentía abrigado por el cariño de la Jerarquía |183|.

El sábado, 24 de junio, se fue por la tarde al cementerio del Este, también llamado de la Almudena. Sin esfuerzo revivía escenas de los años treinta. Cuántas veces había llegado allí con lluvia, entre barrizales, o por caminos polvorientos y resecos, para hacer catequesis, atender a enfermos o visitar la sepultura de personas queridas. Ahora iba en peregrinación de acción de gracias y petición de santidad para los nuevos sacerdotes, ante la tumba de los Abuelos y de Isidoro.

Gracias también a ellos, la hora de la primera ordenación de sacerdotes, vislumbrada en la fundación del Opus Dei, era ya próxima realidad. Y aquella renovada esperanza de verse en familia de sacerdotes santos le llevaba a ensoñar sus últimos deseos. Las oraciones que palpitaban en las primeras páginas de sus Apuntes habían sido oídas:

¡El sacerdote de la Obra! ¡¡Cuántas horas llevamos hablando de él!! Es el nervio de la Obra de Dios. ¡Santo! Deberá exagerar la virtud, si cabe en esto la exageración... Porque los socios laicos se mirarán en él como en un espejo, y, sólo apuntando el sacerdote muy alto, se quedarán los demás en el punto medio |184|.

El día tan ansiado se avecinaba. Cuando se postró para rezar ante la tumba de los Abuelos y de Isidoro, las emociones le temblaban dentro del pecho. Y ante el significado histórico de esa fecha no pudo contener una carga de eternidad. Le reventaron las lágrimas y lloró de gratitud, pensando en el sacrificio de los muertos |185|.

El domingo, 25 de junio de 1944, fue día de gran fiesta. Los ordenandos se despidieron del Padre en Diego de León y se fueron en coche al Palacio Episcopal, en cuya capilla iba a tener lugar la ceremonia. Como era de esperar, el público no cabía en el recinto sagrado y la masa de asistentes, compacta y apretada, rebasaba los espacios vecinos al oratorio. A las diez en punto salió a oficiar don Leopoldo. No bien hubo acabado la misa y se desvistieron los nuevos sacerdotes en la sacristía, la multitud se abalanzó a besar las manos recién consagradas. Muchos, con el beso, depositaban alguna que otra lágrima. Entre los asistentes había gente de la Nunciatura y de Palacio, clérigos de Madrid y de provincias, parientes, amigos y conocidos, gente de la Obra y representantes, en gran número, de Órdenes y Congregaciones: Jerónimos, Dominicos, Escolapios, Agustinos, Marianistas, Paúles... |186|.

Mientras tanto, el Fundador había estado celebrando misa, a la misma hora, en el oratorio de Diego de León, ayudado por José María Albareda.

Comió don Leopoldo en Diego de León con los nuevos sacerdotes y algún invitado. Entrada la tarde el Padre le fue presentando a los miembros de la Obra que estaban ese día en Madrid, algunos procedentes de otras ciudades, como Bilbao o Barcelona. El salón azul de la planta baja se abarrotó pronto de gente joven. Duró algún tiempo la ceremonia familiar; porque el Padre describía con gusto los méritos y habilidades de cada uno de sus hijos, y el Sr. Obispo andaba también de muy buen humor ese día, aunque la jornada fue de mucho ajetreo para el Prelado. Sonaba continuamente el teléfono o se presentaba una visita para felicitar a los ordenados o dar la enhorabuena a don Josemaría. Aprovechando, pues, unos momentos en que éste tuvo que ausentarse, el Sr. Obispo despachó lo que sentía, a la vista de aquel bien nutrido grupo de jóvenes.

Les habló del enorme gozo que le había dado ordenar a esa primera promoción de sacerdotes. Recordó las persecuciones sufridas por la Obra en los últimos años, permitidas por el Señor para sacar de todo ello mucho bien, y les confesó que experimentaba una gran alegría y tranquilidad al saber que, a pesar de lo sufrido, no guardaban ningún resentimiento ni se había menoscabado su afecto a quienes fueron instrumento de esa campaña. «¡Cuántas lágrimas han costado a tantas madres esas calumnias con que se os tildaba de herejes y masones!», les decía |187|.

Se refirió luego al Padre, a la misión específica recibida de Dios para dirigir la Obra y para formarlos. Él es quien tiene las gracias conducentes a ese fin: «Cuiden Vds. mucho al Padre, que lo necesita y nos hace mucha falta».

Prosiguió hablando de la carga ingente que pesaba sobre las espaldas del Padre, y de su salud, quebrantada por las preocupaciones y desgastada por trabajos y sufrimientos:

«Una prueba de lo cansado que está —bromeó cambiando de tono— es que esta mañana no se ha atrevido a ir a la ordenación por miedo de no poder contener su emoción y que le viésemos llorar como a un abuelito; y como hasta de quedarse solo en casa tenía miedo, llamó a don José María Albareda para que le acompañase...

Aunque también pudo ser —continuó el Obispo en tono grave—, el sacrificio de una cosa muy querida: como voy a disfrutar tanto, me quedo» |188|.

Terminó su charla con unas palabras de cariño y les dio su bendición. Salieron a despedir a don Leopoldo y antes de subir al coche el Sr. Obispo quiso hacerse una foto abrazado al Padre.

A media tarde fueron todos al oratorio a hacer la oración, siguiendo las palabras del Padre. Comentaba unas frases de san Pablo que había recogido en una ficha, diez años atrás. Insistía en la oración y en el sacrificio, fundamento de la vida interior; y en la humildad individual y colectiva. (Estas palabras evocaron en muchos, posiblemente, el sacrificio escondido y humilde del Fundador, renunciando a presenciar la ceremonia de ordenación en la capilla de Palacio).

Cuando los más jóvenes que hay aquí peinen canas —o luzcan espléndidas calvas, como algunas que se ven—, y yo, por ley natural, haya desaparecido hace ya mucho tiempo, os preguntarán: ¿y qué os decía el Padre el día de la ordenación de los tres primeros? Y les contestaréis vosotros: pues nos decía: que seáis hombres de oración; hombres de oración y hombres de oración |189|.

Después les habló de perseverancia y de Cruz. Anunció que pronto marcharían unos cuantos de la Obra a tierras lejanas y terminó comunicándoles que se había recibido un cablegrama de la Ciudad del Vaticano. En él se decía que el Santo Padre había concedido a los tres nuevos sacerdotes que en su primera misa diesen la bendición papal con indulgencia plenaria a todos los asistentes. Tuvieron bendición solemne con el Santísimo y se cantó un Te Deum.

Continuaron las llamadas, las visitas y la fiesta familiar. Cuando don Josemaría se retiró a última hora, estaba rendido de fatiga por las fuertes emociones.

Notas

 

167. Carta 31-V-1943, n. 53.

168. Carta 14-II-1944, n. 12.

169. No tengo simpatía —escribe— a los que dan saltos en el vacío, porque pienso que se puede ir adelante manteniendo lo esencial —que es intangible—, paso a paso. Así procede la Iglesia, gobernada por el Espíritu Santo, para edificar sobre terreno firme y seguro (Ibidem, n. 11).

170. Son palabras de la Carta 11-III-1940, n. 46: Cuando el Cielo juzgue llegada la hora, hará que abramos —en la organización del apostolado en la Iglesia— el cauce por el que tiene que discurrir ese río caudaloso que es la Obra, y que en las circunstancias actuales no tiene todavía un sitio adecuado en el que asentarse: será tarea ardua, penosa y dura. Habrá que superar muchos obstáculos, pero el Señor nos ayudará, porque todo en su Obra es Voluntad suya.

171. Cfr. Sabina Alandes Caldés, RHF, T-04855, p. 4.

172. Carta, desde Madrid, en EF-440531-1.

173. Los aspectos engorrosos o inadecuados de la solución son objeto de insistencia en la mencionada carta del 14 de febrero de 1944. Y es providencial que así suceda, puesto que de otro modo daría la impresión de que las posteriores etapas del iter iuridicum son mero capricho. Entre otros reparos señala el Fundador los siguientes:

Esta solución no es cómoda, para nosotros, porque lo que es principal —el Opus Dei— aparece secundario (ibidem, n. 12).

El Opus Dei —que constituye nuestra verdadera Obra— viene a ser una parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, cuando la realidad es que la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz es sólo una pequeña parte de la Obra (ibidem, n. 17).

174. Cfr. AGP, Sección Expedientes, D-660.

175. Carta, desde Madrid, en EF-440425-1.

176. En Carta del Fundador al Abad Coadjutor de Montserrat, dom Aurelio María Escarré Jané, O.S.B., desde El Escorial, en EF-440515-1.

177. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 762. Los ejercicios prescritos por el Codex para las diversas etapas de las ordenaciones los terminaron antes del 15 de junio, fecha en que don Josemaría, como Presidente de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, certifica, de cada uno de los tres candidatos, que practicó los Santos Ejercicios durante el tiempo que exige el Código Canónico para la recepción de Órdenes Sagrados en el Monasterio de El Escorial, en la casa de los PP. Paúles (Fernández de la Hoz, 21) y en una de nuestras casas. Cfr. también AGP, Sección Expedientes, D-660.

178. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 762. Cuando iba a El Escorial a dar un curso de retiro, como fue el caso del que dirigió en mayo, el Padre se hospedaba en el monasterio y ocupaba la habitación que había utilizado san Antonio María Claret; las clases de Liturgia práctica solía explicárselas en la capilla utilizada por este santo. Cfr. también: José Luis Múzquiz de Miguel, RHF, T-04678/1, p. 43.

179. Por ejemplo: que el sacerdote no ha de ser propietario de almas sino simple instrumento del Espíritu Santo, que es quien las dirige. Cfr. ibidem, p. 119.

180. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 762; y AGP, Sección Expedientes, D-660.

181. Cfr. AGP, Sección Expedientes, D-660, Tessera Studiorum. Mons. García Lahiguera testimonia que «a pesar del mucho trabajo que tenían aquellos muchachos, consiguieron unos resultados extraordinarios; los profesores estaban admirados de su aprovechamiento, y a mí eso no me causaba extrañeza, considerando el nivel intelectual de las carreras civiles que tenían, y su dedicación al estudio, sostenida con el celo incansable del Padre» (José María García Lahiguera, en Testimonios..., ob. cit., p. 162). «Los tres llevaban ya una preparación humanística y científica de mucha categoría, y trabajaron muy intensamente en las disciplinas de la carrera eclesiástica» (José María Bueno Monreal, en Testimonios..., ob. cit., p. 17).

182. El profesor de canto era don Enrique Massó, que daba clases a los que vivían en Diego de León, y enseñaba también canto gregoriano en el centro de Jorge Manrique. Cfr. Francisco Ponz Piedrafita, RHF, T-04151, p. 46; María Dolores Fisac Serna, RHF, T-04956, p. 17.

183. Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 763; y AGP, Sección Expedientes, D-660.

184. Apuntes, n. 123, del 9-XII-1930.

185. Cfr. Relación de Teodoro Ruiz Jusué (26-VI-1944), en AGP, Sección Expedientes, D-660. El Padre contó este suceso en la meditación de la tarde del 25 de junio; cfr. Francisco Ponz Piedrafita, RHF, T-04151, p. 79. La ordenación de sacerdotes provenientes del Opus Dei había sido objeto de una oración confiada y tenaz durante tres lustros.

186. Cfr. Relación de Teodoro Ruiz Jusué (20 de mayo a 28 de julio de 1944, p. 20), en AGP, Sección Expedientes, D-660.

187. Ibidem, p. 2. Fue en esa ocasión cuando don Leopoldo les refirió que un día fue a verle Álvaro a su despacho, y que le habló de su preocupación de que la campaña que algunos llevaban contra la Obra creara rencores entre los miembros del Opus Dei. Álvaro, entonces, le dijo que no se preocupara, que bien sabían ellos que era algo permitido por Dios para mejorarlos; y que prueba de ello era que utilizaba para la operación un bisturí de platino.

Cuando terminó el relato don Leopoldo, Álvaro, que estaba sentado allí cerca le dijo: «Pero, Sr. Obispo, yo eso se lo dije porque era lo que le había oído comentar al Padre». Y don Leopoldo remató: «De tal palo, tal astilla» (Manuel Botas Cuervo, RHF, T-08253, p. 26).

188. Relación de Adolfo Rodríguez Vidal (25-VI-1944), en AGP, Sección Expedientes, D-660.

189. Ibidem.