La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo II. Andrés Vázquez de Prada

En la primavera de 1940, en que despertaban por todas partes las ya conocidas incomprensiones, el Fundador tenía la cabeza llena de proyectos que, a fuerza de darles vueltas y más vueltas en su meditación, se encontraban ya maduros. Funcionaban por entonces en Madrid la Residencia de Jenner y el piso de Martínez Campos; el Cubil, en Valencia; el Rincón, en Valladolid; y estaba a punto de instalarse un piso en Barcelona. Esta expansión apostólica se había realizado a los doce meses de salir de una guerra civil, con el escaso plantel de una docena de hombres y sin otros medios que un santo celo apostólico, porque no disponía de dinero. Todo ello a costa de una vida ajetreada y agotadora, viajando sin parar por las diócesis del centro y norte de España para predicar ejercicios espirituales al clero, a petición de los obispos.

En medio de la actividad, y de los frutos obtenidos, el Fundador experimentaba una creciente inquietud de fondo ante el panorama que se abría a su vista. En sus avances había atendido demasiados frentes. Se había desbordado. De manera que resultaba desaconsejable continuar avanzando, pues el conjunto de la Obra podía desarticularse. Vio claramente el peligro, porque en una anotación de mayo de 1940, después de referirse a las muchas novedades apostólicas recientes, y como para quitarse un peso de encima, escribe:

Mi gran preocupación es la parte femenina de la Obra. Después, la "casa de estudios" para los nuestros, y los futuros Sacerdotes. In te, Domine, speravi! |68|.

De nuevo insiste en una carta de julio de 1940, dirigida a sus hijos de Madrid. Acabada la carta, a renglón seguido después de la firma, y como si se le hubiera olvidado algo, escribe sin dar más explicaciones: Dos temas capitales: ellas, y los Sacerdotes |69|.

Seis años empleó —según queda visto— para resolver el problema fundamental del asentamiento de las mujeres en la estructura viva de la Obra. De otro modo no hubiese podido salir adelante. Porque la presencia de las mujeres, al igual que la de los sacerdotes, era esencial a la vida de la Obra; esto es, a su dinamismo. Recordemos los esfuerzos y zozobras de don Josemaría en los años treinta para formar a las mujeres de la Obra; y la posterior disolución del primer grupo. Algo semejante sucedió con el grupo de sacerdotes de que se rodeó en los años treinta. En ambos casos por la misma razón: porque no asimilaron el espíritu propio del Opus Dei. Pero lo maravilloso es que —tanto en lo que concierne a las mujeres, como a los sacerdotes— la fundación vuelve a su nacimiento, como río que buscara de nuevo su auténtico y primitivo manantial. Como si Dios, después de haber probado a su siervo, presentara al Fundador una página en limpio, para su versión definitiva.

Don Josemaría, pues, volvió sobre sus pasos con la certeza de que éste era el camino por donde debía recomenzar: que los sacerdotes incardinados al Opus Dei deberían salir de dentro, de sus propias filas. No es que, anteriormente, se hubiera equivocado; sino que el Señor tiene sus sendas, inescrutables a los hombres. Y así como le llegaban nuevos miembros a la Obra en las fiestas de Apóstol, o en sus vísperas, para mantener el optimismo de aquel joven fundador:

En los primeros años de la labor acepté la colaboración de unos pocos sacerdotes, que mostraron su deseo de vincularse al Opus Dei de alguna manera. Pronto me hizo ver el Señor con toda claridad que —siendo buenos, y aun buenísimos— no eran ellos los llamados a cumplir aquella misión, que antes he señalado. Por eso, en un documento antiguo, dispuse que por entonces —ya diría hasta cuándo— debían limitarse a la administración de los sacramentos y a las funciones puramente eclesiásticas |70|.

En una nota de finales de 1930 —cuando sólo le seguían dos o tres laicos y don Norberto, Capellán Segundo del Patronato de Enfermos—, considerando don Josemaría el modo de vivir los sacerdotes de la Obra, hacía una aclaración fundamental y tajante cara al futuro: los socios sacerdotes —escribe— han de salir de los socios laicos |71|. Ya no volverá el Fundador a insistir sobre este punto; pero en 1935, ante la actitud de incomprensión y falta de unidad de algunos del grupo que entonces le seguía, se fue desligando de ellos.

Pasando, pues, revista a su situación personal, lo primero que echó de ver don Josemaría fue que ni el tiempo le alcanzaba ni le bastaban las fuerzas. La tarea pastoral le comía las semanas y los meses. Se percató también de otro obstáculo, si es que así puede llamarse. Aumentaban las peticiones para que diese tandas de ejercicios a sacerdotes y seminaristas; y en su voluntad estaba, al menos, el recortarlas. Pero la verdad es que el corazón le traicionaba. Trabajar y sufrir por sus hermanos en el sacerdocio constituía una de las "pasiones dominantes" en su vida |72|. (La pasión dominante por excelencia eran sus hijos, que también necesitaban de atención espiritual. Mas, ¿de dónde sacar tiempo para todos?)

De una carta de abril de 1940, precisamente de la temporada en la que don Josemaría se plantea qué directrices deberá seguir en el desarrollo de la Obra, son estas líneas a don Leopoldo: Me piden ejercicios para el clero de Valencia, Ávila, León y Pamplona. Si pudiera, me negaría. ¡Hago falta en casa! |73|.

Lo de "hacer falta en casa" es una petición en toda regla, aunque tácita, para permitirle recortar un tanto su actividad por las diferentes diócesis españolas, y poder ocuparse un poco más de los apostolados de la Obra. (A poco estallaría una turbia campaña infamatoria, por otro nombre "contradicción de los buenos"; y don Leopoldo juzgó más prudente que el Fundador continuase accediendo a las peticiones de los prelados).

De momento, el único remedio en sus manos para abarcar ese exceso de trabajo era apoyarse en los mayores de la Obra a fin de que colaboraran en las labores de formación apostólica y de dirección espiritual |74|. Fue por esos mismos meses de 1940 cuando el Fundador, con visión amplia, reunió un día a sus hijos mayores y les anunció que de allí en adelante no daría más círculos de formación a los estudiantes sino que serían ellos los encargados de dárselos |75|. También en 1940 celebraron dos "Semanas de Estudio" para los miembros de la Obra; la primera en marzo y la segunda en agosto, aprovechando las vacaciones de los residentes de Jenner en Semana Santa y durante el verano. El Padre les dirigía la meditación a diario, les instruía dándoles criterio apostólico, asistía a las tertulias de descanso o les daba clases sobre el espíritu del Opus Dei. Al mismo tiempo, Álvaro del Portillo, Isidoro Zorzano, Ricardo Fernández Vallespín, Juan Jiménez Vargas, Pedro Casciaro y Paco Botella, dieron charlas sobre diversos aspectos del espíritu de la Obra |76|. Pero por muchas medidas que tomase don Josemaría haciendo que los mayores colaborasen en la formación de los más jóvenes, quedaba por resolver el problema de fondo: incorporar sacerdotes a la Obra.

No sabiendo ya de dónde sacar tiempo, decidió cortar por lo sano y manifestó a don Leopoldo que deseaba renunciar al cargo de Rector de Santa Isabel. La respuesta fue negativa. Insistió; y denegó de nuevo don Leopoldo. Durante años tuvo que reñir don Josemaría una porfiada contienda para vencer la cariñosa oposición del Excmo. y Rvmo. Sr. Obispo de Madrid-Alcalá |77|.

Era mucho, sin duda, lo que podían ayudarle sus hijos en las labores apostólicas y en la dirección de almas, porque se trataba de un trabajo laical, pero es evidente también que, para realizarlo con plenitud, son necesarios los sacerdotes. Sin sacerdotes, quedaría incompleta la labor iniciada por los socios laicos del Opus Dei, que forzosamente se han de detener cuando llegan a lo que suelo llamar el muro sacramental, a la administración de los sacramentos reservada a los presbíteros |78|.

Si queremos ilustrar la situación baste recordar lo que decía el Padre, no sin gracia, a saber: que sus hijos se veían obligados a confesarse con el P. Topete, esto es, con el primero que se topasen |79|. En el sacramento de la Penitencia se perdonan los pecados y se imparte asimismo la dirección espiritual; por esta causa, aun gozando de absoluta libertad para buscar confesor, el Padre recomendaba vivamente a los miembros de la Obra que acudiesen a los sacerdotes que conocían bien su espíritu |80|.

La necesidad que padecía la Obra no era pasajera sino radical. La Obra entera apetecía sacerdotes nacidos en sus entrañas. Clamaba por ellos en silencio, como la tierra en tiempo de sequía reclama agua del cielo. El contar con algunos de esos sacerdotes en el Opus Dei era esencial para su estructura interna y para su desarrollo. Ellos darían más cohesión a los apostolados de la Obra; y reforzarían la unidad interna del Opus Dei. Sin ellos no podían los laicos realizar con plenitud el apostolado que Dios les pedía. Resumiendo algunas de las causas y los motivos por los que la Obra precisaba de sacerdotes, escribe el Fundador:

Los sacerdotes son también necesarios para la atención espiritual de los miembros de la Obra: para administrar los sacramentos, para colaborar con los Directores laicos en la dirección de las almas, para dar una honda instrucción teológica a los otros socios del Opus Dei y —punto fundamental en la constitución misma de la Obra— para ocupar algunos cargos de gobierno |81|.

La primera vez que don Josemaría deja escapar por su pluma el ardoroso deseo de sacerdotes que, como Fundador, llevaba dentro del alma, es quizá la anotación del 1 de julio de 1940, escrita sobre las murallas de Ávila. (Cuando pasaba por la ciudad de Ávila, Mons. Santos Moro le hospedaba en el palacio episcopal, pegado a la muralla; y don Josemaría tenía a gala el datar su correspondencia con un De Ávila, sobre sus murallas) |82|.

Por vez primera expresa el Fundador una oración, que es como un arrebatado suspiro de esperanza, dormido entre las páginas de su cuaderno de Apuntes:

Ávila de los Santos, sobre sus murallas, 1 de julio de 1940. Ya estoy otra vez en este palacio episcopal. Hoy comienzo una tanda de ejercicios para sacerdotes. ¡Ojalá saquemos mucho fruto: el primero, yo! [...]. ¡Dios mío: enciende el corazón de Álvaro, para que sea un sacerdote santo! |83|.

Un suspiro semejante encontramos en otra lejana nota, allá por noviembre de 1930, en que soñando con los fieles de la Obra, de los que saldrán el día de mañana los sacerdotes, anota: ¡Qué primor de hombres de Dios, veo que serán! |84|.

De la incertidumbre de los primeros empeños a la esperanza, tangible y cierta, de los tres hijos suyos que se preparaban para el sacerdocio, median nada menos que diez años de oración y mortificación. Y cuatro años más habían de transcurrir hasta su ordenación en 1944 |85|. Años y años de ruegos y trabajos insistentes. (Y éstos sí que igualaban los trabajos de Hércules, a lo espiritual). ¿No era justo que el sacerdote reivindicara la paternidad de su oración?:

Recé con confianza e ilusión, durante tantos años, por los hermanos vuestros que se habrían de ordenar y por los que más tarde seguirían su camino; y recé tanto, que puedo afirmar que todos los sacerdotes del Opus Dei son hijos de mi oración |86|.

Semejante tensión de alma hay que atribuirla, exclusivamente, al celo interior del Fundador y no a que sus hijos tuviesen que superar ningún tipo de impedimento. Los datos que jalonan la historia de estas primeras llamadas al sacerdocio destacan por su sencillez. En efecto, el Fundador insistió con frecuencia en que el sacerdocio no es como la "coronación" de la vocación a la Obra. Al contrario, por su entera disponibilidad para las tareas apostólicas y por la formación recibida, se puede decir que todos los numerarios reúnen las condiciones necesarias exigidas para el sacerdocio y están dispuestos a recibir la ordenación sacerdotal, si es que el Señor se lo pide y el Padre les invita a servir de ese modo a la Iglesia y en la Obra. Al primero que invitó don Josemaría fue a Álvaro del Portillo, luego de insistirle en su libertad de decisión, estimulando en su alma el deseo de servicio:

Si estás bien dispuesto —le decía—, si lo deseas, y no tienes inconveniente, haré que seas ordenado sacerdote, con plena libertad; y te llamo al sacerdocio no porque tú seas mejor, sino para servir a los demás |87|.

Los otros dos que habían de prepararse juntamente con Álvaro del Portillo, eran José María Hernández Garnica (Chiqui) y José Luis Múzquiz. Chiqui era ingeniero de Minas, y los otros dos de Caminos |88|.

El Padre velaba por ellos, pues entre las resoluciones tomadas por el sacerdote en noviembre de 1941, está la siguiente anotación:

Orar, sufrir y trabajar sin descanso hasta que sean una realidad en la Obra los Sacerdotes que Jesús quiere en ella. Hablar de este punto con nuestro Señor Obispo de Madrid, mi Padre |89|.

El asunto a tratar con el Sr. Obispo era el de los estudios eclesiásticos, que solían hacerse en centros docentes oficiales, generalmente en los seminarios diocesanos o en las universidades pontificias. Dadas las circunstancias de los estudiantes, su edad y carrera civil, se decidió que recibirían las clases de profesores particulares en Diego de León; y era su Director de Estudios don José María Bueno Monreal, que desde 1927 hasta esas fechas fue profesor de Derecho Canónico y de Teología Moral en el Seminario de Madrid |90|.

En la primavera de 1942 estaban ya los estudiantes «en muy buenas condiciones para pasar a examen», según el Director de Estudios. En vista de lo cual, don Josemaría anunció a don Leopoldo que se hallaban preparados para las pruebas de las asignaturas del bienio filosófico, sugiriendo que quizá convendría que los chicos solicitasen directamente de V.E. su admisión a exámenes y que V.E. nombrara un tribunal, con independencia del Seminario, para estos exámenes; y sus actas darían fe de los estudios hechos y aprobados |91|.

Los examinados se mostraban muy satisfechos del brillante resultado: "meritissimus" en todas las calificaciones, como se apresuró a comunicar don Josemaría al Sr. Obispo |92|. Esos tres hijos suyos recibirían la mejor formación posible, pues era deseo del Fundador que abriesen un camino ejemplar a los millares de sacerdotes que vendrían detrás. Y eso por varias razones, que resumía de este modo:

Ya desde que preparé a los primeros sacerdotes de la Obra, exageré —si cabe— su formación filosófica y teológica, por muchas razones: la segunda, por agradar a Dios; la tercera, porque había muchos ojos llenos de cariño puestos en nosotros, y no se podía defraudar a esas almas; la cuarta, porque había gente que no nos quería, y buscaba una ocasión para atacar; después, porque en la vida profesional he exigido siempre a mis hijos la mejor formación, y no iba a ser menos en la formación religiosa. Y la primera razón —puesto que yo me puedo morir de un momento a otro, pensaba—, porque tengo que dar cuenta a Dios de lo que he hecho y deseo ardientemente salvar mi alma |93|.

Capítulos atrás ha salido al paso la finura de sentimientos de don Josemaría. Pues bien, en su conducta se daba otro modo de ser generoso. No se limitaba a entregar lo que cualquier otro consideraría suficiente o de estricta justicia. No le bastaba con cumplir. Siempre añadía algo de propina. Tampoco le bastaba con servir buenamente. Al servicio hecho acompañaba un gesto elegante y risueño, sin esperar que se lo agradecieran. En el aspecto espiritual, este modo de comportarse es el que don Josemaría enseñaba a sus hijos. Al realizar una tarea no habían de conformarse con una ejecución pasable y ajustada. Debían hacer todo, aun las cosas más pequeñas, con humana perfección, con holgura de buena voluntad y con amplitud de amor. Así, la adición de una sonrisa, por ejemplo, convertiría la mortificación, o cualquier otra obra hecha a secas, en ascetismo sonriente |94|, que es el ascetismo evangélico |95|. De igual modo, en el caso de la preparación de los primeros sacerdotes, se esforzó en darles no sólo una buena formación sino la mejor formación posible.

Ese modo de andar por el mundo, reservándose para sí con una sonrisa las asperezas de esta vida, para hacer agradable al prójimo la existencia, nos revela la elegancia sobrenatural del espíritu encarnado por el Fundador. Un sobreañadido de oración y mortificación en todas sus acciones era la forma de integrar, suave y ejemplarmente, en sus hijos el espíritu que habían de vivir. Esta generosidad de su entrega la recogió en los documentos primitivos del Opus Dei bajo la denominación de ascetismo sonriente:

«Los miembros llevan a cabo su vida de apostolado alegres y gozosos, dados a la oración y a la mortificación. Y para que su ascetismo sea, de verdad, un ascetismo sonriente deben cultivar, especialmente, la santa alegría que proviene de la generosidad de una entrega total al servicio de la Iglesia» |96|.

Con la aprobación del Sr. Obispo reunió un grupo docente con los más prestigiosos sacerdotes o religiosos que pudo hallar en Madrid. Contaba con dos profesores del Angelicum de Roma, dos profesores del Seminario de Madrid, un catedrático de la Universidad Central... |97|.

Quería don Josemaría —refiere Bueno Monreal, el Director de Estudios— que cursaran las asignaturas «con el mismo rigor y altura que habían hecho sus estudios civiles —cada uno de ellos tenía dos doctorados—, y así fueron cursando una por una las disciplinas propias de los estudios seminarísticos» |98|. Todo ello refleja su amor a la Iglesia y su mimo para con la Obra. Un amor eficaz de servicio. Un amor ancho, que abrazaba a todos sus hijos, sin excepción. Porque esa esmerada preparación tenían que recibirla todos el día de mañana, sin hacer distinción entre laicos y sacerdotes, ya que no existen en la Obra diferentes clases de miembros, ni los sacerdotes forman un cuerpo aparte |99|.

Entre las antiguas fichas sueltas que se conservan del Fundador hay dos pensamientos que mucho tienen que ver con esta materia. Uno de ellos dice:

La formación sacerdotal... ¡eso sí que tiene que ser Opus Dei!

Y la otra: El sacerdocio se recibe en el momento de ordenarse, pero la formación sacerdotal... |100|.

La formación es negocio de toda una vida. Porque la vida es progreso; y quien se detiene queda pronto rezagado y terminará arrumbado en la cuneta |101|. Lo característico de la formación que pretendía dar el Fundador a sus hijos es que respondiese a la condición secular de los fieles del Opus Dei. Había de ser, por lo tanto, compatible con la ocupación profesional que desempeñaban en la sociedad civil |102|. La preparación pastoral para las Sagradas Órdenes la recibieron los tres candidatos directamente del Padre, que se cuidó de irles formando en las virtudes sacerdotales. Y, en lo que se refiere a los estudios, las disciplinas de la Sagrada Teología las cursaron, no en el Seminario sino en el Centro de Estudios Eclesiásticos de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, con sede en Diego de León y constituido formalmente en diciembre de 1943 |103|.

* * *

Visto desde el presente, el proceso de desarrollo institucional de la Obra, su itinerario jurídico, semeja un largo recorrido, con mucha curva y revuelta |104|. Camino que el Fundador hubo de hacer como Dios le daba a entender; unos trechos a la luz de las inspiraciones divinas, y otros perdiéndose en la oscuridad en cuanto llegaba a un recodo. Pero avanzaba; avanzaba siempre con fe. Esto es, valga la comparación, lo que le estaba sucediendo entonces |105|.

A mediados de 1930, cuando el Fundador tanteaba la estructura jurídica de la Obra, pensando, anticipadamente, en la solución que daría a los sacerdotes a ella adscritos, dejó el asunto en manos de la Providencia con un Dios iluminará a su hora |106|. A su tiempo, cuando Dios quisiera, obraría el carisma fundacional que, desde un primer momento, tuvo respecto a los sacerdotes. No se le volvió a presentar el problema hasta 1940, en que, tranquilo y con mucha fe, continuó adelante con su idea de ordenar a tres miembros del Opus Dei. Necesitaba mucha fe porque se había metido en un callejón sin salida. Pretendía, nada menos, que los futuros sacerdotes se dedicaran exclusivamente al servicio de la Obra, es decir, a sus específicas actividades apostólicas. Pero esa esperanza próxima de poder disponer enteramente de ellos, una vez ordenados, se estrellaba contra las disposiciones de la ley eclesiástica. En efecto, el código de Derecho Canónico establecía que para la licitud de toda ordenación, y el posterior ejercicio del ministerio sacerdotal, era imprescindible un título de ordenación. Lo del título incluía el modo de garantizar de por vida los medios necesarios para el mantenimiento y decoro que corresponde a la dignidad de todo clérigo |107|.

Eran muy diversos los posibles títulos de ordenación. Pero, en resumen, sus últimos efectos eran: bien la adscripción a una religión (Orden, Congregación, etc.), o bien el arraigo en una diócesis —incardinación—, pasando a depender, en mayor o menor grado, del Ordinario del lugar. Dado el carácter secular querido por Dios para el Opus Dei, desechó la primera clase de títulos como completamente inadecuados a la naturaleza de la Obra |108|. En cuanto al grupo de títulos propios de los clérigos seculares, que llevaban a la incardinación en una diócesis, tampoco eran una solución. Las actividades apostólicas del Opus Dei rebasaban ya los límites de una diócesis; sus sacerdotes precisarían, por tanto, de libertad de acción y movimiento. Por otra parte, si dependían del Ordinario del lugar —del Obispo de cada diócesis— no podían estar, al mismo tiempo, plenamente disponibles a las necesidades de la Obra |109|.

De manera que si don Josemaría quería desanimarse le bastaba con recorrer mentalmente sus propias experiencias: las tremendas dificultades que tuvo que afrontar, trabajando en Madrid mientras aún estuvo incardinado en Zaragoza. La continua renovación de licencias y permisos; y su inestable y azarosa condición de extradiocesano en la capital de España, que le hicieron sentirse, en aquel período de su vida madrileña, «como gallina en corral ajeno» |110|.

Como hombre prudente, que no se fía de su propio parecer, don Josemaría consultó sobre la cuestión de los títulos, buscando la opinión de expertos canonistas. En algún momento de optimismo hasta creyó haber dado con la respuesta. Pero examinada de cerca le resultaba inservible |111|. Las conferencias con el Sr. Obispo de Madrid sobre este asunto fueron frecuentes. En esas largas sesiones, don Leopoldo y don Josemaría se devanaban los sesos y terminaban siempre con las manos vacías |112|.

Finalmente, desistió de seguir buscando soluciones al título, porque el Codex no ofrecía otras que las ya vistas y rechazadas. Mas, para el Fundador, desistir no significaba abandonarse ni dar algo por inalcanzable, sino entregarse con ahínco al trabajo y a la oración. Como si tuviera resuelto el problema, prosiguió con los estudios eclesiásticos de sus tres futuros sacerdotes y su espléndido cuadro de profesores:

Pasaba el tiempo. Rezábamos. Los que iban a ser ordenados por primera vez como sacerdotes de la Obra, estudiaban con gran profundidad, poniendo toda su ilusión. Y un día... |113|.

La mañana del 14 de febrero de 1943, don Josemaría salió temprano para decir misa a sus hijas en el oratorio de Jorge Manrique. Siguieron éstas la misa con devoción y recogimiento; y el sacerdote, metido en Dios durante el Santo Sacrificio.

Inmediatamente después de celebrar la misa sacó su agenda de bolsillo y escribió en la hoja del domingo 14 de Febrero, S. Valentín:

En casa de las chicas, en la Sta. Misa: "Societas Sacerdotalis Sanctae Crucis"; y luego hizo un pequeño dibujo (el diseño de un círculo, dentro del cual va una cruz) |114|.

Después de la acción de gracias el Padre bajó a la otra planta, pidió una cuartilla y se encerró en un pequeño recibidor mientras sus hijas le esperaban en el vestíbulo.

«A los pocos minutos —refiere Encarnita— apareció de nuevo en el vestíbulo visiblemente emocionado. — Mirad —nos dijo, señalándonos una cuartilla en la que había dibujado una circunferencia y en el centro una cruz de proporciones especiales—; éste será el Sello de la Obra. El Sello, no el escudo —nos aclaró—: el Opus Dei no tiene escudos. Significa —nos dijo a continuación— el mundo y, metida en la entraña del mundo, la Cruz» |115|.

Al día siguiente el Padre se fue a El Escorial, no muy lejos de Madrid, donde Álvaro del Portillo, José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz estaban preparando unos exámenes de Teología. No sin gran vergüenza por su parte, se vio obligado a comunicar a Álvaro del Portillo la gracia recibida del Señor el día anterior dentro de la misa: la solución canónica para los sacerdotes de la Obra, el nombre de la sociedad a constituir y hasta el sello |116|. Había que preparar rápidamente los documentos necesarios y Álvaro del Portillo sería el encargado de ir a Roma con objeto de obtener la aprobación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que en líneas generales le había mostrado el Señor el 14 de febrero, día de acción de gracias, por ser el aniversario de otra fecha memorable: el 14 de febrero de 1930, día en que el Señor le hizo entender que debía extender el apostolado del Opus Dei a las mujeres.

Notas

68. Apuntes, n. 1610, del 8-V-1940.

69. Carta a Álvaro del Portillo y a sus hijos de Madrid, desde Ávila, en EF-400704-1.

70. Carta 14-II-1944, n. 9. En esta misma carta, viendo por encima la cuestión histórica, y sin entrar en detalles, escribe el Fundador sobre aquellos sacerdotes:

Sin embargo, como no acertaban a entender lo que el Señor nos pedía, especialmente en el apostolado específico de la Sección femenina —dos o tres de ellos llegaron a ser como mi corona de espinas, porque desorientaban y sembraban confusión—, pronto tuve que prescindir de su ayuda. Llamé desde entonces ocasionalmente a otros sacerdotes, no vinculados de ningún modo a la Obra, para confesar a los de Casa y para la celebración de las ceremonias litúrgicas, hasta tanto que lográramos la solución adecuada a esta importante necesidad (ibidem, n. 9).

El documento a que se refiere es la Instrucción, 9-I-1935, n. 59; en donde se dice: los sacerdotes, por ahora —ya diré hasta cuándo— deben limitarse a la administración de sacramentos y a las funciones puramente eclesiásticas.

71. Apuntes, n. 138, del 26-XII-1930. También se hace alusión, indirectamente, a los futuros sacerdotes, salidos de entre los laicos de la Obra, en los Apuntes, n. 101, de XI-1930, y n. 867, del 9-XI-1932.

72. En carta a Mons. Leopoldo Eijo y Garay, desde Pamplona, le decía: Creo que no termino aquí la tarea hasta el día 5 de Julio. Buena cosecha. Da gusto ver con qué empeño hacen los ejercicios estos benditos curas navarros. Si el Señor no me hubiera marcado de modo tan terminante otro camino, sería cosa de no hacer nada más que trabajar y sufrir y orar por mis hermanos los Sacerdotes Seculares..., que son mi otra pasión dominante (Carta, desde Pamplona, en EF-410625-1).

73. Carta, desde Madrid, en EF-400423-1. Cfr. también: Apuntes, n. 1618, del 4-VIII-1940.

74. Cfr. José Luis Múzquiz de Miguel, RHF, T-04678/1, p. 120.

75. Cfr. ibidem, p. 118.

76. Esas "Semanas de Estudio", que después se denominaron "Semanas de Trabajo", tuvieron lugar del 17 al 24 de marzo de 1940 y del 10 al 18 de agosto del mismo año. Sobre todo esto cfr.: Álvaro del Portillo, PR, p. 932; Francisco Ponz Piedrafita, Mi encuentro con..., ob. cit., pp. 47-50; Francisco Botella Raduán, RHF, T-00159/1, p. 104.

77. Fueron varias las ocasiones en que ofreció su puesto al Sr. Obispo, con la intención de dedicar más tiempo a la Obra. En diciembre de 1945 seguía insistiendo:

Muy querido Sr. Obispo:

En varias ocasiones he manifestado a V. E. mi deseo de renunciar al cargo de Rector del Real Patronato de Santa Isabel. Hoy, con respetuosa insistencia, reitero ante mi señor Obispo esa renuncia, a partir del próximo Enero, y le ruego encarecidamente que la acepte: a otro sacerdote le vendrá bien ese cargo, económicamente modesto, pero tradicionalmente prestigioso (Carta, desde Madrid, en EF-451204-1).

Dos semanas más tarde, obtenido por fin, y a regañadientes, el permiso de don Leopoldo, presentó la renuncia a su cargo de Rector, por instancia dirigida al Ilmo. Sr. Presidente del Consejo de Administración de los Bienes del Patrimonio Nacional:

Tengo el honor de manifestar a V.S. que, después de vencer la cariñosa oposición del Excmo. y Rvmo. Sr. Obispo de Madrid-Alcalá, y con su beneplácito, por motivos de salud y por mis muchas ocupaciones sacerdotales, presento la renuncia al cargo de Rector del Real Patronato de Santa Isabel, a partir del día primero de enero del próximo año 1946.

Dios guarde a V.S. muchos años.

Madrid, 19 de Diciembre de 1945

El Rector

(Archivo del Patrimonio Nacional — Patronatos Reales — Patronato de Santa Isabel — Expediente personal — Caja 182/21).

Por oficio del 17-IV-1946 el Consejero Delegado Gerente del Patrimonio Nacional le comunicaba la aceptación de la renuncia y «se lamentó profundamente en nombre del citado Patronato, así como en el suyo propio, de no poder disponer de la valiosa colaboración e inmejorables servicios que V.E. había prestado hasta la fecha» (Ibidem).

78. Carta 14-II-1944, n. 9.

79. Cfr. Francisco Ponz Piedrafita, RHF, T-04151, p. 47.

80. Don Josemaría, para facilitar la confesión a sus hijos, en la primera mitad de los años cuarenta habló, con sacerdotes o religiosos conocidos suyos, sobre el espíritu y costumbres de la Obra, para que pudieran atenderlos debidamente en el confesonario. Entre estas personas se contaban don José López Ortiz en Madrid; don Ramón Roquer Vilarrasa y don Sebastián Cirac Estopañán en Barcelona; don Eladio España Navarro y don Antonio Rodilla Zanón en Valencia; don Eliodoro Gil Rivera en León; don Daniel Llorente Federico y el Penitenciario de la Catedral en Valladolid, etc. Cfr. María Dolores Fisac Serna, RHF, T-04956, p. 3; José Luis Múzquiz de Miguel, RHF, T-04678/1, p. 25; Francisco Ponz Piedrafita, Mi encuentro con..., ob. cit., pp.58-59; Carta a don José María Bulart Ferrándiz, desde Valencia, en EF-411220-1, etc.

81. Carta 14-II-1944, n. 9. Los sacerdotes no eran una simple ayuda a unas actividades de un grupo de laicos, sino que sacerdotes y laicos —en cooperación orgánica— eran igualmente esenciales, como lo son en la Iglesia; la Obra, en efecto, fue vista por el Fundador desde el principio como una porción del Pueblo de Dios, como una partecica de la Iglesia.

82. En la ocasión a que nos referimos, don Josemaría se hospedó, a su llegada a la ciudad, con Mons. Santos Moro. Luego pasó al seminario a dar una tanda de ejercicios espirituales. De ahí la carta del 4 de julio de 1940 a Álvaro del Portillo y a sus demás hijos de Madrid:

Jesús me guarde a mis hijos.

Esta vez no puedo encabezar orgullosamente (?) "sobre las murallas", porque os escribo desde el seminario (Carta a Álvaro del Portillo y a sus hijos de Madrid, desde Ávila, en EF-400704-1).

83. Apuntes, n. 1616.

84. Apuntes, n. 101, de XI-1930.

85. En una catalina de fecha 9 de noviembre de 1932 se lee que los miembros del Opus Dei han de poner mucho interés en vivir la Sagrada Liturgia de la Iglesia, y cada uno de ellos, en orar y mortificarse especialmente por los nuevos sacerdotes en las témporas, y cuando los nuestros reciban el sacramento del Orden (Apuntes, n. 867).

86. Carta 8-VIII-1956, n. 5.

87. Álvaro del Portillo, PR, p. 958.

88. Con gran sencillez cuenta José Luis Múzquiz el modo con que le llamó al sacerdocio: «Recuerdo el cariño que puso el Padre cuando, en su cuarto de la residencia de estudiantes de Jenner 6, me preguntó si quería ser sacerdote. Hijo mío, me dijo el Padre, ¿te gustaría ser sacerdote? "Sí, Padre, encantado", le contesté. Pues ponte de acuerdo con Álvaro para los estudios» (José Luis Múzquiz de Miguel, RHF, T-04678/1, p. 32).

Y, en carta a sus hijos, escribe el Fundador en 1945: Rezad también con el fin de que nadie en Casa sienta coacción de ningún género, para venir al sacerdocio; y, al mismo tiempo, para que haya siempre quienes escuchen el silbido del Pastor que les llama; una coacción divina, suave y cariñosa (Carta 2-II-1945, n. 22).

89. Apuntes, n. 1854, del 9-XI-1941.

90. Don José María Bueno Monreal conoció a don Josemaría en 1927 ó 1928, en la Facultad de Derecho. Intervino en la preparación de los documentos para la aprobación de la Obra como Pía Unión, como ya va dicho. Se encargó de la dirección de estudios de los tres primeros miembros del Opus Dei que recibieron la ordenación sacerdotal. A fines de 1945 fue preconizado Obispo de Jaca, y luego de Vitoria. En 1954 se le nombró Arzobispo coadjutor de Sevilla y, cuatro años más tarde, fue creado Cardenal de Sevilla. Murió en 1987.

91. Carta, desde Madrid, en EF-420517-1.

92. Cfr. Carta, desde Madrid, en EF-420607-1.

93. Carta 8-VIII-1956, n. 13. Cfr. también José Luis Múzquiz de Miguel, RHF, T-04678/1, p. 24.

94. José Luis Múzquiz de Miguel, RHF, T-04678/1, p. 136; y Camino, nn. 657-661.

95. Cfr. Mt 6, 16-18.

96. De Spiritu Operis Dei, n. 16. Este documento se encuentra entre los que entregó, en 1941, al Obispo de Madrid para la aprobación diocesana. Cfr. Amadeo de Fuenmayor et al., ob. cit., pp. 98-112.

97. «Entre ellos —refiere Mons. Álvaro del Portillo— había dos dominicos profesores del "Angelicum" de Roma, que no podían enseñar allí por la guerra mundial: eran el P. Muñiz, que nos explicó Teología Dogmática, y el P. Severino Álvarez, profesor de Derecho Canónico. El P. Celada, O.P., que trabajó mucho tiempo en el Instituto Bíblico de Jerusalén, fue nuestro profesor de Sagrada Escritura. Entre esos profesores, varios serían promovidos al episcopado y alguno, como don José María Bueno —que nos impartió la Teología Moral—, llegó a ser Cardenal. Fray José López Ortiz, luego arzobispo castrense, nos enseñó Historia de la Iglesia. Don Máximo Yurramendi —futuro obispo de Ciudad Rodrigo—, don Joaquín Blázquez —director de un Instituto de Teología en España—, el P. Permuy, C.M.F., completaban el competente cuadro del profesorado que nos seleccionó. Hicimos los estudios muy intensamente» (Álvaro del Portillo, PR, p. 958).

Cfr. también José María Bueno Monreal, en Testimonios..., ob. cit., p. 17; y José María García Lahiguera, entonces director espiritual del Seminario de Madrid, en Testimonios..., ob. cit., p. 162; Carta a Mons. Leopoldo Eijo y Garay, desde Madrid, en EF-420517-1; y Carta a sus hijos de Roma, desde Madrid, en EF-440301-1.

98. José María Bueno Monreal, en Testimonios..., ob. cit., p. 17.

99. Mons. López Ortiz, catedrático de la Universidad de Madrid y entonces profesor también de los futuros ordenandos, testimonia: «El Padre me hablaba de estos tres hijos suyos que se iban a ordenar con una gran ilusión, con una esperanza inmensa. Como de todas las cosas que me contaba, me hablaba de este tema con una fe y seguridad totales. Me decía que todos los miembros de la Obra, para hacer un apostolado eficaz a través de su trabajo, debían tener una preparación similar a la de los sacerdotes, aunque la inmensa mayoría no se iba a ordenar, porque no es ésa su vocación. Contando todos con esa formación, él, o el que le suceda, llamará al sacerdocio a los que vea oportuno, respetando la libertad de cada uno, para acoger esa llamada. El que aquellos tres comenzasen entonces a estudiar Teología no era, pues, una cosa extraordinaria, porque con el tiempo sería lo ordinario en la Obra, en la que todos los socios deben poseer la formación doctrinal religiosa conveniente. Por eso enseguida empezarían a estudiar otros, y luego otros, sin interrupción; como en efecto ha sido. Todo esto me lo decía como algo que pertenecía a la esencia apostólica de la Obra, y que por tanto era claramente de Dios» (José López Ortiz, en Testimonios..., ob. cit., pp. 232-233).

100. RHF, AVF-0079, de II-1944.

101. Nunca se considera acabada vuestra formación: durante toda vuestra vida, con una humildad maravillosa, necesitaréis perfeccionar vuestra preparación humana, espiritual, doctrinal religiosa, apostólica y profesional (Carta 6-V-1945, n. 19).

102. Ésta es una de las razones por las que el internado no puede aplicarse a los miembros de la Obra, que han de vivir precisamente en el mundo, desde el principio de su vocación, todas las virtudes sacerdotales (Ibidem, n. 20).

103. La constitución del Centro de Estudios Eclesiásticos de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, con sede en Diego de León (Lagasca, n. 116), que llevaba ya tiempo funcionando como centro de estudios, fue comunicada al Sr. Obispo de Madrid-Alcalá con fecha del 10 de diciembre de 1943, esto es, a los dos días de haberse dado el decreto de erección de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz (cfr. RHF, D-15140).

104. Sobre el desarrollo institucional del Opus Dei, cfr. Amadeo de Fuenmayor et al., ob. cit., passim.

105. La imagen que usa el Fundador, para describir este proceso, es muy similar: Nuestro iter iuridicum parece tortuoso a los ojos de los hombres. Pero, cuando pase el tiempo, se verá que es un avanzar constante, de cara a Dios (Carta 29-XII-1947/14-II-1966, n. 163).

106. Cfr. Apuntes, n. 60, del 16-VI-1930.

107. Cfr. C.I.C. 1917, cc. 974 y 979.

108. Cfr. Carta 6-V-1945, n. 11.

109. Recorriendo la lista de los títulos de ordenación previstos por el Codex iuris canonici, razona el Fundador los motivos por los cuales no se servía de ellos:

Ninguno de los títulos, previstos para los sacerdotes seculares, eran adecuados a nuestro caso. No servía el título beneficii, porque exige la asignación, antes de recibir las órdenes sagradas, de un oficio beneficial; ni tampoco los otros supletorios que el Derecho concede. No eran aptos los títulos servitii dioecesis y missionis, por exigir del ordenando la promesa de dedicarse al ministerio en una diócesis determinada o en un territorio de misión; ni era adecuado el título patrimonii o pensionis, que requiere poseer personalmente un capital que baste para mantenerse de por vida. No eran tampoco aceptables los títulos paupertatis y mensae communis, por ser exclusivos de los religiosos (Carta 14-II-1944, n. 16).

110. Cfr. Álvaro del Portillo, PR, p. 346

111. En junio de 1941 consultó con Mons. Marcelino Olaechea en Pamplona. Una vez más creyó, equivocadamente, que había hallado una solución. Hablé despacio —escribe— con este Sr. Obispo del problema de nuestros sacerdotes, y se ve clara la solución práctica e inmediata y canónica, gracias a Dios (Carta a sus hijos de Madrid, desde Pamplona, en EF-410603-2).

112. Se me dieron diversas soluciones, y todas malas. La mejor me la sugirió D. Leopoldo: crear capellanías, para que los sacerdotes quedasen de alguna manera adscritos al Opus Dei. Pero esto suponía un gasto inmenso, que no podíamos hacer, y no resolvía nada (Carta 29-XII-1947/14-II-1966, n. 159; cfr. C.I.C. 1917, c. 128).

Otro de los canonistas a los que consultó sin resultado fue don José María Bueno Monreal (cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 540).

113. Carta 29-XII-1947/14-II-1966, n. 159.

114. Se conserva la hoja de la agenda con la anotación y el dibujo: RHF, D-15077. Al hacer el dibujo para el sello de la Obra el Fundador pensó, evidentemente, en una superficie plana, en un círculo, que lleva inscrita una cruz. En el original, sin embargo, hay seis o siete líneas: unas titubeantes, otras quebradas; unas cortas, otras en trazado cerrado de circunferencia, para dar la impresión de un fondo esférico. Solamente una inexplicable y violenta emoción podía haber provocado tan extraño temblor y sacudidas en la pluma. Pero esta hipótesis también ha de descartarse, pues no afecta a la cruz y tampoco a la grafía de la nota, que es firme, normal y con claros y perfectos enlaces y distancias. Todo parece indicar que en ese primer diseño se trata de representar una cruz dentro de un globo terráqueo.

115. Encarnación Ortega Pardo, RHF, T-05074, p. 45; cfr. también Narcisa González Guzmán, RHF, T-04989, p. 7. Años más tarde hace el Fundador alusión escueta a lo sucedido aquel día:

el 14 de febrero de 1943, celebrando yo en casa de mis hijas —en la calle de Jorge Manrique—, después de la Comunión, ¡la solución que buscaba!: Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Jesús quería coronar el edificio con su Cruz santísima.

Recuerdo bien que hice un dibujo del sello —¡hasta esto vino!— y se lo entregué a Álvaro (Carta 29-XII-1947/14-II-1966, n. 159).

116. Álvaro del Portillo, Sum. 540 y 541.