El milagro más grande

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo II. Andrés Vázquez de Prada

Esta aventura divina de servicio en la Obra, que es la atención de las administaciones de los centros corrió un no pequeño peligro en el incidente de la Moncloa en la Navidad de 1943. Ese frágil instrumento humano no se hallaba todavía templado por el uso, pero de allí saldría el futuro vigor y la fecundidad del apostolado de los apostolados. Como había prometido el Padre, pronto se puso remedio a la lamentable condición material del servicio en la Residencia. En enero de 1944 se acabaron las obras y se liberó la casa de albañiles. Por esas mismas fechas se dejó también el piso de Núñez de Balboa, lo que permitió concentrar la atención en los otros centros.

El Padre seguía atento al paso y progreso de la Administración. Unas veces mandaba a sus hijas recoger velas, evitando entusiasmos peligrosos, porque "lo mejor es enemigo de lo bueno", según el dicho popular |51|. Otras veces, al revés, tenía que espabilarlas, para que no se durmieran sobre los laureles. Todo lo referente a la cocina era cuestión que consideraba de particular importancia, porque un posible mal funcionamiento de la cocina repercutiría desfavorablemente en el apostolado y en la economía de toda la Residencia |52|.

Ese prolongado esfuerzo por lograr un aceptable nivel en el servicio de las Administraciones duró años. En buena parte era debido a que no se disponía ni de los medios adecuados ni de la experiencia necesaria. Era evidente que las empleadas del hogar que habían sido contratadas carecían de preparación, las más de las veces, y había que enseñarles desde un principio los rudimentos de las tareas domésticas. Para convertir aquella plantilla de servicio en un equipo eficaz se requería raigambre y profesionalismo y, mejor aún, si el personal se movía por más altos principios. El apostolado de apostolados, en una palabra, acusaba un enorme vacío: se necesitaban mujeres entregadas en cuerpo y alma, profesionalmente, al trabajo específico de administrar los centros del Opus Dei.

Hasta que algunas de las empleadas hicieron de ese trabajo doméstico el medio profesional de su santificación y apostolado en el Opus Dei, pasaron cerca de cuatro años.

Tan feliz etapa también tuvo sus principios en la época de los "desastres". A poco de comenzar el curso, con cerca de un centenar de residentes, un grupo de empleadas vascas regresaron desilusionadas a su tierra. Don Josemaría se fue inmediatamente a ver a la Madre General del Servicio Doméstico |53|. No estaba la Superiora, pero expuso el caso a la Madre Carmen Barrasa, que prometió enviar cuanto antes alguna ayuda |54|.

Por fortuna acababa de enterarse la religiosa de que Dora, empleada en casa de los duques de Nájera, estaba libre por esos días. Era realmente una chica excepcional y la Madre Barrasa estaba dispuesta, de verdad, a hacer un favor a don Josemaría. Habló con Dora, y tanto le insistió que, aunque no llegó a convencerla, consiguió al menos que se fuese por una corta temporada a la Residencia de la Moncloa.

Con un par de maletas y un buen vestido se presentó en la Moncloa, ante la mirada un tanto sorprendida de Encarnita. Después de decirle que venía de parte de la Madre Barrasa hizo breve mención de su currículo profesional. Tenía 29 años, se llamaba Dora del Hoyo, había nacido en Riaño (León) y trabajado en varias casas particulares; últimamente en la de los duques de Nájera. (Lo que no contó Dora es que si estaba allí era por no dejar mal a la Madre Barrasa; ni que pensaba volver pronto a casa de los Nájera) |55|.

En cuanto Dora recorrió la zona de la administración se dio cuenta, sin necesidad de explicaciones, del abundante trabajo y de la escasez de mano de obra que allí reinaban. A la recién llegada le dio mucha pena ver a aquellas mujeres jóvenes, con unas empleadas inexpertas y con faena hasta las cejas. Porque el sueldo era ajustado, los dormitorios del servicio —como era entonces corriente—, comunes; y todo se contaba por centenares: ropa que lavar o comida que preparar y servir. Y todo, ¿para qué?

Inconscientemente, debió retenerla la callada lección de aquellas administradoras azacanadas con alegría y señorío en el trabajo, por servir a estudiantes desconocidos. Y eso es lo que movió a Dora: su compasión; tener un corazón muy grande. En los veranos, durante la época de la recolección, pedía permiso para ir al pueblo, a echar una mano a los de su familia en las faenas agrícolas, mientras la familia donde servía marchaba de veraneo |56|.

Al cambiarse de ropa pasó la primera prueba de fuego. Acostumbrada a los uniformes de doncella de casa adinerada y aristocrática, limpios, bien planchados y con encajes, algo muy extraño sintió al embutirse en una bata que no le sentaba nada bien.

«Bueno, hoy me quedo y ayudo lo más que puedo, pero mañana me marcho» pensaba Dora |57|. Llegaba el domingo y se iba a ver a la Madre Barrasa para decirle que dejaba aquel empleo. La buena religiosa, que sospechaba las intenciones de Dora, la esquivaba maravillosamente. De manera que dejaba, de una semana a otra, la ocasión de romper.

El pundonor profesional, sin seria preparación, le hacía demorar la resolución de irse definitivamente de esa Residencia. En el fondo Dora era un regalo de Dios, como refiere Encarnita, pasmada por sus saberes y virtudes domésticas: «Dora tenía un corazón de oro y trabajaba divinamente: dominaba la plancha, la tintorería, la costura; limpiaba con extraordinaria perfección; servía la mesa sin el menor fallo; sabía mucho de cocina. Y además su comportamiento era respetuoso, natural, y sabía enseñar a las otras chicas con autoridad pero unida a una gran delicadeza. Es verdad que tenía un carácter fuerte, pero también luchaba por dominarse.

La primera semana que decidimos hacernos cargo de la ropa, Dora propuso almidonar las pecheras de todas las camisas blancas, que era la última moda. Aun sin planchero, organizó el trabajo aprovechando minutos libres: un rato por la tarde y otro por la noche y utilizando las mesas del comedor y la placa de la cocina. Fue enseñando a las demás chicas que no sabían hacerlo y la idea tuvo éxito ruidoso entre los residentes. Se había ido encariñando tanto con la casa, que decidió no marcharse hasta que el curso terminara» |58|.

Tan pronto estuvo organizado todo el servicio y funcionando sin mayores problemas la administración de la Residencia, el Padre, que les hacía una visita semanal, animó a sus hijas para que preparasen espiritualmente, más a fondo aún, a las empleadas del hogar, por si Dios, en su bondad, concedía a algunas la posibilidad de seguir esa tarea profesional ya como fieles de la Obra. «Desde aquel momento —cuenta Encarnita— la vocación de Dora ocupó muchas horas de nuestra oración y del trabajo; nuestro Padre la llevaba encomendando más tiempo» |59|.

Cuando se instaló en Bilbao la Residencia de Abando, en 1945, allá fueron voluntarias Dora del Hoyo y Concha Andrés. El 18 de marzo de 1946 pidieron ambas por carta al Padre incorporarse al Opus Dei. Las recibió al día siguiente, fiesta de San José; y, según dijo el Padre, «aquellas dos cartas habían sido el mejor regalo de todos los días de su santo» |60|.

Cuando Dora y Concha Andrés se presentaron en Madrid, de paso para Los Rosales |61|, Concha no pudo menos de contarle al Padre, con sinceridad, su desasosiego. Recibían clases de latín; pero el latín estaba por encima de sus posibilidades, era algo fatal. El Padre, con una sonrisa le devolvió la paz: hija mía, no te preocupes; si no se te da bien, no lo hables |62|.

En el verano de 1946 se juntaron en Los Rosales las primeras numerarias auxiliares |63|: Dora, Concha, Antonia Peñuela, Rosalía López y Julia Bustillo |64|.

Por fin, el Padre se encontraba con el pleno desarrollo de la otra componente de la Obra: ¡las mujeres! Cuántas fatigas y sufrimientos. Aquello era un auténtico milagro: el milagro mayor que ha hecho el Señor en su Obra, y eso que no ha hecho pocos |65|.

Toda su vida estuvo viendo aquella última manifestación de su paternidad espiritual con la sorpresa de quien asiste al nacimiento de una vena de agua virgen. Esto le sucedía al leer las cartas de alguna de sus hijas, de escritura vacilante, y los renglones en cuesta:

Me emocionaron —escribía a sus hijas en 1946. Siempre le emocionaron también las cartas de sus hijos campesinos y obreros—. No tengáis envidia, si digo que tengo especial predilección por esas hijas. Más: quiero, pido a Dios que vosotras sintáis la misma afectuosa predilección por esas hermanicas vuestras pequeñas; y que este espíritu se haga tradición y realidad siempre en nuestra Obra |66|.

Aquel soñar, desde el 14 de febrero de 1930, era ya una realidad firme y consistente |67|.

Notas

51. Cfr. Narcisa González Guzmán, RHF, T-04989, p. 48. Cuando se dejó el piso de Núñez de Balboa se estaba instalando ya otro centro en la calle de Españoleto 24. La instancia para obtener oratorio semipúblico con Sagrario es del 26 de enero de 1943; y la bendición del oratorio, del 15 de marzo (cfr. RHF, D-15148).

52. Cfr. Narcisa González Guzmán, RHF, T-04989, p. 48.

53. Atendía y formaba esta Congregación —que tan gran servicio ha prestado y presta a la Iglesia— a las mujeres —sirvientas se les llamaba en todos los países— que se dedicaban a los trabajos de los hogares. Era una profesión buscada por muchas chicas y abundaban las que dejaban los hogares en que habían servido para formar el suyo propio con el bagaje y el cariño de las familias a las que habían atendido.

54. Cfr. José Luis Múzquiz de Miguel, RHF, T-04678/1, p. 109; Encarnación Ortega Pardo, RHF, T-05074, p. 96.

55. Cfr. Dora del Hoyo Alonso, Sum. 7038; Encarnación Ortega Pardo, RHF, T-05074, p. 96.

56. Cfr. Encarnación Ortega Pardo, RHF, T-05074, p. 100.

57. Ibidem, p. 97.

58. Ibidem, p. 98.

59. Ibidem, p. 98. En aquel contexto social, entre la mayoría de las familias —y así lo apreció don Josemaría en la suya—, las personas del servicio doméstico formaban parte del hogar, y se les facilitaba una gran integración. No era extraño entonces que los padres y los hijos conservasen un hondo agradecimiento a quienes habían trabajado en la casa: habían pasado a formar parte de la historia de su vida. Las casas donde, con rectitud, se recurría a tan necesarias y honrosas prestaciones, han visto como resultado lógico, tanto el progreso de esta profesión —de extraordinaria categoría y tan útil para la sociedad— como la mejora de su status, y la evolución de los nombres con que se designan a quienes se ocupan en esas tareas. Sin olvidar que, en no pocos países, se han creado, financiadas por las autoridades públicas, escuelas profesionales, para preparar con títulos y derechos a quienes se dedican a esos menesteres.

60. Encarnación Ortega Pardo, RHF, T-05074, p. 99. Don Josemaría no olvidó nunca el favor recibido de las Hijas de María Inmaculada para el Servicio Doméstico, al enviarles varias empleadas a la Residencia. Y cuando se celebró en Roma la beatificación de la Fundadora de la Congregación, Vicenta María López y Vicuña, asistió a la ceremonia litúrgica y aquella misma tarde fue en persona a la Casa General de la Congregación a llevarles una caja de dulces y darles la enhorabuena (cfr. Álvaro del Portillo, PR, p. 587).

61. Los Rosales: Centro del Opus Dei para la labor con mujeres, en Villaviciosa de Odón, pueblo cercano a Madrid.

62. Dora del Hoyo Alonso, RHF, T-15722, p. 1.

63. Sobre la diversidad de miembros en el Opus Dei, dentro de la unidad de vocación, y especialmente sobre las Numerarias Auxiliares, cfr. Pedro Rodríguez, Fernando Ocáriz y José Luis Illanes, El Opus Dei en la Iglesia, Madrid 1993, pp. 179-192.

64. Cfr. Rosalía López Martínez, RHF, T-07918, p. 1; y Dora del Hoyo Alonso, PM, f. 1119v.

65. Carta a José María Hernández Garnica, desde Roma, en EF-461206-1; también en otras ocasiones vuelve sobre este punto (Cfr. Carta, desde Roma, en EF-470214-1).

66. Carta a sus hijas de la Asesoría Central, desde Roma, en EF-461213-1.

67. «Recuerdo el día 16 de julio de 1949 —refiere Encarnación Ortega—, en que hicieron la Fidelidad —camino ya para siempre en la Obra— sus tres primeras hijas Numerarias Auxiliares: Dora del Hoyo, Concha Andrés y Antonia Peñuela. Nuestro Padre estuvo un rato de tertulia con todas: rato que resultó enormemente entrañable. En un momento determinado, como pensando en voz alta, decía en tono confidencial: Os veo y no lo creo... Por un momento vuelvo la cabeza atrás, a aquel 14 de febrero de 1930, cuando comencé la Santa Misa sin saber nada... Y la terminé sabiéndolo todo... Podía oírse el vuelo de una mosca: todas estábamos pendientes de las palabras de nuestro Padre» (Encarnación Ortega Pardo, RHF, T-05074, p. 122).