Con la pluma en la mano

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo II. Andrés Vázquez de Prada

El mismo 2 de agosto de 1938, en que escribía esa larga catalina sobre el celo amoroso de Dios para con los suyos, don Josemaría partió para Vitoria con objeto de resolver unas cuestiones sobre la tesis de doctorado y sobre su encargo como Rector de Santa Isabel. El Obispo, en cuya casa se hospedaba, le pidió que diese dos tandas de ejercicios espirituales: una al clero diocesano y otra a la comunidad de monjas que atendían el palacio episcopal. No pudo negarse y aceptó, contando con el permiso presunto de don Leopoldo Eijo y Garay, que era su Prelado.

Había sido invitado también don Josemaría por el Obispo de Ávila a pasar con él unos días antes de dar los retiros de Vitoria; y desde Ávila escribió a sus hijos el 8 de agosto, contando pormenores del viaje y haciéndose lenguas de las virtudes del Prelado: Esta mañana celebré después que acabó su Misa el Prelado. Cada instante veo más detalles de perfección en la vida de este bendito Señor Obispo. El Señor haga que sepa aprovecharme de estos ejemplos, llenos de sencillez y naturalidad |231|.

Don Santos accedió, con sumo gusto, a guardar en Ávila los libros y todos los objetos que habían ido recogiendo para el futuro oratorio: tabernáculo, vasos sagrados, candeleros, ornamentos... Y don Josemaría, con unos días de tranquilidad, como raras veces había gozado, se dedicó a preparar los cursos de retiro que iba a dar en Vitoria. Así lo comunicaba por carta a los de Burgos:

¡Qué bueno —santísimo— es este Señor Obispo! Esto es una escuela de todas las virtudes, con un fundamento de humildad que las llena de fortaleza. Consuela ver cómo nos quiere. Aquí me tenéis como en mi propia casa: sólo me faltáis vosotros, pero, ¡si supierais cuánta compañía os hago, a cada uno, durante el día y durante la noche! Es mi misión: que seáis felices después, con Él; y ahora, en la tierra, dándole gloria |232|.

Y con la pluma en la mano, una vez que empezaba por escribir a los de Burgos tenía que continuar con el resto: con José Ramón, que se encontraba enfermo; y con Ricardo, que había recibido, con semanas de retraso, la noticia de la muerte de su hermana y de su abuela, y cuyo padre había fallecido recientemente:

¿A qué te voy a hablar —le escribía— de la participación que tengo en tu dolor, si todos tus dolores son dolores míos?

Supimos la muerte de tu padre (q.e.p.d.) casi cuando caíste herido. ¿Quién te iba a decir nada, entonces? Me limité a hacerle todos los sufragios que pude y a escribir (dos veces), para que estuvieran atendidos los tuyos económicamente. Otra cosa no se podía.

Las otras defunciones no las conocía: haré sufragios también [...].

¡Cómo siento que no te pueda abrazar! Con el deseo, me pongo a tu lado, para decir al Señor: Fiat...

El pobre Josemaría querría decirte, sin llorar, que es ahora más Padre tuyo, si cabe.

Un abrazo muy fuerte y te bendigo

Mariano |233|.

Y, una vez puesto a escribir, ¿cómo olvidar a los de la zona republicana, sabiendo que Álvaro y algún otro estaban preparando la salida de Madrid? El Padre los traía de continuo en su pensamiento y en sus oraciones:

¡Peques! ¿Dónde estarán ahora aquellos criotes míos, que iban a pasarse por el frente? ¿Seguirán en Madrid? Dominus sit in itinere eorum!... |234|.

Luego de pasar tres días en el hotel Sabadell, salió el 17 de agosto para Vitoria. Fechada el 20 de agosto de 1938 se encuentra entre sus Apuntes una catalina aislada, en pleno curso del retiro que estaba dando en el palacio episcopal a la comunidad de Terciarias Capuchinas. Dice así:

Me veo tan miserable que muchas veces asomo la cabeza al oratorio, para decirle a Jesús: "no te fíes de mí... yo, sí que me fío de ti, Jesús... Me abandono en tus brazos: allí dejo lo que tengo, ¡mis miserias!" Si no lo hiciera de este modo, ante la turbamulta de cosas que llevo dentro de mí, creo que me volvería loco. Abandonarme en Jesucristo, con todas mis miserias. Y lo que Él quiera, en cada instante, fiat!

Monstra te esse matrem.

Las monjitas creo que hacen muy bien sus ejercicios |235|.

El trabajo en aquel palacio episcopal, por los muchos sacerdotes refugiados que venían de la zona republicana, era grande. Las monjas, no obstante, se turnaban y preparaban las cosas de manera que no se perdían ni una sola de las pláticas que les daba don Josemaría: «Con qué impaciencia esperábamos sus meditaciones», dice una de ellas; «nos llenaban de deseos de enamorarnos más y más de Jesucristo. Yo nunca he tenido unos ejercicios espirituales semejantes: unos ejercicios que no olvidaré mientras viva y que me han servido siempre» |236|.

Al cabo de los años no todas recordaban los temas de sus meditaciones, pero sí el que frecuentemente apuntaban a la necesidad ineludible de buscar la santidad: «no recuerdo los temas concretos de las pláticas, pero siempre he tenido presente que no tengo más remedio que ser santa», refiere sor Ascensión. Se les quedaba a las ejercitantes, muy grabada, la fe palpable de don Josemaría en la presencia real del Señor. Se conmovían al observar cómo el sacerdote «se volvía hacia el Sagrario y hablaba con el Señor como si lo estuviera viendo: "Jesús, estoy loco de amor, haz que también ellas se vuelvan locas por el Amor tuyo"» |237|, le oían decir en alta voz.

Las virtudes del sacerdote les entraban por los ojos. La hermana Elvira, junto con la hermana Juana, se ocupaban de arreglar su habitación. Por la mañana encontraban deshecha la cama, pero de tal modo, que era evidente que el sacerdote había dormido en el suelo. En cuanto a la comida, sor Elvira recordaba que su único desayuno consistía en un dedo de café con leche, y nada más.

¡Virgen Santísima! Las monjas se hacían cruces al ver los costurones y remiendos que llevaba su sotana por la espalda. Don Josemaría era un santo, se decían. (Era auténtica pobreza, quién lo duda. Pero, sobre la pobreza, pesaba un desaguisado lamentable, que debía imputarse, no al sacerdote, sino a Pedro Casciaro y Paco Botella, confabulados en la fechoría). Y, antes de entrar en el triste percance de la rasgadura de la sotana, recojamos el compasivo testimonio de sor María Loyola: «Vivía en la más absoluta pobreza: sólo tenía una sotana y en cierta ocasión nos la dio para que se la cosiéramos; estaba hecha jirones: intentamos arreglársela lo mejor posible y con prisa, porque él se quedó en su habitación esperando a que terminásemos. La ropa interior la tenía tan rota que no había modo de meter la aguja en un trozo de tela que no estuviese "pasada", hasta tal punto que la Madre Juana decidió comprarle dos mudas» |238|.

La actuación de Pedro y Paco para obligar al Padre a comprarse en Burgos un sombrero nuevo fue todo un éxito. Se trataba del sombrero que don Marcelino le había dado. El uso, el sol y las lluvias lo dejaron en un estado lastimoso. Aprovechando, pues, unos momentos en que don Josemaría estaba en la calle, no se les ocurrió otra cosa que recortar unos trocitos con las tijeras, e irlos metiendo en los sobres ya preparados para enviar las hojas de Noticias al frente. De seguro que todos agradecerían esas reliquias del Padre. Pero don Josemaría, que no participaba de tales entusiasmos, después de soltarles una buena reprimenda, se compró otro sombrero.

La operación sotana, en cambio, fue todo un fracaso. La prenda tenía pocos meses, mucho uso, y estaba hecha de mal género. Puestos de acuerdo, en la primera ocasión en que el Padre echó la cortinilla y se retiró a su alcoba, dejando la sotana en el cuarto, Pedro y Paco se apresuraron a rasgarla por la espalda. Cosa nada difícil, pues la tela estaba pasada. E inmediatamente salieron deprisa para el cuartel de Los Pisones, con la esperanza de que el Padre se apresuraría a comprarse otra. Al volver encontraron al sacerdote recosiendo el rasgón, con sus cinco sentidos en la tarea |239|. No les dijo nada. Era el período más caluroso del verano y, al verle, muchos se preguntarían por qué salía a la calle don Josemaría con dulleta encima de la sotana.

* * *

El 26 de agosto regresaba a Burgos, para viajar de nuevo el 28 a Logroño, acompañado de Pedro, Paco y José María Albareda. Su cariño de Padre le llevaba a pasar unas horas con José Ramón Herrero Fontana, todavía convaleciente de una enfermedad. Dando un paseo por la ciudad, se despertaron en su alma viejos recuerdos de adolescencia, unos gratos y otros dolorosos: la ruina familiar y la salida de Barbastro, los estudios de bachiller, las huellas en la nieve de los pies descalzos de un carmelita... (Por cierto, al poco de llegar a Burgos, se encontró con el padre José Miguel en el convento de los carmelitas de Burgos) |240|.

El 3 de septiembre salió para Vitoria, y de allí para Vergara donde tenía que dar ejercicios espirituales a los sacerdotes de la diócesis. Los había preparado cuidadosamente y pedido a muchas personas oraciones y mortificaciones por los ejercitantes. El tema central de sus predicaciones era: Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Sobre ese retiro espiritual hay una breve anotación en sus Apuntes:

Vergara, 7 de septiembre, 1938. Estoy contento de los ejercicios. Hay cincuenta y cinco Srs. Sacerdotes, que escuchan con mucha atención y parecen muy recogidos.

La Ssma. Virgen me ayuda |241|.

No todos eran sacerdotes. Entre los asistentes habían algunos ordenandos, como Guillermo Marañón, el cual, como todos los demás, estaba pendiente de la palabra de don Josemaría. «Su amor a Cristo Sacerdote se traslucía en todas sus palabras», refiere el entonces seminarista. Y continúa: «Se le veía un hombre de vida interior muy intensa y elevada, que trataba de infundir en nosotros lo que ya en él era vida, experiencia, camino andado. En sus palabras, claras, ordenadas, cultas, se traslucía una fe coherente y muy profunda, eran "dardos encendidos"» |242|.

Con la misma fecha que la mencionada catalina del 7 de septiembre, envió una carta a sus hijos, hablándoles de los ejercicios en Vergara:

Es una tanda fervorosa: mi Madre Santa María —es un hecho objetivo— me mueve, para que les mueva. ¡Qué... ¡Madre! es la Señora! Decidle algo de mí, en el Pilar: besadlo, de mi parte. A veces, en las pobres almas atribuladas, parece que es lo único recio —ese Amor a la Virgen— que queda en pie. ¡Qué buena es! |243|.

* * *

La coherencia existente entre la vida interior y el comportamiento de don Josemaría, a que alude el ordenando de Vergara, era manifiesta. Porque así como la gente, en su modo de obrar, y hasta en la moda y convencionalismos sociales, revela gustos personales y tendencias íntimas, así también el Padre daba claras señales de lo que era su vida interior. Es decir, su unión con Dios y su encendimiento apostólico. De tal modo se cumplía en él esta regla, que su vida contemplativa se trasparentaba en la palabra, en los gestos y actitudes, dándose la mano con otras notas de su carácter para perfilar una personalidad maciza, un talante de una sola pieza.

La palabra, principalmente, era el medio con que expresaba los estados de su alma. Aquel: Jesús, estoy loco de amor, haz que también ellas se vuelvan locas por el Amor tuyo podía definirse como dardo encendido, que llenaba a las monjas de Vitoria en deseos de enamorarse del Señor. Y, por si no bastaba a mover las almas, el lenguaje del predicador venía arropado en el gesto, en el timbre de su voz —inconfundible, grave, vibrante, varonil—, en una amplia escala de tonos, en la rapidez del pensamiento y en la elocuencia de la exposición.

Don Josemaría, que poseía por naturaleza el don de la palabra, adquirió también maestría en el arte divino de tocar el alma del lector. Con la pluma en la mano, tenía gran facilidad de estilo y perfecto dominio de todas las capas del lenguaje, para vaciar fielmente en el papel pensamiento y afectos. Por necesidades apostólicas, se vio obligado a cultivar el género epistolar desde muy temprano, como hemos visto. Y si bien puede decirse que la personalidad de don Josemaría queda reflejada en sus cartas, no es menos cierto que existe una sutil armonía entre su temperamento y estados de ánimo, por una parte, y el instrumento material de la escritura por la otra. ¿Hasta qué punto ese instrumento, esto es, la pluma, se prestaba a dar plasticidad y tono a la palabra escrita del Fundador?

Parece ser que todo empezó el día en que estalló la revolución, al dejar en Ferraz 16 su vieja pluma. Usó otra distinta en el Consulado. Y, en la correspondencia de 1938, se alternan y suceden varias plumas. En consecuencia, hay más de una docena de cartas de ese año en que don Josemaría manifiesta su desazón al tener que manejar plumas extrañas, que no se acomodan ni a su puño ni a su carácter. Enseguida comienza a protestar y bromear contra ellas: Te estoy escribiendo —le dice a Paco Botella— con la plumita de José Mª, que me pone nervioso con sus finuras. Si no corre abundante la tinta por los anchos trazos, calificará a la pluma de desastre; y, si, por el contrario, deja caer algún borrón, dirá que tiene incontinencia |244|.

Su escritura es inconfundible. Por eso sorprende ver algunas cartas con renglones desiguales y letras débiles, como la que escribió un día, haciendo espera para obtener un salvoconducto. Dándose cuenta de ello, aclara, escribo con una pluma rota, más antipática que la espera |245|. Por sus manos pasó, sin embargo, alguna que otra buena pluma, de la que se desprendió generosamente al comprobar que alguno de sus hijos carecía de ella. A los pocos días del regreso de su peregrinación a Santiago de Compostela, después de haber perdido una pluma vigorosa, escribía a los de Burgos: comienzo a escribiros, con una plumica fina, fina [...]. ¡Paciencia! Debí haber nacido en épocas de pluma de ave, para tajarlas al estilo de mi necesidad |246|.

En Vergara, donde dio la tanda de ejercicios a los sacerdotes, se vio en la necesidad de pedir prestada una pluma para escribir una carta. Y, al ver su propia escritura, se sintió tan ruborizado como para tener que disculparse: ¡Vaya letrica mona, eh? Me han dado una plumita de abadesa bernarda, y ella —la pluma; no, la abadesa— tiene la culpa |247|. Y, en carta a Juan Jiménez Vargas, llegó hasta declinar toda responsabilidad en la grafía, despidiéndose con un: Me encuentro muy bien de salud: te lo comunico, aunque no te importe. La letra no es mía: es de la pluma |248|.

El que don Josemaría hiciera ocasionalmente uso de la máquina de escribir no pasa de ser algo anecdótico. Son contadas las cartas que escribió a máquina. La primera está fechada en Burgos, 7 de febrero de 1938, recién comprada la "Corona" para hacer las hojas de Noticias. Y da la impresión de que la escribió, en parte, para poder probar el artefacto y, en parte, para excitar la curiosidad de Juan Jiménez Vargas:

Jesús te me guarde. Sólo dos palabras, con esta vieja maquinita que nos hemos agenciado hoy mismo: ¿Cuándo podrás venir, hijo? |249|.

En su labor de dirección espiritual buscaba el Padre la confidencia y la cercanía. Le desagradaba el anonimato de la letra de molde |250|.

La predilección por la pluma y la tinta es reveladora, ya que muestra la concordancia entre los rasgos de su temperamento y los de su escritura. Él mismo nos explica en qué consiste esa conformidad. Ya sabes que mi letra es de trazos recios, le recuerda a Paco Botella |251|.

Por las manos de don Josemaría, manos finas, nerviosas y expresivas, se escapa la energía de su persona. No llegó a dársele bien la mecanografía |252|. Tecleaba laboriosamente a dos dedos. Cometía frecuentes errores, que borraba con goma o raspaba con una cuchilla de afeitar. «Invariablemente —cuenta Pedro Casciaro— se le rompía el papel»; y, a veces, se cortaba con la cuchilla. Algo parecido le ocurría cuando usaba lápiz, «apretaba tanto que se le rompía la punta» |253|.

Una escritura de trazos recios, si ha de ser armónica, exige tinta, letra grande y pluma fuerte. De ahí que, como la del Padre fuese gruesa y robusta, corría entre los suyos la broma de que escribía aposta con letras gordísimas para llenar pronto el papel |254|. No era así, ni de broma. Era, sencillamente, que no podía remediarlo. Un día de finales de marzo en que escribía a Ricardo sobre múltiples e importantes asuntos, luego de haber llenado de letra menuda toda una plana, violentándose a sí mismo para aprovechar papel, pasó a la otra cara y siguió escribiendo, con letras tan minúsculas que acabó rematándolas con una desfallecida exclamación: ¡Vaya letrita! Estoy asustado del esfuerzo. Y, a continuación, como quien se quita un peso de encima, una explosión de esa escritura suya, grande y singular:

¡Vaya!: ninguna cosa violenta es durable. Mariano, ¡a tus letrazas! Me hace falta una pluma a mi medida, como la que me robaron los rojos en Madrid. Algo de esta forma: [aquí el dibujo de un plumín grueso], y no la que tengo que usar: finita, como para que escriba una suave monja bernarda. Si se te presenta ocasión de adquirirme una, grande, como lanza de guerrero, y ancha, como estas ambiciones mías —que además son hondas— cómpramela |255|.

Se define a sí mismo como hombre de ambiciones grandes, anchas y hondas. Ímpetus apostólicos que encuadran en un marco de grandeza moral. Porque el Fundador soñaba a sus anchas con el día —escribe— en que la gloria de Dios nos disperse: Madrid, Berlín, Oxford, París, Roma, Oslo, Tokio, Zurich, Buenos Aires, Chicago... |256|.

Y, ¿esas ambiciones desmedidas, esos sueños de grandeza en ciernes, cómo se concertaban con la humildad? ¿Acaso podía perdurar sobre la soberbia ese futuro coloso apostólico asentado en cien naciones? ¿No sería preciso humillar los excesos del ánimo y recortar los vuelos de la fantasía?

Unos meses antes de dar rienda suelta a este pensamiento de expansión universal, haciendo un curso de retiro en Pamplona se vio por fuera. Y vio lo que consideraba faltas de omisión en el gobierno de la Obra, su poquedad de ánimo en ciertas ocasiones, por falsas consideraciones caritativas, y la necesidad de ejercitar la fortaleza. Entereza moral, firmeza de ánimo, que es, aunque muchos no lo crean, prima hermana de la verdadera y auténtica humildad. ¡Humildad, humildad, cuánto cuestas!, escribía don Josemaría. Y en un arranque, a renglón seguido, anotó en sus Apuntes: Es falsa humildad la que lleva a hacer dejación de los derechos del cargo. No es soberbia, sino Fortaleza, hacer sentir el peso de la autoridad cortando, cuando así lo exige el cumplimiento de la santa Voluntad de Dios |257|.

Otro de los cabos sueltos que le quedaban por atar era el modo de coordinar la excesividad de su cariño con la función severa de su autoridad. Así, por ejemplo, si alguno no quería perseverar en la vocación emprendida, no siempre hacía el Padre una cruda y exhaustiva exposición del caso y sus consecuencias ante el interesado, fuese por razones de educación, o de caridad, o por miedo a prolongar los malos ratos. Un día de 1938 en que uno de los suyos dejaba su vocación, don Josemaría se armó de fortaleza y estableció un método, que seguiría de allí en adelante.

El método, como cuenta por carta a Juan Jiménez Vargas, consistía en hablar a fondo de las causas y tropiezos que han desviado a un alma de su camino, tratando el asunto con el interesado, sin eufemismos y con total sinceridad:

Yo agoté la verdad, sistema que pienso seguir siempre; antes no lo seguía, por una razón humana (educación, politesse), otra sobrenatural (caridad)... y un poquito de miedo a prolongar los malos ratos. Ahora me he persuadido de que la verdadera finura y la verdadera caridad exigen llegar a la médula, aunque cueste |258|.

Pero, no había miedo a que pecase por excesiva severidad. ¿Acaso podía mudar su corazón? El Señor le había dado un corazón que se derretía en afectos:

Vitoria — 4-sepbre.-1938.

¡Jesús os guarde!

Cualquiera entiende al corazón: ¿queréis creer que, hasta última hora, anduve mirando a ver si llegabais antes de que arrancara el tren? Y ahora me queda el resquemorcillo de haber sido poco generoso con mi Señor Jesús, porque os dije que no vinierais a despedirme —y eso, siendo... malo, era bueno—, para después andar con el deseo de veros y charlar unos minutos y abrazaros.

[...] Intranquilo —pero con mucha paz—, por los de Madrid y por cada uno: no sabía este pobre clérigo que el pájaro loco, que lleva enjaulado en su pecho, tenía amplitud para que en él cupieran ¡tan ampliamente! cariños del cielo y de la tierra. ¡Corazón! Una vez, allá a mis dieciocho años (no lo contéis a nadie) escribía unos versos muy malos —es justicia— y los firmaba, poniendo en mi firma todas las vibraciones de mi vida, así: "El clérigo Corazón". No es extraño que afirme seriamente el Dr. Vargas que tengo no sé qué itis en esa víscera.

Ex toto corde os bendice y os abraza vuestro Padre

Mariano |259|.

Notas

231. Carta a sus hijos de Burgos, desde Ávila, en EF-380808-1. Cfr. Cartas a Mons. Santos Moro Briz, desde Vitoria, en EF-380803-1; y a Mons. Leopoldo Eijo y Garay, desde Burgos, en EF-380807-1. En Vitoria volvió a charlar, días más tarde, con don Eloy Montero, profesor de Derecho de Madrid: y me asegura que la tesis va muy bien (¡cobista!) y que, en quince días la despacharán en Madrid (Carta a sus hijos de Burgos, desde Vitoria, en EF-380819-1).

232. Carta a sus hijos de Burgos, desde Ávila, en EF-380811-1.

233. Carta a Ricardo Fernández Vallespín, desde Ávila, en EF-380810-1.

234. Carta a sus hijos de Burgos, desde Ávila, en EF-380808-1. Del paso a zona nacional de Álvaro del Portillo, Vicente Rodríguez Casado y Eduardo Alastrué Castillo, habla Isidoro en cartas del 25 de julio y 5 de agosto (IZL, D-1213, 386 y 388), diciendo que preparaban el viaje para «reunirse con el abuelo». Lo más probable es que no hubieran llegado todavía las cartas a sus manos, por esas fechas de primeros de agosto. Fue por entonces cuando surgieron dificultades para mantener correspondencia con Madrid, a través de Manuel Albareda, por el creciente volumen de las cartas. (¡Por Dios!: que no nos quedemos sin comunicación, por S. Juan de Luz, con los pobrecitos de Madrid, escribe el Fundador en Carta a sus hijos de Burgos, desde Vitoria, en EF-380822-1).

235. Apuntes, n. 1585, del 20-VIII-1938.

236. Ascensión Quiroga Barrena, RHF, T-04388, p. 4. En esta relación testimonial se recogen también, conjuntamente, las de otras religiosas de dicha comunidad.

237. Ibidem, p. 8. El testimonio es de sor Juana Quiroga Barrena.

238. Ibidem, p. 6; cfr. también Álvaro del Portillo, Sum. 373.

239. Cfr. Pedro Casciaro Ramírez, ob. cit., pp. 156-158; Francisco Botella Raduán, RHF, T-00159/1, p. 79. Hasta mediados de febrero de 1939 no se compró una nueva sotana (cfr. Carta a Pedro Casciaro Ramírez, desde Vitoria, en EF-390213-3).

240. Encontré a aquel P. José Miguel de Logroño, que fue mi confesor cuando yo tenía dieciséis años: muy contentos los dos (Apuntes, n. 1484, del 13-I-1938); y cfr. Francisco Botella Raduán, RHF, T-00159/1, p. 72.

241. Apuntes, n. 1586.

242. Guillermo Marañón Medrano, RHF, T-05228.

243. Carta a sus hijos de Zaragoza, desde Vergara, en EF-380907-3. Creo que ha sido la Ssma. Virgen quien ha dado las charlas: porque yo... (escribe a Mons. Santos Moro Briz, desde Vergara: EF-380909-1).

244. Cfr. Cartas a Francisco Botella Raduán, desde Jaca, en EF-380227-1; a Pedro Casciaro Ramírez, desde Burgos, en EF-381218-1; y también desde Burgos, a José María Albareda Herrera, en EF-390117-1.

245. Carta a sus hijos de Burgos, desde Zaragoza, en EF-380511-1. Cfr. también Apuntes, nota 1087; y EF-381005-1 (no se conoce el destinatario de esta carta).

246. Carta a sus hijos de Burgos, desde Ávila, en EF-380808-1.

247. Carta a Antonio Rodilla Zanón, desde Vergara, en EF-380907-2.

248. Carta a Juan Jiménez Vargas, desde Burgos, en EF-381105-6.

249. Carta a Juan Jiménez Vargas, desde Burgos, en EF-380207-3. En la carta original hay un lapsus, ya que va fechada el 7 de enero de 1938.

250. Más intolerables aún se le hacían las plumas con trazo de señorita:

Mi muy querido Ricardo —le escribe el 22 de junio—: sin más plumas a mano que esas de trazo poco vigoroso, incompatibles con mi temperamento, me decido a ponerte estas letras a máquina, como mal menor, porque tampoco me resulta agradable escribir a mis hijos con letras de molde americano (Carta a Ricardo Fernández Vallespín, desde Burgos, en EF-380622-1).

251. Cfr. Carta a Francisco Botella Raduán, desde Jaca, en EF-380227-1.

252. En julio ya tenían una nueva máquina de escribir, traída por un hermano de José María Albareda. Pero si la utilizó el Padre fue porque había vuelto a perder su pluma. Cfr. Carta a Enrique Alonso-Martínez Saumell, desde Burgos, en EF-380726-1.

253. Cfr. Pedro Casciaro Ramírez, ob. cit., p. 170.

254. Cfr. Carta a José María Albareda Herrera, desde Burgos, en EF-380429-1.

255. Carta a Ricardo Fernández Vallespín, desde Burgos, en EF-380327-2. Esta carta, sin fecha, probablemente es de finales de marzo de 1938.

256. Carta a Emiliano Amann Puente, desde Burgos, en EF-380407-1.

257. Apuntes, n. 1436, del 21-XII-1937.

258. Carta a Juan Jiménez Vargas, desde Burgos, en EF-381013-3; cfr. también Carta a Ricardo Fernández Vallespín, en EF-381013-1. No es que al Fundador le faltase fortaleza en estos casos particulares de gobierno de la Obra sino que, dejándose influir por las razones expuestas, no agotaba, hasta el límite, aquellos recursos que resultarían una demasiado amarga verdad para el interesado. Cfr. Cartas a Miguel Sotomayor Muro, desde Burgos las dos, en EF-380408-7 y EF-380502-7.

259. Carta a sus hijos de Zaragoza, desde Vitoria, en EF-380904-2.