Viajante de mi Señor Jesucristo

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo II. Andrés Vázquez de Prada

Los proyectos a medio plazo que se había fijado el Fundador se extendían hasta la terminación de la guerra, hasta que llegara el momento de entrar en Madrid. Don Josemaría era de los muchos optimistas, aunque a veces no lo viera claro, para quienes el final de la contienda resultaba ahora casi inmediato |71|. Motivo que le urgía a emprender una fecunda campaña apostólica a fin de contar con más almas y medios materiales para recomenzar otra vez en Madrid. Señor, ¡danos cincuenta hombres que te amen sobre todas las cosas!, pedía ante el sagrario. Necesito un milloncejo —escribía al Obispo de Vitoria—, además de cincuenta hombres que amen a Jesucristo sobre todas las cosas |72|. Pero como no le iban a venir mansamente a las manos ni las vocaciones ni las pesetas, se preparó para lanzarse en su busca.

Al proyecto inmediato de hablar con cada uno de sus hijos, se agregó éste de la campaña apostólica. Preveía que sus viajes serían largos y complicados, como escribe a Ricardo el 31 de diciembre de 1937: me han prometido un salvoconducto muy amplio, para que pueda ver con facilidad a toda mi familia: voy a viajar más que un camionista |73|. Mentalmente don Josemaría se fue haciendo un itinerario al que incorporó también otras finalidades, como la de visitar a todos los Obispos para irles dando a conocer la Obra.

En estos días —anunciaba a los Obispos de Pamplona y Administrador Apostólico de Vitoria— saldré para Palencia, Salamanca y Ávila. Después iré a Bilbao... ¡Estoy hecho un... viajante de mi Señor Jesucristo! |74|.

Acababa de recibir el 15 de enero una efusiva carta de Morán, el Vicario General de Madrid. La tan esperada respuesta era el empujón que le faltaba para embarcarse en aquellos sufridos trenes y autobuses de tiempos de guerra, y emprender su recorrido de viajante de Cristo: «No puede V. figurarse —le escribía el Vicario— la gratísima sorpresa que me ha dado... ¡Gracias a Dios, se encuentra V. entre nosotros!... a trabajar en su Obra predilecta, que si siempre fue necesaria, mucho más lo ha de ser en la post-guerra» |75|.

Unos días antes, como para abrir camino, le llegó una limosna de 1.000 pts. Estaba ilusionado con el viaje. Tenía puestas en él muchas esperanzas, convencido de que la labor apostólica iba a dar con ello un considerable estirón. En vísperas del viaje recitaba con entusiasmo las etapas del itinerario a Manolo Sainz de los Terreros:

Pasado mañana —¡viajante de mi Señor Jesucristo!— emprendo este viaje: Burgos-Palencia; Palencia-Salamanca: Salamanca-Ávila: Ávila-Salamanca: Salamanca-Palencia: Palencia-León: León-Astorga: Astorga-León: León-Bilbao: y... qué sé yo: a lo mejor, tengo que largarme a Sevilla.

No hay como ser pobre de Solemnidad, para recorrer el mundo |76|.

Era tanto el alborozo que, escribiendo a Isidoro, le anticipa el éxito del viaje:

El abuelo anda correteando que es un gusto: mañana sale, para seis u ocho capitales. A pesar de todo, el pobrecito se está poniendo gordo.

[...] ¡Ah! Ese correteo lo hace solo, el abuelito; y dice que va a volver con mucho dinero que le dará D. Manuel, para arreglar su casa de París. ¡Ojalá sea así! |77|.

Tal era el tono jovial y emprendedor del viajante de mi Señor Jesucristo. Pero, veamos, en sus Apuntes, cómo andaba por dentro:

[...] determino emprender un viaje algo pesado, pero necesario.

Por mi gusto, me encerraría en un convento —¡solo! ¡solo!— hasta que acabara la guerra. Mucha hambre de soledad. Pero, no mi voluntad, sino la del Señor: y debo trabajar y fastidiarme, bien lejos del aislamiento. —Tengo también deseos grandes de marcharme de Burgos |78|.

Este agudo sentimiento de soledad era hambre de saciarse a solas de Dios. Se veía, en cambio, obligado a trajinar de un lado a otro, molido y sin descanso.

El 19 de enero, luego de celebrar a las seis y cuarto en las Teresianas, como solía, tomó el autobús para Palencia. Preguntando llegó al palacio episcopal. El Prelado se quedó atónito al verle. «¡Es otro hombre!», le decía a su secretario. No se habían encontrado desde antes de la guerra. Charlaron cordialmente de sus cosas. Después de la visita tomó don Josemaría el tren para Valladolid. Al día siguiente celebró en las Teresianas una misa por don Pedro Poveda, y trató de localizar en esa ciudad a la familia de Jacinto Valentín Gamazo, un fiel de la Obra muerto en el frente del Alto de los Leones |79|.

El 21 de enero, ya en Salamanca, dijo misa en la casa de formación de las Teresianas. Tuvo allí una larga conferencia con Pepa Segovia y, de acuerdo con ella, hizo un programa de asistencia espiritual a las Teresianas.

El 22 de enero dejó Salamanca. Llegó a Ávila con tiempo para decir misa: Celebro por D. Pedro (¡cómo se reirá desde el cielo! Este bobo, ¡haciéndome sufragios!, dirá), en las Teresianas. ¡Gran acogida! |80|.

Cordialísima y larga charla con el Obispo de Ávila, don Santos Moro, a quien explica la Obra (Lo entiende todo, anota en sus Apuntes). Por la tarde, vuelta a Salamanca. Su gran sorpresa fue que, al siguiente día, cuando preparaba el plan de retiro que iba a dar a las Teresianas, se presentó allí Ricardo, que venía del frente; por lo que retrasó inmediatamente el programa, en vista de que el permiso que traía era tan sólo de dos días. (Todo el día con Ricardo, pensando en todos, resume en una catalina) |81|.

Paulatina e imperceptiblemente, conforme señala don Josemaría los jalones de ese agotador itinerario, va dejando un rastro inquietante de síntomas, que empiezan con desganas y leves cansancios, para acabar en notas alarmantes. Siguen unos extractos de sus Apuntes:

Día 25 de enero. Doy un retiro a las Teresianas, con poca gana pero con muy buena voluntad |82|.

Burgos, 28 de enero: Vida ordinaria. Acatarrado |83|.

Vitoria, domingo, 30: Muchas ganas de soledad. Y verme a mí mismo como una pelota, que va, impulsada por mi Padre-Dios, de pared a pared, tan pronto golpeado con el pie como recibiendo una caricia de sus manos... |84|.

Bilbao, 1 de febrero: Hoy hemos danzado mucho [...]. Estoy completamente afónico. No puedo hablar. Me vuelvo mañana a Burgos, a curarme. Me encuentro flojo. He engordado algo, y estoy peor que cuando vine. Me mareo, en cuanto comienza a moverse el auto en que voy. Estoy hecho una ruina: pero no lo contaré a nadie |85|.

Burgos, 2 de febrero: Llego a Santa Clara 51, y no me muevo de casa. Gargarismos, compresas, pañuelo al cuello, etc. ¡Contento de mi estancia en Bilbao! Espero que dará fruto |86|.

Día 3 de febrero: Me levanto tarde [...]. No puedo decir Misa |87|.

4 de febrero: Mala noche. Tos y pastillas. Y tampoco puedo decir la Santa Misa |88|.

Era de esperar que el mal fuese ligero, que se le pasase con unos días de reposo. No fue así. Empeoraba. Guardando cama recibió carta del Vicario de Madrid, Sr. Morán, que le citaba para el 10 de febrero en Salamanca. Derrengado, y completamente afónico, apunta el día 8: Sigo afónico. Mañana he de ir a Salamanca [...]. No sé si acostarme |89|. Pudo más su diligencia, pero tuvo que cortar el viaje y pasar la noche en Medina del Campo, sin dormir apenas y con mucha fiebre. Se rehizo y consiguió llegar a su destino. Almorzó en Salamanca con don Francisco Morán y charlaron de la Obra largo y tendido. Hizo don Josemaría al Vicario un recorrido mental de su vida en Madrid, de la evasión, del apostolado en los frentes y en la retaguardia, de sus visitas a los Prelados... Le leyó la Carta Circular. Le habló de sus ejercicios espirituales y de su vida interior. Quedaba así don Francisco enteramente al corriente de la Obra y no sólo de su historia externa. Recordaron los tiempos de la República, cuando don Josemaría no estaba aún incardinado en Madrid y trataba de hacerse entender, para conseguir licencias ministeriales. Comentaron luego los diez años de labor que llevaba la Obra, y el Vicario se reía con toda su alma cuando le preguntó don Josemaría: ¿qué me habría dicho, si en 1928 le hubiera yo ido a decir —"necesito quedarme en Madrid, porque Jesús quiere que haga una Obra muy grande"? |90|. El 11 estaba de regreso en Burgos, donde le aguardaba una carta cariñosísima del Obispo de Madrid, en la que le decía don Leopoldo:

«Muy querido D. José Mª:

Me alegró mucho su carta del 10 de enero, y se la agradezco de corazón. Ya Morán me había dado la alegría inmensa de hacerme saber que se había usted librado de la zona roja, y que Dios N.S. nos lo había conservado para continuar haciendo tanto bien. Perdóneme que no le haya contestado antes; he estado enfermo, y me voy reponiendo lentamente, pero con grande retraso, como es natural, en la correspondencia», etc. |91|.

Con tan buena noticia se rehizo del todo don Josemaría. Del 15 al 17 de febrero viajó por León. De camino se entrevistó con varias personas y con el Obispo de Astorga. Había ido, sobre todo, a ver a don Eliodoro Gil, a quien conocía desde 1931; este sacerdote frecuentaba la Academia DYA de la calle de Luchana y posteriormente la residencia de Ferraz. Ahora estaba de párroco en León. Contento del viaje: logré lo que me proponía con Espinosa y Eliodoro —no puntualizo—, escribe en sus Apuntes. A Espinosa de los Monteros le habló de su posible vocación a la Obra; y don Eliodoro se comprometió a tirar a multicopista las cartas circulares, que le enviaría desde Burgos, para repartirlas luego entre los suyos, por los frentes de guerra. Además, este buen sacerdote le pagó el hotel, le regaló unos dulces y de añadidura le hizo una buena limosna |92|.

Me acuesto pronto, porque estoy reventado |93| —continúan los Apuntes—. Sábado 19 de febrero. Gris. Catarro. Poco que decir |94|. El domingo 20 salió para Zaragoza. Pasa por Calatayud.

Lunes 21 de febrero. Al Pilar. Es la primera visita que hacemos en Zaragoza. Luego, a las Teresianas. Después, al médico: porque sigo con fiebre, dolor de garganta y echando sangre |95|.

Nuevas visitas y desplazamientos. Se entera de que Enrique Alonso-Martínez está hospitalizado en Alhama de Aragón. Allá va. Vuelta a Zaragoza. Ida a Pamplona. De allí a Jaca, a ver a José Ramón Herrero Fontana. (El "benjamín" de la familia le llamaba el Padre poco antes de estallar la guerra). Regreso a Pamplona. Después, San Sebastián. Más visitas. Más asuntos que tratar. El 2 de marzo, Miércoles de Ceniza, regresaba a Burgos, cansado; muy cansado y con fiebre. El jueves seguía con fiebre. El viernes guardó cama.

Desde este punto, su propósito —tan bien cumplido— de escribir catalinas casi a diario, se interrumpe. Día 10, de marzo, jueves:

No he escrito catalinas desde hace varios días. Mucho podía escribir [...].

Me veo como un pobrecito, a quien su amo ha quitado la librea. ¡Sólo pecados! Entiendo la desnudez sentida por los primeros padres. Y mucho he llorado: mucho he sufrido. Sin embargo soy muy feliz. No me cambiaría por nadie. Mi gaudium cum pace, desde hace años, no lo pierdo. ¡Gracias, Dios mío! [...]

No puedo hacer oración vocal. Me hace daño, casi físico, oír rezar en voz alta. Mi oración mental y toda mi vida interior es puro desorden. De esto hablé con el Obispo de Vitoria, y me tranquilizó.

Hoy le escribiré. —O.c.P.a.I.p.M. |96|.

Lunes 21 de marzo. Muchos días sin escribir Catalinas [...].

Me han visto, en estos días, tres médicos. Se empeñaron los chicos [...].

Hoy ha venido D. Antonio Rodilla. ¡Qué buen amigo es! Le he dado cuenta de mi alma: desnudez de virtudes, un montón de miserias: no hago oración vocal, apenas: creo que no la hago mental: desorden. No sufro la oración vocal: hasta me duele la cabeza de oír rezar en voz alta. Desorden. Pero sé que amo a Dios. Sí: y que me ama. Soy desgraciado, porque soy pecador y desordenado y no tengo vida interior. Querría llorar, y no puedo. ¡Yo, que he llorado tanto! Y, a la vez, soy muy feliz: no me cambiaría por nadie. —Le conté esto y otras cosas a D. Antonio. ¡Ese cuarto de hora eterno de acción de gracias, mirando continuamente al reloj, para que se acabe! ¡Qué pena! Y, sin embargo, quiero a Jesús sobre todas las cosas. —Después dije a D. Antonio que me parecía que le engañaba y que me movía a hablar la soberbia. Me consoló y dijo que voy bien |97|.

Las anotaciones siguientes son como lágrimas sueltas en un mar de amarguras:

Abril, viernes Santo, día 15: Se ha ido el tiempo sin que me fuera posible escribir estas Catalinas. [...] No digo nada de mi estado de ánimo actual.

Día 4 de junio de 1938, vísperas de Pentecostés. Casi dos meses sin escribir. Procuraré desde ahora, en lo posible, hacer diario. ¡Catalinas! |98|.

* * *

¿Hasta qué punto se daba cuenta el Fundador de que estaba siendo sometido a durísima prueba? Cabe afirmar, al menos, que aquella enfermedad que le llenaba la boca de sangre era un mal doloroso y extraño. (Nunca se supo con certeza si de garganta o pulmón, pues la enfermedad era de una etiología rara y evasiva). Don Josemaría la había recibido pacientemente, con el angustiado temor de no poder continuar al lado de sus hijos, caso de tratarse de tuberculosis contagiosa. Por consejo médico comenzaron a ponerle inyecciones para el pulmón, pero el sacerdote pensaba que, si estaba realmente tísico, el Señor le curaría para seguir trabajando |99|. Haz el favor de no hablar de mi enfermedad, que ya no existe, escribía muy de veras a Ricardo |100|. Nada de particular había hallado el especialista en los pulmones; pero ya por entonces se había percatado don Josemaría de que aquella singular enfermedad había jugado el papel de preludio para dar entrada al recrudecimiento de sus purificaciones pasivas.

En efecto, con los síntomas de la enfermedad coinciden, en cuanto a las fechas, las dos catalinas —de marzo de 1938— en que el sacerdote, a corazón abierto, manifiesta su estado interior. Y, ¿por qué misteriosa causa aparecen, de repente, estas aisladas y formidables catalinas en la vasta soledad de las fechas de sus Apuntes? ¿Era consciente don Josemaría de que se hallaba en medio de un proceso de mística purificación?

Acerca de dicha cuestión existe un dato, mínimo ciertamente, pero que constituye un indicio revelador, que nos pone sobre una pista recta. Y el dato es éste: ¿no es extraño que después de un prolongado mes sin anotaciones nos demos, de buenas a primeras, con una inquietante confesión?: Me veo como un pobrecito, a quien su amo ha quitado la librea, leemos |101|. Poética imagen, a la vez espontánea y meditada, con la que rompe el silencio. Imagen inspirada quizá en San Juan de la Cruz, como se verá por lo que sigue. Muy a propósito para despachar de un plumazo, como es estilo del Fundador, el estado de su alma. Pues bien, el místico castellano nos desentraña su sentido al declarar

Notas

71. En una carta a Isidoro menciona el haberse encontrado con la madre de Álvaro del Portillo, doña Clementina Diez de Sollano, y ante las gestiones que se estaban haciendo para que Álvaro saliera de Madrid por vía diplomática como ciudadano de México, comenta a Isidoro: aunque veo que serán inútiles; porque llegaré yo antes a América y arreglaré personalmente el asunto (cfr. Carta a Isidoro Zorzano Ledesma, desde Burgos, en EF-380203-1).

Y, abiertamente, en carta a don Francisco Morán Ramos, con el pensamiento puesto en la toma de Madrid, le dice: se me ocurre ofrecerme reiteradamente a mi Padrecico, el Sr. Vicario, para ir a nuestro Madrid a trabajar, con los primeros que vayan. Para esto, será menester tener dispuestos los documentos convenientes [...]. Le ruego, mi Sr. Vicario, que acepte mis pobres servicios, con tan buena voluntad ofrecidos, y me proporcione el oportuno documento, para no encontrar dificultades cuando llegue la deseada conquista de Madrid (Carta desde Burgos, en EF-380303-3). Cfr. también Cartas a Enrique Alonso-Martínez Saumell, desde Burgos, en EF-380327-1 y EF-380425-2.

72. Apuntes, n. 1483, del 12-I-1938; Carta a Mons. Francisco Xavier Lauzurica Torralba, desde Burgos, en EF-380206-1. Peque —escribía a uno de los suyos—: dile al Señor que necesitamos... ¡un milloncejo..., y cincuenta hombres que le quieran sobre todas las cosas! Sin embargo, ¡qué bueno es no tener una peseta! Pero... hay que insistir en la petición. ¡Ah! Y además, un coche: sí, un Chrysler pequeño, por ejemplo. Conste que le pido esto al Señor, mientras te escribo, con aquella confiada esperanza que me llenaba el alma entera, cuando de chico escribía a los Reyes Magos. Veremos. ¡Veremos! (Carta a Enrique Alonso-Martínez Saumell, desde Burgos, en EF-380204-1).

73. Carta a Ricardo Fernández Vallespín, desde Pamplona, en EF-371231-3.

74. Carta a Mons. Francisco Xavier Lauzurica Torralba y a Mons. Marcelino Olaechea Loizaga, desde Burgos, en EF-380116-2. Pienso emprender —dice en una catalina del 17 de enero— el primer viaje de trabajo —de tanteo—, pasado mañana. Acabaré, D.v., en Bilbao; a donde iré a pedir limosna. Sancti Angeli Custodes nostri!... (Apuntes, n. 1494).

75. Carta de don Juan Francisco Morán Ramos. Cfr. Carta a Mons. Francisco Xavier Lauzurica Torralba y a Mons. Marcelino Olaechea Loizaga, desde Burgos, en EF-380116-2; cfr. también Apuntes, n. 1490, del 15-I-1938.

76. Carta a Manuel Sainz de los Terreros Villacampa, desde Burgos, en EF-380117-3.

77. Carta a Isidoro Zorzano Ledesma, desde Burgos, en EF-380118-1.

78. Apuntes, n. 1494, del 17-I-1938.

79. Cfr. ibidem, nn. 1499-1501, del 19 y 20-I-1938; y Carta a Jacinto Valentín Gamazo (padre), desde Burgos, en EF-380204-7. Más adelante, en marzo de 1939, estuvo con esta familia, en el Boecillo, y celebró una Misa en sufragio por el alma de su hijo Jacinto (cfr. RHF, D-04691).

80. Apuntes, n. 1505; cfr. ibidem, n. 1503, del 21-I-1938, n. 1506, del 22-I-1938, y n. 1508, del 23-I-1938.

Existen dos cartas de don Josemaría dirigidas a la Srta. Dña. Josefa Segovia Morón, de la Institución Teresiana, con posterioridad a la entrevista de Salamanca. En una de ellas —Burgos 3 de marzo de 1938— le dice: Voy, corriendo, de la Ceca a la Meca: si encuentro hijas de D. Pedro, les espeto una plática... Así, tres veces en Bilbao, en Valladolid, en Ávila, en León y Astorga, en San Sebastián, en Zaragoza... ¿Le parece bien?

Si no me lo aprueba explícitamente, me hago mudo (en EF-380303-4).

Don Josemaría procuraba, de acuerdo con el plan propuesto, confortar a las hijas de don Pedro, que estaban profundamente apenadas por la muerte de su Fundador.

¿Qué le puedo yo negar a Pepa Segovia? Le he dicho que voy a llamarla siempre "hermana mía", mi buena hermana. Esto escribía en una catalina del 25 de enero de 1938 (cfr. Apuntes, n. 1510).

81. Apuntes, n. 1506, del 22-I-1938, y n. 1509, del 24-I-1938.

82. Ibidem, n. 1510.

83. Ibidem, n. 1514.

84. Ibidem, n. 1517.

85. Ibidem, n. 1520.

86. Ibidem, n. 1521.

87. Ibidem, n. 1522.

88. Ibidem, n. 1523.

89. Ibidem, n. 1530; cfr. también nn. 1531 y 1534, del 9 y 10-II-1938. El día 9 salgo otra vez para Salamanca. ¡Qué poquitas ganas tengo de esta danza! De buena gana me encerraría en un convento, a orar y a hacer penitencia, hasta que se acabara la guerra... Pero sería la primera ocasión en que hiciera mi voluntad, y, naturalmente —mejor— sobrenaturalmente, tampoco ahora la haré (cfr. Carta a Juan Jiménez Vargas, desde Burgos, en EF-380207-3).

90. De la conversación mantenida el 10 de febrero de 1938 con el Sr. Vicario General de Madrid, hay nota manuscrita del Fundador, que comienza: Todo lo que diga de cariño, para la Obra y para mí, es poco. Con verdadero entusiasmo, habló el Sr. Morán de todo lo nuestro, como si fuera cosa suya, y a continuación hace un recordatorio de los temas tratados (cfr. AGP, RHF, AVF-0020).

91. El original, en RHF, D-15226/1. La carta está fechada en "Vigo, 9-II-1938".

92. Cfr. Apuntes, nn. 1540 y 1543, del 15 y 17-II-1938.

93. Ibidem, n. 1544, del 18-II-1938.

94. Ibidem, n. 1545.

95. Ibidem, n. 1547.

96. Ibidem, nn. 1566-1567. O.c.P.a.I.p.M. (Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam).

97. Apuntes, nn. 1568-1569. Don Antonio Rodilla Zanón nació en 1897; ordenado sacerdote en 1921. Director del Colegio de San Juan de Ribera de Valencia (1923 a 1939). Vicario General de esa diócesis (1938 a 1944) y Rector del Seminario Mayor de 1939 a 1969. Canónigo de Valencia y Prelado de Honor de Su Santidad (1972). Murió en 1984.

98. Apuntes, nn. 1572, del 15-IV-1938, y 1573, del 4-VI-1938.

99. Cfr. Carta a Juan Jiménez Vargas, desde Burgos, en EF-380323-1.

100. Carta a Ricardo Fernández Vallespín, desde Burgos, en EF-380327-2.

101. Apuntes, n. 1567, del 10-III-1938.