En Andorra

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo II. Andrés Vázquez de Prada

Los fugitivos allí presentes, antes de despedirse, rezaron juntos la Salve. En grupos separados, sintiendo bajo la pisada la igualdad del suelo, tomaron el camino hacia Sant Juliá de Loria. Iban rezando el rosario cuando llegó a sus oídos el grato tañido de unas campanas, que les produjo, de golpe, esa indescriptible sensación de quien recobra la libertad y se despoja del miedo. Deo gratias!, Deo gratias!, repetía para sí el Padre esa mañana del 2 de diciembre de 1937 |214|.

A la entrada del pueblo los gendarmes franceses les detuvieron, registrando sus nombres como "refugiados políticos". Desayunaron en un bar café con leche y queso con pan, blanco, esponjoso, calentito. Pidieron que les abriesen la iglesia —la primera iglesia no profanada que habían visto desde 1936—, e hicieron la visita al Santísimo Sacramento. (No podía don Josemaría decir misa a causa de las normas litúrgicas sobre el ayuno entonces vigentes) |215|.

A media mañana se habían instalado ya en el Hotel Palacín de Les Escaldes, a un paso de la capital del Principado, Andorra la Vieja. Por la tarde se fueron todos juntos a Andorra, a poner un telegrama al hermano de José María Albareda, que residía en San Juan de Luz, a ocuparse de los requisitos de vacunación y a hacerse las fotos que les exigían los gendarmes para tramitar el salvoconducto. De repente el corazón le dio un brinco a don Josemaría al ver una sotana en medio de la calle. Mosén Luis Pujol, que caminaba en dirección contraria a la suya, vio a su vez que se le acercaban seis u ocho hombres, muy mal trajeados y con el calzado roto. «Del grupo —refiere— se adelantó una persona que, con los brazos abiertos, me saludó al tiempo que decía: ¡Gracias a Dios que vemos un cura!» |216|. Aquel abrazo fue el comienzo de una perdurable amistad entre mosén Luis Pujol y don Josemaría, que aprovechó ese primer encuentro para informarse sobre dónde podía decir misa al día siguiente.

Enviado el telegrama y hechas las otras gestiones, escribió una tarjeta al Cónsul de Honduras, Pedro de Matheu Salazar, que era tanto como notificarlo a todos los suyos en Madrid:

Escaldes (Andorra) — 2-Dic.-937.

Mi estimadísimo amigo: antes de volver al Pacífico, donde veré a José Luis, he querido visitar este simpático Principado de Andorra, ya que, por la situación de España, no me atrevo a llegar hasta Madrid. Mañana saldré, con mi hermano Ricardo y el resto de la familia, para S. Juan de Luz. Póngame a los pies de Mila y Consuelito.

Le abraza

Josemaría |217|.

Luego se volvieron al hotel. Cenaron y se fueron a la cama, con la loable intención de rezar el santo rosario antes de dormirse, como les había dicho el Padre haciéndose cargo de que se caían de sueño. («Creo —escribe el cronista— que nadie llegó a empezarlo. Lo que me extraña es que no nos durmiéramos quitándonos las alpargatas») |218|.

Celebró el Padre por la mañana en la iglesia de Les Escaldes, no "a hurtadillas y en secreto", como venía haciendo en Madrid y Barcelona, sino con el decoro que prescribe la liturgia. Fue una misa de largos e inolvidables mementos. Sin cesar venía al pensamiento del celebrante, con la persistencia rítmica del oleaje en las rompientes, la memoria de los que habían quedado atrás. Antes de acercarse al altar pidió que se les encomendara al Señor; y durante la misa, en el memento de vivos, y en el de difuntos, se detuvo largo espacio. (En el de vivos entraba también el Obispo Administrador Apostólico de Vitoria, que celebraba ese día la fiesta de su santo —Francisco Javier—, y a quien envió un telegrama de felicitación) |219|.

Llegó el esperado telegrama de San Juan de Luz, enviado la noche anterior y firmado por Pilar, marquesa de Embid, y cuñada de José María Albareda. Decía así: «Jacques Not irá a recogerlos mañana». Toda la tarde estuvieron esperando el coche con impaciencia; pero el coche no apareció. Quien sí apareció fue José Cirera, el guía, que no había podido volverse a España. Veinticuatro horas de retraso y la expedición de fugitivos hubiera fracasado. Fuertes ventiscas de nieve habían cegado los pasos de montaña. En cuanto a las peripecias de la última marcha nocturna, el guía les contó ahora los peligros pasados; y cómo tuvo que cambiar de ruta, porque en uno de los vados que iban a cruzar les esperaban los carabineros.

Ese día el Padre escribió a Isidoro, con cautelosos rodeos ante la censura:

Escaldes (Andorra) — 3-Dic.-1937.

Mi gran amigo: Molesto me encuentro contigo porque no me has contestado a las dos cartas que te escribí: en octubre, desde Praga; y, desde París, a mediados de noviembre, la segunda.

Hoy, aprovechando el haber venido, en excursión deportiva con unos amigos, a este Principado de Andorra, he querido dedicarte esas líneas y rogarte que me escribas a casa de mi primo. Por si no la recuerdas, su dirección es: "Señor Álvarez. Hotel Alexandre. San Juan de Luz. (Francia)". Bastará que encabeces la carta a mi nombre: él me la mandará donde yo me encuentre. ¡Me gusta tanto viajar!

Mi familia, con estupenda salud y siempre contentos.

Cariñosos saludos a tus hermanos. Lo que quieras a la abuela y a los tíos.

Te abraza

Mariano

Hoy o mañana saldré para casa de mi primo (S. Juan de Luz), porque me ha enviado su coche. Muchos abrazos |220|.

Puntualmente se refieren en el Diario los sucesos de aquellos días: «Día 4 de Diciembre de 1937 (Sábado). Son las siete de la mañana y está nevando, cuando comienzan nuestras actividades de este día. El paisaje que nos rodea, cubierto de nieve, se nos muestra hoy en un aspecto distinto de su belleza. Los altos picachos, vestidos de blanco, tienen una hermosura más elegante, menos rústica» |221|.

Hay un kilómetro desde el hotel a la iglesia de Andorra, donde celebró misa el Padre para los suyos, y a ella asistieron también cinco jóvenes de entre los compañeros de evasión. El Padre va intimando con mosén Luis, quien le invita a desayunar en su casa y le lleva después a visitar a los benedictinos de Montserrat, que están en el Colegio Meritxel.

No cesa de nevar. Se ve que la expedición había cogido milagrosamente la delantera a la nevada. Todo el mundo habla, con insistencia, de que el puerto de En Valira está cerrado y no se puede pasar a Francia. Es un grave contratiempo. ¿Estará esperando el coche al otro lado del puerto?

Dedican la tarde a la correspondencia. Tarjetas en castellano, en francés, en inglés. Se escribía a parientes, amigos y conocidos; para hacerles saber, con exquisita discreción, si es que se hallaban en zona republicana, que ellos estaban fuera. La tarjeta que Tomás Alvira y el Padre enviaron a su amigo Pascual Galbe Loshuertos, fiscal por la Generalitat, era muy breve y no le comprometía: «Un abrazo»; y, firmado: «Josemaría — Tomás» |222|.

Aprovecharon para poner al corriente el Diario del paso de los Pirineos. Cada día se encargaba uno de ellos de escribir lo correspondiente a la jornada de turno, cosa que seguían haciendo aún. Pero como durante las marchas nocturnas habían tomado solamente unas notas brevísimas de las peripecias, ahora, con el esfuerzo de todos, tuvieron ocasión de extenderse y completarlas |223|.

De resultas de las marchas por terreno escabroso, con las alpargatas destrozadas, Manolo traía llagados los pies y no podía andar. Para desplazarse de Andorra a Les Escaldes, que estaba a un paso, tenía que ir en coche. Y al Padre, que presentaba las manos doloridas y tumefactas, Juan le dio unas fricciones de salicilato, creyendo que era reuma. A los dos días, viendo que aumentaba la hinchazón, observó que las tenía acribilladas de pinchos de los matorrales a los que se iba agarrando al trepar o al resbalarse por el monte. Con infinita paciencia le extrajo hasta treinta puntas de espino |224|.

Pasaron cinco días a merced del tiempo. Las esperanzas se les iban y se les venían. El coche enviado por el hermano de José María Albareda no llegaba. Continuaba nevando. El 6 de diciembre amaneció un día esplendoroso. Al mediodía, al bajar al comedor, un señor les anunció que mañana por la tarde todos los refugiados podrían salir en autobús, juntamente con otros de la expedición. Y, a la hora de cenar, volvió a aparecer aquel buen señor para anunciarles que, debido a la enorme cantidad de nieve acumulada en el puerto, no se podría pasar hasta dentro de dos o tres días. El día 7 cesó la nieve y comenzó a lloviznar. Un aldeano que había pasado el puerto les llevó unas cartas escritas en Hospitalet, el pueblo francés donde les esperaría el coche. Se aclaran los malentendidos |225|. No era un coche de San Juan de Luz sino un taxista de Hospitalet quien debía haberles recogido. Pero como el taxista retrasó su salida, al día siguiente se encontró con que la nieve había interrumpido el paso por el puerto.

Si el aldeano que trajo las cartas había podido cruzar el puerto, ¿por qué no iban a poder pasarlo ellos en dirección contraria? También pensaron en alquilar un auto-oruga, pero el del refugio de alta montaña no funcionaba. Se consultó a los gendarmes; los cuales insistieron en que el puerto no era practicable. Quizá fuera ésta —pensaron— la ocasión de obtener ayuda del mando. En el Hotel Palacín se alojaban el coronel Boulard y los oficiales destacados por la República Francesa para defender el Principado de posibles incursiones de milicianos españoles. "Monsieur le Colonel" miraba con simpatía a los refugiados políticos, con quienes se encontraba a diario en el comedor. Por lo demás, era hombre de gran humanidad. Medía dos metros de altura y un poco menos de grosor. El coronel, hombre de maneras suaves y corteses, les aconsejó que, en aquellas condiciones, no tratasen de alcanzar la frontera francesa. A partir de aquel momento los amables saludos del militar tuvieron una débil respuesta en el comedor |226|.

Como observa el cronista, habían dado la lata y Dios sabría por qué continuaba cerrado el puerto: «Después de haber insistido todo el día (el Padre dice que ineducadamente) nos hemos quedado tranquilos. Estamos ya dispuestos a esperar a que se abra el puerto, ¡pero que sea pronto!

Estamos reunidos en el comedor al lado de la estufa, y nos acordamos de los nuestros que quedan en el calvario de la zona roja. El Padre, cada vez que se acuerda, se entristece mucho. Hay que creer que esta obligada espera será muy conveniente, cuando el Señor así lo ha dispuesto» |227|.

Durante esos días el Padre dijo misa en varios sitios: en la capilla del Colegio Meritxel, en la parroquia de Les Escaldes y, el día de la Inmaculada, 8 de diciembre, en el convento de la Sagrada Familia, coincidiendo con la fecha en que renovaban sus votos las monjas. La capilla era pobre y la ceremonia fue sencilla.

La nevada espesa que cubrió de blanco montes, casas y calles, prolongó la forzosa estancia del Padre en Andorra, de donde saldría con el recuerdo de las amenas tertulias en el hogar de mosén Pujol. Un mes más tarde, en sus Apuntes íntimos, en Pamplona, evocará esas veladas: andando junto al río, recordaba nuestras caminatas en Andorra, de la capital a Escaldes, de noche como hoy, luego de la tertulia con el buen Sr. Arcipreste |228|.

Mosén Luis Pujol, cura ecónomo-arcipreste de Andorra la Vieja, hizo pronto muy buenas migas con don Josemaría. El primer día que éste dijo misa en la capital —una población de poco más de mil habitantes por aquel entonces—, invitó al cura forastero a visitar su casa. Mosén Luis vivía en la plaza principal, en una casa confortable. Allí tenía su despacho, una pequeña habitación decentemente amueblada con mesa de trabajo, cajoneras y estantería, más un sillón y tres o cuatro sillas. Unos cuadros con escenas religiosas de la vida de San Ignacio y de San Francisco Javier, junto con un crucifijo, adornaban las paredes. Sobre su mesa de despacho siempre había un puñado de cartas que reexpedir, de una a otra zona de España. El cometido del arcipreste, voluntariamente aceptado, consistía en abrirlas, cambiar el sobre y franquearlas de nuevo. Y, en algún caso especial, mantener correspondencia con terceras personas. Pero, a causa de la nevada, el trabajo del ecónomo-arcipreste se había interrumpido esos días |229|.

«Hoy —es el 5 de diciembre cuando Pedro escribe esto en el Diario— el Arcipreste no nos recibe en el mencionado cuartito; tras de pasar una sala, con aspecto de comedor, bastante espaciosa, nos introduce en la cocina. El hecho de recibirnos en la cocina, al calor de la chimenea, tiene en Andorra, en casa del Arcipreste, todo el significado que en Palacio pudiera tener tomar la almohada o cubrirse ante el rey» |230|.

La hospitalidad de mosén Luis es muy de agradecer, porque, con la tacita de café y la copa de anís servidas amablemente por el ama, mosén les pone al corriente de los últimos sucesos del mundo. Y, en particular, de los del principado de Andorra, como eran la llegada de monsieur le Colonel o la rebeldía de los andorranos, que incitados por el Ministro de Instrucción Pública español, Fernando de los Ríos, negaban al Obispo de Seo de Urgel la prestación de vasallaje |231|. (Consistía el tradicional "present" al Obispo en unos capones, otros tantos jamones y doce quesos de oveja, junto con unas mil quinientas pesetas).

Se repitió la invitación al día siguiente. Charlando pasaron todos una tarde agradable. De regreso al hotel por la orilla del río Valira, que bajaba hinchado por las nieves, corría un aire frío que cortaba el aliento.

En la festividad de la Inmaculada el arcipreste invitó a comer a don Josemaría. La conversación entre ellos dos, solos, tendría intimidad, indudablemente. Mosén Pujol le preguntaría sobre el paso de los Pirineos. A Andorra habían llegado multitud de fugitivos con sus historias y sus tragedias a cuestas. Mas, por encima de ningún otro relato, le impresionó a mosén el meditado silencio de don Josemaría: «lo que más me impresionó —testimonia el arcipreste de Andorra— fue oírle, respecto a todo lo pasado en aquellos días por la montaña, [...] lo siguiente: — "He sufrido tanto, que he hecho el propósito de no decir ningún sufrimiento". Y así fue, porque ni en aquellos días ni después le oí comentar nada sobre el tormento pasado» |232|.

(Sin pretender buscar o adivinar nuevos suplicios, es digno de añadir, puesto que sale al paso, lo que el Padre anotó en Pamplona el 2 de enero de 1938, en un nuevo cuaderno de sus Apuntes íntimos: todavía noté que me molestaban los pies, aunque casi no están ya hinchados: porque no eran sabañones, sino consecuencias de las grandes jornadas para la evasión. Y don Josemaría nada tenía de melindroso ante el dolor) |233|.

Por la noche el Padre contó a los suyos el menú con que le regaló el arcipreste: entremeses variados, canalones, cabeza de ternera, chuletas, pastas... El cronista, lleno de admiración, se cree obligado a tomar nota de ello para el Diario; pero se le pasa el mencionar siquiera el apetito del invitado. Después de una temporada de hambre tan larga y tan tremenda como la que había padecido, don Josemaría tenía muy menoscabada la facultad de ingerir alimentos, hasta el punto de no sentir ya ganas de comer |234|.

No se sabe cómo, corrió la noticia de que el 10 de diciembre estaría franco el puerto y que por la mañana saldría un autobús en esa dirección a las siete y media. Se levantaron a las seis, oyeron la misa que dijo el Padre en la parroquia de Escaldes y tuvieron tiempo de desayunar y hacer los preparativos del viaje. Unos momentos de nerviosismo; había que pagar la cuenta del hotel: ocho personas durante ocho días, a veinte francos diarios, más el diez por ciento. Total, 1.408 francos. Era preciso regatear, porque con el escaso dinero que les quedaba tenían que hacer frente a toda clase de gastos e imprevistos hasta llegar a España. Tal era su indigencia que ni calzado pudieron comprar en Andorra. Tras súplicas y regateos se dejó la cuenta en 1.300 francos, a satisfacción de los huéspedes y del hotelero. Mientras se llevaba a cabo este arreglo de cuentas, los viajeros se pusieron encima todas las prendas de abrigo que llevaban, arropándose las piernas con papel de periódico, embutido entre los calcetines para protegerse contra el frío |235|.

El día era soleado. A las ocho salió un camión con veinticinco personas en asientos improvisados. De nuevo se vieron juntos muchos fugitivos de la expedición de José Cirera, el guía. Al pasar por el caserío de Encamp el motor trepidó con el esfuerzo, y tuvieron que bajar del camión. Después, de otro tirón, llegaron a Soldeu, donde el vehículo se negó rotundamente a seguir adelante. Faltaban catorce kilómetros hasta Pas de la Casa, en la raya fronteriza. Al principio la nieve resultaba grata a la pisada. Era escasa y crujiente. Poco a poco se fueron hundiendo hasta las rodillas; y el agua de la nieve, que empapaba las alpargatas, se iba haciendo pasta líquida con el papel de periódico que protegía los pies. De suerte que al caminar chapoteaban en una masa gélida y desagradable. En Pas de la Casa les esperaba un autobús de catorce plazas, en el que se amontonaron los evadidos españoles. Una brigada francesa había despejado la carretera desde el puerto hasta Hospitalet, donde estaba el control aduanero. Presentaron la documentación y se les concedió permiso para circular por Francia, tan sólo por veinticuatro horas. Así y todo, el Padre estaba decidido a detenerse en Lourdes antes de llegar a Hendaya |236|.

Dieron con el taxista contratado por el hermano de Albareda. Tenía un viejo Citröen, grande, pero insuficiente para ocho personas. La lentitud de la policía de frontera en efectuar los trámites de documentación, y la evidente displicencia del chófer, retrasaron la salida. Estaba anocheciendo y caía una niebla fina cuando dejaron Hospitalet. Tiritando de frío, no obstante ir forrados de periódicos y apretujados en el coche, trataron, en vano, de distraer al Padre. Fue éste, en cambio, quien, al pasar por Tarascón, les hizo un divertido comentario sobre el simpático personaje de Daudet, el famoso Tartarín, bravo cazador de leones |237|.

Durmieron en el Hotel Central de St. Gaudens y, a la mañana siguiente, 11 de diciembre, se ajustaron otra vez en el Citröen. Llegaron muy temprano a Lourdes. Todo estaba cerrado, excepto la cripta de la basílica. El sacerdote que recibió a don Josemaría en la sacristía, y con el que se entendió en latín, mostró su desconfianza al verle tan mal vestido. Pidió el Padre a Pedro que le ayudase la misa, pues iba a celebrarla por las intenciones de su padre, en difícil situación política y alejado de las prácticas religiosas. Pedro siguió esa misa con emoción, según refiere: «La impresión que siempre dejó en mí esta manifestación de celo sacerdotal y de cariño de nuestro Fundador hacia mi familia ha contribuido seguramente a que otros recuerdos de esa primera Misa suya en Lourdes se hayan desdibujado de mi memoria» |238|.

Celebró el Padre en el segundo altar lateral de la derecha de la nave, cerca de la puerta de entrada a la cripta. Después, se sentaron a desayunar en un bar, tranquilamente, como si no tuvieran prisa. Rezaron una parte del Rosario en la Gruta. Aquella visita a Lourdes era en hacimiento de gracias por la gran familia de la Obra, por sus miembros y por los unidos a ella. «Recordaba a todos los que quedaban en zona roja uno por uno, y pensaba uno por uno en todos los que teníamos que localizar en cuanto llegáramos a la otra zona», dice Juan Jiménez Vargas |239|.

Llegaron a San Juan de Luz a las seis de la tarde. Allí quedó José María Albareda con su hermano. El resto cruzó, ya anochecido, el puente internacional en Fuenterrabía.

Notas

214. Cfr. Pedro Casciaro Ramírez, ob. cit., p. 125.

215. El ayuno litúrgico para poder recibir la comunión comenzaba a la medianoche antecedente. Los expedicionarios habían tomado azúcar por la noche, y comido de madrugada junto a la hoguera, así es que desayunaron al llegar al pueblo.

216. Luis Pujol Tubau, RHF, T-00675, p. 2; Juan Jiménez Vargas, RHF, T-04152-IV, p. 30. Luis Pujol Tubau, ecónomo-arcipreste de Andorra la Vieja desde 1930, tenía entonces 36 años y había sido ordenado en 1925.

217. Carta, en EF-371202-1.

218. Diario, RHF, D-15323, f. 51v, p. 45.

219. Cfr. Diario, ibidem, f. 52, p. 45; Pedro Casciaro Ramírez, ob. cit., p. 126. El referido telegrama decía: Javier Lauzurica. Obispo Vitoria. Le recuerdo en el día de su santo. Llegué evadido ayer con ocho míos. Salimos mañana San Juan de Luz. José María Escrivá (en EF-371203-02).

220. Carta a Isidoro Zorzano Ledesma, desde Andorra, en EF-371203-1.

221. Diario, RHF, D-15323, f. 54, p. 47.

222. Cfr. Juan Jiménez Vargas, RHF, T-04152-III, p. 165.

223. Cfr. Francisco Botella Raduán, RHF, T-00159/1, p. 53.

224. Cfr. Pedro Casciaro Ramírez, ob. cit., p. 126; Diario, RHF, D-15323, f. 63v, p. 54.

225. Diario, RHF, D-15323, f. 64v, p. 55.

226. Cfr. Pedro Casciaro Ramírez, ob. cit., pp. 126-127.

227. Diario, RHF, D-15323, f. 65, p. 55.

228. Apuntes, n. 1463, del 2-I-1938.

229. Cfr. Diario, RHF, D-15323, f. 59, p. 50.

230. Diario, ibidem.

231. Evidentemente esta "rebeldía" hay que datarla en los años en que Fernando de los Ríos fue Ministro de Instrucción Pública, es decir, entre diciembre de 1931 y julio de 1933. Desde el comienzo de la guerra, los problemas de Mons. Justino Guitart, obispo de la Seo de Urgel, eran de otra naturaleza: el 23 de julio de 1936, tuvo que abandonar España, refugiándose en Andorra. En este principado permaneció hasta el 13 de agosto, fecha en que partió para Francia, pues peligraba su vida (cfr. Jesús Castells Serra, ob. cit., pp. 265-267).

232. Luis Pujol Tubau, RHF, T-00675, p. 5; cfr. Diario, RHF, D-15323, f. 66v, p. 57.

233. Apuntes, n. 1463.

234. Cfr. Apuntes, nota 1064, de Mons. Álvaro del Portillo.

235. Cfr. Diario, RHF, D-15323, f. 69, p. 58.

236. Cfr. Diario, RHF, D-15323, f. 71, p. 61; Francisco Botella Raduán, RHF, T-00159/1, p. 53.

237. Cfr. Pedro Casciaro Ramírez, ob. cit., pp. 128-129; Juan Jiménez Vargas, RHF, T-04152-IV, p. 32.

238. Cfr. Pedro Casciaro Ramírez, RHF, T-04197, p. 50; cfr. también Francisco Botella Raduán, RHF, T-00159/1, p. 54; Tomás Alvira Alvira, RHF, T-04373, p. 10; Álvaro del Portillo, Sum. 915

239. Juan Jiménez Vargas, RHF, T-04152-IV, p. 33.