Las Catalinas

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo I. Andrés Vázquez de Prada

Estos Apuntes íntimos, a que se viene haciendo referencia, son escritos de carácter reservado que el Fundador, por deseo expreso, no quiso que se leyeran antes de su muerte |32|. Venían de tiempo atrás, y entre ellos se contaban las notas sueltas que Josemaría llevó consigo para leer y meditar durante el retiro de octubre de 1928. Pero, como ya se ha dicho, ni el primer cuaderno de notas ni las cuartillas primitivas han llegado a nosotros, pues fueron destruidas por su autor. Lo que conservamos de los Apuntes da comienzo en el segundo cuaderno, en marzo de 1930.

Las anotaciones solían ser breves, sobre temas sueltos que, en un principio, escribió para su aprovechamiento espiritual y para considerarlas en la oración. Las denominaba Catalinas porque eran, como fue la Santa de Siena en su tiempo, un medio de mantener y avivar la inquietud de espíritu que antaño suscitaran en su alma las gracias extraordinarias, que venía recibiendo desde su primera llamada en Logroño |33|. Como nos dice él mismo:

Son notas ingenuas —catalinas las llamaba, por devoción a la Santa de Siena—, que escribí durante mucho tiempo de rodillas y que me servían de recuerdo y de despertador. Creo que, ordinariamente, mientras escribía con sencillez pueril, hacía oración |34|.

Los Apuntes, todos ellos manuscritos, llenan ocho cuadernos, sin contar catorce apéndices de hojas sueltas. No están íntegros, y en más de una ocasión estuvieron a punto de perecer. Quemé —confiesa su autor— uno de los cuadernos de apuntes míos personales —hace años—, y los hubiera quemado todos, si alguien con autoridad y luego mi propia conciencia no me lo vedaran |35|.

Desde que tuvo como director espiritual al p. Sánchez, don Josemaría utilizaba los Apuntes también con el propósito de manifestarle con mayor claridad las disposiciones de su alma. En el cuaderno III, anotado a finales de febrero de 1931, se lee:

Cuando escribo estas Catalinas (así llamo siempre a estas notas), lo hago por sentirme impulsado a conservar, no sólo las inspiraciones de Dios —creo firmísimamente que son divinas inspiraciones— sino cosas de la vida que han servido y pueden servir para mi aprovechamiento espiritual y para que mi padre confesor me conozca mejor. Si no fuera así, mil veces habría roto y quemado cuartillas y cuadernos, por amor propio (hijo de mi soberbia) |36|.

Por entonces ya tenía el Fundador un reducido grupo de seguidores, entre ellos algunos estudiantes, a los que iba dando a conocer el espíritu de la Obra a través del comentario que les hacía de algunas de sus anotaciones. Pedro Rocamora, aquel estudiante que le ayudaba a misa en el Patronato de Enfermos, recuerda cómo algunos domingos, al atardecer, se reunía con varios jóvenes y les leía alguna página de un cuaderno con tapas de hule, o les comentaba tan sólo dos o tres breves pensamientos |37|. De suerte que, al conservar entre aquellas notas inspiraciones divinas y pensamientos sobre su estado de alma, se veía expuesto a la posible indiscreción de quienes leían algunas páginas del cuaderno. Esto le determinó a separar, finalmente, lo que había de tratar con su confesor de las materias referentes a la Obra y a sus apostolados, según escribió el 10 de mayo de 1932:

Voy perdiendo la libertad para anotar mis cosas en estas catalinas, porque, como no se ha hecho aparte una recopilación de lo referente a la O. de D., si he de dar a conocer la O. me expongo a que se enteren de lo demás. Por eso, con la ayuda de Dios, trataré este verano de hacer ese trabajo, separando lo mío personal, que anoto para mi director y para mí |38|.

Más de una vez consideró seriamente el pegar fuego a todos sus Apuntes íntimos; cosa que el confesor le tenía prohibido. Él mismo se daba cuenta de que el consignar esos hechos era un modo de vivir la humildad y la sencillez, aunque le costase lo que Dios bien sabía.

Hay ocasiones, bastantes —se dice a sí mismo—, en que me fastidia haber escrito o escribir las Catalinas. Las pegaría fuego, si no se me hubiera prohibido. Debo seguir: es camino de sencillez. Ya procuro despersonalizar todo lo posible |39|.

Siguiendo el camino de la sencillez veíase obligado, por fuerza de las circunstancias, a dejar expuesto ante el mismo interesado, el p. Sánchez, las descortesías que, de vez en cuando, le venían de su confesor.

He escrito esto con detalles —observa en una de sus catalinas, a raíz de un menosprecio recibido de su confesor—, porque, seguramente, el P. Sánchez lo ha de leer y verá que estas pequeñeces —que se presentan con relativa frecuencia— me escuecen: por eso, creo que me vienen muy bien |40|.

Pero, si silencia datos de interés en su vida interior, ¿a dónde iría a parar? — Ya las Catalinas no tienen intimidad. ¡Dejo de anotar tantas cosas!, se quejará en una ocasión |41|.

Considerados con objetividad, sin inútiles lamentaciones por las pérdidas, hay que agradecer el que, a pesar de todo, sus apuntes sean abundantemente generosos y espontáneos. Espontáneos aun en los momentos en que el autor usa de cautelas, como en la catalina del 3-XII-1931, en que escribe:

Esta mañana volví sobre mis pasos, hecho un chiquitín, para saludar a la Señora, en su imagen de la calle de Atocha, en lo alto de la casa que allí tiene la Congregación de S. Felipe. Me había olvidado de saludarla: ¿qué niño pierde la ocasión de decir a su Madre que la quiere? Señora, que nunca sea yo un ex-niño.

Ya no contaré detalles de estos, no vaya a ser que, por ponerlos a ventilar, pierda esas gracias |42|.

Es a la hora de describir posibles estados de contemplación mística, u otros estupendos hechos sobrenaturales, cuando el autor de los Apuntes recurre al silencio, a la despersonalización, o bien, deja las cosas a medio narrar: — renové mi propósito de no apuntar nada de oración —nos dice en una catalina—, a no ser que me lo manden o me vea coaccionado. Si anoto algo, porque podrá aprovecharme o aprovechar, ha de ser quitándole lo personal |43|.

El resultado final es que, con tales precauciones, deja al lector a media luz, en cuanto a los fenómenos y experiencias sobrenaturales. Sirva de ejemplo la catalina del día siguiente a aquél en que hizo el propósito de no referir detalles de su oración: — 12-XII-931: Hoy me ha abierto Jesús el sentido, durante el rezo del Oficio divino, como pocas veces. En momentos, fue una borrachera |44|. Y con esto da por despachado el asunto.

El recurso de despersonalizar, que es el que adopta preferentemente en sus catalinas, equivale a presentar los hechos secos y pelados, sin jugo ni médula, o tal vez esfumados de palabra y descripción, o en tercera y lejana persona. Y así, anota el 10-IV-1932: — Ayer, en lugar donde se hablaba y se hacía música, me dio oración con un consuelo inexplicable. Cuenta luego que está preparando para la primera Comunión a las niñas del Colegio de Santa Isabel, para terminar el apunte, sin explicación intermedia, con estas palabras: — A renglón seguido de la borrachera de Amor: ¡mis habituales tonterías! |45|.

Por fuerza se preguntará el lector en qué consistía la borrachera de Amor o cuáles eran sus habituales tonterías. Pero el autor de las Catalinas no da más explicaciones.

Hay también ocasiones en que, excepcionalmente, levanta la veda a la "despersonalización", para expresar lo que siente, como cuando escribe:

No quiero dejar de anotarlo, aunque ya he despersonalizado las Catalinas, desde hace tiempo: muchas veces, cansado de la lucha un poco (El me perdona), envidio al enfermo sarnoso, abandonado de todos en un hospital: estoy seguro de que se gana el cielo muy cómodamente |46|.

¿Puede darse el lector por satisfecho con esta truncada descripción? Es justo, sin embargo, que, antes de responder, recordemos de nuevo lo dicho en un principio: que, para su autor, la finalidad de los Apuntes íntimos es hacer descargo de conciencia y recogida de gracias y sucesos para llevarlos a la meditación. Con tales premisas, nosotros —los lectores— somos intrusos que entran furtivamente a atisbar en lo secreto de un alma. No debe sorprendernos, por lo tanto, que se resguarde en un caparazón de discreciones y silencios. Aunque en otras ocasiones, conviene decirlo, el autor no intenta despersonalizar sucesos. Ocurre, simplemente, que su pluma discurre por distinto camino que la curiosidad o entendimiento de quien lee la catalina. Así, por ejemplo, anota a finales de febrero de 1932:

El sábado último me fui al Retiro, de doce y media a una y media (es la primera vez, desde que estoy en Madrid, que me permito ese lujo) y traté de leer un periódico. La oración venía con tal ímpetu que, contra mi voluntad, tenía que dejar la lectura: y entonces ¡cuántos actos de Amor y abandono puso Jesús en mi corazón y en mis labios! |47|.

¿Entiende con ello el lector que don Josemaría no se permitía el lujo de pasear por un parque público?; ¿pretende acaso declarar el sacerdote cómo se sentía arrebatado en oración? Concretamente, en este caso se refería a algo más sencillo: que intentaba leer un periódico y no lo conseguía. Basta comprobar que en la última línea de la anterior catalina, deja pendiente de anotar esas oleadas de oración que le sobrevenían al ponerse a leer la prensa: Quiero anotar, porque es algo raro, que Jesús suele darme oración cuando leo la prensa |48|.

(Obsérvese también que, preocupado con recoger la anécdota de la lectura del periódico, se olvida del propósito anterior de no hacer apuntamientos, y menos aún descriptivos, sobre fenómenos de oración).

En general, todas las catalinas que, verosímilmente, se refieren a hechos sobrenaturales extraordinarios requieren, para su buen entendimiento, un sobreañadido de la misma especie. Esto es, una elevación espiritual que, al igual que el alza en las armas de fuego, compense en cierto modo la evidente "despersonalización" llevada a cabo por el autor. Así, por ejemplo, cuando habla de lágrimas hay que entender, probablemente, don de lágrimas; y en muchas ocasiones en que habla de oración tenemos que pensar, de acuerdo con el texto, en alta oración contemplativa. Y si, con frecuencia, se declara lleno de miserias y pecados es porque así se veía a la luz de esas gracias divinas que Dios, por su misericordia, suele otorgar a los santos. Conocimiento propio que les lleva a la persuasión de que son grandes pecadores.

Tampoco faltan momentos en que, arrastrado por la sencillez, se compromete a sí mismo, como cuando anuncia: Uno de estos días trataré de escribir catalinas con recuerdos de mi vida, en la que se ven verdaderos milagros |49|. (Por supuesto que jamás se le ocurrió dar cumplimiento a esta impensada promesa).

* * *

Los fines de estas catalinas, resume el Fundador en una de ellas, son la Obra y mi alma |50|. A la Obra conciernen las luces fundacionales sobre su esencia sobrenatural, las notas de su espíritu, los principios de su gobierno y organización. Las inspiraciones recibidas por el Fundador sobre el conjunto de la Obra eran como ideas madres, de las que deducía los modos, medios y casos prácticos. De carácter general es, por ejemplo, la catalina del 7-X-1931, escrita exactamente un mes después de haber confirmado el Señor con una locución la universalidad y perennidad de la Obra:

Entiendo que las características de la O. de D. serán: unidad, universalidad, orden y organización |51|.

De esas líneas generales pasaba luego el Fundador a la praxis, al detalle, a la realización práctica. Tales sugerencias o iniciativas apostólicas unas veces se llevaban a cabo, sin más, en el momento oportuno; otras, se retocaban o corregían, según lo estimase el Fundador. Así, por ejemplo, se dice en una catalina de 1931:

convendrá que los socios lean a diario, cada uno privadamente, un capítulo del Nuevo Testamento (todos el mismo, cada día) |52|.

(Quedó como norma diaria de piedad la lectura del N.T., pero no en cuanto a la uniformidad y longitud de los textos).

Muy excepcionalmente era el mismo Señor quien descendía a fijar, expresamente, los detalles, como se nos dice en una catalina de diciembre de 1931:

Cuando nos reunamos, para hablar ex profeso de la Obra, antes de comenzar la charla, diremos: In nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti. Amen. — Sancta Maria sedes sapientiae. — Ora pro nobis. — Así me lo ha pedido Jesús esta mañana en la Basílica de Atocha |53|.

Si no propiamente fundacionales, sí hay en los Apuntes íntimos un gran número de sugerencias de todo tipo, referentes a la vida de piedad, al vestido, a los actos litúrgicos y al apostolado |54|.

La entraña de novedad que llevaba consigo la Obra, en la teología ascética y pastoral, queda también reflejada en el léxico empleado por el Fundador. La terminología, esto es, el constante batallar con las palabras en defensa de un recto entendimiento de lo que quería expresar, constituyó para él una dura empresa. Porque el autor de las Catalinas pretendía comunicar algo esencial a la naturaleza del mensaje recibido (la santificación en medio del mundo); mientras que las expresiones del lenguaje ascético usual no se ajustaban a esa idea, desvirtuando con su significado tradicional lo que el Fundador trataba de decir. Ese esfuerzo continuado que se percibe en los Apuntes para lograr mayor claridad de expresión se refiere, en muchas ocasiones, a la organización de la Obra y de sus miembros. Se habla entonces, por ejemplo, de grados y de socios, para distinguir la naturaleza y espíritu laical de la Obra del que es propio de los religiosos. O bien, se compara el Opus Dei a una Orden militar en medio del mundo, denominando en un principio a sus miembros: Caballeros Blancos o Damas Blancas, nombres cuyo uso pronto abandonó.

A veces este afán por dar con el vocablo exacto estaba condenado al fracaso, puesto que no existían en el léxico corriente palabras que expresasen una entrega radical del cristiano al servicio del Señor, sin cambio de situación social, familiar y profesional. Querría encontrar una palabra castellana, distinta de "vocación", que viniera a encerrar un significado semejante. ¿Habrá que denominarlo llamamiento?, se pregunta en una catalina |55|.

De ahí que en estos detalles terminológicos, y en otros muchos aspectos de la fundación histórica, exista un claro margen entre lo que pertenece a la esencia de la Obra, lo que el Fundador recibió por iluminación divina el 2 de octubre de 1928, y el posterior tanteo humano para su ejecución práctica. El autor de los Apuntes íntimos reconoce por anticipado, ya en marzo de 1930, es decir, desde las primeras páginas de las Catalinas, que todas las notas escritas en estas cuartillas son un germen que se parecerá al ser completo, quizá, lo mismo que un huevo al arrogante pollo que saldrá de su cáscara |56|.

* * *

Conciernen al alma del Fundador el resto de las notas, que versan sobre su vida interior, estados de conciencia, y circunstancias externas en que se desenvuelve su apostolado y ministerio.

La base de su conocimiento propio, la humildad del Fundador, parte de un axioma:

Puras matemáticas: José María = Borrico sarnoso |57|.

Definición que se encuentra a menudo en las Catalinas y que utilizaba con las siglas b.s., en las notas a su director espiritual. En una catalina del 9 de octubre de 1931 nos describe la oración de aquel día sobre este tema:

Hoy, en mi oración, me confirmé en el propósito de hacerme Santo. Sé que lo lograré: no porque esté seguro de mí, Jesús, sino porque... estoy seguro de Ti. Luego, consideré que soy un borrico sarnoso. Y pedí —pido— al Señor que cure la sarna de mis miserias con la suave pomada de su Amor: que el Amor sea un cauterio que queme todas las costras y limpie toda la roña de mi alma: que vomite el montón de basura, que hay dentro de mí. Después he decidido ser borrico, pero no sarnoso. Soy tu borrico, Jesús, que ya no tiene sarna. Lo digo así, para que me limpies, pues no vas a dejarme mentir... Y de tu borrico, Niño-Dios, haz cuanto quieras: como los niños traviesos de la tierra, tírame de las orejas, zurra fuerte a este borricote, hazle correr para tu gusto... Quiero ser tu borrico, paciente, trabajador, fiel... Que tu borrico, Jesús, domine su pobre sensualidad de asno, que no responda con coces al aguijón, que lleve con gusto la carga, que su pensamiento y su rebuzno y su obra estén impregnados de tu Amor, ¡todo por Amor! |58|.

Con la misma franqueza con que desahoga su alma nos descubre, alguna que otra vez, esa capa de sentimientos dormidos que tanto nos dicen sobre el fondo de una persona. Cuando, por ejemplo, escribe: la muerte —Doña Pelada— será para ti una buena amiga |59| no está haciendo una broma tétrica de mal gusto. Está, por el contrario, dando rienda suelta a una risueña familiaridad con el acabamiento de esta vida. Y, en contraste con esta vena filosófica de buen humor, aparece el dramático ritmo de su vida interior, densa y apasionada:

¡Señor! Dame la virtud del orden. (Creo que es virtud y fundamental, por eso la pido.)

¡¡Señor!! Dame ser tan tuyo que no entren en mi corazón ni los afectos más santos, sino a través de tu Corazón llagado.

¡¡¡Señor!!! ¡Señor! Dame que aprenda a callar (porque de callar no me he arrepentido nunca, de hablar muchas veces).

¡¡Señor!! Dame que, a sabiendas, no te ofenda nunca ni venialmente.

¡Señor! Dame cada día más amor a la santa pureza, cada día más celo por las almas, cada día más conformidad con tu Voluntad benditísima |60|.

A los Apuntes llegan también el eco y las estridencias de los sucesos cotidianos de aquellos tiempos, juntamente con los asuntos familiares del hogar de doña Dolores. Las Catalinas son, verdaderamente, una red barredera. Por sus páginas discurren, entremezcladas, explosiones impetuosas de amor divino y declaraciones candorosas, como una catalina de marzo de 1934:

Una noticia fresca: me he cortado el pelo al rape.

¡Cómo me humilla estar tan gordo! |61|.

Expresado de este modo, con sencilla neutralidad, poco nos dice su corte de pelo. Sin embargo, le supuso una gran mortificación, que iba subrayada por un inicio de gordura, a pesar de sus grandes ayunos y penitencias corporales.

Propiamente, los Apuntes íntimos no constituyen un diario, ni por el contenido de sus páginas ni por la discontinuidad de las anotaciones, que abarcan, esencialmente, el periodo 1930-1940. Esto dicho, representan un auténtico e inagotable manantial autobiográfico. En su conjunto son páginas de gran riqueza espiritual, que rezuman por todas partes gracias divinas. En ellas se muestra su autor al desnudo, transparente, con ingenuidades de niño, medio oculto al amparo de la reserva con que van escritas las notas. Unas veces en voz baja, como disculpándose, nos relata detalles minúsculos y deliciosos, que acaso pudieran pasar inadvertidos, pero que revelan un magnífico fondo de virtudes y grandeza de espíritu. En otras ocasiones se escapan de allí quejas y júbilo, o gritos de dolor y de entusiasmo. Es el alma del Fundador que frecuentemente se desahoga en las anotaciones:

Considero —nos confiesa su autor— que estas catalinas resultan... un ciempiés: cosas maravillosas, que son de Dios, y puerilidades y aleluyas de monja simple o de frailito bobo, que son expansiones de mi pobre alma pequeña |62|.

De esta variedad en la composición resulta, por eso mismo, una incitante y sabrosísima lectura. Y es que, por encima de todo, existe un invisible aglutinante autobiográfico. El estilo del autor infunde vida y gracia a las catalinas, cualquiera que sea el tema que traten, dándonos la inmediata evidencia de un corazón fogoso y enamorado. Véase, por ejemplo, su enojo por el descuido en la liturgia, y en los objetos y lugares sagrados:

Da pena ver cómo preparan los altares y presbiterios, para la celebración de las fiestas. Hoy, en un colegio rico, estaba el retablo lleno de floripondios ridículos, colocados sobre unas graderías de tabla de cajón a medio pintar. El Sagrario habitualmente está de tal modo dispuesto, que es preciso siempre al sacerdote, aunque sea de buena estatura, subirse a un banquillo para abrir, cerrar y tomar al Señor. Las sacras, en equilibrio inestable... Y los sacerdotes, en equilibrio inestable también, porque han de hacer verdaderas piruetas de charleston para no dar con la cabeza en una lámpara de latón dorado feísima, que pende muy baja sobre el presbiterio, o para no dar de narices en el suelo, tropezando con los pliegues y repliegues de la alfombra, adaptada a las gradas del altar, probablemente al ser desechada por vieja del salón de alguna de esas beatas, más pintadas que un loro, que vienen ya de mañana hechas un cuadro a recibir en su sepulcro, blanqueado y con churretes de carmín, al Señor de la sencillez, Jesús. ¡Los cánticos!... son tales que se puede hablar de haber asistido a una misa, no cantada,... ¡bailable!

Y menos mal, si, detrás del retablo, además de una escalera de mala madera sin pintar, por donde a diario pasa Cristo en manos del sacerdote para quedar en Exposición, menos mal si no hay también un montón de cachivaches llenos de polvo, que hacen del lugar santo la trastera del rastro madrileño. Todo esto lo he visto |63|.

El estilo mucho tiene de Teresa de Jesús, por lo familiar, por la espontánea sencillez, por la soltura de expresión. Sin embargo, entre la Vida de la santa y los Apuntes íntimos media un rasgo insalvable. A pesar de la desenvoltura estilística de las Catalinas, llegado el momento de describir experiencias místicas personales, don Josemaría se escabulle. Ese comportamiento, esa fidelidad al lema ocultarse y desaparecer, es el sello que el Fundador, por voluntad divina, dejó impreso en la Obra como característica de predilección:

Otros institutos tienen —dice una catalina—, como una bendita prueba de la predilección divina, el desprecio, la persecución, etc. La Obra de Dios tendrá esto: pasar oculta |64|.

Notas

 

32. El paquete que contenía los Apuntes íntimos apareció en el Archivo de la Prelatura, junto con otros y con su sobre, en el que el Fundador había escrito: En todo caso, después de mi muerte, estos papeles —lo mismo que los cuadernos que componen mis Apuntes íntimos— deben ponerse en manos de don Álvaro, sin que nadie los lea antes, para que haga aparte las notas oportunas, puesto que ese hijo mío es el único que, por haberle yo hablado de estos escritos muchas veces y detenidamente, está en condiciones de comentar y aclarar todo lo que necesite comentario o aclaración. Mariano. Roma, 2 de septiembre 1968.

33. Los santos —escribía en 1932— resultan necesariamente unas personas incómodas, hombres o mujeres —¡mi santa Catalina de Siena!— que con su ejemplo y con su palabra son un continuo motivo de desasosiego, para las conciencias comprometidas con el pecado (Carta 9-I-1932, n. 73).

34. Apuntes, n. 1862 (Roma, 14-VI-1948).

35. Ibidem. Yo quemé el cuaderno nº 1, escribe en la página inicial del cuaderno nº 2. La razón era su temor de que, al leer los hechos extraordinarios de carácter sobrenatural allí recogidos, el lector le tuviera por un santo, cuando estaba firmemente persuadido de no ser más que un pecador (cfr. Nota preliminar).

36. Apuntes, n. 167

37. Pedro Rocamora, AGP, RHF, T-05829, p. 2.

38. Apuntes, n. 713. En catalina del 24-V-1932 se lee: Propósito: no habiendo verdadera necesidad, nunca hablaré de mis cosas personales (ibidem, n. 735). Probablemente quemó el primer cuaderno después del verano, pues escribió en otro sitio —como se había propuesto— las notas del retiro espiritual de 1932, que hizo en octubre de ese año. (Al volver a Madrid, después de haber hecho en Segovia sus ejercicios espirituales, escribe en los Apuntes: Día 14 de octubre de 1932: aparte guardaré los apuntes de mis ejercicios espirituales; cfr. Apuntes, nn. 839 y 1701). La última vez que aparece una referencia en sus Apuntes que indica que existe todavía el primer cuaderno es el 11 de diciembre de 1931, en que dice que estaba leyendo una de las notas sueltas del primer cuaderno a don Lino, otro sacerdote, para darle a conocer la Obra más al detalle (Apuntes, n. 470). Y el día anterior comenta que, releyendo una determinada anotación del primer cuaderno de catalinas, comprendió algún punto desconocido de su vida espiritual (cfr. ibidem, n. 474).

39. Ibidem, n. 996.

40. Ibidem, n. 379.

41. Ibidem, n. 1040.

42. Ibidem, n. 446.

43. Ibidem, nn. 472 y 477.

44. Ibidem, n. 475.

45. Ibidem, n. 691.

46. Ibidem, n. 1115. También excepcional, por ejemplo, es lo que escribe el 26-XI-1931: — Después de la Sta. Misa, hoy, en la acción de gracias y más tarde en la iglesia de los Capuchinos de Medinaceli, el Señor me ha inundado de gracias. Se cumplió lo del Salmo "inebriabuntur ab ubertate domus tuae: et torrente voluptatis tuae potabis eos". Lleno de gozo con la Voluntad de Dios, siento que le he dicho con San Pedro: ecce reliqui omnia et secutus sum te. Y mi corazón se dio cuenta del "centuplum recipies"... Verdaderamente, he vivido el Evangelio del día (ibidem, n. 415).

47. Ibidem, n. 619. Es muy probable que en alguna ocasión tuviera que atajar su camino, cruzando el Retiro, aunque no de paseo (cfr. ibidem, n. 473).

48. Ibidem, n. 618.

49. ibidem, n. 349. Por fortuna —comentaba años más tarde, al releer esa nota—, a pesar del camino de infancia por el que andaba yo, no escribí esos apuntes. Al menos, no me acuerdo de haberlos escrito (cfr. ibidem, nota 334).

50. Ibidem, n. 263.

51. Ibidem, n. 311.

52. Ibidem, n. 343.

53. Ibidem, n. 471.

54. Ibidem, n. 342.

55. Ibidem, n. 13.

56. Ibidem, n. 14.

57. Ibidem, n. 116.

58. Ibidem, n. 313.

59. Ibidem, n. 875.

60. Ibidem, n. 15.

61. Ibidem, n. 1166

62. Ibidem, n. 423.

63. Ibidem, nn. 458-459. La razón de escribir la catalina no es sólo el desahogar su indignación santa sino el hacer una advertencia para los oratorios que tenga la Obra el día de mañana, en los que —termina la nota— se huirá de caer en semejantes desatenciones con nuestro Rey-Cristo.

64. Ibidem, n. 581; cfr. Carta 24-III-1930, n. 21.