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El 14 de febrero de 1930

Índice. Biografía de San Josemaría. Tomo I. Andrés Vázquez de Prada

Recapitulando sus afanes apostólicos a partir del 2 de octubre, don Josemaría resume con gran sencillez: Desde el primer momento hubo una intensa actividad espiritual, y empecé a buscar vocaciones |164|. Pero, ¿de dónde el impulso de pedir al Señor, ante la Dama moribunda, ser un sacerdote santo si no es porque veía su alma como hundida en la tibieza y en el abandono? |165|.

Por discordante que suene, no es ésta una afirmación gratuita y sin fundamento. La convicción del enorme desnivel existente entre sus esfuerzos apostólicos y la magnitud de la empresa que se le había encomendado, provocaban en su conciencia la desazón:

¿Qué puede hacer una criatura, que debe cumplir una misión, si no tiene medios, ni edad, ni ciencia, ni virtudes, ni nada?, se preguntaba a sí mismo. Ir a su madre y a su padre, acudir a los que pueden algo, pedir ayuda a los amigos... Eso hice yo en la vida espiritual. Eso sí, a golpe de disciplina, llevando el compás. Pero no siempre: había temporadas en que no |166|.

Al comprobar que marchaban desacompasadas su alta misión y sus escasos recursos, le parecía como que su alma caía en una modorra que no podía sacudirse de encima:

Después de 1928, aunque comencé a trabajar enseguida, tuve mi sueño. Ego dormivi, et soporatus sum; et exsurrexi, quia Dominus suscepit me (Ps III, 6); me dormí, me quedé como en un sopor; y fue el Señor el que me condujo y me sacó a trabajar con más intensidad cada día |167|.

Pasados suficientes años como para reposar viejos recuerdos, todavía se alzaba ante su pensamiento, con dolor, la sombra de la resistencia que, en su heroica humildad, se imaginaba y se reprochaba: Bien sabe el Señor que yo comencé a trabajar en el Opus Dei a regañadientes, y por eso os pido perdón muchas veces, decía excusándose ante sus hijos |168|. Parecía como que, ahora que el Señor había dado respuesta a sus ardientes deseos de muchos años de oración, le desfalleciera la voluntad, sintiéndose resquebrajado por dentro:

Yo quería y no quería. Quería cumplir aquello que era una misión terminante, y desde el primer día se dio origen a una intensa labor espiritual. Y no quería, a pesar de que había estado desde los quince hasta los veintiséis años haciendo una continua llamada a Jesucristo, Señor Nuestro, diciéndole como el ciego del Evangelio: Domine, ut videam! (Luc XVIII, 41); Señor, haz que vea. Otras veces, con un latín de baja latinidad: Domine, ut sit!, ¡que sea eso que Tú quieres, que yo no sé lo que es! Y lo mismo a la Santísima Virgen: Domina, ut sit! |169|.

Realizaba el apostolado con auténtico empeño y convicción. ¡Siempre sin una vacilación, aunque yo ¡no quería!, vuelve a insistir |170|. Ni él mismo podía explicarse esa aparente contradicción, esa especie de resistencia interior. Es evidente que no le faltaba el latido de su voluntad para cumplir con su misión sino, más bien, que aun siendo total su entrega, aspiraba siempre a metas más generosas.

Había recibido —no tenía duda sobre ello— una idea clara general de lo que sería la Obra, pero no el cómo realizar esa idea. De forma que desde el 2 de octubre, al interrumpirse las inspiraciones, se quedó a media luz, con una claridad general que iluminaba el núcleo del designio divino, pero se halló desprovisto de luces específicas y prácticas para plasmar tangiblemente esa visión. O, por expresarlo con sus propias palabras, se interrumpió aquella corriente espiritual de divina inspiración, con la que iba perfilándose, determinándose lo que El quería |171|. De atenernos a sus sentimientos, hay que aceptar que en su espíritu quedó flotando la imagen de una carga abrumadora y divina, ante la cual se sentía falto de valor. Siempre se lo echó en cara: Fui cobarde. Me daba miedo la Cruz que el Señor ponía sobre mis hombros |172|.

(Esta idea de la cobardía no es otra cosa, en la vida de los santos, que un brote de humildad. Es decir, fruto de reconocer que, frente a la grandeza de las invitaciones divinas, responden —así les parece— con falta de entusiasmo y flojedad de entrega).

Pero, ¿acaso ese supuesto miedo o cobardía dan razón satisfactoria de sus inquietudes? ¿No habrá que buscar causas más afines con su modo de ser, en el que, por cierto, no tenían fácil cabida la indecisión, el temor o el apocamiento? Ya desde niño —como tenemos visto— su carácter estaba configurado por la repugnancia a lo ceremonioso y a la ostentación. Esa tendencia natural terminó arraigando luego, honda y sobrenaturalmente, en su ser: He sentido en mi alma, desde que me determiné a escuchar la voz de Dios —al barruntar el amor de Jesús—, un afán de ocultarme y desaparecer; un vivir aquel illum oportet crescere, me autem minui (Ioann III, 30); conviene que crezca la gloria del Señor, y que a mí no se me vea |173|.

De ahí su recelo, según él mismo nos confiesa, puesto que la idea de comenzar una nueva fundación podría ser por soberbia, por un deseo de eternizarse |174|. Desde su mocedad, sentía una gran desconfianza ante lo extraordinario, una invencible repulsión por las novedades llamativas:

Sabéis —escribía a sus hijos en 1932— qué aversión he tenido siempre a ese empeño de algunos —cuando no está basado en razones muy sobrenaturales, que la Iglesia juzga— por hacer nuevas fundaciones. Me parecía —y me sigue pareciendo— que sobraban fundaciones y fundadores: veía el peligro de una especie de psicosis de fundación, que llevaba a crear cosas innecesarias por motivos que consideraba ridículos. Pensaba, quizá con falta de caridad, que en alguna ocasión el motivo era lo de menos: lo esencial era crear algo nuevo y llamarse fundador |175|.

La explicación más lógica de los sentimientos contradictorios del Fundador —la aceptación de una misión y la resistencia a fundar algo nuevo— es la intervención divina. La cual va claramente expresada en la interrupción de aquellas inspiraciones prácticas que venía recibiendo hasta octubre de 1928. Con ello obtuvo una nueva confirmación del origen sobrenatural de la Obra, pues la fundación, además de sobrepasar su capacidad natural, estaba muy al margen de sus gustos personales. Viéndole, pues, navegar entre las resistencias y el entusiasmo, el Señor decidió entrar también en el juego:

El Señor [...] viendo mi resistencia y aquel trabajo entusiasta y débil a la vez, me dio la aparente humildad de pensar que podría haber en el mundo cosas que no se diferenciaran de lo que El me pedía. Era una cobardía poco razonable; era la cobardía de la comodidad, y la prueba de que a mí no me interesaba ser fundador de nada |176|.

En medio de esa incertidumbre de ánimo, sin dejar de trabajar en la Obra, abrigaba el secreto deseo —sin fundamento alguno— de encontrársela ya hecha en otra parte:

Y, con una falsa humildad, mientras trabajaba buscando las primeras almas, las primeras vocaciones, y las formaba, decía: hay demasiadas fundaciones, ¿para qué otras más? ¿acaso no encontraré en el mundo, hecho ya, esto que quiere el Señor? Si lo hay, mejor es ir allí, a ser soldado de filas, que no fundar, que puede ser soberbia |177|.

Intentó, pues, obtener información sobre instituciones españolas y, luego, del extranjero. Pero, en cuanto las examinaba de cerca, comprobaba que no era eso lo que buscaba: Llegaron a mis manos —escribe en sus Apuntesnoticias de muchas instituciones modernas (de Hungría, Polonia, Francia etc.), que hacían cosas raras... ¡Y Jesús nos pedía, en su Obra, como virtud sine qua non la naturalidad! |178|.

No especifica en qué consistían tales rarezas. Sabemos, sin embargo, que, desde un primer momento, la espiritualidad de la Obra se caracterizó por la sencillez, el no llamar la atención, el no exhibir, el no ocultar. En una palabra: la repugnancia al espectáculo |179|.

En noviembre de 1929 se hallaba ocupado don Josemaría en una búsqueda infructuosa, cuando comenzaron de nuevo a manar las inspiraciones dentro de su alma |180|. Y la renovación de aquella corriente espiritual de divina inspiración, después de más de un año de sequía, trajo consigo las luces prácticas para encaminar las tareas fundacionales. Todo ello constituía prueba palpable de que era el Señor quien llevaba el mando de esa empresa divina, como consignó en sus Apuntes:

El silencio del Señor, desde el día 2 de octubre de 1928, fiesta de los Santos Ángeles y vísperas de Santa Teresita, hasta el mes de noviembre de 1929 dice muchas cosas [...]: evidencia de modo indudable que la Obra es de Dios, pues, si no hubiera sido inspiración divina, la razón exige que, recién terminados los santos ejercicios en octubre del 28, inmediatamente, con más ilusión que nunca, porque ya quedaba dibujada la empresa, continuara este pobre cura anotando y perfilando la Obra. No fue así: pasó más de un año sin que Jesús hablara. Y pasó, entre otras razones, para esto: para probar, con evidencia, que su borrico era sólo el instrumento... y ¡un mal instrumento! |181|.

* * *

Había ya olvidado sus gestiones informativas cuando un día llegaron a sus manos algunos folletos sobre organizaciones apostólicas |182|. Reconstruyendo los hechos escribirá en 1948: Por fin, tuve conocimiento de los Paulinos del Card. Ferrari. ¿Será esto? Procuré enterarme (debía ser a fines de 1929) |183|.

(En otra de las revistas o folletos —"El Mensajero Seráfico"— que en ocasiones repartía a los enfermos, aparecieron también unos artículos sobre las fundaciones, en Polonia, del padre Honorato) |184|

Pero, continuando el relato sobre los Paulinos, nos dice:

Procuré enterarme (debía ser a fines de 1929) y, al saber que en la Compañía de San Pablo había también mujeres, escribí en mis Catalinas (si no las quemé, aparecerán entre los paquetes del archivo, y podrán leer allí lo mismo que ahora escribiré) aunque no se diferenciara el Opus Dei, de los Paulinos, mas que en no admitir mujeres ni de lejos, ya es notable diferencia |185|.

La frase de referencia estaba, probablemente, en el cuaderno de notas destruido. Consta, sin embargo, que sus expresiones en este asunto contenían siempre una rotunda exclusión del elemento femenino. Yo había escrito —dirá en otra ocasión—: nunca habrá mujeres —ni de broma— en el Opus Dei |186|.

Evidentemente, el 2 de octubre de 1928 no «vio» ni los sucesos ni los detalles históricos sino el núcleo esencial del mensaje divino. ¿Es imaginable que en tales circunstancias, con la repugnancia que sentía a fundar nada nuevo, y sin iluminaciones prácticas para dar nuevos pasos en la fundación, se empeñase en meter mujeres en la empresa? Al menos tenía —en opinión personal— una idea propia, clara y tajante: las mujeres no estaban llamadas a formar parte de esa organización |187|.

No tardó mucho el Señor en enmendar ese criterio restrictivo.

Pasó poco tiempo —escribirá en sus Apuntes íntimos—: el 14 de febrero de 1930, celebraba yo la misa en la capillita de la vieja marquesa de Onteiro, madre de Luz Casanova, a la que yo atendía espiritualmente, mientras era Capellán del Patronato. Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei. Di gracias, y a su tiempo me fui al confesonario del P. Sánchez. Me oyó y me dijo: esto es tan de Dios como lo demás |188|.

Ese 14 de febrero aprendió intelectualmente, y con detalle, lo concerniente a las mujeres: algo que ya estaba implícito en la visión general del 2 de octubre. Allí terminaron los titubeos y la indagación sobre instituciones semejantes:

Anoté, en mis Catalinas, el suceso y la fecha: 14 feb. 1930. Después me olvidé de la fecha, y dejé pasar el tiempo, sin que nunca más se me ocurriera pensar con mi falsa humildad (espíritu de comodidad, era: miedo a la lucha) en ser soldadito de filas: era preciso fundar, sin duda alguna |189|.

Una y otra fundación le cogieron desprevenido. Sobre todo la de mujeres: con la mente falta de iluminación y con la voluntad dividida entre el querer y el no saber. Y, al final, una opinión en firme, excluyendo a las mujeres. ¿No se hacía con ello todavía más patente el origen divino de la Obra? Así lo reconoció el Fundador:

Siempre creí yo —y creo— que el Señor, como en otras ocasiones, me trasteó de manera que quedara una prueba externa objetiva de que la Obra era suya. Yo: ¡no quiero mujeres, en el Opus Dei! Dios: pues yo las quiero |190|.

Con las paradojas fundacionales compuso, en su día, un inspirado ramillete, pues no habían acabado todavía las sorpresas:

La fundación del Opus Dei salió sin mí; la Sección de mujeres contra mi opinión personal, y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, queriendo yo encontrarla y no encontrándola |191|.

Notas

164. Carta 29-XII-1947/14-II-1966, n. 90.

165. Apuntes, n. 839.

166. Meditación del 19-III-1975.

167. Carta 8-XII-1949, n. 5.

168. Carta 24-XII-1951, n. 249.

169. Carta 29-XII-1947/14-II-1966, n. 19.

170. Apuntes, n. 306.

171. Apuntes, n. 179. A partir de ese 2 de octubre del 28 dejé de tener las inspiraciones que me iba dando el Señor (ibidem, nota 193).

172. Ibidem, n. 1870. Todavía, pasados muchos años, le venía a la memoria lo que él pensaba ser falta de correspondencia rendida a las gracias fundacionales; y se preguntaba pocos meses antes de su muerte: ¿Qué medios puse yo? No me porté bien. He sido hasta cobarde... (Meditación del 19-III-1975).

173. Carta 29-XII-1947/14-II-1966, n. 16.

174. Carta 29-XII-1947/14-II-1966, n. 17.

175. Carta 9-I-1932, n. 84.

Esta misma idea se encuentra en Apuntes, n. 373, escrito el 3-XI-1931. Sin embargo, este pensamiento es bastante más antiguo, pues en ese mismo lugar dice el Fundador que ya escribió de ese tema. Como en los números anteriores no se encuentra ningún texto que hable de ese asunto, hay que concluir que la anotación pertenecía al cuaderno I de sus Apuntes, que quemó, y, por lo tanto, debió escribirla, por lo menos, antes de marzo de 1930.

176. Meditación del 14-II-1964. En 1951 había expresado este mismo pensamiento en la Carta 14-IX-1951, n. 3.

177. Apuntes, n. 1870. Don José Luis Múzquiz recuerda haberle oído decir que, en los meses que siguieron al 2 de octubre de 1928, no tenía ningún deseo de ser fundador, y que si hubiera encontrado alguna organización semejante a la Obra, él se iría con gusto como soldado de filas (cfr. José Luis Múzquiz, AGP, RHF, T-04678/1, p. 118).

178. Apuntes, n. 1870. La expresión cosas raras no la emplea en un sentido peyorativo, sino como algo en oposición a la naturalidad propia de los miembros del Opus Dei, que habrían de ser ciudadanos y fieles corrientes (cfr. Carta 29-XII-1947/14-II-1966, n. 17).

179. Meditación del 14-II-1964. Pronto se percató, dice mons. A. del Portillo, que en España no existían instituciones de ese tipo; pero le llegaron noticias de nuevas fundaciones aparecidas en otros países: Italia, Suiza, Alemania, Polonia, etc. (cfr. Sum. 536).

180. Como dice el Fundador: Empieza otra vez la ayuda especial, muy concreta, del Señor (cfr. Apuntes, n. 179, nota 193).

181. Ibidem, n. 475. Y, poco más tarde, escribía a los miembros de la Obra: Muchas veces —aunque no soy amigo de comedias— he tenido la tentación, el deseo, de ponerme de rodillas, para pediros perdón, hijos míos, porque con esa repugnancia a las fundaciones, a pesar de tener abundantes motivos de certeza para fundar la Obra, me resistí cuanto pude: sírvame de excusa, ante Dios Nuestro Señor, el hecho real de que desde el 2 de octubre de 1928, en medio de esa lucha mía interna, he trabajado por cumplir la Santa Voluntad de Dios, comenzando la labor apostólica de la Obra. Han pasado tres años, y veo ahora que quizá quiso el Señor que padeciera entonces y que todavía siga experimentando esa completa repugnancia, para que tenga siempre una prueba externa de que todo es suyo y nada mío (Carta 9-I-1932, n. 84).

182. El conducto por el que llegaba ese tipo de información eran las revistas religiosas españolas. En el texto, del 25-VIII-1930, habla de algo que ya venía haciendo años antes: Desde hace mucho tiempo, además de llevar revistas religiosas (El Mensajero, el Iris de Paz, revistas de misiones y otras de diversas congregaciones) a los enfermos, las he repartido, tranquila y frescamente, por las calles: en los barrios bajos, hubo temporada que no podía pasar por algunas calles sin que me pidieran revistas (Apuntes, n. 86).

«Si mal no recuerdo —declara J. L. Múzquiz— dijo que se las dio un amigo suyo, D. Alejandro Guzmán» (José Luis Múzquiz, AGP, RHF, T-04678/1, p. 20).

183. Apuntes, n. 1870. Mons. A. del Portillo refiere que el Fundador le habló muchas veces de un viejo amigo y condiscípulo de la Facultad de Derecho de Zaragoza, Enrique Luño Peña, que en una ocasión visitó el Patronato de Enfermos, y que no sólo le habló de los Paulinos sino que publicó un artículo en 1928 en la revista "Acción Social":

El artículo en cuestión: E. Luño Peña, Pan y Catecismo, en "La Acción Social", 4ª época, núm 73, Zaragoza, I-1928, p. 7.

Además, en un Anuario Eclesiástico, que entonces tenía gran difusión en España, en el del año 1928, apareció un extenso artículo sobre la fundación del Cardenal Ferrari. Cfr. P. Voltas, CMF, Hombres y hechos de la Iglesia Contemporánea. El Cardenal Ferrari. Su Obra. La Compañía de San Pablo, en E. Subirana, ob. cit., 1928, pp. 105-128.

184. Cfr. L. Martínez de Muñecas, Un gran Apóstol de la Acción Católica, en "El Mensajero Seráfico", 1-I-1930, pp. 15-16; 16-I-1930, pp. 50-51; y 1-II-1930, pp. 81-83. En estos artículos se leía que, al decretar el gobierno zarista la supresión de las Ordenes religiosas en Polonia, el P. Honorato promovió vocaciones religiosas, organizándolas ocultamente: sus miembros hacían votos, pero vivían en el mundo sin hábito religioso y sin vida regular de comunidad. A partir de 1892 fundó varias Congregaciones religiosas, masculinas y femeninas, para las distintas categorías sociales.

El P. Laureano Martínez de Muñecas era un religioso capuchino español, que entonces residía en Cracovia y trabajaba en las fundaciones del P. Honorato Kozminski de Biala Podlaska. Más tarde regresó a España y, en 1950, fundó la Congregación de las Misioneras Franciscanas del Suburbio.

185. Apuntes, n. 1870. Todas las anotaciones anteriores al año 1930 las quemó, como va dicho.

José Luis Múzquiz declara lo que una vez oyó al Fundador, quien le dijo, después de leer las mencionadas revistas: me quedé muy tranquilo, y escribí que esas asociaciones eran completamente diferentes a la fundación que el Señor quería de mí; y, además, que había otra diferencia fundamental: que en esos grupos había mujeres y en la Obra no habría mujeres (José Luis Múzquiz, AGP, RHF, T-04678/1, p. 20).

186. Meditación del 14-II-1964.

Don Pedro Casciaro atestigua que «llegó a escribir: En el Opus Dei no habrá mujeres, ni de broma» (Pedro Casciaro, Sum. 6338); y Blanca Fontán Suanzes declara que: «Al principio, el Siervo de Dios había asegurado que no trabajaría con mujeres ni de broma» (Blanca Fontán, PM, f. 1061).

187. El 2 de octubre de 1928, comenta mons. A. del Portillo, el Fundador vio la Obra como era y continuará siendo hasta el cabo de los siglos: sacerdotes y laicos en busca de la santidad por el cumplimiento de sus deberes familiares y sociales, aunque sin explicitar, de momento, el lugar que en el Opus Dei correspondería a las mujeres y a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz (cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 537).

La iluminación que recibió el 2 de octubre era "sobre toda la Obra": núcleo espiritual y mensaje de santidad, pero no sobre detalles de composición y estructura. Por eso, en su opinión, no cabían en la Obra las mujeres o, por decirlo con sus propias palabras: No pensaba yo que en el Opus Dei hubiera mujeres (Carta 29-VII-1965, n. 2); o bien: nunca habrá mujeres. (El 2 de octubre de 1928 recibió "la iluminación sobre toda la Obra"; el 14 de febrero de 1930 "cogió", con una nueva gracia de Dios, otro aspecto de aquel panorama).

188. Apuntes, n. 1871. Y dando la meditación un 14 de febrero decía:

Yo iba a casa de una anciana señora de ochenta años que se confesaba conmigo, para celebrar Misa en aquel oratorio pequeño que tenía. Y fue allí, después de la Comunión, en la Misa, cuando vino al mundo la Sección femenina. Luego, a su tiempo, me fui corriendo a mi confesor, que me dijo: esto es tan de Dios como lo demás (Meditación del 14-II-1964).

189. Apuntes, n. 1872. Entre los documentos que se conservan en el Archivo General de la Prelatura, se encuentra una carta de A. Slatri, datada en Milán, 21-VII-1930, informando al Fundador sobre los Paulinos y la Opera del Card. Ferrari; asimismo hay dos cartas del p. Laureano Martínez de las Muñecas, de fechas 4-II-1932 y 1-IV-1932, enviadas desde Cracovia sobre las fundaciones del p. Honorato en Polonia (cfr. AGP, RHF, D-15059 y D-03293).

Por la fecha, estas cartas, evidentemente, nada tienen que ver con la búsqueda de una institución similar a la Obra, tal como la vio el Fundador el 2 de octubre de 1928 sino con cuestiones de carácter organizativo y jurídico, al igual que por esos años, especialmente en 1932, consultó las constituciones y reglamentos de otras instituciones (cfr. Apuntes, n. 716, del 10-V-1932). También consultó algunos puntos prácticos con otras personas, como el p. Sánchez (cfr. ibidem, n. 769, del 7-VII-32); o el p. Postius (cfr. ibidem, n. 769, del 7-XII-1932 y n. 808, del 12-VIII-1932); etc.

190. Apuntes, n. 1871. Trastear significa manejar con habilidad a una persona.

En Meditación del 14-II-64, se lee: Para que no hubiera duda de que era El quien quería realizar su Obra, el Señor ponía cosas externas. Yo había escrito: nunca habrá mujeres —ni de broma— en el Opus Dei. Y a los pocos días..., el 14 de febrero, para que se viera que no era cosa mía, sino contra mi inclinación y contra mi voluntad.

191. Citado por Álvaro del Portillo, Sum. 537.

 

 

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