Saber adaptarse a la capacidad de los oyentes

PREGUNTA: Considero que Mons. Escrivá de Balaguer tuvo ese don de lenguas, al que se refiere -entre otros lugares- en Forja, 634 y 895, como un saber adaptarse a la capacidad de los oyentes, hablar de modo asequible a todos, y conseguir así hacernos entender por todos.

Desde que inició el camino del sacerdocio, entendió perfectamente la necesidad de una preparación constante y una dedicación sincera, para atender las distintas labores ministeriales. Comprendió también que esa formación no se reduce a adquirir ciencia y conocimientos, sino que incluye aprender a expresarse con amenidad.

El Fundador del Opus Dei hablaba mucho de la psicología del anuncio: repetir -como las señales de las carreteras- la dirección hacia Dios. Pero, al mismo tiempo, deseaba orientar a las almas con su comportamiento. Era consciente de que su vida había de ser una constante predicación de la fe, insistiendo sin cansarse en los mismos temas. A la vez, nos confiaba con garbo: me tenéis que perdonar que sea tan machacón, que insista siempre en las mismas cosas; pero lo hago a conciencia y en la presencia de Dios, porque necesitamos que nos estén diciendo continuamente que hemos de creer en Dios, que hemos de mirarle, que hemos de dirigirnos a Él.

Nuestro Señor le concedió una muy singular capacidad de comunicación: mediante este don del Cielo, se hacía entender con facilidad por personas de diversas culturas, formación, razas, naciones. En este sentido, no faltan pruebas de que poseía el don de escrutar los corazones, porque se producía tan exacta adecuación de su consejo a las necesidades y condiciones de un alma concreta, que no podía pensarse en una mera coincidencia. Muchos -los interesados o sus amigos- así lo han atestiguado: encontraban el remedio y la comprensión más hondos ante su propia situación, o se sentían alentados frente a sus inquietudes, siempre arropados por el cariño sobrenatural y humano de Mons. Escrivá de Balaguer. Esto sucedía, incluso, sin haberle manifestado el interior del alma y, a veces, sin ni siquiera estar presente.

Su predicación no era nada monótona. Muy al contrario, removía a las almas. Como es natural, giraba alrededor de las verdades de la Iglesia: presentaba siempre la riqueza de la doctrina perenne y, al mismo tiempo, el atractivo de lo nuevo, que ennoblece y da ánimos para la vida. Aconsejaba a los sacerdotes que procurasen dar gran variedad a la predicación del contenido de la fe, de manera que los fieles se sintiesen atraídos por la exposición, para descubrir con amplitud de matices la hondura insondable de la Verdad de Cristo.

Su convencimiento de que la voz del sacerdote tiene que reflejar palabras de Dios, le llevaba a aplicárselas, en primer término, a sí mismo. Consideraba que la comunicación con las almas se entrelaza con la propia vida interior del sacerdote: de esa manera, su predicación resultaba como una meditación personal en voz alta, que atraía por su contenido y su viveza.

Contaba la anécdota de un sacerdote en un pueblo de Aragón. Hablaba de la Pasión del Señor, y quería mover al arrepentimiento reiterando: "por vosotros le condenaron; por vosotros le arrastraron por las calles de Jerusalén; por vosotros le coronaron de espinas; por vosotros le azotaron; por vosotros estuvo sufriendo aquella noche sin poder descansar; por vosotros...", siempre, por vosotros. Hasta que un buen hombre se levantó, y se encaró con él: "y por ti, ¿qué le hicieron?". Nos remachaba esta recomendación a los que íbamos a ser ordenados sacerdotes en 1955: en la predicación, hijos míos, no hay que ir a lucirse, hay que ir a hacer el bien, a decir -en la presencia de Dios- aquellas cosas que hemos hecho nuestras en la meditación y en la lucha por ser mejores.

Sus charlas espirituales y sus consejos jamás desanimaban, nunca recortaban los horizontes; al contrario, estimulaban y exigían, operando en las almas un cambio positivo. Marcaba metas concretas, en las que uno se sentía orientado y acompañado por la ayuda de la gracia y por la oración de Mons. Escrivá de Balaguer. Así se expresaba en 1954: lo necesario en nuestro Opus Dei, para pegarlo también a todos los demás, es que nos ayudemos unos a otros a estar muy cerca de Cristo. Esta bendita preocupación debe ser la primera y la más urgente llamada de nuestro apostolado; y se manifiesta desde los detalles materiales, hasta la ayuda espiritual, en la que hemos de vivir pendientes de las necesidades de los otros. Enseñad a todos a que sean sinceros, y comprobarán que nunca se está solo, porque siempre se siente el apoyo de los hermanos en la fe. Vosotros tenéis obligación de ayudarme a mí, y yo a vosotros: sí, ayudar, contando con nuestras miserias porque, como en los castillos de naipes, nuestra debilidad, bien dispuesta con la ayuda de la gracia, es fortaleza para los demás.