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Que cada palo aguante su vela

PREGUNTA: A pesar de la viveza de su genio, sabía escuchar, sin desconocer los derechos o competencias de los que formaban parte de los correspondientes organismos de gobierno, frente a lo que alguna vez se ha dicho, injustamente.

No es cierto que haya aplastado o atropellado a nadie. Primero, porque procuraba formar a las personas de manera que rindiesen los talentos que el Señor les había concedido. Después, porque fortaleció siempre la autoridad de los que colaboraban en el gobierno, sin quitarles el más mínimo grado de autonomía en el ejercicio de sus cargos. Más aún, cuando no estaban delante los interesados, ponía de relieve las virtudes, las buenas cualidades, los trabajos y la generosidad de aquellos hijos suyos.

Por otro lado, demostraba ese reconocimiento de la autoridad de los Directores, en los diferentes niveles, abandonándose en las manos de la persona que hacía cabeza en la circunscripción o en el Centro. Efectivamente, se sometía al programa elaborado por los Directores del lugar donde se hallaba. Incluso en el Centro donde vivía, para el horario y para el plan general de trabajo, se acomodaba enteramente a las disposiciones que hubiesen tomado los Directores locales.

No he visto que haya menoscabado el prestigio de ninguno. Es más, se ocupaba de formar a sus hijos para que adquiriesen las condiciones de buenos gobernantes, de modo que los demás, atraídos también por el ejemplo de su lucha personal, les dieran su respeto, su cariño y su lealtad.

Nos enseñaba también que quien gobierna no puede pretender hacerlo todo: porque quedarán muchas cosas pendientes, no formará a otras personas, y sembrará la desconfianza, que hace imposible la eficacia: que cada palo aguante su vela, resumía. Tuvo la prudencia de delegar, porque -según comentaba- es más fácil trabajar por veinte que hacer trabajar a veinte, pero -añadía- quizá se esconda en esa postura la comodidad, el egoísmo, la tiranía o la falta de interés para formar a otro.

Cuando un Director había adoptado una directriz equivocada o una decisión impropia, no le quitaba la autoridad delante de los que dependían de él. Después de meditarlo en la presencia de Dios, hablaba con el interesado para hacerle notar su error, y le sugería que él mismo se ocupase de comunicar la rectificación. Así su prestigio quedaba incólume ante las personas que habían recibido las anteriores instrucciones.

Trabajó respetando las competencias y la autonomía de los demás en sus diferentes funciones. El 27 de diciembre de 1973, se dirigía a los miembros del Consejo General: quiero que trabajéis de tal modo que el día en que yo muera podáis continuar ocupándoos de todo como si yo estuviese en medio de vosotros. Si no, quiere decir que he perdido el tiempo. Con esta misma confianza, nos repetía el 19 de marzo: os podré ayudar más desde el Cielo. Ante las protestas de los presentes, insistió con sencillez, sin dramatismo: sabréis hacer las cosas mejor que yo; yo no soy necesario.

 
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