Gobierno colegial en el Opus Dei

PREGUNTA: Un elemento francamente original en el gobierno del Opus Dei es el principio de colegialidad.

Con luces divinas, porque el Codex del Opus Dei fue obra del Fundador, respondiendo a la gracia que el Señor le daba, dispuso que el gobierno fuera siempre colegial. Lo sintetizaba con esta frase: yo no soy más que un voto. Quería evidenciar así el deber de escuchar y valorar la opinión de los demás. Refiriéndose a la necesidad de evitar las tiranías, o las decisiones arbitrarias, subrayaba: al Director propietario lo he fusilado por la espalda, porque si se hubiera tolerado esa figura, se hubiera traicionado el espíritu que Dios me ha dado.

Mons. Álvaro del Portillo, su colaborador más asiduo, me confirmó que, desde los comienzos, les preguntaba y les pedía opinión. Aunque llevasen poco tiempo en el Opus Dei, recurría a quienes tenía cerca para que le expusiesen con claridad sus posibles sugerencias. El mismo Mons. del Portillo comentaba que, durante los primeros años de su entrega, muchas veces le sorprendió la humildad con que le pedía su parecer sobre diferentes cuestiones. Todos se hacían cargo de que el Fundador tenía sobradas luces para decidir, y, sin embargo, no dejaba de oír a sus hijos, cambiando a veces su criterio personal, y dando las gracias por esa colaboración. El 7 de octubre de 1962, nos exponía: no os fiéis nunca del propio juicio, prescindiendo de la ayuda de los demás. Como el metal precioso se pone a prueba, necesita la piedra de toque, nosotros hemos de ver si nuestro juicio es oro fino, escuchando el juicio de los demás, y rectificando siempre que sea preciso. No es una humillación rectificar, es un acto noble, sencillo, que manifiesta sentido común y ganas de servir a Dios.

Fomentó siempre el gobierno colegial. En 1956 nos señalaba que es necesario contar con la ayuda de otros, porque así es más fácil servir a Dios, aunando las fuerzas de tantos; porque es una manera de formar a otras personas en el gobierno, dándoles criterio; porque hay mucho menos peligro de equivocarse; porque se fomenta la unidad y la responsabilidad, al tratar con las personas que están llamadas a desempeñar esas funciones; porque el gobierno colegial se basa en la humildad y en la caridad, al escuchar y aceptar la sugerencias de los otros; porque también con el gobierno colegial es más fácil descansar, ya que los demás pueden suplirnos en el trabajo, cuando no lo podamos desarrollar.

Sabía escuchar, y rectificar o cambiar la orientación de los asuntos, si recibía nuevos datos o sugerencias. Esta manera de comportarse venía a confirmar lo que le escuché en 1956, cuando le ayudábamos personas muy jóvenes: la humildad, para nosotros que gobernamos en el Opus Dei, resulta absolutamente necesaria. No es, no debe ser nunca -como decían los clásicos- una humildad de garabato: no es eso, efectivamente; consiste en algo íntimo que da sabor a la marcha de nuestra vida interior, y que nos permite escuchar la voz de Dios, que tantas veces nos habla a través de los demás. No podemos, ¡no debemos!, hacer una labor de gobierno dictatorial, tiránico; porque, aparte de la ofensa a Dios que eso supone, el Señor no dará su Gracia a quienes no quieran o no se preocupen de cumplir con sus deberes del cargo, en la forma que está prescrita en nuestro Opus Dei. Acordaos siempre de que, en cada momento, se alzan las voces de los que gobiernan con vosotros, y no las podéis rechazar, no las debemos despreciar: más aún, las tenemos que promover, las hemos de pedir, ya que es el modo de decidir luego con seguridad. Hijos míos, os lo digo yo, que soy el Fundador: con la participación de todos en el gobierno, ¡cómo se siente la Providencia de Dios en esa labor de gobernar y de dirigir!

Desde 1952, como secretario, y más adelante en mi trabajo como Custos, encontré de parte suya una petición constante de colaboración. Hasta en los asuntos más personales, buscaba y agradecía la opinión de los demás. Recuerdo que, en el despacho de la correspondencia, cuando preparaba cartas, dictaba minutas, o pensaba en modos de responder, me puntualizaba: tú no estás aquí como un palo, para obrar al dictado. Te ruego, por amor de Dios, que me digas todo lo que veas con entera libertad, porque necesito y agradezco desde el fondo del alma cualquier luz para corregir, para mejorar, para cambiar lo que haya decidido.

En ocasiones, cuando se trataba de emprender nuevas iniciativas, a la vez que nos comunicaba que habría de estudiarse colegialmente, comentaba algún aspecto de aquellas tareas. Sin embargo, añadía que llevásemos las cuestiones a la oración y al estudio personal, y que no teníamos que atenernos -ni siquiera tomarlas como punto de partida- a las observaciones que acababa de exponer.

Manifestaba que debíamos rechazar la tozudez del soberbio, que repite altivamente: yo me rompo, pero no me doblo. Nos insistía en escuchar, agradecer la opinión de los demás, y rectificar. He sido testigo de esta actitud, tanto en las materias de gobierno como en las cuestiones más corrientes de la conversación; se acomodaba -cuando el tema no afectaba al carisma fundacional- a la decisión de la mayoría, o a las opiniones de los otros, sin aferrarse al propio juicio.

Nunca le he visto empeñarse en sus puntos de vista en materias opinables. Le había quedado muy grabada, desde niño, una enseñanza de su madre, que llenó más tarde de contenido sobrenatural: "la razón se da a los locos". Aprendió así a ceder con naturalidad, sin molestarse y sin guardar el más mínimo resentimiento, ante opiniones distintas de las suyas. No solamente se doblegaba, sino que atendía esas razones, y se acomodaba a los modos de actuar de los demás.

No se conformaba con pedir sugerencias expresamente, sino que nos repetía que en cualquier tema, después de conocer su punto de vista, e incluso su decisión, si alguno pensaba de otro modo, se lo comunicara. Cuando recibía una propuesta contraria a su parecer, que luego se demostraba además desacertada, jamás hacía hincapié sobre esa equivocación para reforzar su autoridad; tampoco dejaba de apreciar en lo sucesivo los planteamientos de esa misma persona; y nunca se le escapó un comentario peyorativo aunque la opinión careciera de fundamento.