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PREGUNTA: Esta consideración sitúa ante un elemento esencial para entender la obediencia cristiana -dentro y fuera del Opus Dei-: la visión sobrenatural, superadora de una mente humana más o menos organizativa o pragmática.

Mons. Escrivá de Balaguer entendió siempre su misión de gobierno como servicio a las almas, considerando que los pastores son mediadores entre Dios y los hombres: trataba a todos con la máxima caridad. Estaba persuadido de que se jugaba su salvación y la de muchos otros. Por esto, procedía con justicia y con ánimo de agradar al Señor, por encima de criterios o razonamientos meramente humanos. Imperó en su vida un principio muy claro: ¡con las almas no se juega!, ¡no se hacen experimentos con las almas!

En la primera ocasión en que hube de intervenir para el nombramiento de un cargo, manifesté mi opinión con cierta inseguridad. El Fundador del Opus Dei, con claridad y confianza, me recordó que debía actuar en estas materias, y en todas las que se refiriesen al gobierno, después de haberlas meditado hondamente. Ya sé que no lo harás, remachó, pero quiero insistirte en que rechaces los criterios humanos como base de estas cuestiones: piensa en el servicio de Dios, piensa en las almas, ¡y piensa en tu alma! Esto ha de ir por delante.

En 1969, uno le preguntó: "¿cuál ha de ser la primera preocupación de un Director en el Opus Dei?". Contestó inmediatamente: ¿la primera preocupación del Director?: ¡el Director! Y así sale todo. Es decir, el Director no tiene preocupación, tiene ocupación, de santificarse y santificar a los demás. No es una salida de tono, ni un egoísmo, lo que acabo de afirmar: es que, hijos míos, sólo se puede dar aquello que se tiene.

Dos años antes, describía así la necesidad de la oración: sin piedad, el gobierno degenera en tiranía, se hace imposible el gobierno colegial, y es poco menos que inevitable la desunión con la pérdida del buen espíritu de parte de todas las personas. Y en 1966 nos decía a algunos que ocupábamos cargos en el Opus Dei: los que gobiernan deben tener mucha serenidad, y pedírsela al Señor, sin olvidar que en este mundo fácilmente los Hosanna se convierten en Requiem, y la Cruz en motivo de Resurrección. Con este criterio, debéis saber aconsejar a todas las almas que dependen de vosotros, para que no pierdan de vista el punto de mira sobrenatural.

Aconsejaba también a los que desempeñan funciones de gobierno que no deben hacer sufrir innecesariamente a nadie: los Directores, no lo olvidéis, tienen corazón, aman a los que llevan sobre sus espaldas, les importa todo lo que les sucede; y sufren, cuando alguno sufre. Yo entiendo muy bien esa exclamación de San Pablo, que es una queja cariñosa, y una manifestación de su gran cariño por los suyos: ¡quién de vosotros padece, y yo no! Evitad a los demás todos los sufrimientos innecesarios y, cuando sea necesario hacer sufrir, participad vosotros en ese dolor, porque habéis de llevar bien metidos en el alma y en el corazón la vida de los que de vosotros dependen. En 1959, nos puntualizaba: gobernar no es hacer sufrir, ni maltratar, ni mandar a secas. No hacer sufrir a nadie y, en todo caso, sufrir los que mandan. Los demás tienen que descansar en los Directores: bastante hay que sufrir en la vida, y ya sufrió Cristo completamente por nosotros. No me lo olvidéis, hijos míos Directores.

A este propósito, en 1966, nos encarecía: ¡no hay más remedio! Los Directores hemos de tener corazón de padre y corazón de madre -también los demás, pero especialmente los Directores-: saber exigir y saber comprender, para que nadie se sienta solo. Tenemos que cuidar de cada uno, importándonos toda la vida de cada uno. Por eso, cuando hay un alma que entristece a los demás, que rompe el ambiente de alegría, los que gobiernan esa casa, ese Centro, tienen obligación de examinar y de atender esa alma con microscopio: ¡hay que descubrir hasta el último virus!

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