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PREGUNTA: No cabe duda de que esa atención a las cosas pequeñas contribuía también a disimular la carencia de medios. Tal vez se puede añadir aquí alguna otra anécdota.

Mientras se instalaba la Sede Central del Opus Dei, comprobé cómo sacaba provecho de todo, para obtener un ambiente simpático y familiar, con lo indispensable: por ejemplo, hacer un repostero, con trapos de tela vieja; visitar a los ropavejeros para adquirir cosas simpáticas que, por poco precio y con un mínimo de arreglo, pudieran servir; recoger fragmentos viejos de objetos utilizados, para colocarlos en vitrinas como recuerdos, como ornamentación, etc. Aprendíamos constantemente a sacar el máximo provecho de lo que estaba en nuestras manos, sin dejar que se perdiera nada.

No escribía jamás en una hoja colocada directamente sobre la mesa, para no rayar la madera. Ponía debajo una carpeta o varios papeles, de manera que la presión de la pluma, del lápiz, o del bolígrafo, no dejase marcas sobre el tablero. Nos enseñó así a quienes estábamos a su alrededor, a no estropear las mesas. Además, nos insistía, os sirve de pequeña mortificación, y mantenéis la casa con la alegría propia de un hogar cristiano, en el que con todo este conjunto de detalles materiales se vive la caridad cristiana, facilitando el ambiente de familia, y se siente la responsabilidad de sacar adelante una casa, evitando gastos innecesarios. Presencié también cómo explicaba a sus hijas el modo de secar las copas de cristal, para evitar que se rompiesen.

En 1950 me enseñó a subir las escaleras, porque yo arrastraba un poco los pies en cada peldaño. Después de sugerirme que podía ofrecer aquella mortificación de levantar y bajar los pies sin rozarlos, agregó: además, por la pobreza bendita que vivimos, gastarás menos los zapatos sin tanto roce, estropearás menos los escalones porque no los rayarás, y evitarás que, pensando en los demás, la gente descuide los lugares donde vive o las cosas que utiliza.

Por esta misma razón de pobreza, mandó poner unos pasos de lona para cubrir la zona de las alfombras donde se transitaba, con el fin de que se estropearan menos. Se quitaban cuando había visitas, y se volvían a poner en cuanto el invitado se marchaba. También nos enseñó que, con cierta periodicidad, había que cambiar las alfombras de posición, girándolas ciento ochenta grados, de manera que los lugares más protegidos pasasen a ser, durante algún tiempo, sitio de paso, y se evitase un desgaste de la alfombra, que obligara a cambiarla en un tiempo relativamente corto.

En 1953 atendí una parte de las obras de la Sede Central en las que se estaban terminando los últimos detalles. De acuerdo con el electricista, decidí dejar un trozo de hilo al descubierto, porque iba detrás de un biombo, y no se vería. Como medía diez centímetros, me pareció que no tenía importancia. En cuanto llegó Mons. Escrivá de Balaguer a esa habitación, me llamó, y me dijo con claridad que era necesario acabar las cosas bien, por amor de Dios y por pobreza. Se había pagado para que aquello estuviera instalado sin ningún hilo eléctrico a la vista, porque con el tiempo aquel cable podría gastarse o engancharse con otro objeto. Además, no constituía jamás una disculpa el hecho de que no se vieran, porque nosotros trabajamos para Dios y hemos de hacer todo pensando que Él lo contempla.

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