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El sentido laical de la pobreza cristiana

PREGUNTA: No parece posible exponerlo aquí con detenimiento. Pero, como insinuaba poco antes, el sentido laical de la pobreza cristiana tiene mucho que ver con la dignidad de la persona humana, y está también en la raíz de la justicia social. El Fundador del Opus Dei subrayó siempre esos aspectos, como medio específico de santificación en medio del mundo.

Inculcó y exigió el cumplimiento de los deberes de justicia a todos los que trataba: los padres, respecto de sus hijos; los hijos, de sus padres; los estudiantes, hacia su familia, la sociedad y los maestros; los profesores, cara a su ciencia, los discípulos y la sociedad; las autoridades, con los súbditos, al ejercer el poder en su servicio; y, en fin, cualquier profesional, a través del cumplimiento bien acabado de su trabajo.

Desde su juventud se interesó por los ambientes más necesitados o marginados; se dedicó personalmente a atenderles cuando comenzó su ministerio, y después, a los que le rodeaban, les enseñó el deber de ocuparse de los menesterosos, de ayudarles en el ejercicio de sus derechos, para que pudiesen alcanzar el bienestar adecuado, acorde con el desarrollo de la dignidad humana. Al ver la situación de obreros y campesinos, o de los que se encontraban sin trabajo, fomentó la conciencia de que había que facilitarles vivienda, alimentación, formación profesional para ellos y para sus hijos, etc.

Promovió muchas labores a través de miembros de la Obra, en muchos países del mundo. Por ejemplo, en la Prelatura de Yauyos, son innumerables las iniciativas en favor de campesinos que vivían en la escasez y en la miseria más increíbles: escuelas en diferentes pueblos; centros para la formación de la mujer; difusión de programas radiofónicos. Y lo mismo ha sucedido en México, donde se ha hecho una formidable labor social entre los habitantes de distintos valles, contribuyendo a la elevación humana del trabajo, y a la educación de los hijos.

Como consecuencia del celo apostólico del Fundador del Opus Dei, se han multiplicado estas labores en Italia, Portugal, España, Francia, Estados Unidos, México, diferentes países de América del Sur, de Asia y de África: a sus hijos de todo el mundo, les transmitía su ferviente deseo de que pusieran en marcha actividades de promoción social, para defender la justicia y colocar a los más necesitados en condiciones de vivir con la dignidad debida a la persona humana.

Tengo constancia de muchas conversaciones de Mons. Escrivá de Balaguer con dirigentes de empresas de España, Italia, Suiza, Portugal, México, Alemania, Argentina, Filipinas, Venezuela, Brasil, etc.; se trataba de católicos y no católicos, en los que supo despertar la inquietud positiva de servir a la sociedad. Con gran sentido catequético, les recordaba puntos fundamentales de la doctrina de la Iglesia y les animaba a hacer una amplia promoción social, con sincera y generosa dedicación. Les aclaraba que eso no exigía cambiar de ambiente o de condiciones de vida, para poder influir entre sus iguales, transmitiéndoles sus sanas inquietudes, pero debían fomentar un total desprendimiento de sus riquezas, sabiéndose administradores de los bienes de Dios.

Les insistía, además, en que estaban obligados a pagar, a todos los que dependían de ellos, con la justicia y equidad de quien tiene conciencia cristiana o -al menos- desea respetar la ley natural. Les encarecía su propia responsabilidad, para hacer precisamente en sus empresas e industrias, esa labor cristiana, ya que con esos negocios -si eran justos- estaban facilitando empleo y promoción a miles y miles de personas; no podían tratar a sus empleados como objetos o meros servidores, sino como hermanos que prestan un trabajo y necesitan el respeto, la ayuda y la justa retribución, para vivir bien ellos y sus familias.

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