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PREGUNTA ¿Cómo era su habitación personal?

Había en su dormitorio cuatro muebles muy baratos: una cama de hierro hecha por un herrero, que costó exactamente veinticinco mil liras en 1953; una banqueta, armada con maderas de cajones de fruta, y tapizada por arriba con una tela modesta, que no se ha cambiado desde 1952. Finalmente, un sillón de madera y una mesa que estaban entre el mobiliario de la Villa, cuando se adquirió. Se colocó al lado una lámpara de pie para que pudiera trabajar. Como decoración, durante bastante tiempo, no tuvo nada más que una imagen pequeña de la Virgen, que luego pudo ser sustituida por un cuadro de la Sagrada Familia que regalaron en Palermo.

Accedió a que se pusiese en el dormitorio un crucifijo de bronce sobre una cruz de madera grande. Y más tarde se trajeron de Madrid unos azulejos con las palabras: "Aparta, Señor, de mí lo que me aparte de Ti".

Fue luego poniendo algunos otros objetos, que eran despertadores para su presencia de Dios. En el aplique de luz que había junto a la cabecera de la cama colocó un rosario grande con la medalla central de la Virgen de Guadalupe. Instaló también unos azulejos -que decoró un miembro del Opus Dei en la mufla usada para las obras-, en los que se representa un Sagrado Corazón traspasado por una flecha, con las abreviaturas de las palabras Iesus Christus, y debajo, Deus Homo.

Dejó también, en una tablita muy pobre de las que se utilizaban en la construcción, una lámina de papel con la figura impresa de su paisano, San José de Calasanz. Junto a ese cuadrito había colocado una cruz de Caravaca, que es una cruz metálica con cuatro brazos, en lugar de sólo los dos habituales, formados por dos travesaños paralelos. Pasados los años, debajo del cuadro de la Sagrada Familia, tuvo una pequeña imagen de San Antón -su patrono-, que le regaló un chamarilero romano.

El pavimento era pobre y gélido. Al final de su vida, en 1974, Mons. Álvaro del Portillo y yo decidimos que se pusiera una moqueta, para evitar el frío. Tomamos esa decisión, teniendo en cuenta su propensión a las infecciones bronquiales, después de que se hubiera caído al suelo más de una vez. Su primera reacción, puesto que no le habíamos preguntado para evitar su negativa, fue de disgusto, por hacer ese gasto pensando en su persona. Lo aceptó después de comentarle que habíamos actuado de acuerdo con los médicos.

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