Tratar a las almas por igual

PREGUNTA: Mons. Escrivá de Balaguer trataba a las almas por igual, sin hacer acepción de personas.

Desde el principio, nunca dejó de impartir un medio de formación, aunque el número de participantes se redujese a uno solo. Los dirigía con la misma ilusión y fuego apostólico que si asistieran muchísimas personas. Y recomendó siempre esta norma de conducta en el Opus Dei: no se deja de dar ninguna clase, no se deja de tener ningún Círculo, no se deja de impartir ningún curso de retiro espiritual o un retiro, aunque los participantes queden reducidos a una sola persona, teniendo muy en cuenta que por cada alma el Señor ha dado toda su Sangre.

No hizo distinciones por el origen social. Se consideró sacerdote de todos y para todos: detrás de cada uno, fuese quien fuese, veía un alma que había que ganar para Cristo. Su generosa dedicación a personas de tan variadas condiciones, produjo -entre los que le trataban- la admiración de ver que atendía, con la misma entrega y espíritu sacerdotal, a aquellos de quienes no podía esperar ningún apoyo. En su labor ministerial, se mostró tan dispuesto a entregarles su tiempo y sus energías, como cuando requerían su atención pastoral o su amistad gentes de relieve o con posibilidades de sobresalir. Como es natural, fomentaba en estos últimos la responsabilidad, que a todos competía, de ayudar a quienes disponían de menos medios o de menor formación humana y religiosa.

He visto con qué naturalidad y cariño sabía ponerse a la altura de las personas más humildes, suscitando a su alrededor un interés efectivo por encontrar a Dios y buscar soluciones a los problemas humanos que les afectaban. No lo hacía como de manera forzada, sino porque se sabía hermano de todos y de cada uno, dispuesto a gastar su vida, con la gracia de Dios, por la última criatura humana que necesitase su ayuda.

No tenía inconveniente en estrecharles la mano o darles un abrazo paternal cuando, por las condiciones materiales en que se encontraban -sudorosos, con la ropa de trabajo manchada, o manchados ellos mismos-, se resistían a ese gesto.

Besaba con agradecimiento sacerdotal las manos de los obreros, porque con ellas estaban haciendo de su trabajo una oración, y muchos, al hilo del espíritu del Opus Dei, continuaban el Santo Sacrificio de la Misa durante la jornada ofreciendo al Señor el esfuerzo que realizaban.

Se mezclaba con espontaneidad entre los pobres con heridas o enfermedades contagiosas; atendía a enfermos indigentes que pedían su ayuda, precisamente porque sabían que su corazón no se cerraba a nadie.

Como demostración patente de todo lo que señalo, está la realidad de que muchos fieles de la Prelatura proceden de condiciones sociales muy bajas, y viven con una delicadeza extraordinaria el mismo camino espiritual que practican los miembros de nivel social más alto.

A lo largo de su vida, y puedo testificarlo porque -como secretario- organizaba el horario de las visitas, ha recibido a todo tipo de personas. No han faltado quienes, al enterarse de esa apertura sacerdotal, comentaban que no entendían su postura. Sin perder la paz, nos aclaraba que era sacerdote de Jesucristo, y que debía tener los brazos abiertos: si viene a mí la persona más cargada de defectos, de errores, de odios, le atenderé con toda la fuerza de mi corazón, recordando que Jesucristo -así lo dijo Él- ha venido para salvar a los pecadores, a los enfermos, y todos somos enfermos y pecadores.

Y, en fin, buena prueba de esto es que, el 26 de junio de 1975, en cuanto tuvieron noticia de su fallecimiento, acudieron a la Sede Central del Opus Dei innumerables personas de todo tipo y condición: desde trabajadores de la industria y del comercio, hasta Obispos y Cardenales de la Iglesia, estudiantes, amas de casa, embajadores, profesionales, religiosos y religiosas, en un desfile continuo, mientras su cuerpo permaneció expuesto. Muchos padres no dudaron en llevar a sus hijos, aunque fueran muy pequeños. Y caían en oración confiada, mirando su rostro, que -también a esas criaturas- llenaba de paz. Trabajadores y proveedores de las obras de aquellos edificios, se acercaron con sus familias a rezar, y comentaron el inmenso bien que a ellos, a sus esposas y a sus hijos, les había proporcionado el trato con Mons. Escrivá de Balaguer.