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Trabajo bien acabado

PREGUNTA: Me ha sorprendido siempre la facilidad con que Mons. Escrivá de Balaguer sacaba punta sobrenatural a los quehaceres humanos. Basta leer, en aquella homilía de 1960 -incluida en el libro Amigos de Dios-, las anotaciones sobre la crestería de la catedral de Burgos, toda una lección práctica de trabajo bien acabado y de rectitud de intención.

El 17 de mayo de 1972, recibió a un militar, hombre duro y recio, noble y sincero, pero apenado ante la situación de la Iglesia y de la sociedad. Se lo comentó al Fundador del Opus Dei, que repuso: cuádrate delante del Sagrario, como un quinto, y dile: aquí estoy. Entrégate del todo, ¡es la hora de la lealtad!

No permitía que el exceso de trabajo fuera excusa para dejar en un segundo plano la lucha interior. A veces, algunos le manifestaban sus dificultades para cumplir ordenadamente el plan de vida, por los muchos compromisos profesionales que llenaban su jornada: "Padre, es que tengo varios encargos profesionales: debo dar clases; atender a los alumnos; hacer tantas visitas por distintos motivos; y he de dedicarme a mi mujer y a mis hijos. ¡Me faltan horas en el día!". Mons. Escrivá de Balaguer les escuchaba, y respondía: me has dicho... -y repetía esa enumeración de ocupaciones-, y te falta un dato: que además y principalmente has de dedicar un tiempo expreso para el Señor. Aquí está la raíz: cuida más tu vida de piedad, métete más en el Señor, y tu día se hará de cuarenta y ocho horas. Llegarás a eso que atiendes ahora, y a muchas cosas más, porque contarás con la fuerza de Dios.

El 22 de enero de 1968, le visitó un Supernumerario del Opus Dei, investigador de fama internacional, con muchos doctorados honoris causa. Le recordó Mons. Escrivá de Balaguer que lo más importante para él eran las normas de piedad: son el clavo donde se apoya toda tu vida, y allí encontrarás el descanso y la fortaleza, para esa tarea profesional que has de convertir en oración. Nos explicaba, después, que le daba alegría ver que hombres de esta categoría supieran anteponer el trato con Dios, que también -insistía- supone un descanso -aunque requiera esfuerzo- porque de ahí se sacan fuerzas de la gracia que Dios nos entrega.

Cuando se acumulaban los asuntos o preveía que las circunstancias podrían llevarle a descuidar las normas de piedad, las adelantaba. Así lo aconsejaba particularmente a los miembros del Opus Dei con cargos públicos o profesionales de responsabilidad, para que no se dejasen arrastrar por la barahúnda del trabajo cotidiano, y tuviesen presente que el fundamento de la eficacia de su profesión estaba en la vida interior.

A este propósito, nos decía en 1956: hemos de considerar si en el trabajo, si en todas las circunstancias, encontramos oración, presencia de Dios, diálogo con Él; si sacamos materia de oración, si damos espacio a la mortificación, por la puntualidad y la constancia en el cumplimiento del deber concreto; si lo cumplimos con responsabilidad, para que sea punto de apoyo y sostenimiento de la familia que formamos... No podemos perder nunca de vista que nuestro trabajo es corredención.

 
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