La felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra

PREGUNTA: Recuerdo bien la homilía que el Fundador del Opus Dei pronunció en el campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967, y que fue incluida al final del libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer con el título Amar al mundo apasionadamente. Fue la primera vez que le oí la audaz expresión materialismo cristiano, para sintetizar la doctrina que había difundido desde 1928. En aquella ocasión, insistía en que el cielo y la tierra se funden en el corazón del cristiano: cuando desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Es otra muestra de la unidad de vida, del acercamiento de lo humano y lo divino, ganado para todos los hombres por la Encarnación del Verbo. Como se lee en Forja, 1005: Cada vez estoy más persuadido: la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra.

El 18 de septiembre de 1970, alguien le preguntó: "Padre, usted, ¿en quién espera?". Respondió inmediatamente: espero en Dios, que es mi Padre; en la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra; y en vuestra fidelidad a Dios. Nunca he contado con los medios humanos para salir adelante; pero tened confianza: Dios está con nosotros y no nos abandona, si nosotros no le abandonamos.

Desde muy joven, rezaba jaculatorias que fortalecían su esperanza en el Señor: quod bonum est oculis eius, faciat! ["¡cúmplase lo que es bueno a tus ojos!"]; in manibus tuis tempora mea! ["¡en tus manos abandono mis días!"]; omnia in bonum! [¡"todo para bien!"]; Deus meus et omnia! ["¡mi Dios y mi todo!"]; cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies. Contritum et humiliatum valde! ["no despreciará Dios un corazón contrito y humillado, ¡un corazón profundamente contrito y humillado!"]; et in electorum tuorum iubeas grege numerari! ["¡dígnate contarnos entre tus elegidos!"]; Filius meus es Tu! ["¡Tú eres mi Hijo!"]; Ego elegi te! ["¡Yo te elegí!"]

En circunstancias difíciles, aplicaba este principio: las obras, las distintas tareas que el Señor nos pide, no dejan de salir por falta de medios materiales; no salen por falta de esperanza en el Señor, por falta de fe, por falta de amor. Apoyado en esa seguridad, repetía en distintos momentos, lleno de paz, palabras de los Salmos o de la liturgia: in Te Domine speravi, non confundar in aeternum! ["esperé en Ti, Señor, y no seré confundido para siempre!"]; Domine, exaudi orationem meam! ["Señor, ¡escucha mi oración!"]; ad Te levavi animam meam! ["¡a Ti levanté mi alma!"]