Detalles de amor a la Eucaristía

PREGUNTA: Esa finura de conciencia era la principal preparación para recibir al Señor. Pero, en torno a la Eucaristía y al Sagrario mostraba un sinfín de pequeños detalles.

He aprendido del Fundador del Opus Dei a cuidar el Sagrario y los objetos dedicados al culto. Le he visto tocarlos y prepararlos con extrema delicadeza. He presenciado también su serio disgusto, cuando por dejadez se estropeaban cálices, patenas, custodias, altares. Nos hacía notar, con firmeza, que esos incidentes no deberían ocurrir: sé muy bien que también me puede suceder a mí, pero hemos de esmerarnos y poner todo el esfuerzo para que no suceda, sin acostumbrarnos a tratar estos objetos: el amor nos tiene que llevar a esas delicadezas. Y concluía: no poner ese esmero sería ¡desamor!

No entendía que, negándose la gente a comer en un mantel sucio, sin embargo, a veces, se tolerase que los lienzos sagrados tuvieran auténtica mugre: pienso -aseguraba- que el Señor tratará con más dureza estos casos que las faltas que hayamos cometido por pasión. En estos últimos errores, caben los atenuantes de nuestra naturaleza caída; pero, en lo que se refiere al culto, no hay pasión que pueda cegar, ¡hay desamor!, que es una postura que hemos de rechazar cuando tratamos al Señor.

En 1967, nos insistía: cuando se ama, se siente libremente la responsabilidad del cumplimiento del deber; y se siente también el zarpazo, el reproche divino, cuando no hemos cumplido o cuando hemos cumplido menos bien.

Cuando algunos interpretaron mal la reforma litúrgica y se desprendieron de objetos y paramentos que la Iglesia no había excluido, o los dedicaron a usos diferentes, procuró sensibilizar la conciencia de sacerdotes y fieles, para que los recogieran, con el fin de volver a dedicarlos al culto o guardarlos piadosamente, como recuerdos de una tradición cristiana y de una piedad vivida durante siglos. Le daba pena que se perdiera por ligereza ese tesoro.

Amaba sinceramente todas las prácticas del culto. Las consideraba medios necesarios para el trato activo de las almas con el Señor. Era santamente intransigente con cuanto supusiese rutina, descuido o ligereza en esos actos litúrgicos. Por eso, nos aconsejaba que si -por la equivocación de alguien o cualquier otro suceso- nos venían ganas de reír durante la ceremonia, pensásemos en la Pasión del Señor, esos sufrimientos sin límites, padecidos por ti, por mí, por tus ofensas y por mis ofensas a Dios; y, si aun así no eres capaz de dominar ese comportamiento, date un pellizco de modo que te hagas daño, que sientas dolor físico, pero has de evitar todo lo que suponga una distracción o una falta de delicadeza con el Señor que nos preside y a Quien se dirigen los distintos actos de culto.