Desagravio a la Eucaristía

PREGUNTA: De otra parte, su devoción a la Eucaristía le llevó también, en los últimos años, a incrementar el espíritu de desagravio.

Tenía hambre de estar en la presencia de Jesús Sacramentado para adorarle, para acompañarle, para reparar -añadía en su humildad- por mis propias miserias y por las miserias de toda la humanidad, para no dejarle solo, ya que en tantos lugares el Señor se encontrará sin esa compañía que deberíamos hacerle todos los hombres.

En 1960 nos hablaba una vez más del misterio de la Eucaristía: el "Gran Solitario", porque la gente le ha abandonado. No entienden de amor, de comprensión, de entrega. ¡Cómo van a entender, si no quieren acudir a la fuente! Yo pido al Señor, para todo el mundo, para mis hijas, para mis hijos y para mí, que sepamos tratar a Cristo en la Eucaristía. Acudid con fe, con delicadeza, con continuidad. No importan nuestras miserias personales, si estamos en gracia de Dios. Precisamente, si nos apoyamos en esa debilidad, sentiremos más conscientemente su necesidad, la necesidad de Dios en nuestra vida. Llevo unos días en los que mi oración de adoración a la Eucaristía tiene todo un matiz de reparación y de súplica, para no abandonarle: peto quod petivit latro poenitens ["te pido lo que te pedía el ladrón arrepentido"]; me veo débil, y me lleno de confianza en el poder de Dios, que nunca desatiende a quien acude con confianza y con humildad.

Y completaba: los sacerdotes hemos de amar tanto el sacerdocio, como para ponerlo continuamente junto al Señor en el Sagrario y transformar toda nuestra vida en una labor espiritual; pero el trabajo nuestro ha de ser como el de los demás: una ofrenda hecha al Señor. Quiero decir que nuestra operatio Dei es una Misa, que empieza a las doce de la noche y termina veinticuatro horas después.

Rezaba y cantaba con frecuencia, el himno Adoro te devote. Para fomentar la fe en la Eucaristía aconsejó a sus hijos que lo recitasen y meditasen todos los jueves, pidiendo al Señor que incrementase la piedad de los cristianos.

Tenía tan arraigados estos modos de vivir su fe, que durante los viajes o en sus salidas por la ciudad, al divisar las torres de las iglesias, le venía a los labios algún verso de este himno: significaba una rápida interrupción de la conversación, que contribuía a su devoción eucarística y a la de los que le acompañábamos. Repetía también una jaculatoria que brotaba muy del fondo de su alma: ¡Jesús, que has curado a tantas almas, haz que te vea como Médico Divino en la Hostia Santa!

Le he oído animar a personas de todas las clases sociales a comulgar con las mejores disposiciones, sin dejarse llevar por los escrúpulos. Al mismo tiempo, recordaba tajantemente las debidas condiciones de dignidad: no comulguéis cuando tengáis una sombra fundada de duda de que habéis podido ofender gravemente al Señor; no os dejéis llevar nunca por los escrúpulos, pero tampoco recibáis al Señor con esa sombra de duda.