El Sagrario, cárcel de amor

PREGUNTA: Queda señalado en otro lugar, pero no deja de sorprender la creatividad de Mons. Escrivá de Balaguer, al aplicar a Jesús Sacramentado en el Sagrario términos amorosos como saludar, asaltar, cortejar, escaparse...

En los momentos libres que se le presentaban, aunque hubiese de subir y bajar escaleras, se acercaba al oratorio para hacer una genuflexión, acompañada de una jaculatoria, una comunión espiritual o un acto de adoración. No se recataba en ningún momento de dar este consejo: escápate cuando puedas a hacer compañía a Jesús Sacramentado, aunque sólo sea durante unos segundos, y dile -con toda el alma- que le quieres, que quieres quererle más, y que le quieres por todas las personas de la tierra, también por aquellos que dicen que no le quieren.

En una ocasión, el Fundador del Opus Dei había recibido una visita. Al terminar de almorzar, con la naturalidad que le caracterizaba, sugirió: vamos a saludar al Señor. Eran personas cristianas y piadosas, pero se extrañaron al oírle hablar así, porque su tono de voz correspondía al de quien está pensando en alguien muy superior: ¿a quién podremos ir a saludar como señor de esta casa, si el dueño es él? Lo comprendieron al entrar en el oratorio.

Nos insistía, a Mons. Álvaro del Portillo y a mí, que no pasásemos por delante del Tabernáculo, sin decirle que le queréis con toda el alma, que queréis custodiarle en vuestros corazones, que le agradecéis su presencia en el Sagrario para consuelo nuestro, que nos ayude con su fortaleza y su omnipotencia; y, después de hacernos estas consideraciones, agregaba: yo lo hago.

Con esa pasión por Jesús Sacramentado que le consumía, nos rogaba el 26 de febrero de 1970: uníos a mi oración constante. Rezo todo el día y por la noche. Uníos a mi Santa Misa. Haced muchos actos de fe y de amor en la presencia eucarística; y haced muchos actos de desagravio. Decid al Señor que le amáis con toda el alma, que no le queréis hacer sufrir, que deseáis desagraviarle continuamente.

Recomendaba a los sacerdotes que hicieran mucha compañía al Santísimo Sacramento. Quería que aumentase en todos esa piedad eucarística, y les hacía notar que sin hacerlo porque os vean las personas de vuestra iglesia, los feligreses de vuestra parroquia, no os ha de importar que os vean. Si estáis pendientes del Señor, y la gente conoce vuestro amor, os preguntará los motivos; y podéis hablar entonces de ese enamoramiento que os tiene que llenar toda la vida.

Nos repetía constantemente: te doy gracias, Dios mío, porque desde joven me has hecho entrever la maravilla del Amor de este misterio de la Eucaristía.

En 1973, incitaba en sus hijas y en sus hijos este amor creciente a Jesús Sacramentado: Dios nos ha hecho capaces de quererle, de mirarle, de amarle. ¿Cómo?: cumpliendo delicadamente, con esfuerzo, el plan de cada día. Padre, me preguntaréis, ¿pero cómo podemos tratarle más?: metiéndoos en su intimidad, porque somos de su familia; yendo a buscarle donde está, en el Sagrario y en vuestras almas; y decidle que descansáis en Él, en su fortaleza.

Estas palabras, pronunciadas en los últimos años de su vida, son continuidad de cuanto vivió y predicó constantemente. Así, por ejemplo, en 1958 nos urgía: hemos de insistir -a los demás y a nosotros mismos- en que no le dejemos nunca solo en esa cárcel voluntaria del Sagrario, cárcel de amor, donde se ha querido quedar oculto en la Hostia, inerme, por ti y por mí. Y en 1962: desde hace muchísimo tiempo, cuando hago la genuflexión ante el Sagrario, después de adorar al Señor Sacramentado, doy también gracias a los Ángeles, porque continuamente hacen la corte a Dios. Hacer la corte: de ahí viene la palabra cortejar, que es seguir con amor a la persona de la que se está enamorado; así se emplea, en la vida corriente, para decir que un hombre ama a una mujer.

El 10 de junio de 1971, fecha en que se celebraba el Corpus Christi, nos comentaba: hoy me da una alegría especial agradecer a los Ángeles la corte que hacen a Jesús Sacramentado, en todos los Sagrarios, se haga fiesta o no se haga fiesta en honor de Jesús Sacramentado. Es una costumbre mía de siempre, pero hoy me da todavía más presencia de Dios.

Y en otro momento de ese día, agregó: mientras celebraba la Misa esta mañana, le he dicho a Nuestro Señor con el pensamiento: yo te acompaño en todas las procesiones del mundo, en todos los Sagrarios donde te honran, y en todos los lugares donde estés y no te honren.