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Un corazón grande

 

Indice: Memoria del beato Josemaría

PREGUNTA: Al comenzar este epígrafe, pensé en titularlo simplemente un corazón grande.

Le he escuchado repetir el mismo consejo en todos los ambientes, con gente de relieve cultural, económico o social, con personas de clase media, con enfermos, con pobres, con quienes no se distinguían por sus cualidades intelectuales ni por su preparación humana: a Dios hay que quererle con el corazón entero, entregado, sabiendo que el Señor se conforma con este pobre corazón nuestro si se lo damos de veras, como se lo hubiéramos dado a una criatura aquí en la tierra.

Tenía la convicción de que hemos de querer al Señor con amor ardiente de enamorados. Su tensión -llena de paz- por amar más a Dios le llevaba a exclamar en 1967: la persona que busca sinceramente, ¡de verdad!, la perfección cristiana, siempre encuentra defectos en sus obras, como el artista a su trabajo: ¡no, no!, comenta, me ha faltado amor; me falta más identificación con Él; no he sabido expresarme como debía; no he sabido amar, como podía y debía. Tenemos que ser otros cristos; es más, ipse Christus ["el mismo Cristo"], sobre todo, cuando nos hemos comprometido a buscar la perfección cristiana a través de los acontecimientos ordinarios de nuestra vida.

Predomina en su biografía este amor al Señor sobre todas las cosas, que le llevaba a tener una familiaridad y una confianza absoluta en los designios divinos. Se conmovía al considerar la perfecta Humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, que no dejaba de agradecer los servicios que le prestaban. Le atraía la felicidad que se respiraba junto al Maestro, que no rechaza las pruebas de cariño de los que le rodean. Y de estas lecciones sacaba consecuencias: el Señor no tenía un corazón seco, tenía un corazón de hondura infinita que sabía agradecer, que sabía amar.

No me extrañó escucharle, en 1962, mientras rezaba por unos hijos suyos: si yo no estuviera en carne viva por los demás, a pesar de mis errores, de mis tonterías, sería un desgraciado. Estoy convencido de que, con Él, somos luz en la oscuridad, fortaleza en la debilidad.

No se cansó nunca de pedir intensamente a Dios, a través de nuestra Madre Santísima, la purificación del corazón, para que allí solamente cupiera el Señor y, por Él, todas las almas. No pensaba que la madurez, la edad o la experiencia, fueran motivo para disminuir -ni siquiera un poco- el esfuerzo en la pelea ascética. En 1960 nos aconsejaba: pedid a la Madre bendita del Cielo que purifique vuestro corazón, y Ella lo alcanzará del Padre. ¡Jesús, guarda nuestro corazón! ¡Guárdalo para Ti! Un corazón recio, fuerte, duro y tierno y afectuoso y delicado, lleno de caridad por Ti, con mis hermanos y con todas las almas.

 

 
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