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Solo, sufriendo, pero lleno de esperanza

Indice: Memoria del beato Josemaría

PREGUNTA: Introduciría aquí otro aspecto, implícito en lo precedente: el problema del cansancio en la lucha. Sólo una vez vi a Mons. Escrivá de Balaguer destrozado, sin apenas fuerzas para articular las palabras. Fue en el Colegio Mayor Montalbán de Madrid, al regreso de su viaje a América en 1975. Esa escena resultaba, por paradoja, muy estimulante. Me ayudó a entrever lo que comentaba más arriba sobre esa sonrisa permanente del Fundador del Opus Dei que ocultaba a los ojos de los demás tantas penas y dificultades.

Consideraba muchas veces que una madre, un padre, viven pendientes de sus hijos, también cuando llegan agotados al final del día. Aplicaba ese ejemplo a su vida, para superar la fatiga, sin dejar resquicio a la comodidad. El 5 de marzo de 1972 nos exhortaba: querría que estuvieseis en carne viva, para que aquella expiación de Amor que Cristo asumió por nosotros, la sintieseis en vuestras vidas: así hemos de buscar la entrega y el afán de almas, sin cansarnos de luchar, aunque tengamos motivos para el cansancio.

Movido por su confianza en el Señor, evocaba en 1968: en estos cuarenta años siempre que me he visto acogotado, cansado, he rezado lleno de confianza: Jesús, Señor, ¡descanso en Ti!, ¡Madre, Santa María, descanso en Ti! Su talante, ante circunstancias muy difíciles, humanamente insuperables, era de paz y sosiego: seguía trabajando como si nada ocurriera, al tiempo que transmitía seguridad a su alrededor.

En ningún momento le he visto desanimado, dubitativo, intranquilo. A su lado, se palpaba lo que tantas veces nos repitió, con palabras de Santa Teresa de Jesús: "quien a Dios tiene, nada le falta". Resumía claramente sus disposiciones en 1966: la angustia y la tristeza se oponen completamente a la misma esencia de Dios, que es la felicidad en grado sumo. Si estáis cansados, decídselo al Señor; si encontráis dificultades de categoría, dejadlas en las manos del Señor. Pero, insisto, evitad que alguno pueda concluir, por vuestra actitud personal, que el yugo del Maestro no es suave, no es de amor.

Nos alentaba a pensar en el premio eterno que Dios nos tiene preparado. Y, cuando algo nos resultase difícil, o hubiera excusas para escurrir el hombro, nos animaba a reaccionar con generosidad: Señor, ¡qué me irás a dar, cuando me pides tanto! Con esa misma seguridad, nos prevenía en 1964: ¡cuidado con la tristeza!: es una enfermedad del cuerpo y del alma. No se explica un hombre del Opus Dei triste, ¡no se explica! Querría deciros cuántas veces me he encontrado solo entre el Cielo y la tierra, y me tenía que agarrar a la oración. Vosotros -porque lo ha querido Dios- tenéis eso, la oración y, además, la posibilidad de abrir el corazón en la dirección espiritual. Hijos míos: ¡quitad la tristeza de vuestras vidas!, y si no sale así, tiradla por la ventana.

Con el mismo sentido exteriorizaba un estribillo de su alma: acordaos, hijos míos, de que todos los Salmos acaban en gloria. Y añadía: he pasado muchos años agarrado a Dios, solo, sufriendo, pero lleno de esperanza. He pasado muchos años así: et tuus calix uberrimus, quam praeclarus est! No había que rechazar ese cáliz, que me regalaba Nuestro Padre Dios.

 

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