Los tres primeros sacerdotes

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

Alvaro del Portillo fue uno de los primeros sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, junto con José Luis Múzquiz y José María Hernández de Garnica, tres jóvenes profesionales que habían obtenido pocos años antes sus títulos de ingeniería. Aquello significaba un nuevo planteamiento de la labor apostólica por parte del Fundador del Opus Dei.

Desde el 2 de octubre de 1928, consciente de que Dios llamaba a su Opus Dei a sacerdotes y laicos, no tuvo inconveniente en admitir que se vinculasen de alguna manera a la Obra algunos sacerdotes, que, como Somoano, se prestaron a ayudarle.

"En los primeros años de la labor -explicaba el Fundador en 1944 a algunos miembros del Opus Dei- acepté la colaboración de unos pocos sacerdotes, que mostraron su deseo de vincularse al Opus Dei de alguna manera. Pronto me hizo ver el Señor con toda claridad que -siendo buenos, y aun buenísimos- no eran ellos los llamados a cumplir aquella misión. Necesitábamos sacerdotes que conocieran bien nuestra ascética peculiar y el modo apostólico de trabajar que nos son propios; que amaran entrañablemente el carácter laical de nuestra vocación y de vuestra labor con las almas; necesitábamos sacerdotes que se hubieran alimentado del espíritu que Dios nos ha dado".

Pronto llegó don Josemaría a esta convicción: era necesario que algunos de los seglares que formaban parte de la Obra recibieran la ordenación sacerdotal. De ese modo se haría posible que hubiera sacerdotes formados según su espíritu.

El amor por el sacerdocio se enraizaba en lo más hondo del alma del Fundador. Desde los años veinte, en los que fue Superior del Seminario de San Francisco de Paula de Zaragoza, había ido transmitiendo a los seminaristas el espíritu que Dios le iba haciendo vivir: un espíritu de santificación en el trabajo, que en aquel caso concreto consistía en formarse en profundidad para el sacerdocio.

Tras el fallecimiento de Somoano, don Josemaría continuó tratándoles personalmente y facilitándoles una dirección espiritual en la Obra. Pero entendió que la formación ascética y apostólica de los primeros miembros de la Obra le correspondía a él, y más tarde, a los miembros del Opus Dei que llegaran a ordenarse. Estos otros sacerdotes formados en el espíritu del Opus Dei, siguieron colaborando con el Fundador, en diversa medida, desde su cargo diocesano, en la administración de los sacramentos y en la formación doctrinal de los miembros del Opus Dei, hasta que estalló la guerra civil.

Durante los tiempos difíciles de la guerra civil española siguió tratando apostólicamente, en la medida de sus posibilidades, a muchos sacerdotes; y al acabar el conflicto, intensificó ese trato. Muchos obispos, atraídos por su fama de santidad, le invitaron a dirigir numerosos ejercicios espirituales a sus sacerdotes y seminaristas por toda España.

"La confianza -escribía el entonces obispo de Avila, Mons. Santos Moro- que tenía en el espíritu sacerdotal de don Josemaría y la seguridad en el bien que su palabra haría a los sacerdotes de Avila, me llevó a encargarle -junto con otro sacerdote- de las tandas de Ejercicios Espirituales para el clero que organizamos al terminar la guerra civil. Eran momentos muy importantes para organizar la diócesis, agrupar al clero alrededor de su Obispo y unirlo en auténtica fraternidad. Hacía falta una palabra de orientación y aliento para la vida interior de mis sacerdotes abulenses".

Miles los sacerdotes diocesanos se beneficiaron de su predicación y dirección espiritual entre el final de los años treinta y mediados de los cuarenta. El joven Fundador del Opus Dei les transmitía, con palabra vibrante e ilusionada, aquel mismo mensaje que había acogido Somoano, en el Hospital del Rey, durante los primeros años de la Obra: luchar por ser santos en las tareas ordinarias del ministerio sacerdotal.

No existía en la Iglesia durante aquel tiempo un cauce jurídico adecuado para dar cabida a este nuevo fenómeno pastoral -el Opus Dei- y el Fundador estuvo durante varios años buscando el camino, sin encontrarlo. Mientras tanto la Obra iba creciendo y necesitaba sacerdotes para la atención de las labores apostólicas que se desarrollaban rápidamente, al paso de Dios. Don Josemaría veía que aquellos sueños de pocos años atrás se iban haciendo realidad y le faltaban brazos para atender a tantas almas que esperaban en todo el mundo.

En esta situación de incertidumbre llegó el 14 de febrero de 1943. Aquel día, mientras celebraba la Santa Misa, se hizo una luz en su mente: Dios se metió una vez más en su vida y le marcó el camino. Al terminar, recordaría tiempo más tarde, "pude hablar de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz"

Aquel 14 de febrero vio "la Cruz de Cristo abrazando el mundo, metida en sus entrañas" y comprendió, con especial fuerza, que los cristianos corrientes, hombres y mujeres con mentalidad laical y alma sacerdotal, deberían hacerse una sola cosa con Cristo y corredimir con El; y que esto "requería -comenta José Antonio Abad- necesariamente el sacerdocio ministerial, instrumento del que se sirve Cristo para comunicar su vida y su gracia a través de los sacramentos, especialmente el Sacrificio Eucarístico. Esa es la estructura de la Iglesia, que tenía que estar presente también en el Opus Dei".