No hablaba contigo

 

Índice: José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei

"Después de la guerra —recuerda Rafael Somoano— en el primer viaje que hice a Madrid, mi hermano Leopoldo, me encomendó que fuera a Chamartín de la Rosa para ver si quedaba el cementerio o había sido destruido como consecuencia de la guerra; para que, en el caso de que aún existiera, preguntara por el lugar exacto donde estaba enterrado nuestro hermano.

Afortunadamente, el cementerio estaba intacto. Me enteré dónde estaba enterrado, y estuve rezando unas oraciones junto a su tumba. Tomé nota del lugar, y se lo dije a mi hermano Vicente que, poco tiempo después, viajó hasta Madrid con la idea de traérselo a Asturias. Llegó al cementerio, localizaron la tumba y cuando abrieron la arqueta vieron que el cadáver de José María estaba incorrupto.

Hubo que comprar un nuevo ataúd —prosigue Rafael— para hacer el traslado en tren. Antes, los encargados de Sanidad de Madrid habían derramado previamente sobre el cadáver, como era la costumbre, unas substancias disolventes. Y aquí lo enterramos, en Arriondas, en octubre del 42.

Siete años más tarde, el 18 de enero de 1949, nuestro padre estaba en su lecho de muerte apurando los últimos padecimientos de su enfermedad, producida por el largo proceso de gota que le había sobrevenido algunos años antes. Se había quedado casi paralítico y sufría unos dolores atroces en el intestino.

Estaba toda la familia reunida y no nos separábamos de su lado. Y en un determinado momento, cuando se encontraba ya en la agonía, atravesado de dolor, se incorporó, extendió los brazos hacia adelante, como si quisiese acoger a alguien a quien nosotros no pudiéramos ver, y dijo, sonriendo, con el semblante lleno de felicidad:

¡Pepe! ¡Pepín! ¡Estás aquí!

Nosotros enmudecimos al presenciar la escena. Le susurré entonces, pensando quizá que todo se debía a una confusión:

Papá, ¿quería algo?

No hijo, no hablaba contigo, me dijo emocionado. Luego, recogió los brazos y quedó sumido en un profundo sopor.

Falleció al día siguiente, a las nueve de la mañana, mientras yo celebraba la misa de moribundos en la iglesia vecina. Todos pensamos que José María había venido para llevárselo con él.

El 6 de febrero de 1954 falleció cristianamente mi madre, rodeada por todos sus hijos. El día que Dios se la llevó tuvo el consuelo de asistir a la Santa Misa desde la cama y la gracia de recibir a Jesús Sacramentado, al que tanto amó, de mis propias manos.

La enterramos junto con José María. Luego, trasladamos el cuerpo de mi hermano a la capilla de sacerdotes del Cementerio del Carmen, advocación de la Virgen a la que José María tenía tanta devoción. Allí, bajo la mirada de la imagen de la Virgen del Carmen fue bautizado; acudió a rezar allí durante toda su vida; y precisamente el día de su fiesta se nos fue al Cielo.

He pensado siempre que aquello fue algo más que pura coincidencia. Fue un beso, una delicadeza maternal de Nuestra Señora con un hijo que tanto la quería...".