Navidades de 1929. La Ciencia del Amor

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Anita Cárdenas, otra amiga de aquellos años, recuerda como doña María, la madre de María Ignacia, le pedía “que le hiciera algunos recados. Tengo grabada la imagen de las dos hermanas enfermas, reposando en su casa, y a María Ignacia escribiendo”.

¿Qué escribe? Habitualmente son consideraciones espirituales íntimas y espontáneas; confidencias amorosas dirigidas a Jesucristo, que requieren para su comprensión cierto conocimiento de la mentalidad de la época.

El estilo de María Ignacia es el habitual de las jóvenes de su tiempo, los años veinte. Utiliza frases hechas, giros y modismos propios del modernismo y del  romanticismo. Hay en su prosa jardines deliciosos, cortinajes finos y deliquios de amor. Escribe, además, con la gracia y el garbo de las señoritas andaluzas; y eso exige, por decirlo de alguna manera, una lectura andaluza.

Por ejemplo, al leer: “Ten siempre presente, hija mía”  hay que darle a esa expresión el tono afectuoso y cálido de las gentes del Sur: no se trata de una reconvención ni de una sentencia.

Su prosa es tan libre y espontánea como su modo de ser. María Ignacia no adopta pose de escritora, ni se preocupa demasiado el estilo. No suele citar a otros autores, salvo en raras ocasiones . Toma sus ejemplos de su infancia en el Añozal o de los sucesos de la vida cotidiana en Hornachuelos:

“Cuando se quiere siempre se acaba por poder”. ¿Qué hace usted para mantener a tan numerosa familia?, preguntaban a una madre. Y ella contestó sonriendo: ¡Amar!! Cuando se ama, no se cuenta .

Podría decirse que reza por escrito: no pretende hacer literatura. Por eso, hay que leer sus escritos, fogosos y ardientes, como lo que son: expresión viva de una experiencia cristiana y humana; el testimonio genuino y conmovedor de un alma profundamente enamorada de Dios. Un alma a la que Dios va atrayendo hacia Sí por el camino por el que suele llevar a los que más ama: el camino del dolor.