Pepitas de oro

Índice: María Ignacia García Escobar

Consideraciones previas

María Ignacia titula Pepitas de Oro el manuscrito que redactó en Hornachuelos, en una libreta escolar rayada de 27 hojas, de 23 líneas cada página, del tamaño de una cuartilla.

Lo dedicó a sus sobrinos Pepita, Benilde y María Herrera García... Lo fechó el 26.XII.1929. Ya estaba trabajando en él en agosto de 1928.  “Cuando empecé estos apuntes —explica al final del texto—no había nacido José Herrera García. Hoy que los termino, tiene 17 meses; y a él también se los dedica su tita”.

Tituló el apartado principal, que consta de 18 hojas: Para aumentar más y más el amor a nuestro Buen Jesús.

Incluyó al final varios textos de diversos autores espirituales, que no transcribimos por ser bastante conocidos. Son: Acto de ofrecimiento que podéis hacer a Dios Nuestro Señor; Acto de ofrecimiento de mi misma; Acto de contrición del Beato Diego J. de Cádiz; Poesías de Santa Teresita de Jesús (A Jesús. ¡Poderme deshojar!); Varias plegarias escogidas de otros autores (A Jesús crucificado. Para antes de comulgar. Para después de comulgar).

Pepitas de oro

Para aumentar más y más el amor a nuestro Buen Jesús.

(Para mis sobrinas Pepita, Benilde y María Herrera García.)

¡Morir de amor, dulcísima esperanza!

Cuando vea romperse mis prisiones

Será el Señor mi premio y bienandanza

Pues no anhelo terrenos galardones.

Es ya pasión en mí su amor divino.

¿Cuándo arderé en su fuego abrasador?

¡Ése es mi Cielo y mi eternal destino:

Vivir de amor!

¡La ciencia del Amor! No quiero otra ciencia más que ésta... porque no me queda ningún deseo sino es el de amar a Jesús con locura.

Cueste lo que cueste, quiero ganar la palma; sino es por la sangre, sea por el Amor.

¿Deseas un medio para llegar a la perfección? No conozco más que uno: el Amor.

Jesús arde en deseos de entrar en nuestros corazones y estima nuestro amor por encima de todos los dones que le podamos ofrecer. —Pues todos los dones, aún los más perfectos, nada son sin el amor.

Una sola cosa hay que hacer en la noche tan fugaz de esta vida: amar a Jesús con todas las fuerzas de nuestro corazón y salvarle almas para que sea amado .

Amemos, amemos sin descanso al que es Amor, y seamos buenos, que la bondad es algo que tiene más de Dios que del hombre.

El corazón puro no sabe más que amar porque posee la fuente del amor, que es Dios. El alma pura es la mas amorosa, buena y amante.

¿Queremos que no nos canse el dolor? Pues pensemos que en él estamos complaciendo y amando a Dios.

Ni en la virtud ni en el amor se llega nunca al término; y cuando pecamos es ¡ay! porque no amamos a Dios lo suficiente.

A pesar de la intensidad de sus dolores en la Cruz, Jesús sólo manifestó amor, dulzura, piedad, resignación y sinceridad.

¡Amar a Jesús es imitarlo, e imitarlo es sufrir!

Una de las maneras de mostrar el amor a Nuestro Señor Jesús es la limosna. —La limosna no empobrece, y Él bendice más la misericordia que el sacrificio. —Veamos en la frente de los pobres escrito este nombre adorable: Jesús, y con todo el amor de nuestras almas, socorrámoslos sin vacilar.

“Cuando se quiere siempre se acaba por poder”. ¿Qué hace usted para mantener a tan numerosa familia?, preguntaban a una madre. Y ella contestó sonriendo: ¡Amar!! Cuando se ama, no se cuenta .

En los pobres tenemos a Jesús, ¡es Él!... prodiguémosles nuestras ternuras. En la Eucaristía tenemos a Jesús, ¡es Él!... adorémosle, y con un amor acendrado, recibámosle todos los días de nuestra vida en la santa comunión.

Nuestra felicidad en la tierra está en proporción con nuestro valor en sacrificarnos por Dios. —Sólo el que ama la Cruz puede entrar en el Cielo como una reina en su palacio.

La cruz es el campo de batalla del amor divino; y la más grande victoria es la de vencerse a sí mismo.

“Nunca estoy mejor que cuando no estoy bien”, decía San Francisco de Sales.

¿Puede decirse en verdad que se ama cuando no se da algo que cueste?

Fácil es decir a Dios “Te amo”, pero si esta palabra no va acompañada de la mortificación cristiana es vana y sin fundamento, porque el amor propio lo ocupa todo.

Una de las pruebas principales de amor que podemos dar al Señor es hacer muchos actos de fe: Creer... y obrar, y no moriremos en nuestro pecado: porque la fe sin obras es fe muerta.

Siempre que dé la hora del reloj propongá[mo]nos permanecer en el amor de Jesús, que no sabemos en cual de ellas nos llamará.

Para un alma verdaderamente amante del Señor no debe haber penas, ocupaciones ni dolores que sean capaces de distraerla de su recuerdo.

Con tal que nos queden un Tarbernáculo y una hostia consagrada, continuaremos serenos y felices, por más que nos desprecien... nos abandonen... y nos trituren.

Sólo una cosa es necesaria para tener paz; amar sufriendo y sufrir amando: la paz es el fruto de la guerra contra todo lo que es naturaleza .

Miré a mi Salvador traspasado con los clavos, lo contemplé con amor y hallé que la mortificación era Él; el sufrimiento era Él;  y entonces, obrándose en mí una transformación, todo me pareció divino.

¿Qué importan todos los padecimientos con tal de poseer el amor de Jesús?

La fe no es más que el amor que cree.

La esperanza, el amor que espera.

La adoración, el amor que se posterna.

La oración, el amor que se pide.

La misericordia, el amor que perdona

La caridad, el amor que se sacrifica

La mortificación el amor que se inmola.

Hagamos esto y tendremos paz.

¡Oh! diremos con San Agustín: ¿Por qué no dispongo de un amor infinito para amar con un infinito amor?

Señor, si ese es tu deseo

Larga vida no rehuyo;

Mas si fuese gusto tuyo

Quisiera al cielo volar:

Amor, que es llama divina,

Me consume y me transporta:

Vivir o morir ¡qué importa!

¡Mi sólo anhelo es amar!

 

Haz que te ame, ¡oh Jesús mío! con una impetuosidad tal, que arrolle mi amor todas las penas y cruces de la vida, sonriendo en ellas sólo por complacerte.

Que te ame con un amor tan fidelísimo, que mi correspondencia a la gracia sea pronta, generosa, incesante.

Que te ame con un amor tan prodigiosamente acendrado por el dolor que se llame amor de mártir, unida a tu dolorosa Madre del Calvario.

En mis visitas a mi Jesús Eucaristía le digo que para qué vivo, sino para Él... que a quien más lo ama, más se le perdona... que quiero escribir su nombre en mis ojos, en mis oídos, en todos mis sentidos, en mi corazón. ¡Oh Jesús, Jesús mío, mi Jesús!, le repito. Yo quiero pensar en Ti por los que te olvidan... orar por los que no lo hacen... agradecer por los ingratos... pedir perdón por los que de ello no se acuerdan... ¡y amarte con delirio, con locura y con toda la intensidad con la que te ama el Espíritu Santo, por los que no te aman!...

Cuando oigo que le ofenden a mi Amado Jesús con murmuraciones, ¡ay! quisiera cubrir sus odios con mi corazón y los gritos de mi cariño.

Cuando hieren las fibras más delicadas de mi alma los desprecios y las ingratitudes, le digo a mi amor: ¡Oh Dios de mi alma! todo por Ti, porque te amo, tu bondad los perdone.

Cuando los recuerdos me torturan, cuando siento la falta de personas queridas, le digo a mi Jesús: ¡Jesús mío! ¡Tú eres mi padre y mi hermano y mi amigo, y mi esposo celestial y mi todo! ¡te amo tanto!

Si Satanás se opone con mil tentaciones al amor de mi Jesús, con todas mis fuerzas repito: te amo, te amo Jesús mío; y si más insiste, más y más lo amo, hasta que me deja en paz.

Si piso sonriendo tantas espinas es porque el recuerdo de mi amado Jesús me impulsa.

Si ahogo en mi garganta toda excusa, es sólo porque recuerdo que mi Jesús calló, humillándose.

Si obedezco contrariándome, si mis gustos los olvido por mi deber, si cedo mi opinión a veces por la del más pequeñuelo, es por el amor de mi dulce esposo Jesús.

Si procuro practicar las virtudes, volver bien por mal, ponerme gozosa a los pies de todos como esclava, arrojar mi corazón al suelo, ¿por quien, por quien todo esto? ¿a quien querré imitar, sino al que siempre bajó, y se anonadó por mí, amando?...

“Aunque no hubiera cielo, yo te amara”. Jesús mi Jesús, porque yo no ambiciono al amarte sino amarte... no se me ocurre más. Jesús de mis ensueños, !Jesús de mis amores! voy a pedirte un favor, y es: que suspires siquiera una vez, por esta pobrecita alma tan llena de pecados y miserias, pero que con su pensamiento sólo quiere recordarte... con sus manos servirte... con sus pies buscarte... con sus labios bendecirte... con su corazón y todo su ser amarte!

Tienes víctimas de muchos modos, Jesús de mi alma, pero pocas del amor, y yo quiero ser una de ellas, aunque no lo merezco.

En las crueles purificaciones, cuando el espíritu se siente desgarrar, cuando el crisol quema y el infierno mismo parece querer tragarse el alma, ¡Oh Jesús, dulce Jesús, suave Jesús, divino y adorado Jesús, Tú sabes lo que entonces te amo!

Jesús, único ensueño de mi vida;

Si pudiera a tu ser algo robarte,

sólo amor te robara para amarte.

El que no tiene amor, no tiene vida; y el grado de perfección que tenemos delante de Dios está en razón directa del grado de amor en que por él nos abrazamos, crucificándonos.

Amemos al Divino Pastor, el pastor delicado y tierno que se lanza aún entre las espinas por buscar la oveja perdida, que con amor entrañable ama su rebaño, y que se regocija cuando halla la que se le perdió.

Dar, dar únicamente por dar, sin ocuparnos de la recompensa: porque la vida del amor consiste en darse, en vivir entregado a Dios y al prójimo sin mezquinos cálculos.

La santidad es fruto de actos enérgicos de amor.

No quiero más recompensa en la tierra que poder hacer el bien. No pido ser amado de nadie sino únicamente amar.

¡Oh Jesús, dulce Jesús, rico Jesús, suave Jesús, encantador y amoroso Jesús! Mírame con aquella mirada detenida, penetrante, divina, que traspasa secretos y misterios, que rasga el velo de la conciencia, que sondea los corazones, que mira y se detiene ¡amando!... Mi alma necesita saber de ese amor... sentir ese amor... recordar ese amor.

Nada tan poderoso como la Eucaristía, esa comunicación en que se traslada el Amor mismo al corazón que le ama. Una sola comunión bien hecha basta para destruir defectos, implantar virtudes y hacer los santos .