El cuaderno negro

Índice: María Ignacia García Escobar

Consideraciones previas

Durante los años 1929-30 María Ignacia recogió numerosos pensamientos espirituales en una libreta de tapas negras, de 20 hojas de 12 por 7.5 cm, sin numerar. Esta libreta contiene, aunque no exclusivamente, un conjunto de máximas espirituales, junto con algunos consejos. En estas páginas se denomina este cuaderno, al que María Ignacia no dio título alguno, Cuaderno Negro.

Debió ser compuesto en diferentes periodos, porque los trazos caligráficos de la letra varían, lo mismo que el color de la tinta. Cada apartado comienza y termina con invocaciones piadosas usuales en aquel tiempo (a.m.g.d.; Viva Jesús, Viva María) o de la devoción particular de María Ignacia (el Corazón Agonizante de Jesús).

Trata sobre la ciencia del Amor de Dios, fruto del llamado don de ciencia, esa participación sobrenatural en la ciencia de Dios que lleva a descubrir la huella divina que ha dejado el Creador en todas las criaturas. No es un estudio teórico, sino un conjunto de máximas nacidas de su oración. Es la confirmación de lo que escribía el Fundador del Opus Dei: “Hay una ciencia a la que sólo se llega con santidad: y hay almas oscuras, ignoradas, profundamente humildes, sacrificadas, santas, con un sentido sobrenatural maravilloso” .

María Ignacia dirige implícitamente estas máximas y consejos, salvo cuando especifica su destinatario, a las “almas cristianas, sea cual fuere vuestra esfera en el mundo”; “os rodeen halagadoras o fatales circunstancias”.

Apartados

 

  • Máximas espirituales, sin fecha. Son 53 máximas en las que trata, fundamentalmente, del Amor de Dios y del amor a Dios.
  • Cinco consejos dados a Candidita Martín a petición suya, sin fecha. Son cinco recomendaciones sobre el amor a Dios, el espíritu de mortificación y la devoción a la Virgen.
  • Otros cinco consejitos a Paquita Novales también a petición de ella. Estas máximas giran en torno al sentido cristiano del dolor y el sacrificio.
  • De la Virgen Santísima, otros cinco [consejos] para la misma. Son cinco consideraciones de carácter mariano.. (Los consejos y máximas anteriores parecen constituir una unidad. Están fechados el 27.XII 1929).
  • Otras máximas espirituales (Sin fecha). Son 26 máximas en total. Las cinco primeras tratan sobre la vida cristiana durante la juventud. Las tres siguientes, sobre la fortaleza y la paz interior que nace del abandono en Dios. Las siete siguientes, sobre la lucha interior ante las dificultades. Siguen dos puntos sobre el gozo del alma que se entrega a Jesús; un punto sobre la necesidad de abrazar la Cruz con alegría y ocho consideraciones sobre el Cielo y el sentido cristiano de la muerte.
  • Para poner en práctica...” Es un breve comentario sobre las máximas anteriores, sin título, fechado el 9 de marzo de 1930.
  • Atardecer. Esta breve reflexión espiritual, sin fecha, ocupa dos hojas y media.

 

Máximas espirituales.

El amor a Dios nuestro Señor es el todo aquí  en la tierra, y la entrada segura para el Cielo.

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Quien no sienta en su corazón la llama del Amor divino ¿Cómo le será posible la vida...?

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Con el amor de Dios se ama verdaderamente a las criaturas; sin este Amor, todo amor es falso.

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¿Quién, sintiendo un átomo de amor a Jesús, no se desvela continuamente por el bien de todas las criaturas?

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Cuando el amor no va unido al sacrificio no es verdadero amor.

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Amar a Jesús es imitarle; e imitarle es sufrir.

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Con el amor de nuestro Buen Jesús todo se hace dulce y llevadero.

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¿Queréis un medio para amar mucho a Jesús? Permaneced en el dolor.

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Dichosas noches obscuras y espinas punzantes de los eriales de la vida, que tanto nos acercan al Divino Pastor.

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El alma unida estrechamente a Jesús vive en una primavera continua.

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Con un solo acto de amor a Jesús bien hecho, se abren de par en par las puertas del Cielo.

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¿Cuál es la fuente inagotable del amor de Nuestro Señor? —La Divina Eucaristía.

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No duden las almas buenas que toda la fuerza y gracias necesarias para alcanzar la vida eterna la encontrarán acercándose diariamente al Sacramento del Amor.

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¡En qué error viven sumergidas las almas que se excusan de no recibir en su pecho cada día a Nuestro Señor por su indignidad! ¿Quién es digno de tal merced? Estas almas corren a pasos agigantados al desaliento y a la tibieza más deplorable.

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Nuestro Divino Salvador derramó su sangre por todas las almas; a todos nos ama con igual amor. Solamente espera que le abramos de par en par las puertas de nuestro corazón, para embriagarlo de su más puro y casto amor. ¿Qué nos detiene?

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Hagamos lo más frecuente posible esta exclamación: “¡Te amo, Jesús mío, y deseo amarte siempre!” ¡Cómo sonríe el buen Jesús cuando esto oye salido de un corazón amante...!

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¡Que dicha tener en nuestras manos, poder consolar al Corazón Agonizante de nuestro Jesús con pequeños actos de amor...! — Él no mide nuestra oración; mide el amor con que la hacemos.

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Todo cuanto llevan hablado y escrito del amor de Dios nuestro Señor los sabios y los santos es pálido reflejo. No hay, ha habido, ni habrá, inteligencia ni pluma capaz de describirlo.

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No vayamos a Jesús por el camino del temor; vayamos por el del amor. —Pruebe el que quiera a seguir por este camino, y verá cuán corta y suave se le hace esta triste jornada.

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Yo te buscaba entre las rosas, Jesús adorado, mas las rosas callaban; pero me condujiste por medio de acerbas espinas, y escuché tu dulce voz que me decía: “Aquí estoy, hijita mía; no olvides nunca que mi verdadero amante es el que vive en este mundo rodeado de dolor y por encima de él, sabe permanecer en mi amor”. Desde entonces fui feliz.

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Si me he ofrecido por víctima de amor al Buen Jesús no lo hice pensando en ningún premio; solamente por llegar a amarle con locura.

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Amar a Jesús es sacrificarse en todo por este Santo Amor; es un Cielo anticipado que la mayoría de las almas buenas dejan escapar de sus manos.

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No hay nada más hermoso en este mundo que el amor a Dios Nuestro Señor unido al Sacrificio.

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De la noche hiciera día para pregonar sin descanso la sed de amor que devora al Corazón Agonizante de nuestro Buen Jesús.

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Almas redimidas con la preciosa Sangre de Jesús, amadle mucho; nada perderéis con ello; y sí: en el momento [en] que menos lo penséis, encontraréis un premio muy grande en la eterna vida.

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Si alguna vez siento tristeza no es otra que el pensar que no ame a mi Jesús como merece ser amado.

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Todos estamos obligados a amar a Aquel que dio su vida por todos; pero en mí es una doble obligación, puesto que a veces se ha valido de medios extraordinarios para sostenerme en su amor.

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Desde pequeña me decía mi corazón que a mi cariño no era posible correspondiera ninguna persona limitada... ¡misterio sublime! Mi alma había sido creada para amar exclusivamente a un infinito amor.

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No crean que cuanto he padecido en la tierra haya sido con insensibilidad; todo lo contrario. —No he visto corazón más sensible que el mío; tanto así que le llamo, a veces, “niño mimado”. —Pero el inmenso amor que le tengo a mi Amado Jesús ha remontado siempre por encima de mi corazón.

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Es verdad que he cometido en el transcurso de mi vida faltas con las cuales he causado honda pena a mi Jesús...; jamás lo he negado; pero el pensamiento de la Magdalena conforta siempre mi corazón en la agonía que padece por ello. “Ésta amó mucho y por ello le fue perdonado mucho”. A Aquel que lee en los corazones como en un libro abierto dejo que repase el mío, y calcule la cantidad de amor que hacia Él encierra.

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No desconfiemos nunca de la misericordia del Señor. Un solo acto de amor hacia Él bien hecho le hace olvidar toda una vida llena de pecado y disipación.

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La conformidad de nuestra voluntad con la de Jesús en todo... ¿qué diré de esto, que no resulte pálido reflejo ante la realidad? ¡Nada! Si digo que es un camino por el que no se corre, sino se vuela, en alas del más puro Amor. Pruebe, el que quiera alcanzar su santificación, a echarse en los brazos de esta Adorable Voluntad, y verá que, cual otra Santa Teresita del Niño Jesús, en poco tiempo recaudará tesoros infinitos.

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Haz, mi Jesús, a pesar de las muy obscuras nubes que, aunque no lo parezca, circulan continuamente [en torno] a mi espíritu, [que] mi exterior solamente demuestre hasta el último momento de mi vida, alegría y regocijo. Todo esto por tu amor, Jesús adorado.

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He sufrido mucho en el mundo, ¡Jesús mío, bien lo sabes! pero... me parece tan poquito cuando te lo ofrezco por tu Amor...

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No nos entreguemos a Jesús con tibieza; hagámoslo de todo corazón.— Si en sus manos está todo... ¿por qué el más leve temor?

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No tengamos temor a nada de este mundo; temamos solamente al pecado.

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En el alma pura se recrea el Buen Jesús con más placer que nosotros lo haríamos en presencia de un jardín delicioso y ameno, donde a la vez se escucharan las más dulces y encantadoras armonías.

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Nadie es más feliz que el que así se siente, estando a solas consigo mismo.

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Dichosa mil veces el alma que se mantiene firme y serena en medio del dolor.

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Esta vida pasa pronto... pensemos en la eterna.

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Nuestra vida dura menos que la luz de una cerilla; y casi siempre, antes que terminar el objeto que llevamos, nos quemamos los dedos.

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Quien, comparando la vida temporal con la eterna, no asegura su salvación, es un necio.

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La oración de un enfermo agradecido es un tesoro escondido que no se puede calcular su valor.

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El premio centuplicado me parece lo reserva Nuestro Jesús mayormente para aquellos que practican la caridad con los enfermos. Lo digo por experiencia.

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Las largas enfermedades son escuelas de perfección para quien las asiste, y acumulamiento de tesoros infinitos para el que las padece.

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En la casa donde haya un enfermo padeciendo una larga enfermedad no hace falta pararrayos.

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De los amigos de mundo , líbrenos Dios.

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Ten mucho cuidado en no apegar tu corazón a las criaturas, pensando recibir de ellas la más leve sombra de gratitud. Cuando menos lo esperes te harán llorar gotas de sangre.

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¿Conoces a tal persona? Sí que la conozco. ¿Y has convivido con ella? No. Pues entonces, no la conoces.

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A los que no son del mundo, el mundo los aborrece.

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¿Quieres ser entendido por todos? Tendrás que usar entonces un lenguaje muy humano; el lenguaje divino... ¡son tan poquitos, por desgracia, los que lo entienden!

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Un amigo —más que del cuerpo, del espíritu— nunca se podrá calcular su valor

 

Cinco consejos dados a Candidita Martín, a petición suya.

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Ama mucho al Señor; y como prueba de ello, ofrécele cada día cuantos sacrificios se te presenten.

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Di con mucha frecuencia esta breve jaculatoria. “Jesús mío te amo mucho y deseo amarte siempre”. Si amor con amor se paga, y el pagador aquí es el Rey de la Gloria Eterna... ¿se podrá medir la cantidad de amor divino que derramará continuamente en tu corazón?

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Procura estar siempre muy alerta tocante a la santificación de tu alma. Ten presente que el enemigo es tan astuto que, sin apenas resbalarnos, hace que nos veamos en el suelo para que nos desalentemos y retrocedamos en el camino empezado. ¡Seamos siempre de Jesús, cueste lo que cueste...!

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Ten siempre presente, hija mía, que la vida es muy corta... y el Cielo, perdurable.

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Ama mucho a la Virgen Santísima y asegurarás tu salvación. Como Madre cariñosísima, nunca jamás abandona a quien en Ella confía. Díle todos los días desde el fondo de tu corazón: “Madre mía, deseo amarte mucho; quita del camino de mi vida cuantas piedrecitas veas que pudieran serme causa de una caída; y en la hora de mi muerte ven en mi ayuda. ¡¡ No me olvides!!”

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Otros cinco consejitos a Paquita Novales, también a petición de ella.

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Siga edificando a cuantos le rodeen amando mucho a Jesús en medio del dolor y del sacrificio; y confiadamente espere volar a los cielos en brazos de este dulce Amor.

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La Cruz es la más preciosa alhaja que se puede lucir en este destierro.

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Para subir a los Cielos nuestro Buen Jesús tuvo primero que pasar por el Calvario; si esto ocurrió con el Rey de la creación y nosotros ambicionamos la eterna Gloria, ¿podremos quejarnos por nada?

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Sin necesidad de entrar en el claustro, Jesús la hace su esposa, pues le pone por delante la vida de sacrificio; por lo tanto, ¡acéptela con alegría!

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Ame enloquecidamente a Jesús. No se merece que le amemos de otro modo...

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De la Virgen Santísima, otros cinco, para la misma.

Quien ame mucho a la Santísima Virgen seguramente se salvará. —Quien no ame a la Virgen Santísima, segura tendrá su eterna desdicha.

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¿Qué madre de la tierra puede, por mucho que quiera a sus hijitos, abrirles las puertas del Cielo? Ninguna. Solamente nuestra Celestial Madre, la Madre del Señor.

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Ame mucho a la Virgen. Ella será su guía en este destierro, y su amparo seguro en la hora de la muerte.

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Amar mucho a la Virgen María y robar el corazón  a Jesús, es todo uno.

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Señal fija de predestinación es profesarle un tierno cariño a Nuestra Santísima Madre, la Virgen María .

 

Otras máximas espirituales

¡La juventud...! ¡¡Cuánto hay que temer de esta época de nuestra vida, si no tenemos una mano amiga que durante toda ella nos encamine hacia el bien!! Toda clase de pasiones bullen en ella, en la misma forma que un hormiguero en verano.

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Aún cogiéndonos el corazón con ambas manos en esa edad florida, resulta insuficiente ese esfuerzo en ciertas ocasiones, si no conservamos en el fondo un bien cimentado caudal de santa prudencia y temor de Dios Nuestro Señor.

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¡Cuánto nos martiriza en la adolescencia los devaneos de nuestra juventud......! Quisiéramos borrarlos del libro de nuestra vida, aún a costa de nuestra misma sangre, si posible fuera.

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Yo he conocido a jóvenes de piedad y llenas de amor de Dios Nuestro Señor que en los días de su juventud no han sido dueñas de sí mismas, en ocasiones muy mal relacionadas con sus antiguas y santas inclinaciones. Jesús solamente las sostuvo en el brocal de tan graves precipicios. ¡Jóvenes piadosas... jamás confiad en vuestras fuerzas; invocad incesantemente el auxilio Divino!

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¡Que verdad es que en nuestra juventud todo lo vemos de color de rosa...! Más tarde, a través de los años, es cuando se ve todo tal y como en realidad es. —Sin embargo... yo os certifico que existe un medio por el cual (fijaos bien y no lo dudéis ni por un momento) siempre podemos seguir viéndolo todo de ese delicado color, aunque cuanto se nos presente en nuestra vida sea rojo plomizo, o negro. El amor a Dios nuestro Señor; el cual lleva siempre tras de sí una conciencia serena y tranquila, es el medio antes dicho. — Probad, jóvenes cristianas a emplear este dulce y santo medio, y estad seguras que no os equivocaréis ni arrepentiréis jamás.

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Seamos fuertes en los momentos en que hasta nuestra misma naturaleza se rebela contra nosotros. —¡De qué paz disfrutamos cuando esto hacemos! Cual la tranquilizadora bonanza que siempre experimentamos después de una fuerte tormenta, así nuestro espíritu se goza en Dios nuestro Señor después de las fuertes y borrascosas luchas sostenida contra nuestra humana naturaleza.

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Consultemos siempre a nuestra conciencia antes de decidir ningún paso de nuestra vida. Si tuviéramos esta santa costumbre por norma, ¡de cuánta paz interior gozaríamos a toda hora!

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La tranquilidad de una buena conciencia es la mayor riqueza en esta vida. Vale tanto que no es suficiente todo el oro del mundo para comprarla. A pesar de esto... ¡cuántos, verdaderamente pobres, poseen este tesoro escondido! ¿Saben por qué? Porque oyendo la voz del Señor, han atendido a sus palabras. —Los que tienen los oídos puestos en las voces del mundo les es muy difícil percibir la voz de nuestro Divino Salvador.

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Vivamos siempre con grande cautela respecto a nuestro porvenir espiritual. —¿Verdad que a veces, mientras más propósitos hacemos de no recaer en ciertas faltas, más pronto nos vemos de nuevo cogidas con los mismos lazos? —¡No importa! Propongámonos, a pesar de ello, ser siempre de Jesús; y Él, que mide nuestros buenos deseos, y conoce nuestra fragilidad, nos ayudará siempre, y llegará el día que, viendo nuestra perseverancia en querer amarle, nos coronará de gloria.

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Todo en este mundo es vanidad. —Solamente el servir y amar a Nuestro Señor durará eternamente.

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Quien confiadamente espere recompensa alguna en esta vida por su recto y bien intencionado obrar, sufrirá desengaños que, a veces, hasta le harán vacilar de seguir adelante en el camino del bien, ya que tan poco aprecio hacen de él en el mundo...... ¡No nos desalentemos! Continuemos practicando el bien a toda hora, aún sin esperanza alguna de recompensa en este miserable suelo; confiemos solamente en Aquel que no ha dejar sin paga un vaso de agua dado por su amor.

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Hasta los mismos que tenemos en este mundo por buenos amigos, ¡cuántas hieles nos dan a beber! –La mayoría de las veces las devoramos en silencio, pues que exteriorizando nuestro sentir, tememos escandalizar a aquellos que por su escasa virtud se espantarían de ello. Acordémonos siempre, cuando esto nos suceda, que a nuestro dulcísimo y amantísimo Jesús, siendo el santo de los santos, le dieron a beber hiel y vinagre; por tanto ¿qué extraño es que esto nos suceda a nosotros, miserabilísimos pecadores?

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¡Qué feliz es el alma que, en todo y a toda hora, obra solamente por amor al Buen Jesús! Nada le extraña, nada le sorprende, nada le inquieta; como no espera nada de nadie de este mundo, con su mirada siempre fija muy por encima de todo cuanto le rodea, y sin temor a equivocarse, descansa tranquila en brazos de este dulce Amor.

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Haced la prueba, almas cristianas, sea cual fuera vuestra esfera en el mundo, y os rodeen halagadoras o fatales circunstancias, a ponerlo todo en manos del Señor. —Siendo nuestro tierno y amoroso Padre, ¿creéis que cuanto permita nos suceda en esta vida no es porque en sus altos juicios, para nosotros incomprensibles, así lo ordena para la mayor santificación y glorificación de nuestra alma?

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¡Qué dulce es el sufrimiento, cuando se padece cerquita del Corazón de Jesús! Y... ¿cuándo es esto? Siempre que las penalidades y padecimientos de esta vida los recibamos como dones celestiales, señal fija es [de] que nos hallamos muy cerca, quizás unidos con lazos amorosos a este divino Corazón.

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Cree la mayoría del mundo que las almas consagradas a Jesús no sufren; para ellos, estas personas tienen el corazón de corcho; quizás, porque habitualmente ven la sonrisa en sus labios. —¡Qué engañados viven! El religioso sufre mucho más que los del mundo... pero con muchísima resignación y alegría.

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Ciertamente es envidiable la vida del alma que se consagra a Jesús; ¡no hay que dudarlo! La paz interior que disfruta solamente es comparable con la de los ángeles y santos allá en el Cielo. —¿Sabéis cual es el motivo? Mirad: son tan ardientes los deseos que siente en su corazón de llegar a alcanzar un parecido con el Amado de su alma, que todos los trabajos y sinsabores que en su vida se le presentan, los recibe de tan buen grado, que a manera que un manjar delicioso a nuestro paladar nos abre a veces el apetito, así este alma queda hambrienta de padecer más y más, para poder lograr aquel parecido dichoso con que sueña noche y día.

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La cruz, en este destierro, la encontraremos en todas partes; lo que tenemos que hacer es... ¡abrazarla con alegría!

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El pensamiento del Cielo debe servirnos de constante Cirineo. —La Gloria tan hermosa que disfrutaremos, si llevamos con paciencia nuestra cruz en esta vida, debe levantar nuestro espíritu y hacerlo fuerte ante toda pena y contrariedad.

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“El reino de los Cielos padece violencia y lo arrebatan los que se la hacen”. Esto quiere decir que sin pelea no hay victoria; para ganar un reino es necesario conquistarlo.

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Si los reinos del mundo, que fenecen en un momento, cuestan tantas luchas, tantas penalidades y tanta sangre el ganarlos... el reino Celestial, que durará por eternidad de eternidades, ¿queremos alcanzarlo sin trabajo alguno de nuestra parte?

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¡Qué poco nos parecerá cuanto hayamos padecido en esta vida, en la hora de nuestra muerte! Entonces desearemos tener muchas y grandes ofrendas que presentarle al Buen Jesús; y al ver el número tan escaso que llevamos, y estar tan pobres de méritos por haber continuamente regateado a Nuestro Señor que nos librara de ella, desearíamos alargar nuestra vida con propósito firme de obrar de muy distinta manera, pero... la hora es llegada, y ya para nosotros no habrá más tiempo.

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El pensamiento de la muerte no es para traerlo a nuestra memoria una vez al año, al mes o a la semana, no; debemos retenerlo constantemente en nuestra imaginación, y preguntarnos al comenzar cada obra: si esto lo hiciera en la hora de mi muerte ¿cómo lo haría?

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Habrá quien diga que el pensamiento de la muerte es muy triste y meditándolo tan a menudo, no sería posible la vida. ¡No crean tal! Mirándolo solamente con los ojos de la carne, pudiera ser así: pero mirándolo con los ojos del espíritu, ya sabemos que la muerte solamente es la separación del alma del cuerpo; es decir, dejar este destierro de miserias, de llanto y dolor, por nuestra verdadera patria que es los Cielos. ¿Cabe más ganancioso cambio?

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El peregrino que va a tierras lejanas, por muy satisfecho que se encuentre, cuenta a menudo los meses, los días y hasta las horas que le restan para pisar de nuevo la amada tierra que le vio nacer. Nosotros, que somos peregrinos que nos encontramos muy distantes de nuestra patria celestial, ¿por qué temor y no regocijo experimentamos cuando nos vemos cerca del término de nuestra peregrinación en este suelo?

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Igual que al Rey  que destierran de su reino y por añadidura lo condenan a toda clase de trabajos y penalidades, el día que le dicen: “Vuelve a tus dominios y disfruta en ellos con toda paz y tranquilidad, que nunca más en esta vida ni intento harán de arrojarte de ellos”, su gozo no tiene límites; de la misma manera nuestro espíritu debe alegrarse cuando vemos cercano el día de la entrada en nuestro reino, ¡el reino de los Cielos!

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Para poner en práctica lo que en estas mal escritas y peor redactadas líneas dejo anotadas en este cuaderno, solamente debemos confiar en Dios Nuestro Señor tan omnipotente y misericordioso, pidiéndole sin cesar su ayuda en toda nuestra vida; la que seguramente no nos faltará si con fe y de corazón elevamos a Él nuestros humildes ruegos.

 

Atardecer

Es una hermosa tarde del mes de marzo, de esas que pregonan a grandes voces que la primavera se aproxima.

—El cielo está limpio de toda nube; la temperatura es muy agradable; el sol se despide de nosotros bañándonos con sus últimos rayos; los pajaritos elevan mi alma al Cielo con sus incesantes cantos a su Creador; el campanillo de la Capillita del pueblo llama una, dos, tres, muchas veces a todo el vecindario, para que vaya a escuchar las dulces enseñanzas de nuestra sacrosanta religión, que en este santo tiempo de cuaresma el buen párroco se desvela para instruir en ella a sus amados feligreses......

Yo, contemplando el hermoso panorama que se divisa desde la azotea de mi casa de este mi pintoresco pueblecito, alabo una y mil veces al Divino Hacedor, que tantas maravillas ha creado para servicio de nuestro cuerpo y en recreo de nuestros sentidos.

—Él haga que cuantas personas en el mismo existimos y existan en adelante no usemos de las cosas de esta vida solamente con miras humanas; sino que, sirviéndonos ante todo para levantar nuestro espíritu al trono del Señor, gocemos en esta vida de una gloria anticipada; y al término de ella, el Buen Jesús coloque en nuestras sienes la corona de sus escogidos, y unidos a El entonemos cánticos de alabanza por toda la eternidad.